Sergio vuelve a casa de sus padres: una bolsa grande, la compra en el mercado y un reencuentro inesperado con Lidia, la amiga de la infancia y amor imposible, que ahora viste de luto—una historia de segundas oportunidades, viejos recuerdos, decisiones equivocadas, desilusiones matrimoniales y la esperanza de encontrar por fin la felicidad junto a quien siempre ocupó su corazón.

Hace ya muchos años, recuerdo cuando Santiago fue a visitar a sus padres en su pueblo de Castilla. Tomó de su madre una cesta de esparto grande y se dispuso a ir al mercado a comprar provisiones.

¡Y no te olvides de traer un poco de chorizo casero! le gritó su madre desde la ventana. Siempre venden fresco en la plaza.

¡Sí, madre! contestó él y salió a la calle.

Santiago ya había comprado casi todo y pensaba volver a casa cuando, de repente, le llamó la atención una mujer. Se detuvo, sorprendido, con la cesta en la mano. Miró bien y solo pudo murmurar para sí:

No puede ser…

Elisa siempre fue una mujer hermosísima, aunque no se podía hablar solo de belleza. Había algo en ella, una dulzura y cercanía natural, que hacía que todos quisieran estar a su lado.

Así era Elisa. Su cabello castaño claro, recogido en un moño, sus modales agradables y su voz suave y tranquila conquistaban a todo el mundo.

Sus ojos azules miraban al interlocutor con atención, incluso con ternura.

Sabía escuchar más que aconsejar, y si no podía ayudarte con palabras, un simple suspiro bastaba para aliviarte. A su lado, cualquier desgracia pesaba menos.

Santiago era dos años más joven que Elisa y ambos se habían criado en el mismo barrio. De pequeños, esa diferencia de edad le parecía a él abismal.

Elisa era el alma de la pandilla. El tiempo voló y, casi sin darse cuenta, Santiago supo un día que Elisa, su querida Elisa, se había casado. ¿Cómo y cuándo había ocurrido aquello?

¿Qué esperabas? rió una vecina mayor, ¿que te iba a esperar a ti? Siempre ha estado rodeada de pretendientes. Es buena y sensata, hijo. Tú vete buscándote novia, pero anda con tino.

Como ella, no hay suspiraba Santiago.

Empezó a ir a bailes, a conocer a otras chicas del pueblo, pero nunca era igual. En una boda de un amigo conoció a Amparo.

Alta, decidida y llamativa, era la más vistosa de las amigas de la novia. Antes de darse cuenta, Amparo lo eligió como pareja para bailar. Tras unas copas de cava, la alegría era general.

Santiago despertó al día siguiente en casa de Amparo, aún confuso por la noche anterior. Vinieron amigos, bromas, chismes y hasta insinuaciones sobre futuras bodas.

Se quedó una noche más, que se convirtió en una semana, y así empezó todo. Amparo insistió en ir al ayuntamiento a inscribir el matrimonio civil.

¡Santiago, quiero casarme contigo! Créeme si te digo que esto lo sentí nada más verte, ¡amor a primera vista! le confesó ella.

Él, halagado y a la vez inquieto, no se lo tomó como imaginaba que sería su historia de amor ideal. Pero tras quedar embarazada Amparo, se casaron.

No hubo gran banquete ni fiesta. Amparo aún era estudiante y ni sus padres ni los de Santiago veían bien esa decisión tan rápida.

Muy pronto, ambos comprendieron de sobra lo distintos que eran el uno para el otro.

No llegó medio año de convivencia. El carácter de Amparo, fuerte y dominante, no dejaba a Santiago margen para destacar ni tomar iniciativa. Amparo mandaba en todo y siempre expresaba su descontento.

A la primera oportunidad laboral que encontró en Valladolid, Santiago se marchó, aprovechando que le ofrecieron una habitación en una residencia de trabajadores. El divorcio llegó un tiempo después, cuando Amparo se cansó de rogarle que volviera.

A su hija, Lucía, Santiago la reconoció en el registro y, desde entonces, siempre pagó su pensión alimenticia y la visitaba en festivos cuando podía regresar al pueblo.

Pasados unos cuatro años, Santiago se volvió a casar. Esta vez eligió a Carmen, una mujer tranquila, sumisa y sencilla.

Ella tenía un hijo, Gonzalo, de su primer matrimonio. Carmen le recordaba un poco a Elisa, aunque al fin y al cabo, era distinta. Y esa diferencia, Santiago siempre la sentía, como si supiera que el ideal de Elisa era inalcanzable.

¿Qué tal todo en casa, hijo? le preguntaba su madre. ¿Va bien la familia nueva?

Normal, madre todo bien respondía él.

¿Solo bien, hijo? suspiraba ella. ¿Todavía piensas en Elisa?

¿En qué voy a pensar? evitaba la cuestión Santiago. Si ni siquiera pasó nada entre nosotros. Solo…

¿Solo qué? La amistad infantil es una cosa, el amor es otra muy distinta. Te inventaste tú solo un drama, y ahora ni eres feliz ni haces felices a tus mujeres. Valora lo que tienes y vive el presente, hijo.

No te preocupes, madre, todo va bien repetía Santiago mientras se marchaba.

Pero tampoco halló felicidad con su segunda esposa. Aparentemente, todo estaba bien, pero el matrimonio carecía de chispa, todo era rutina y conveniencia, apenas una familia por cumplir.

Quizá por eso Carmen, inesperadamente, le fue infiel tras diez años de convivencia.

Vaya, que parecía tranquila… le dijo Santiago entregando los papeles del divorcio. Me has traicionado, Carmen. Crié a Gonzalo como a un hijo, y mira… El chico me llama papá. Y tú…

Se separaron en paz. Él siguió en contacto con Gonzalo y, por supuesto, con su hija Lucía.

Tiempo después, volvió Santiago a visitar a sus padres, cogió la misma cesta de su madre y se fue al mercado.

Santiago, ¡no te olvides del chorizo casero! ¡Allí en la plaza siempre hay fresco!
Sí, madre contestó y salió.

Ya había hecho casi todas las compras cuando una mujer llamó repentinamente su atención.

Santiago se quedó clavado, reconociéndola de inmediato.

¡No puede ser! susurró.

¡Era Elisa!

Santiago se estremeció. Elisa seguía siendo encantadora y dulce.

Buenos días, Elisa, le dijo acercándose. ¿Por qué de luto?

Ella le miró con cierta indiferencia.

Buenos días, Santiago, me alegro de verte. He perdido a mi marido… Va para ocho meses ya. No termino de quitarme el luto… Es tan duro…

¿Quieres que te acompañe? Al menos hasta tu casa, ¿te parece? ofreció Santiago, tomando la bolsa de Elisa.

No, no vivimos al mismo lado, yo ahora estoy en el barrio nuevo contestó ella.

No importa, te acompaño hasta allí si me dejas. Así charlamos, ¿sí? pidió él, con un brillo especial en la mirada.

Elisa, enternecida, asintió levemente.

Así Santiago supo que Elisa vivía ahora con su hija, universitaria.

Tras aquel reencuentro, Santiago recuperó el ánimo. Volvió a enamorarse de Elisa, temiendo solo perderla de nuevo.

Estuvo dos semanas pensativo hasta que, una tarde, dijo a su madre en la cocina:

Madre, quiero casarme con Elisa. ¿Crees que querrá ella?

Ella le miró, comprendiendo que no era broma; Santiago había adelgazado y el nerviosismo se le notaba.

Siéntate. Entre cuchara y cuchara de caldo hablaremos le ordenó su madre. Estás más desmejorado que nunca. ¿Qué te pasa, hijo?

Santiago comió agradecido, esperando el consejo y el apoyo maternos.

Te has equivocado muchas veces ya; puedes intentar ser feliz otra vez. ¿De dónde sacaste tú este romanticismo, hijo? Ve con Elisa, pero ten paciencia. Ella aún sufre. Quiso mucho a su marido. No seas agobiante, sé su amigo y su apoyo. Si encuentra en su corazón un sitio para ti, ya seréis felices. Pero no la presiones…

Santiago abrazó a su madre en silencio y se fue a buscar a Elisa. La llamó, citándola en el parque central del pueblo.

Elisa acudió, intuyendo lo que él quería decirle. Cuando Santiago, nervioso, le dio flores y comenzó a hablarle de su soledad, ella le detuvo:

Santiago, te entiendo, pero qué raro que ahora…

Santiago le rogó casi en susurros:

Elisa, déjame acabar. Si hoy no te digo todo no me entenderás nunca.

Elisa se sentó en un banco. Santiago se sentó a su lado y, tras un suspiro, le abrió el corazón:

De joven te perdí por torpeza. No supe hablar contigo, ni era el momento. Pero te he querido siempre. Solo a ti.

No tienes por qué creerme. Mi primer matrimonio fue una confusión, una huida. No sentí nada. El segundo, ni cariño ni pasión, solo convivencia…

Siempre comparé a todas con tu recuerdo, y no era justo para ellas. Pero eres la mejor, no solo para mí: eres única. No puedo volver a perderte, Elisa. ¿Quieres casarte conmigo?

Guardaron silencio. Santiago, ansioso, esperó aunque fuera una sola palabra.

Elisa le miró comprensiva.

Si no te conociera de toda la vida, Santiago, no te creería. Pero eres bueno, atento y siempre has sido discreto.

¿Eso qué significa? preguntó él, bajando la mirada.

Significa que necesito tiempo. Solo eso.

¿Cuánto? inquirió Santiago.

No lo sé… Pero es pronto aún. Y gracias por decírmelo. Es importante saber que hay alguien que me necesita.

¿Podemos vernos, aunque solo como amigos? No soportaría perderte de nuevo…

Tampoco quiero pensar en ello. Pero paciencia, Santiago…

Se despidieron. Santiago volvió a Valladolid, pues tenía que trabajar. Pero enseguida, todos los fines de semana estaba cerca de Elisa. Le traía regalos y detalles, y Elisa se avergonzaba de recibir tan pronto visitas de un pretendiente.

Santiago, mejor no vengas a casa. Aquí la gente habla; al menos deja que pase un año, por favor

Lo que tú digas Solo quiero verte. Ven a mi piso, te presento a mi gata, Loli.

Es un bellezón. Estoy de vacaciones dos semanas y mis padres están en el balneario. Así que hay que cuidar y entretener a la gata.

Y puedes ver la reforma que he hecho.

Aquella noche, Elisa no volvió a casa. Se quedó con Santiago.

Cuando los padres de Santiago regresaron, notaron enseguida el cambio en su hijo.

Reformaba el pasillo, silbaba, todo estaba limpio y había flores frescas en jarrones.

Al preguntar su madre, Santiago contestó solemne:

Sí, madre. Ya está. Viviendo con Elisa. Nos va de maravilla.

Mira que irnos y volver casado, rió su padre.

De casarnos nada, que ella no quiere saber nada de papeles. Pero yo sigo insistiendo.

Hace bien apoyó la madre. Mejor vivir tranquilos un tiempo, después todo se resolverá.

Ojalá sonrió Santiago. Lo importante es que se viene conmigo pasado mañana. Dos maletas y nada más.

Bien hecho, hijo dijo el padre. Siempre fuiste discreto, pero tenaz. Si te gusta de verdad, no la dejes escapar.

Si ya lleva años prendado de ella agregó la madre con un gesto.

Antes de irse, comieron juntos con las familias, que siempre se habían conocido en el vecindario. Aquella comida fue una especie de bendición paterna.

Ha pasado mucho desde entonces. Santiago y Elisa siguen juntos, tratándose con ternura y respeto, como si nunca hubiera habido distancia entre ellos, enlazados desde la infancia hasta la madurez.

No hacen distinción entre hijos y nietos; todos disfrutan yendo a su casa, tanto de la familia de Santiago como de la de Elisa.

Santiago nunca llama a su esposa de otra manera que no sea mi Elisia.

Parecen no envejecer y la alegría se respira en su hogar. Elisa aún va a misa, y muchas veces se la ve encendiendo velas por quienes se fueron.

Pongo mis velas y rezo, dando gracias a Dios por el destino que me tocó le dijo una vez a la madre de Santiago. Aunque pasé penas, el Señor me envió al final a una persona digna y buena, a quien conocí de niña Qué cosas tiene la vida, ¿verdad?

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