Se convirtió en criada
Cuando Aurelia anunció que iba a casarse, su hijo y su nuera se quedaron de piedra ante semejante noticia y no sabían cómo reaccionar correctamente.
¿Estáis seguros de querer cambiar vuestra vida de manera tan radical a esta edad? preguntó Carmen, mirando de reojo a su marido.
Mamá, ¿para qué meterte en esos líos? se agitaba Rubén. Entiendo que lleves muchos años sola y que has dedicado tu vida a criarme, pero ahora volver a casarte no tiene sentido.
Hablas así porque eres joven, hijo respondió Aurelia con calma. Tengo sesenta y tres años, y nadie sabe cuánto me queda por vivir. Pero tengo derecho a pasar el tiempo que me quede con la persona a la que amo.
Pero no vayáis corriendo al registro civil intentó Rubén hacer entrar en razón a su madre. Ese Julián apenas lo conoces desde hace un par de meses y ya quieres dar ese paso.
A nuestra edad no hay que perder tiempo, hijo reflexionaba Aurelia. ¿Y qué más tengo que saber? Es mayor que yo por dos años, vive con su hija y su familia en un piso grande, tiene buena pensión y casa en el campo.
¿Y dónde vais a vivir? insistió Rubén, desconcertado. Aquí ya vivimos juntos y otro más no cabe.
No os preocupéis tanto, Julián no tiene intención de quitaros espacio, me voy a vivir a su casa explicó Aurelia. El piso es grande, con su hija me entiendo bien, todos son adultos, no habrá problemas ni discusiones.
Rubén seguía inquieto, mientras Carmen le animaba a aceptar la decisión de su madre.
¿Y si somos nosotros los egoístas? reflexionaba. Nos viene bien que tu madre nos ayude, que cuide a Alba cuando lo necesitamos… Pero tiene todo el derecho de rehacer su vida. Ahora que puede, no deberíamos ponernos en medio.
Si solo fuera vivir juntos pero casarse se quejaba Rubén. ¿Quién aguanta una boda, vestidos y celebraciones a estas alturas?
Son de otra generación, cariño, seguro que para ellos es importante y les da seguridad buscaba Carmen una lógica.
Aurelia acabó casándose con Julián, a quien había conocido por casualidad en la calle, y pronto fue a vivir a su piso. Al principio, todo fue bien, la familia la recibió, el marido la trataba con respeto y Aurelia creyó que por fin podía disfrutar de su felicidad y alegrarse cada día. Pero no pasó mucho hasta que empezaron los inconvenientes de la vida en común.
¿Podrías preparar un guiso para la cena? le pidió Inés, la hija de Julián. Yo iría a hacerlo, pero en el trabajo estoy a tope, y tú tienes más tiempo.
Aurelia entendió la indirecta y se hizo cargo de la cocina, además de la compra, limpieza, colada y hasta los viajes a la casa en el campo.
Ahora que estamos casados, la casa del campo es cosa de los dos dijo Julián. Inés y su marido no pueden ir, la nieta aún es pequeña nos toca hacerlo todo a nosotros.
A Aurelia no le molestaba, le gustaba ser parte de una familia grande y unida, donde la ayuda mutua era la base de todo. Con su primer marido nunca tuvo esa suerte, él era perezoso y astuto, y acabó huyendo cuando Rubén tenía diez años. Han pasado veinte años y no han vuelto a saber de él. Ahora todo parecía estar en orden, y las tareas no le pesaban.
Mamá, ¿qué vas a hacer tú en la casa del campo? le decía Rubén. Cada vez que vienes, la tensión te sube, ¿te conviene?
Pues claro, además me divierte contestaba la jubilada. Con Julián vamos a sacar buena cosecha, habrá para todos y os daremos parte.
Pero Rubén tenía sus dudas; en varios meses ni Julián ni su familia los habían invitado ni una vez, ni siquiera para conocerse mejor. Rubén y Carmen invitaron varias veces a Julián a su casa, pero nunca pudo venir, siempre surgía algún problema. Al final, asumieron que la nueva familia no tenía ganas de mantener relación. Lo único que querían era saber que Aurelia estaba bien.
Al principio todo iba bien y Aurelia disfrutaba de sus tareas, pero cada vez había más y más obligaciones, y eso la agotaba. Julián, cada vez que iban a la casa del campo, se quejaba de la espalda o del corazón, y ella acababa arrastrando ramas, barriendo hojas y sacando basura.
¿Otra vez cocido? protestaba Andrés, el yerno de Julián. Ayer ya lo comimos, esperaba otra cosa.
No me dio tiempo a preparar nada más, ni pude ir a comprar se justificaba Aurelia. Entre lavar todas las cortinas y volver a colgarlas, acabé agotada, sólo quería descansar.
Ya claro, pero a mí el cocido no me mata apartaba el plato Andrés.
Mañana Aurelia nos preparará un banquete, ya verás intervenía Julián.
Y en efecto, al día siguiente Aurelia pasó horas en la cocina para que la cena desapareciera en media hora. Luego limpiaba todo y vuelta a empezar. Pero las quejas de la hija y el yerno eran constantes, y Julián acababa poniéndose de su lado y culpándola a ella.
No soy una chavala, también me canso y no sé por qué tengo que hacerlo todo yo sola por fin se atrevió Aurelia en una de tantas discusiones.
Eres mi mujer, por eso tienes que mantener la casa en orden le recordó Julián.
Como esposa tengo deberes y también derechos sollozó Aurelia.
Luego se calmaba y volvía a intentar agradar a todos y mantener el ambiente. Pero un día estalló del todo. Inés y su marido tenían un plan con amigos y querían dejar a su hija pequeña con Aurelia.
Que se quede con el abuelo o vaya con vosotros, que hoy voy a ver a mi nieta dijo firme Aurelia.
¿Y por qué tenemos que adaptarnos todos a ti? estalló Inés.
No tenéis que hacerlo. Pero tampoco yo os debo nada le recordó Aurelia. Mi nieta cumple años hoy, os avisé el martes. Nadie lo tuvo en cuenta y encima queréis retenerme aquí.
Eso no está bien se enfadó Julián. Inés tenía planes, y tu nieta es pequeña, puede recibir tu felicitación mañana.
Nada impide que vayamos los tres a casa de mis hijos, o tú te quedas con tu nieta mientras yo vuelvo dijo decidida Aurelia.
Ya sabía yo que esa boda no traería nada bueno saltó Inés, molesta. Cocina regular, limpia a medias, y sólo piensa en ella.
¿Tú también lo crees después de todo lo que he hecho aquí estos meses? le preguntó Aurelia a su marido. Dímelo claro, ¿querías esposa o criada para atender caprichos?
No digas eso, sólo quieres ponerme de malo se excusó Julián.
Hago una pregunta sencilla y merezco respuesta insistió Aurelia.
Si piensas igual, haz lo que quieras, pero en mi casa no se permiten esas actitudes zanjó Julián, arrogante.
Pues me marcho, dimito de criada dijo Aurelia, y comenzó a recoger sus cosas.
¿Me aceptáis de vuelta, aunque vengas de vuelta con la abuela a cuestas? preguntó con la bolsa y el regalo para su nieta. Estuve casada, he vuelto, no preguntéis nada, sólo decidme: ¿me aceptáis?
Por supuesto saltaron Rubén y Carmen. Tu habitación te espera y nos alegramos de verte.
¿Os alegra de verdad? buscó Aurelia escuchar palabras sinceras.
¿Por qué no va a alegrarse la familia de ver a quien quiere? Carmen no lo dudó.
Entonces Aurelia supo que allí era todo menos una criada. Ayudaba en casa y con la nieta, pero nunca abusaron de ella. Era madre, abuela, suegra y parte de la familia, no sirvienta. Aurelia regresó para siempre, pidió el divorcio por su cuenta y decidió no volver a pensar en lo que pasó. Comprendió que la felicidad no se encuentra en sacrificarte sin medida por los demás, sino en ser valorada y querida en tu verdadero hogar.







