YO NO QUIERO UNA NIÑA PARALIZADA… – dijo la nuera y se marchó… Pero ni se imaginaba lo que pasaría después… En un pequeño pueblo castellano vivía un anciano llamado Don Dionisio, sencillo y afable, que los fines de semana se permitía un trago de vino. Soñaba con tener un perro, pero no cualquiera, sino un mastín puro, y estaba dispuesto a viajar hasta los confines de La Mancha para conseguirlo. Don Dionisio ya había perdido a su esposa, Clotilde, hacía años. Ella, enferma del corazón, ignoró las recomendaciones médicas y quiso darle un hijo. Tras el parto ya apenas podía levantarse, pero Dionisio la cuidó, ocupándose de todo el hogar y del niño sin importarle el qué dirán. Las vecinas envidiaban a Clotilde, y ella se iba de la vida con una sonrisa. El hijo creció, se casó joven y se quedó a vivir en otra provincia tras la mili. Dionisio aguardaba siempre a su familia, sobre todo a su nieta, a la que solo conocía por fotos; pero por trabajo, tiempo o motivos varios, nunca venían de visita. Un día, el anciano empezó a andar sombrío y ausente. Cuando le preguntaron, confesó que había recibido un telegrama: su nuera le contó que tuvieron un accidente de tráfico, su hijo murió y su nieta, con quince años, estaba grave en el hospital. No había consuelo suficiente. La nuera dejó de escribir; no respondía ni a llamadas ni cartas. Dionisio quería saber cómo estaba su nieta, a quien amaba aunque nunca la vio en persona. Cuando por fin decidió viajar al pueblo donde vivía su hijo, una tarde antes de marcharse, llegó un coche. Bajaron a la niña en una camilla, seguida por la nuera que, sin apenas saludar, dijo: —Está paralizada de pies a cabeza. No quiero una hija así. Aún puedo casarme de nuevo y tener un hijo sano. Yo no voy a cuidar de ella, busque una asistenta o entiérrela si quiere, yo no pienso desperdiciar mi vida. —¡Pero yo no soy médico! —alcanzó a decir Don Dionisio. —No hace falta, tampoco pueden ayudarla. ¡Yo no soy su cuidadora! —respondió la mujer, y se marchó dando un portazo. Don Dionisio y la nieta quedaron solos. Él no temía cuidar a alguien con dependencia; al contrario, por fin sentía que su vida tenía sentido. Los médicos renunciaron y la dieron de alta; decían que sus heridas eran incompatibles con la vida. Solo quedaban remedios caseros y curanderas, y la más cercana vivía muy lejos. Dionisio viajaba cada semana, traía hierbas y ungüentos, y así la trataba. Pasaron más de doce meses, pero la niña seguía inmóvil, como un tronco bajo la manta, sin poder hablar. A veces Don Dionisio veía lágrimas rodar por su mejilla, creyendo que añoraba a sus padres. Pero en realidad lloraba por otro motivo. Una noche, estando él en la habitación, entró una cuadrilla de jóvenes borrachos tras una fiesta porque Dionisio había olvidado cerrar la puerta. Sabían que allí vivía una chica paralizada y, embriagados, quisieron abusar de su indefensión. Cuando el cabecilla se acercó, Dionisio pidió permiso para lavarse los dientes, salió corriendo a la cocina, abrió la trampilla de la bodega y gritó: —¡A por ellos! De allí saltó el mastín Muxtar, uno de esos perros de presa manchegos gigantes, que atacó a los maleantes hasta que huyeron por el pueblo, perdiendo hasta los pantalones. La gente reía, y Muxtar los persiguió hasta la salida del pueblo. Cuando Dionisio volvió a la habitación, la nieta, por primera vez, se sentaba en la cama y gritaba por la ventana: —¡Muxtar! ¡Muxtar! Agárralo, abuelo, ¡que no se escape! El anciano se echó a llorar. Desde ese día la niña comenzó a mejorar, poco a poco volvió a andar y hablar. No se sabe si fueron las hierbas de la curandera o el shock de aquel día, pero recuperó el habla y la alegría. ¿Y de dónde vino el perro? Muxtar había sido del hijo de Dionisio; tras la tragedia, la nuera lo abandonó también, y él lo acogió. El mastín fue su fiel compañero. Así quedaron los tres: Don Dionisio, su nieta y Muxtar, reconstruyendo su vida en el pequeño pueblo. De la madre, nunca más supieron nada.

¡No quiero una hija paralizada! dijo la nuera con voz lejana, y se marchó desvaneciéndose en la niebla del sueño

Pero ni ella podía imaginar lo que vendría después, pues las historias de los pueblos pequeños, como aquel perdido entre los olivares de La Mancha, nunca tienen un final claro.

En ese pueblo vivía un anciano cualquiera: Don Mateo, a quien todos llamaban «Mateillo», aunque nadie sabía si es que así lo bautizaron o si era apodo heredado por generaciones que fluyen como agua entre piedras. Los sábados, Mateillo solía sentarse en la plaza, frente a la fuente seca de los tiempos, con su vaso de vino blanco y la cabeza llena de recuerdos que se ondulaban como las cortinas al viento cálido.

El sueño de Mateillo era bien extraño: tener un perro, pero no uno cualquiera, sino un mastín español puro, robusto, noble, casi como esos que aparecen en las viejas pinturas de El Prado. Estaba tan obsesionado que habría viajado hasta los confines de Extremadura, para comprar y traer a casa el animal, aunque nadie entendía cómo pensaba hacerlo.

La esposa de Mateillo, Doña Inés, hacía tiempo que ya surcaba otros mares. Su corazón siempre fue débil. Los médicos le prohibieron ser madre, pero Inés, con tozudez castellana, quiso un hijo. Dio a luz un muchacho y quedó enferma. Mateillo la amó de esa manera antigua y absoluta; no permitía que cargara siquiera el cartón de leche desde la tienda: «¡Prohibido!», decía, «Los médicos lo dijeron»

Él cuidaba al niño, preparaba puchero de lentejas y barría la casa cada mañana con el ritmo de un fandango nostálgico. Doña Inés se lamentaba:

¡Ay, que vas a hacerme quedar mal! Las vecinas se reirán: Mira, Inés, la señora que no hace nada, todo lo lleva el marido…

Pero las mujeres no se reían, en realidad le envidiaban:

¡Ay, Inesilla! Si nos prestarás tu Mateillo aunque sean por un día, para saber lo que es vivir como reina.

Ella sólo sonreía, con el último destello. Y en una mañana congelada, Mateillo la encontró silenciosa. Lloró a gritos durante tres días, luego se llenó de su hijo y siguió.

El muchacho creció y, tras la mili, se casó joven. Se quedó viviendo en Andalucía, donde le destinó el destino de los sueños sencillos. Mateillo se quedó solo. No sufrió, pues le gustaba hablar con los chicos mientras el sol caía tras los campos de trigo. Una nieta nació, y él esperaba siempre su familia, pero nunca venían: trabajo, prisa, excusas de aire. Fotos era todo lo que le quedaba.

De repente, los vecinos vieron a Mateillo caminando más gris que la tormenta, como su propio reflejo en un charco. No reía, no hablaba, no se sentaba en el banco del portón. Al preguntar, descubrieron: una carta llegó; su nuera informaba de un accidente. Su hija, Lucía, estaba grave en el hospital. Su hijo había muerto.

¡Pobre hombre! ¡Qué tragedia!decía la aldea entera, aunque nadie encontraba palabras suficientes para calmar tanto dolor.

Mateillo recibía condolencias, pero el peso no se aligeraba. Del hijo nada se podía hacer; y la nieta, tan joven, quince años, postrada en coma. Le dolía por todas partes, la alma como una morcilla que sangra por dentro.

Su nuera no daba noticias. No respondía cartas, ni telegramas, ni teléfono. ¿Cómo saber de Lucía? Aunque jamás la había visto, la quería como a Inés a los quince, según las fotografías.

Mateillo, armado de esperanza y sueño, estaba a punto de viajar al sur para verla, cuando, en una noche de calor surrealista, una furgoneta se detuvo bajo la luna quemada. Sin llamar, entró una señora. Tardó en entender: era su nuera. Detrás, una camilla sobre la que yacía Lucía, y apenas la dejaron en el sofá antes de desaparecer de nuevo entre la niebla.

Está paralizada de pies a cabeza. No la quiero, aún puedo casarme otra vez y tener hijos sanos dijo la nuera, con voz de ventana rota.

¡Pero yo no soy médico!intentó decir Mateillo.

Los médicos no hacen nada. Ahora necesita a alguien que la cuide. Si no quieres faena, entiérrala viva, yo no pienso malgastar mi vida. Yo no soy su cuidadora cerró la puerta como disparo.

¡No eres madre ni lo pareces! gritó Mateillo, mientras su voz se desvanecía entre los azahares.

Todo quedó claro entonces: por eso el hijo nunca venía de visita. Con una mujer así, lo único que se puede hacer es ir al mercado a pelear precios, no a ver la familia. ¿Cómo fue que ese hijo cayó en manos de semejante arpía? Preguntas que flotan en el aire y nunca vuelven.

Así quedó Mateillo con Lucía en casa, dos fantasmas vivos del mismo sueño. Ella quedó como un muñeco de trapo: sin poder mover ni mano ni pie ni lengua. Él, con más determinación que nunca, puso manos a la obra. Su nuevo sentido era curarla.

Los médicos la desahuciaron, la enviaron a casa; no entendían cómo había sobrevivido. Sólo quedaba probar los remedios de curanderos y hierbas que venden en los mercadillos. El curandero más cercano vivía lejos, y no iba a domicilio. Mateillo, cada semana, hacía el viaje, regresaba con frascos de infusión, ungüentos de tomillo y secretos envueltos en papel de periódico.

Pasó más de un año. Lucía seguía rígida, no movía nada, sólo murmuraba sonidos ininteligibles, como cuando el viento trata de aprender a hablar español. A veces, una lágrima corría por su mejilla, y eso a Mateillo le partía la almendra. Él creía que añoraba a sus padres, así que le leía cuentos y le hablaba de la luna, pero la niña nada respondía, sólo lloraba un poco más.

Una noche de agosto, cuando los grillos gritan cosas que no existen, irrumpió en casa una banda de jóvenes del pueblo, un grupo borracho que venía de la discoteca. Resulta que Mateillo se había olvidado la puerta abierta. Ellos sabían, por el rumor de los sueños, que en la casa vivía una joven paralítica.

¡A ver, viejo! Quita la manta y separa las piernas de tu nieta. Vamos a echar la suerte: quién le toca primero… vociferó el más borracho, con dientes de chatarra.

¡Por favor! Tiene quince años suplicó Mateillo.

Espera, sólo voy a lavarme los dientes dijo el anciano, huyendo al zaguán con toda la velocidad que permite el sueño, abrió la trampilla y gritó: “¡Agarra!”

De repente, de un salto, salió un mastín español enorme, con ojos amarillos de tristeza antigua. Se lanzó sobre los muchachos, les mordió los pantalones, desgarró traseros y voluntad. Al cabecilla estuvo a punto de arrancarle la hombría. Huyeron chillando por la plaza, con los calzones rotos, el pueblo miraba y reía, y el mastín les persiguió hasta el límite del campo, saltando por la ventana.

Cuando Mateillo volvió, encontró a su nieta sentada sobre la cama, vociferando al horizonte:

¡Ramiro! ¡Ramiro! ¡Agárralo, abuelo, que se escapa!

En ese instante, el abuelo lloró lágrimas de vino. Desde entonces Lucía comenzó a mejorar, un paso después del otro, como bailando con la sombra del perro. ¿Fue el conjuro del herbolario, fue el susto, fue el mastín? Nadie sabe, pero pronto la niña hablaba y charlaba sin parar, recuperando el tiempo perdido.

¿Y el mastín? Se preguntará el que sueña este relato. Ramiro había vivido con el hijo de Mateillo, y al morir su amo, la nuera lo trajo junto a la niña, pero al abuelo jamás le dijo. Cuando ella escapó del pueblo, Mateillo cerró el portón y encontró al animal esperándolo, flaco, triste, con lágrimas de perra vieja en los ojos. Ni supo que su hijo tuvo perro. No pudo dejarlo fuera; lo acogió.

El perro sirvió fiel, dormía en el sótano porque el verano se volvía horno manchego. Así es, si aquella noche Ramiro hubiese estado arriba, los gamberros jamás habrían entrado.

Lucía contó después que, cuando lloraba en el sueño, añoraba al mastín, pero nunca pudo decirlo. El abuelo no solía dejar entrar el perro a la casa.

Ramiro, tras ahuyentar a los intrusos, lamió la cara de su pequeña dueña con ritmo de fandango. Así aprendieron vivir los tres: Mateillo, Lucía y Ramiro, mientras de la madre nunca más se supo. El pueblo volvió a olvidar y el sueño se volvió leyenda, entre el vino blanco y los olivos, como si nada fuera extraño en Castilla.

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YO NO QUIERO UNA NIÑA PARALIZADA… – dijo la nuera y se marchó… Pero ni se imaginaba lo que pasaría después… En un pequeño pueblo castellano vivía un anciano llamado Don Dionisio, sencillo y afable, que los fines de semana se permitía un trago de vino. Soñaba con tener un perro, pero no cualquiera, sino un mastín puro, y estaba dispuesto a viajar hasta los confines de La Mancha para conseguirlo. Don Dionisio ya había perdido a su esposa, Clotilde, hacía años. Ella, enferma del corazón, ignoró las recomendaciones médicas y quiso darle un hijo. Tras el parto ya apenas podía levantarse, pero Dionisio la cuidó, ocupándose de todo el hogar y del niño sin importarle el qué dirán. Las vecinas envidiaban a Clotilde, y ella se iba de la vida con una sonrisa. El hijo creció, se casó joven y se quedó a vivir en otra provincia tras la mili. Dionisio aguardaba siempre a su familia, sobre todo a su nieta, a la que solo conocía por fotos; pero por trabajo, tiempo o motivos varios, nunca venían de visita. Un día, el anciano empezó a andar sombrío y ausente. Cuando le preguntaron, confesó que había recibido un telegrama: su nuera le contó que tuvieron un accidente de tráfico, su hijo murió y su nieta, con quince años, estaba grave en el hospital. No había consuelo suficiente. La nuera dejó de escribir; no respondía ni a llamadas ni cartas. Dionisio quería saber cómo estaba su nieta, a quien amaba aunque nunca la vio en persona. Cuando por fin decidió viajar al pueblo donde vivía su hijo, una tarde antes de marcharse, llegó un coche. Bajaron a la niña en una camilla, seguida por la nuera que, sin apenas saludar, dijo: —Está paralizada de pies a cabeza. No quiero una hija así. Aún puedo casarme de nuevo y tener un hijo sano. Yo no voy a cuidar de ella, busque una asistenta o entiérrela si quiere, yo no pienso desperdiciar mi vida. —¡Pero yo no soy médico! —alcanzó a decir Don Dionisio. —No hace falta, tampoco pueden ayudarla. ¡Yo no soy su cuidadora! —respondió la mujer, y se marchó dando un portazo. Don Dionisio y la nieta quedaron solos. Él no temía cuidar a alguien con dependencia; al contrario, por fin sentía que su vida tenía sentido. Los médicos renunciaron y la dieron de alta; decían que sus heridas eran incompatibles con la vida. Solo quedaban remedios caseros y curanderas, y la más cercana vivía muy lejos. Dionisio viajaba cada semana, traía hierbas y ungüentos, y así la trataba. Pasaron más de doce meses, pero la niña seguía inmóvil, como un tronco bajo la manta, sin poder hablar. A veces Don Dionisio veía lágrimas rodar por su mejilla, creyendo que añoraba a sus padres. Pero en realidad lloraba por otro motivo. Una noche, estando él en la habitación, entró una cuadrilla de jóvenes borrachos tras una fiesta porque Dionisio había olvidado cerrar la puerta. Sabían que allí vivía una chica paralizada y, embriagados, quisieron abusar de su indefensión. Cuando el cabecilla se acercó, Dionisio pidió permiso para lavarse los dientes, salió corriendo a la cocina, abrió la trampilla de la bodega y gritó: —¡A por ellos! De allí saltó el mastín Muxtar, uno de esos perros de presa manchegos gigantes, que atacó a los maleantes hasta que huyeron por el pueblo, perdiendo hasta los pantalones. La gente reía, y Muxtar los persiguió hasta la salida del pueblo. Cuando Dionisio volvió a la habitación, la nieta, por primera vez, se sentaba en la cama y gritaba por la ventana: —¡Muxtar! ¡Muxtar! Agárralo, abuelo, ¡que no se escape! El anciano se echó a llorar. Desde ese día la niña comenzó a mejorar, poco a poco volvió a andar y hablar. No se sabe si fueron las hierbas de la curandera o el shock de aquel día, pero recuperó el habla y la alegría. ¿Y de dónde vino el perro? Muxtar había sido del hijo de Dionisio; tras la tragedia, la nuera lo abandonó también, y él lo acogió. El mastín fue su fiel compañero. Así quedaron los tres: Don Dionisio, su nieta y Muxtar, reconstruyendo su vida en el pequeño pueblo. De la madre, nunca más supieron nada.
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