¡No sabes lo que le ha pasado a Valeria! Perdió su entrevista de trabajo porque salió corriendo para ayudar a un anciano que se desplomó en plena Gran Vía de Madrid Pero cuando por fin entró en la oficina, casi se desmaya con lo que vio.
Mira, Valeria abrió su monedero y empezó a contar los pocos billetes arrugados que tenía dentro, soltando un suspirón que parecía un soplido. Las cosas empezaban a apretarle de verdad, y encontrar un trabajo decente en Madrid estaba resultando más complicado de lo que se pensaba. Empezó a hacer repaso mental de lo que le quedaba en casa: en el congelador, apenas un par de muslitos de pollo y algo de empanadillas congeladas. En la despensa, tenía arroz, pasta y una caja de bolsitas de té. De momento, podría tirar con solo una botella de leche y una barra de pan de la tienda de la esquina.
Mamá, ¿adónde vas? preguntó Carlota, su hija pequeña, saliendo corriendo de su habitación con esos ojazos marrones que siempre la miran como si Valeria fuera el centro del universo.
No te preocupes, mi vida, contestó Valeria, forzando una sonrisa para que no se notaran los nervios. Mamá va a intentar conseguir un trabajo. ¿Sabes qué? La tía Pilar y su hijo Mateo van a venir pronto a pasar el rato contigo.
¿Mateo viene? Carlota se iluminó, dando palmaditas de alegría. ¿Traerán a Pelusa?
Pelusa es el gato tricolor de Pilar, una bola de mimos que Carlota adora desde que lo conoció. Pilar, su vecina de toda la vida, se ofreció a cuidar a Carlota mientras Valeria iba a una entrevista en el centro, en una empresa de distribución de alimentos. Llegar hasta la oficina en Madrid es un viaje largo, sobre todo en metro y autobús más tiempo de desplazamiento que la propia entrevista.
Valeria y Carlota llevan ya más de dos meses en la capital. Valeria se reprocha cada día esa decisión impulsiva: dejar su pueblo de Ávila, mudarse a Madrid con la niña, gastarse prácticamente todos sus ahorros en el alquiler y la compra del supermercado todo apostando a encontrar trabajo rápido. Pero el mercado laboral madrileño está durísimo. Aunque tenga dos carreras y no le faltan ganas, encontrar algo estable es como perseguir el oro de los tontos. En Ávila dejó a su madre, Manuela, y a su hermana pequeña, Lucía: las dos dependen de ella y se las apañan fatal cuando no está.
Pelusa se queda en casa, cielo, le explicó Valeria con ternura. No le gustan nada los trayectos en coche. Pero pronto iremos a ver a la tía Pilar y podrás achucharle lo que quieras.
¡Yo también quiero un gato! protestó Carlota, cruzando los brazos y poniendo cara de pena.
Siempre le pasa igual a Carlota cuando se habla de animales. De hecho, en casa de la abuela Manuela dejaron a Sombra, el gato negro de la familia, y a Roco, un perrillo que no para de ladrar. Carlota jugaba con ellos cada vez que estaban en Ávila, y ahora los echa mucho de menos.
Cariño, en este piso de alquiler no se pueden tener mascotas, explicó Valeria, suspirando.
¿Ni siquiera un pececito? preguntó Carlota, mirándola con extrañeza.
Ni siquiera un pececito, mi amor.
La verdad, ahora mismo los animales son el menor de sus problemas. Lo único que ocupa la cabeza de Valeria es conseguir trabajo. Sus últimos ahorros están volando, cada día se pone más nerviosa. Por lo menos pagó seis meses de alquiler por adelantado, pero eso la ha dejado prácticamente con lo justo.
En ese momento, suena el portero y Valeria sale de su nube de pensamientos. Pilar y su hijo Mateo, que tiene cinco años, están en la puerta. Como siempre, Pilar trae un tupper de galletas caseras y una porción de la famosa tarta de limón de su madre. Pilar también es madre soltera, pero vive con sus padres en otro pisito cerca de allí. Ahorrar para independizarse en Madrid es como que te toque el Gordo de Navidad.







