Todo por mi hijo – Cincuenta mil euros, Esteban. Cincuenta. Encima de los treinta mil de la pensión. Valentina lanzó el móvil sobre la mesa de la cocina con tal fuerza que resbaló por la encimera y estuvo a punto de caer al suelo. Esteban lo atrapó justo en el borde, y ese gesto la enfureció aún más. —A Fede le hacían falta unas zapatillas y el uniforme de la extraescolar —Esteban dejó el móvil boca abajo, como si escondiera una prueba—. Está creciendo, Val. Los niños crecen, siempre lo hacen. —¿Zapatillas de cincuenta mil? ¿Se apunta a la selección nacional o qué? —También le compré una mochila. Y una chaqueta. Pronto es otoño. Valentina se dio la vuelta, sin ganas de mirar ahora a su marido. Conocía esas transferencias. Cada mes. Sin falta. Siempre con la misma explicación: hijo, deber, responsabilidad. Palabras bonitas que escondían cifras muy concretas, fugándose de su presupuesto familiar al bolsillo de otra persona. —Le quiero —Esteban se acercó, quedando apenas a un paso detrás de ella—. Es mi hijo. No puedo hacer como si… —¿Y acaso te he pedido que lo ignores? Yo pregunto por qué tanto a mayores de la pensión. Treinta mil cada mes, ¿no es suficiente? ¿Nina no trabaja? —Sí que trabaja. —¿Entonces? Esteban guardó silencio. Un silencio que Valentina reconocía: no había respuesta, sólo costumbre de ceder, de ayudar, de evitar peleas. Ser el buen exmarido, el buen padre, el buen hombre. A costa de los suyos. Se giró apoyándose en la pila. —Yo hago cuentas, ¿sabes? Mentalmente. Lo que se va cada mes. ¿Quieres la suma anual? —Prefiero no saber. —Casi seiscientos mil. Sin contar los cincuenta de hoy. Esteban se frotó el puente de la nariz, otro gesto conocido: “no entremos en eso”. Pero Valentina ya no podía callar. Demasiado tiempo fingiendo ser la esposa comprensiva. —Íbamos a irnos de vacaciones, ¿te acuerdas? Prometiste: noviembre, mar, dos semanas. ¿Dónde está ese dinero ahora? —Val, lo entiendo. Pero Nina llamó, era urgente… —Nina, siempre Nina. Todo es urgente para ella. Esteban se sentó, codos en las rodillas, y Valentina, de pronto, vio lo cansado que estaba. No de su trabajo, sino de ese tira y afloja eterno entre dos mujeres. Sintió compasión, pero la reprimió. —Quiere comprarse un piso —dijo Esteban sin mirarla—. Para que Fede tenga su propio cuarto. —¿Un piso? ¿Qué piso? —Uno más grande. Ahora están en un estudio. Se les queda pequeño. —¿Y quién va a pagar? Por fin Esteban la miró, visiblemente culpable. Valentina se heló. —¿No estarás pensando…? —Me ha pedido ayuda para la entrada. Lo estoy pensando. —¿Pensando? Esteban, ¡es muchísimo dinero! ¿De dónde lo vas a sacar? —Tenemos algo ahorrado. Para el coche. —¡Para nuestro coche! ¡Para la familia! Le salió un grito; se tapó la boca. Demasiado tarde, las palabras ya flotaban. Esteban se levantó, fue a la ventana, manos en los bolsillos. —Fede también es mi familia. No voy a fingir que no existe. —¡Nadie te pide que finjas! Hay pensión, oficial y legal. Lo demás es tu generosidad. Y la mía. Porque es dinero de los dos. —Lo sé. —Pero no te frena. Silencio. En el piso de al lado, la tele sonando, risas de comedia. Un fondo absurdo para esa conversación. Valentina se sentó, alisando el mantel. Dentro ardía: rabia, pena, confusión. Pero se obligó a hablar templada. —¿Qué suma pide? —Dos millones para la entrada. El número se quedó suspenso. Valentina soltó una risa seca, sin alegría. —Dos millones. Todo nuestro saldo. —Lo sé. —¿Vas a dárselo? —Es para mi hijo. —Me niego. Es también mi dinero, no lo olvides. Esteban no dijo más. Una semana después, Valentina miró la app del banco, sólo para comprobar la nómina. Mecánicamente buscó la cuenta de ahorros, la del coche. Saldo: cuarenta y siete mil quinientos dos euros… Parpadeó. Recargó la app. Miró de nuevo. Cuarenta y siete mil, no dos millones… El móvil se le cayó sobre la alfombra. Se quedó quieta. Dos millones. Tres años ahorrando, renunciando a vacaciones y compras, contando cada céntimo. Ahora, cuarenta y siete mil. Restos de un futuro común. Buscó el historial: transferencia a nombre de Nina Covarrubias. Ni se molestó en ocultarlo. Esteban estaba en el sofá con el portátil cuando irrumpió. Sonrisa congelada al ver su cara. —¡¿Has dado todos nuestros ahorros a tu ex?! Un grito casi histérico. Le daba igual a quién despertaba. —Val, espera, puedo explicarlo… —¿¡Explicar?! ¡Dos millones, Esteban! ¡Dos! ¡Eran nuestros! Dejó el portátil, se puso en pie. En su cara, nada de culpa, sólo extraño empeño. —Es para Fede. Necesita un cuarto propio, que esté bien. Soy su padre, tengo el deber… —¡El deber lo tienes con tu familia! ¡Conmigo! ¡No con una mujer de la que te separaste hace cuatro años! —Es la madre de mi hijo. —¿Y yo?! —Eres mi esposa. Te quiero. Pero Fede… —¡Basta de escudarte en Fede! —Ella avanzó, y Esteban retrocedió sin querer—. Has regalado el piso a Nina. No a tu hijo: a ella. Será su nombre el del contrato, vivirá allí, hará lo que le venga. ¿Qué tiene eso que ver con Fede? Esteban abrió la boca, pero enmudeció. No podía contestar porque ella tenía razón, y lo sabía. —Todavía la quieres —susurró Valentina—. Ese es el problema. No es por Fede. Es incapacidad de negarle nada. Nunca has podido. —No es cierto. —¿Entonces por qué? ¿Por qué decides sin consultar? ¿Por qué eliges tú por los dos? Esteban quiso acercarse, le tendió las manos: —Val, por favor. Vamos a hablar con calma. Sé que estás enfadada, pero es por mi hijo… Valentina rechazó el contacto. —No me toques. Tres palabras: y se alzó un muro invisible entre ambos. Esteban quedó paralizado, súbito entendimiento en el rostro. Demasiado tarde. —No puedo —Valentina fue al dormitorio, sacó una maleta—. No puedo vivir con alguien que decide sin mí. Que miente. Que… —¡No he mentido! —No lo dijiste. Es igual. Metió lo imprescindible: ropa interior, documentos, cargador. Esteban la miraba desde la puerta, viendo hundirse su vida. —¿Adónde vas? —A casa de mi madre. —¿Por cuánto tiempo? Valentina cerró la cremallera, colgó la bolsa al hombro. Miró por última vez al hombre al que ya no reconocía. —No lo sé, Esteban. De verdad, no lo sé. Tres días en casa de su madre. El primer día, no podía levantarse del sofá. Su madre la mimaba como cuando niña. El segundo, rabia; el tercero, claridad. Llamó a su abogado. —Quiero divorciarme. Sí, segura. No hay reconciliación posible. Esteban llamaba y enviaba largos mensajes, llenos de explicaciones y disculpas. Valentina los leía, no respondía. Ya no había nada que decir. Él había decidido. Ahora ella decidía. Un mes después, Valentina alquiló un pequeño estudio al otro lado de Madrid. Modesto, con vistas a fábricas, pero suyo. Ella eligió cortinas, colocó muebles, escogió el destino del sueldo. El divorcio fue rápido. Esteban no puso objeciones, quizá creyendo que ella cambiaría de idea. No lo hizo. A veces, por las noches, Valentina se sentaba frente a la ventana y pensaba en lo rara que es la vida. Tres años atrás pensaba haber encontrado a su persona. Hoy, está sola en un piso vacío. Y, curiosamente, no da miedo. En el cuaderno apuntó: cero. El punto de partida. Al lado, plan de ahorro para el mes, el semestre, el año. A qué destinar, cómo invertir, qué cursos hacer para mejorar el trabajo. Por primera vez en mucho tiempo, el futuro dependía sólo de ella.

Cincuenta mil euros, Enrique. Cincuenta mil. Encima de los treinta mil de pensión.

Soledad tiró el móvil sobre la mesa de la cocina con tanta fuerza que deslizó hasta el borde, casi cayendo al suelo. Enrique lo rescató al vuelo, y ese gesto la irritó aún más.

A Marcos le hacían falta zapatillas y el uniforme para el baloncesto Enrique puso el móvil boca abajo, como si eliminara una pista. Está creciendo, Sole. Los niños, de repente, estiran como si les diera por competir con los pinos.
¿Zapatillas de cincuenta mil euros? ¿Nos ha salido estrella del Real Madrid?
También hay mochila. Y chaqueta. Se acerca el otoño.

Soledad apartó la mirada, no podía ni ver a su marido. Sabía de esos transferencias bancarias. Cada mes, cayendo con la puntualidad del AVE. Siempre la misma justificación: el niño, la responsabilidad, la vida. Palabras muy nobles detrás de cifras muy tangibles, desviadas del presupuesto familiar al bolsillo ajeno.

Le quiero, ¿vale? Enrique se acercó, parándose detrás de ella. Es mi hijo. No puedo ignorarle…
¿Te he dicho alguna vez pasa del crío? Solo pregunto por qué todo tiene que ser extra, además de la pensión. ¿Treinta mil euros al mes es poco? ¿Lucía no trabaja?
Trabaja.
¿Y entonces?

Enrique calló. Ese silencio, ya familiar para Soledad, siempre decía lo mismo: No tengo respuesta. Lo suyo era asentir, ayudar, nunca discutir. Un buen exmarido, un buen padre, un buen tipo. Pagando a escote, claro, con su familia de ahora.

Se giró, apoyándose en el fregadero.

Yo llevo la cuenta, ¿lo sabías? Mentalmente. Lo que sale cada mes. ¿Te interesa la suma anual?
Mejor no.
Casi seiscientos mil euros. Sin contar estos cincuenta mil de hoy.

Enrique se frotó el puente de la nariz, gesto mundialmente utilizado como no sigamos. Pero Soledad ya había aguantado demasiado tiempo, simulando ser la esposa comprensiva.

Íbamos a hacer un viaje, ¿te acuerdas? Me prometiste: noviembre, playa, dos semanas. ¿Dónde está ese dinero?
Sole, lo entiendo, pero Lucía llamó que era urgente…
Lucía. Siempre Lucía. Con sus urgencias dignas de telenovela.

Enrique se sentó al taburete, codos en las rodillas, y Soledad de pronto le vio extenuado. No por el trabajo, sino por la interminable gymkana entre dos mujeres, sin pódium para el vencedor. Sintió cierta pena, pero la domesticó al momento.

Quiere comprar un piso admitió Enrique, mirando el suelo. Para que Marcos tenga su habitación.
¿Un piso? ¿De qué piso hablas?
Uno más grande. Ahora están en un estudio, lo sabes, y se les queda chico.
Chico Y quién paga la ampliación, ¿Supermán?

Por fin la miró, culpable. A Soledad la recorrió un escalofrío.

No irás a…
Ha pedido ayuda con la entrada. Solo estoy pensando.
¿Pensando? Enrique, eso es… ¡una fortuna! ¿De dónde vas a sacar tanta pasta?
Hemos ahorrado algo. Lo de la furgoneta.
¡Lo de la furgoneta era nuestro! Para la familia, la nuestra.

El grito salió sin permiso, y Soledad tapó la boca con la mano, pero ya era tarde.

Enrique se acercó a la ventana, manos en los bolsillos.

Marcos también es mi familia, no puedo hacer como si no existiera.
Nadie te obliga a negar al niño, pero existe la pensión: legal y oficial. El resto es tu generosidad. Y la mía también, porque ese dinero es de los dos.
Ya lo sé.
Pero eso te da igual.

Silencio. Se oía la tele de los vecinos, algo de risas en una comedia. Gran banda sonora para la escena.

Soledad se sentó en su silla, alisando el mantel nerviosamente. Por dentro, ardiendo de rabia y descoloque, se obligó a hablar sin temblor.

¿Cuánto pide?
Dos millones de euros para la entrada.

El número flotó en el aire. Soledad soltó una risotada cortante, de las que no hacen gracia.

Dos millones. Eso es todo lo que tenemos.
Lo sé.
¿Vas a dárselo?
Es por mi hijo.
Me niego. Es mi dinero también, por si lo has olvidado.

Él no protestó. No había nada más que decir.

Una semana después, Soledad abrió la app del banco, a ver si había cobrado nómina. Pasó el dedo hasta la cuenta de ahorros. La mismita a la que llevaban años alimentando.

Saldo: cuarenta y siete mil quinientos dos euros…

Parpadeó. Cerró y abrió de nuevo. Miró una vez más.

Cuarenta y siete mil en vez de dos millones…

El móvil se le resbaló, cayendo sobre la alfombra.

Soledad se quedó de pie en medio del salón, paralizada. Dos millones. Tres años sin vacaciones, planificando hasta la última compra. Ahora solo quedan cuarenta y siete mil. Retales del futuro conjunto.

Buscó en la app la lista de movimientos. Transferencia a nombre de Lucía Gómez de la Torre.

Ni disimulo, ni el menor rodeo.

Enrique estaba en el sofá, con el portátil, cuando ella irrumpió. Levantó la cabeza, esbozó sonrisa… y se le congeló cuando vio la cara de Soledad.

¿Has regalado TODOS nuestros ahorros a tu ex?

El grito fue más bien aullido, le dio igual si los vecinos escuchaban.

Espera, Sole, puedo explicarlo…
¿Explicar QUÉ? ¡Dos millones de euros, Enrique, dos! ¡Nuestros ahorros!

Enrique apartó el portátil y se levantó despacio. En sus ojos, ni un rastro de remordimiento, solo tozudez rara.

Es por Marcos. Necesita una habitación decente, unas condiciones dignas. Soy padre, estoy obligado…
¡Obligado a tu familia! ¡A mí! No a una mujer de la que te divorciaste hace cuatro años.
Es la madre de mi hijo.
¿Y yo qué soy?
Eres mi esposa. Te quiero. Pero Marcos…
No sigas escudándote en Marcos Soledad se acercó y Enrique, por raro que parezca, se echó hacia atrás. ¡Has comprado el piso a Lucía! No al niño. El piso será suyo, para que viva y haga lo que quiera. ¿O va a ponerlo a nombre del crío, a los once años?

Enrique intentó contestar, pero nada salió.

Todavía la quieres dijo Soledad bajito. Ese es el tema, no Marcos. A ella no puedes negarle nada.
No es verdad.
Entonces dime, ¿por qué? ¿Por qué decides por los dos?

Enrique se acercó, manos abiertas:

Por favor, Sole, hablemos tranquilos. Sé que estás enfadada, pero es por mi hijo…

Ella evitó el contacto.

No me toques.

Tres palabras y se levantó una muralla invisible. Enrique quedó inmóvil, y finalmente entendió algo. Pero demasiado tarde.

No puedo seguir así Soledad fue al dormitorio y empezó a meter cosas en una bolsa. No puedo vivir con alguien que decide por mí. Que me oculta cosas.
¡No te he mentido!
No has contado. Eso es lo mismo.

Metió lo esencial: ropa interior, DNI, cargador del móvil. Enrique, en la puerta, vio cómo se le desmoronaba la vida.

¿Adónde vas?
A casa de mi madre.
¿Mucho tiempo?

Soledad cerró la cremallera, echó la bolsa al hombro. Miró al hombre que tenía delante, adulto y perdido, sin comprender la dimensión de su estropicio.

No lo sé, Enrique. De verdad, no lo sé.

Tres días en el piso de su madre fueron raros. El primero, tirada en el sofá, mirando al techo. La madre con té, sin preguntas, solo caricias maternales. El segundo, pura rabia. El tercero, claridad heladora.

Llamó al abogado.

Quiero divorciarme. Sí, segura. No habrá reconciliación.

Enrique la contactó a diario, con mensajes larguísimos, llenos de explicaciones y perdones. Soledad los leía, pero no contestaba. ¿Qué decir? Él eligió. Ahora le tocaba elegir a ella.

Al mes, Soledad alquiló un estudio en la otra punta de Madrid. Pequeño, con vistas a una nave industrial, pero suyo. Eligiendo las cortinas, recolocando el sofá, organizando su nómina a su antojo.

El divorcio se firmó enseguida. Enrique no discutió, firmó en silencio. Quizás esperaba que ella cambiara de idea. No lo hizo.

A veces, por las noches, Soledad se sentaba junto a la ventana, reflexionando sobre las vueltas de la vida. Hace tres años, creyó haber encontrado a su persona. Hoy, sola en un piso diminuto. Y, por raro que parezca, no tenía miedo.

Abría el cuaderno, apuntaba: cero. Punto de partida. Al lado, plan mensual, semestral y del año. ¿Cuánto ahorrar, dónde invertir, qué curso hacer para mejorar en el trabajo?

Por primera vez en mucho tiempo, su futuro dependía solo de ella.

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Todo por mi hijo – Cincuenta mil euros, Esteban. Cincuenta. Encima de los treinta mil de la pensión. Valentina lanzó el móvil sobre la mesa de la cocina con tal fuerza que resbaló por la encimera y estuvo a punto de caer al suelo. Esteban lo atrapó justo en el borde, y ese gesto la enfureció aún más. —A Fede le hacían falta unas zapatillas y el uniforme de la extraescolar —Esteban dejó el móvil boca abajo, como si escondiera una prueba—. Está creciendo, Val. Los niños crecen, siempre lo hacen. —¿Zapatillas de cincuenta mil? ¿Se apunta a la selección nacional o qué? —También le compré una mochila. Y una chaqueta. Pronto es otoño. Valentina se dio la vuelta, sin ganas de mirar ahora a su marido. Conocía esas transferencias. Cada mes. Sin falta. Siempre con la misma explicación: hijo, deber, responsabilidad. Palabras bonitas que escondían cifras muy concretas, fugándose de su presupuesto familiar al bolsillo de otra persona. —Le quiero —Esteban se acercó, quedando apenas a un paso detrás de ella—. Es mi hijo. No puedo hacer como si… —¿Y acaso te he pedido que lo ignores? Yo pregunto por qué tanto a mayores de la pensión. Treinta mil cada mes, ¿no es suficiente? ¿Nina no trabaja? —Sí que trabaja. —¿Entonces? Esteban guardó silencio. Un silencio que Valentina reconocía: no había respuesta, sólo costumbre de ceder, de ayudar, de evitar peleas. Ser el buen exmarido, el buen padre, el buen hombre. A costa de los suyos. Se giró apoyándose en la pila. —Yo hago cuentas, ¿sabes? Mentalmente. Lo que se va cada mes. ¿Quieres la suma anual? —Prefiero no saber. —Casi seiscientos mil. Sin contar los cincuenta de hoy. Esteban se frotó el puente de la nariz, otro gesto conocido: “no entremos en eso”. Pero Valentina ya no podía callar. Demasiado tiempo fingiendo ser la esposa comprensiva. —Íbamos a irnos de vacaciones, ¿te acuerdas? Prometiste: noviembre, mar, dos semanas. ¿Dónde está ese dinero ahora? —Val, lo entiendo. Pero Nina llamó, era urgente… —Nina, siempre Nina. Todo es urgente para ella. Esteban se sentó, codos en las rodillas, y Valentina, de pronto, vio lo cansado que estaba. No de su trabajo, sino de ese tira y afloja eterno entre dos mujeres. Sintió compasión, pero la reprimió. —Quiere comprarse un piso —dijo Esteban sin mirarla—. Para que Fede tenga su propio cuarto. —¿Un piso? ¿Qué piso? —Uno más grande. Ahora están en un estudio. Se les queda pequeño. —¿Y quién va a pagar? Por fin Esteban la miró, visiblemente culpable. Valentina se heló. —¿No estarás pensando…? —Me ha pedido ayuda para la entrada. Lo estoy pensando. —¿Pensando? Esteban, ¡es muchísimo dinero! ¿De dónde lo vas a sacar? —Tenemos algo ahorrado. Para el coche. —¡Para nuestro coche! ¡Para la familia! Le salió un grito; se tapó la boca. Demasiado tarde, las palabras ya flotaban. Esteban se levantó, fue a la ventana, manos en los bolsillos. —Fede también es mi familia. No voy a fingir que no existe. —¡Nadie te pide que finjas! Hay pensión, oficial y legal. Lo demás es tu generosidad. Y la mía. Porque es dinero de los dos. —Lo sé. —Pero no te frena. Silencio. En el piso de al lado, la tele sonando, risas de comedia. Un fondo absurdo para esa conversación. Valentina se sentó, alisando el mantel. Dentro ardía: rabia, pena, confusión. Pero se obligó a hablar templada. —¿Qué suma pide? —Dos millones para la entrada. El número se quedó suspenso. Valentina soltó una risa seca, sin alegría. —Dos millones. Todo nuestro saldo. —Lo sé. —¿Vas a dárselo? —Es para mi hijo. —Me niego. Es también mi dinero, no lo olvides. Esteban no dijo más. Una semana después, Valentina miró la app del banco, sólo para comprobar la nómina. Mecánicamente buscó la cuenta de ahorros, la del coche. Saldo: cuarenta y siete mil quinientos dos euros… Parpadeó. Recargó la app. Miró de nuevo. Cuarenta y siete mil, no dos millones… El móvil se le cayó sobre la alfombra. Se quedó quieta. Dos millones. Tres años ahorrando, renunciando a vacaciones y compras, contando cada céntimo. Ahora, cuarenta y siete mil. Restos de un futuro común. Buscó el historial: transferencia a nombre de Nina Covarrubias. Ni se molestó en ocultarlo. Esteban estaba en el sofá con el portátil cuando irrumpió. Sonrisa congelada al ver su cara. —¡¿Has dado todos nuestros ahorros a tu ex?! Un grito casi histérico. Le daba igual a quién despertaba. —Val, espera, puedo explicarlo… —¿¡Explicar?! ¡Dos millones, Esteban! ¡Dos! ¡Eran nuestros! Dejó el portátil, se puso en pie. En su cara, nada de culpa, sólo extraño empeño. —Es para Fede. Necesita un cuarto propio, que esté bien. Soy su padre, tengo el deber… —¡El deber lo tienes con tu familia! ¡Conmigo! ¡No con una mujer de la que te separaste hace cuatro años! —Es la madre de mi hijo. —¿Y yo?! —Eres mi esposa. Te quiero. Pero Fede… —¡Basta de escudarte en Fede! —Ella avanzó, y Esteban retrocedió sin querer—. Has regalado el piso a Nina. No a tu hijo: a ella. Será su nombre el del contrato, vivirá allí, hará lo que le venga. ¿Qué tiene eso que ver con Fede? Esteban abrió la boca, pero enmudeció. No podía contestar porque ella tenía razón, y lo sabía. —Todavía la quieres —susurró Valentina—. Ese es el problema. No es por Fede. Es incapacidad de negarle nada. Nunca has podido. —No es cierto. —¿Entonces por qué? ¿Por qué decides sin consultar? ¿Por qué eliges tú por los dos? Esteban quiso acercarse, le tendió las manos: —Val, por favor. Vamos a hablar con calma. Sé que estás enfadada, pero es por mi hijo… Valentina rechazó el contacto. —No me toques. Tres palabras: y se alzó un muro invisible entre ambos. Esteban quedó paralizado, súbito entendimiento en el rostro. Demasiado tarde. —No puedo —Valentina fue al dormitorio, sacó una maleta—. No puedo vivir con alguien que decide sin mí. Que miente. Que… —¡No he mentido! —No lo dijiste. Es igual. Metió lo imprescindible: ropa interior, documentos, cargador. Esteban la miraba desde la puerta, viendo hundirse su vida. —¿Adónde vas? —A casa de mi madre. —¿Por cuánto tiempo? Valentina cerró la cremallera, colgó la bolsa al hombro. Miró por última vez al hombre al que ya no reconocía. —No lo sé, Esteban. De verdad, no lo sé. Tres días en casa de su madre. El primer día, no podía levantarse del sofá. Su madre la mimaba como cuando niña. El segundo, rabia; el tercero, claridad. Llamó a su abogado. —Quiero divorciarme. Sí, segura. No hay reconciliación posible. Esteban llamaba y enviaba largos mensajes, llenos de explicaciones y disculpas. Valentina los leía, no respondía. Ya no había nada que decir. Él había decidido. Ahora ella decidía. Un mes después, Valentina alquiló un pequeño estudio al otro lado de Madrid. Modesto, con vistas a fábricas, pero suyo. Ella eligió cortinas, colocó muebles, escogió el destino del sueldo. El divorcio fue rápido. Esteban no puso objeciones, quizá creyendo que ella cambiaría de idea. No lo hizo. A veces, por las noches, Valentina se sentaba frente a la ventana y pensaba en lo rara que es la vida. Tres años atrás pensaba haber encontrado a su persona. Hoy, está sola en un piso vacío. Y, curiosamente, no da miedo. En el cuaderno apuntó: cero. El punto de partida. Al lado, plan de ahorro para el mes, el semestre, el año. A qué destinar, cómo invertir, qué cursos hacer para mejorar el trabajo. Por primera vez en mucho tiempo, el futuro dependía sólo de ella.
Durante tres días, Ana fregó cada rincón de la casa como si el polvo no fuera el enemigo, sino el tiempo que la separaba de su hijo.