No remuevas el pasado
Hoy vuelvo a pensar en mi vida, como hago a menudo desde que crucé el umbral de los cincuenta. Siendo honesta, no puedo considerar mi matrimonio un ejemplo de felicidad. Todo por culpa de mi marido, Julián. Nos casamos jóvenes, enamorados, todo parecía perfecto. Pero algo cambió y me perdí ese momento.
Vivíamos en un pueblo de Castilla, en la casa de su madre, Doña Ana. Siempre procuré que en la casa reinara la paz; respetaba mucho a mi suegra y ella conmigo era cálida y cercana. Por otro lado, mi madre vivía en el pueblo vecino con mi hermano menor; sufría muchas enfermedades y siempre necesitaba cuidados.
Las vecinas, como siempre, cotilleaban en la fuente o en el ultramarinos, preguntando a Ana por mí:
Ana, ¿cómo te llevas con tu nuera Tomasa?
Y mi suegra respondía:
Pues la verdad que no puedo decir nada malo de Tomasa, es respetuosa, sabe llevar la casa y se encarga del corral. Me ayuda en todo.
Las otras chismosas no se lo creían.
Ay, vamos, que nunca la suegra ha alabado a la nuera. Eso no lo hemos visto decían.
Bueno, eso es cosa vuestra replicaba Ana, marchándose sin prestarles más atención.
Cuando nació mi hija Martina, la alegría iluminó la casa. Ana buscaba sus rasgos en la pequeña, mientras yo me reía y pensaba que daba igual a quién se pareciese.
Al cumplir tres años Martina, vino al mundo mi hijo. Más trabajo, sí, pero también más felicidad. Julián trabajaba; yo me ocupaba de los niños; mi suegra me apoyaba mucho. Vivíamos tranquilos, e incluso mejor que otros: Julián no bebía, al contrario que muchos hombres de por aquí. Otras mujeres pasaban las noches buscando a sus maridos por los bares, les tocaba arrastrarlos a casa y maldecir todo.
Cuando esperaba mi tercer hijo, me llegó la noticia de que Julián me engañaba. En los pueblos nada queda oculto; pronto corrió el chisme sobre él y Teresa, la viuda. Fue la vecina, Valentina, quien me lo dijo claramente:
Tomasa, vas a tener el tercer hijo de Julián y él vaya desagradecido, que se va con otras.
¿De verdad, Valen? Yo no he notado nada respondí, asombrada.
¿Cómo vas a notarlo, mujer? Entre los niños, la casa, la suegra y el campo, ¿qué tiempo tienes para vigilarle? Él vive a su aire. Todos saben lo suyo con Teresa, ya ni se esconde.
Me dolió profundamente. Ana lo sabía, pero callaba: temía que yo me enterara, le daba pena. Muchas veces regañó a su hijo.
Madre, ¿acaso estuviste presente? Las mujeres hablan por hablar.
Una tarde, Valentina llegó corriendo:
Tomasa, acabo de ver a tu Julián entrando en el patio de Teresa. Lo he visto yo misma volviendo del supermercado. ¿Vas a quedarte sola con tres hijos? Ve y arráncale los pelos, que no se va a atrever a ponerte una mano encima insistía sin parar.
Yo sabía que no tenía el valor para enfrentarme a Teresa, mujer de carácter fuerte y lengua afilada, endurecida por la vida tras la muerte de su marido. Después de pensarlo, fui decidida:
Iré, miraré a Julián a los ojos. Él siempre niega todo, dice que son habladurías le dije a mi suegra, que intentó disuadirme.
Tomasa, hija, ¿dónde vas con la barriga?
Era finales del otoño, ya oscurecía. Golpeé el cristal de Teresa y esperé. Antes de aparecer, su voz se oyó desde la puerta cerrada:
¿Qué quieres? ¿Por qué aporreas la ventana?
Abre. Sé que mi Julián está contigo. No me vengas con cuentos grité.
Anda, sigue soñando. No hagas el ridículo; vete a casa respondió, riéndose.
No me abrió. Me fui, comprendiendo que no conseguiría nada. Julián llegó de madrugada, borracho; no solía hacerlo, pero a veces ocurría.
¿Dónde estabas? Sé que te juntas con Teresa y tomáis juntos. Fui y no me abrió.
Qué tonterías dices. Estaba con Gervasio en el bar, nos pasó el tiempo se excusó.
No me creí sus palabras. No armé escándalo; nunca fui amiga de las discusiones. ¿Qué podía hacer?, «a falta de pruebas, no hay delito». Pasé la noche en vela, pensando una y otra vez:
¿A dónde iría con dos niños y otro en camino? Mi madre, siempre enferma, vive con mi hermano y su familia, y ya están justos de espacio. ¿Cómo arreglaríamos eso?
Mi madre siempre me aconsejaba cuando yo le contaba las infidelidades de Julián:
Aguanta, hija, que casarte y tener hijos te obliga a resistir. ¿Crees que fue fácil vivir con tu padre? También bebía y nos hacía correr y escondernos, ¿recuerdas? Dios decidió llevárselo, pero yo aguanté. Tu Julián, al menos, no te pega ni se emborracha cada semana. Así ha sido la vida de las mujeres desde siempre: aguantar.
No compartía todo lo que decía, pero sabía que no podría marcharme. Mi suegra también intentaba tranquilizarme.
Hija, a dónde vas con tres críos. Pronto nacerá el tercero. Entre las dos podremos con Julián.
La tercera fue niña: Alejandra, débil y enferma de pequeña. Seguro que fue por mis disgustos en el embarazo. Con el paso del tiempo se calmó; Ana la cuidaba con mucho esmero.
Tomasa, ¿te has enterado? preguntó Valentina, siempre la primera en traer cualquier chisme, Teresa ha metido a Miguel en casa, el marido la dejó.
Pues nada, que le vaya bien respondí, aliviada de que Julián ya no tuviera hueco allí.
Pero al mes, Valentina regresó con noticias:
Miguel volvió con su mujer; Teresa está sola otra vez, a saber a quién busca ahora. Vigila a tu Julián, que igual le da por volver con ella.
La vida volvió a ser tranquila en casa. Ana estaba contenta. Aunque cuando a un hombre le puede el demonio, no hay manera de sujetarle en casa.
De camino del mercado, Ana se topó con su amiga Encarnación.
Ana, ¿a quién sale tu Julián? Tomasa es guapa, trabajadora y buena madre, y tú siempre la elogias. ¿Qué más puede pedir?
¿Encarnación, acaso Julián anda otra vez tras otras mujeres?
Y tanto. Anda con Verónica, la separada que trabaja en la cantina. Aquí vive como un rey; comida, ropa limpia y comodidades y anda de picaflor.
Ana no me dijo nada; reprendía a Julián en secreto, pero la verdad no se puede ocultar. Me enteré gracias, una vez más, a Valentina. Mis lágrimas y ruegos no cambiaron nada: Julián seguía con sus historias, aunque nunca pensó en dejarnos. Sabía que jamás podría abandonar a sus hijos y a mí, aunque no fue nunca fiel. Para él, la familia aseguraba comodidades; y fuera, buscaba diversión.
Ana ya le reñía abiertamente, intentando hacerle razonar, pero a estas alturas, ¿quién escucha a una madre mayor? Julián le gritaba, diciendo que no se metiera.
Madre, trabajo y mantengo a la familia, y vosotras solo sabéis acusarme. Siempre creéis los cotilleos.
Con los años, los hijos crecieron. Martina se casó en la capital del distrito, donde estudió y se quedó a vivir. Mi hijo terminó la universidad en la ciudad y también se casó con una chica local.
La pequeña Alejandra está terminando el bachillerato y piensa ir a estudiar a Valladolid. Julián, por fin asentado, sólo está en casa y en el trabajo. Ahora pasa más tiempo tumbado en el sofá, tiene achaques, y ha dejado el alcohol por completo.
Tomasa, el corazón me da pinchazos y se me va a la espalda luego se queja de las rodillas: Creo que son los huesos, ¿debería ir al médico de la capital?
No me da lástima. Mi corazón se endureció tras tantas lágrimas y decepciones antes de que él cambiara.
Ahora, que la salud le falla, se queda en casa y se queja pienso, que vaya con sus antiguas compañeras que lo cuiden ellas.
Ana falleció, la enterramos junto a su marido. En casa de Julián y Tomasa reina el silencio. A veces llegan los hijos y nietos. Julián sonríe, pero siempre se queja de salud y hasta me culpa de no cuidarle. Martina trae medicinas, muy pendiente de él, y me dice:
Mamá, no te enfades con papá; está enfermo y me duele que se ponga de su parte.
Hija, él tiene la culpa. Fue demasiado joven y desaforado en su día, y ahora quiere lástima. Yo también perdí mi salud de tanto sufrir por él intento justificarme.
Mi hijo le anima, habla más con él; lógico, son hombres.
Mis hijos parecen no comprenderme. Cuando les conté que Julián me fue infiel y que aguanté por ellos, les pregunté cómo se puede dejar a los hijos sin padre, lo que supone ese dolor. ¿Y qué me respondieron?
Mamá, no remuevas el pasado, no agobies a papá decía Martina.
Mamá, lo pasado, pasado está decía el chico acariciándome el hombro.
Me duele un poco que estén del lado de su padre, pero entiendo sus razones. Así es la vida.
Gracias por compartir estos momentos conmigo. Ojalá la vida les sea amable.






