No remuevas el pasado: La historia de Taísia tras cincuenta años, entre decepciones, familia y los silencios de un matrimonio rural en Castilla

No remuevas el pasado

A veces me encuentro pensando en la vida de Teresa, ahora que ha cruzado la frontera de los cincuenta. No puede decir que haya tenido una vida familiar feliz y todo es por culpa de su esposo, Eugenio. Se casaron jóvenes y por amor, y ambos se adoraban… Pero en algún punto, Eugenio cambió, y ella ni siquiera se dio cuenta de cuándo ocurrió.

Vivían en un pueblo, en la casa de su suegra, Ana. Teresa se esforzaba por mantener la armonía en casa, respetaba a su suegra, y Ana correspondía siempre con cariño. La madre de Teresa vivía en el pueblo de al lado, con el hermano pequeño de Teresa, y solía estar siempre enferma.

Ana, ¿cómo te llevas con tu nuera Teresa? Preguntaban las vecinas cuando coincidían en la fuente, en la tienda, o simplemente por la calle.

Pues de Teresa sólo puedo decir cosas buenas, es respetuosa, sabe llevar la casa, cuida bien del ganado y me ayuda en todo respondía siempre Ana.

Ay, sí, como si nos lo fuéramos a creer, que todo es paz en tu casa, ya nos contarás replicaban las demás mujeres del pueblo.

Bueno, cada cual con lo suyo contestaba Ana y se marchaba.

Teresa dio a luz a su hija Martina, todos en casa estaban contentos.

Teresa, ¡Martina se parece a mí! buscaba Ana sus propios rasgos en la niña, y Teresa se reía, le daba lo mismo a quién se pareciera la pequeña.

Cuando Martina cumplió tres años, Teresa tuvo un hijo. Más alegrías y trajín en casa. Eugenio trabajaba, Teresa con los niños, y Ana seguía prestando gran ayuda. Vivían como todos, quizás mejor que algunos; tranquilos, Eugenio nunca había cogido el vicio de la bebida, como otros. Había mujeres que a veces salían a buscar a sus maridos detrás del bar del pueblo, donde se reunían a beber y luego, borrachos, no podían ni regresar a casa. Las esposas acababan por arrastrarlos, refunfuñando y maldiciendo.

Cuando Teresa esperaba su tercer hijo, se enteró de que Eugenio le era infiel. En los pueblos nunca se esconden los secretos y no tardó mucho en correr el rumor sobre Eugenio y la viuda Toñi. Su vecina Valentina se lo confirmó sin reparos.

Teresa, llevas en tu vientre a tu tercer hijo de Eugenio y él… fue poco delicada, anda con otras mujeres.

¿De verdad, Valentina? Yo no he notado nada raro se sorprendió Teresa.

Claro que no te has dado cuenta: dos niños, el tercero de camino, la casa, tu suegra, el campo… ¿Cuándo vas a fijarte? Él disfruta de su vida. En el pueblo todos saben que tiene un lío con Toñi, y ella ni se molesta en esconderlo.

Teresa se disgustó mucho, Ana lo intuía, pero callaba. Sentía pena por su nuera y regañaba muchas veces a Eugenio, pero él la calmaba rápidamente:

Madre, tampoco exageres, sólo son habladurías de mujeres, te lo digo yo.

Un día llegó Valentina agitada.

Teresa, acabo de ver a tu Eugenio entrando al patio de Toñi, lo he visto con mis propios ojos, iba del mercado. ¿Vas a quedarte sola con tres niños? Vete y saca a esa descarada de los pelos. Estás embarazada, Eugenio no se atreverá a ponerte la mano encima insistía Valentina.

Teresa sabía que no tendría valor para armar pelea con Toñi, que era fuerte y escandalosa; su marido se había ahogado en el río tras una borrachera, vivían siempre peleando, así que Toñi había aprendido a defenderse. Aún así, Teresa decidió ir.

Voy a mirar a Eugenio a la cara, a que me diga la verdad. Él niega todo, dice que son cotilleos del pueblo comentó con Ana, quien trató de detenerla.

Teresa, ¿adónde vas embarazada? Cuídate…

Caía el otoño y ya era de noche. Teresa fue e hizo ruido en la ventana de Toñi, esperando que saliera. Toñi, sin abrir, contestó desde dentro:

¿Qué buscas, quién te manda?

Ábreme, sé que Eugenio está contigo, ya me lo han contado…

Sí, ahora mismo, claro, seguro que abro para ti. Anda, vete y no montes el espectáculo oyó cómo se reía Toñi.

Al cabo de un rato, Teresa se marchó, entendiendo que no iba a abrirle. Eugenio regresó borracho después de medianoche. Rara vez bebía, pero a veces lo hacía. Teresa estaba despierta.

¿Dónde has estado? Sé que andabas con Toñi, estabais bebiendo juntos. Fui y no me abrió la puerta Lo sabes perfectamente.

¡Qué cosas te inventas! protestó Eugenio. Yo no estaba ahí. Estaba tomando algo con Genaro el cojo, se nos fue el santo al cielo.

Teresa no creyó a su marido, pero guardó silencio, no era de armar escándalos. ¿Y qué podía hacer? “Ojos que no ven…”, como dicen. No pegó ojo aquella noche, pensando:

¿Dónde iría yo con dos hijos y el tercero por venir? Mamá está enferma, y mi hermano tiene su propia familia con tres niños, la casa es pequeña, ¿cómo íbamos a caber?

Su madre le decía, cada vez que Teresa se quejaba por las infidelidades de Eugenio:

Aguanta, hija. Si te has casado y tienes hijos, aguanta. ¿Crees que yo viví bien con tu padre? Bebía, nos echaba de casa, ¿te acuerdas cómo nos escondíamos en casas ajenas? Al final, Dios se lo llevó, pero yo aguanté. Tu Eugenio, al menos, no bebe apenas, y nunca te ha levantado la mano. Siempre ha sido cosa de mujeres aguantar.

Aunque Teresa no compartía del todo la opinión de su madre, se daba cuenta de que tampoco tenía escapatoria. Ana la animaba:

¿Adónde vas con los niños, hija? Pronto nacerá el tercero. Las dos quizá podamos con Eugenio.

La tercera niña, Alicia, nació débil y enfermiza. El estrés de Teresa durante el embarazo pasó factura. Con el tiempo, la niña se fue tranquilizando y Ana la cuidaba con mucho mimo.

Teresa, ¿has oído la última? Valentina aparecía siempre con los chismes del pueblo. Toñi ha metido a Miguel en su casa, su mujer lo echó.

Bien, cada uno con lo suyo contestó Teresa, en el fondo aliviada porque su Eugenio dejara de visitar a Toñi.

Pero al mes, regresó Valentina:

Miguel volvió con su esposa, Toñi otra vez busca hombre. Cuida a tu Eugenio, no vaya a ser que le vuelvan las ganas.

Teresa volvía a vivir tranquila con Eugenio y Ana. Pero cuando un hombre lleva el demonio dentro, no hay mujer que lo retenga.

Ana, volviendo del mercado, se encontró con su amiga Asunción.

Ana, ¿de dónde le viene ese genio a tu Eugenio? Teresa es buena esposa y madre, tú misma lo dices, ¿qué más quiere él?

¿Otra vez anda Eugenio con mujeres? preguntó Ana.

Sí, claro que sí Vive bien, comida caliente, ropa limpia; ahora se le ha antojado Verónica, la divorciada que trabaja en la cantina.

Ana no le decía nada a Teresa, regañaba a su hijo en secreto. Pero no hay secreto que dure. Teresa se enteró por Valentina, como siempre. Ni las lágrimas ni los ruegos cambiaron nada. Eugenio seguía buscando mujeres fuera de casa, aunque nunca contemplaba marcharse, sabía que no podría dejar a sus hijos. Prefería así: mujer e hijos en casa, todo hecho, y otra mujer fuera para distracción.

Ana discutía ya abiertamente con su hijo, intentaba razonar, pero un hombre adulto no escucha ni a su madre.

Madre, yo trabajo para la familia, traigo dinero y siempre me estáis echando en cara cosas. Os creéis todos los cotilleos le decía Eugenio.

El tiempo pasó, los hijos crecieron. Martina se casó en la capital de la comarca, donde estudió y allí se quedó con su marido. El hijo terminó la carrera en Madrid y allí se casó con una chica local.

La pequeña Alicia termina el instituto, y también planea ir a la ciudad. Eugenio ahora está tranquilo, trabaja, llega a casa, y cada vez pasa más tiempo en el sofá porque la salud le falla. Ahora ni prueba el vino, y aunque antes era muy moderado, ahora lo ha dejado del todo.

Teresa, el corazón me va mal, me duele la espalda y otra vez Teresa, las rodillas me molestan, ¿qué será? A lo mejor los huesos… Quizá debería ir al médico.

A Teresa ya no le da pena su marido. Su alma se endureció tras tantos años de lágrimas y decepciones, aunque ahora Eugenio esté calmado.

Ya solo se queja, como está enfermo se queda en casa pensaba para sus adentros. Que vayan a cuidarlo las de antes… Que sean ellas las que lo escuchen ahora.

Ana falleció, está enterrada junto a su marido. En la casa de Eugenio y Teresa, reina el silencio. De vez en cuando vienen los hijos y los nietos y ambos se alegran. El padre les cuenta sus achaques, e incluso culpa a Teresa de no cuidarle. Martina le lleva medicinas, se preocupa, siempre está pendiente y hasta le dice a su madre:

Mamá, no le hables mal a papá, está enfermo y a Teresa le revuelve por dentro que la hija defienda a su padre.

Hija, él se lo buscó, tuvo una juventud muy agitada, y ahora quiere que le tengamos lástima. Yo también sufrí y mi salud la perdí por los disgustos con él trataba Teresa de justificarse.

El hijo, cada vez que viene, anima al padre, habla más con él, como suele pasar entre hombres

Y parece que los hijos no entienden a la madre, cuando ella intentaba explicarles que su padre le fue infiel y que ella aguantó por ellos. ¿Cómo iba a dejarles sin padre? Cuánto sufrió y cuánto le dolió. Pero lo único que recibía por respuesta era:

Mamá, no remuevas el pasado, no atormentes a papá decía Martina, y su hermano la apoyaba.

Mamá, lo pasado, pasado está le decía el hijo, pasándole la mano cariñosamente por el hombro.

A Teresa le duele que sus hijos estén del lado de su padre, pero en fondo los entiende, no guarda verdadero rencor; la vida es así.

Hoy he aprendido que no merece la pena volver siempre a lo que duele; el pasado, si se remueve demasiado, solo trae más pena. Mejor aceptarlo y seguir adelante, por quien aún está y, sobre todo, por uno mismo.

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No remuevas el pasado: La historia de Taísia tras cincuenta años, entre decepciones, familia y los silencios de un matrimonio rural en Castilla
El día que di a luz a nuestra hija, él estaba en un hotel con ella. Me mostró la factura y la foto: fecha, hora, nombre del lugar. Justo en ese momento, mientras sostenía a nuestra pequeña en brazos. Cuando él me escribía “ya voy”, “estoy atrapado en el tráfico”, “llego enseguida”. Pensaba que era una broma cruel, alguien queriendo hacerme daño, una confusión. Pero la foto no mentía. Era él: mi marido. El hombre que, una hora antes, me mandó un mensaje con un corazón y el “te quiero”. –––––––––– No recuerdo cuánto tiempo estuve con el móvil en la mano. En la habitación del hospital olía a leche y desinfectante. Mi niña dormía en la esquina, diminuta, indefensa, tranquila. Y yo sentía cómo mi mundo se rompía en silencio, sin gritos, solo dentro de mí. Tardé en creerlo. Lo rechazaba. ¡No podía! No así, no en ese día. Pensé que alguien le obligó, que algo sucedió. Pero la verdad era más sencilla. Y más dolorosa. Esa misma tarde ella me escribió: “No quería contártelo, pero tienes derecho a saber. Él estaba conmigo antes. También ese día.” No sé qué dolía más: la traición, o saber que mientras nacía una nueva vida, algo dentro de nosotros moría. Así decidí saberlo todo. Aunque me costara destruirme. –––––––––– No dije nada. Me quedé en la puerta, con la foto en la mano, el llanto suave de mi hija de fondo, mirando a ese hombre, el mismo que horas antes me agarraba la mano en el paritorio. Ahora, en la pantalla, sonreía a otra mujer vestida de rojo. Fecha, hora, ubicación. Un hotel en el centro de Madrid. Justo cuando nuestra hija nacía. Me temblaba el corazón. Las piernas, hechas de algodón. La cabeza, bloqueada. Solo una pregunta: ¿por qué? ¿Por qué ese día? ¿Por qué no estar conmigo, con nosotras? ¿Quién era ella? Pasaron días y él actuaba como siempre. Traía flores, cambiaba pañales, decía que era “la mujer más valiente del mundo”. Yo apenas podía mirarle sin querer gritar. Pero no lo hice. No aún. Antes tenía que saber más. Empecé a buscar. Computadora, móvil, papeles. De noche, cuando él dormía acurrucado con la niña y ni sospechaba que su mujer, quien acababa de darle una hija, ya no confiaba en él ni un segundo más. –––––––––– Y pronto descubrí más de lo que quería. Mensajes. Fotos juntos. Entradas de conciertos. Reservas de restaurantes. Todo de hacía meses. No era un accidente; era parte de su vida. Quizás más que yo. Lo que más dolía no era la infidelidad, ni la cobardía. Era el momento. El que debía ser el día más bonito de nuestras vidas. No aguanté más. Una noche, cuando la niña dormía, puse el portátil con la galería abierta delante de él. No dije ni una palabra. Miró la pantalla, bajó la cabeza. —No es lo que piensas —susurró. —¿Entonces qué es? —Un error. —¿Un error que duró más de un año? No respondió. Por primera vez vi miedo en sus ojos. No pena. No arrepentimiento. Miedo de que fuera el final. Y lo fue. Se marchó esa misma noche. No le pedí que se quedara. No lloré. Ya no me quedaban lágrimas. Las primeras semanas fui como una sombra. Sólo existía por mi hija, para que no le faltara nada. Pero por dentro era un naufragio. No dejaba de preguntarme por qué. ¿Por qué no pudo esperar? ¿Por qué no nos eligió? Después entendí otra cosa: quizás nunca nos eligió. Quizás estaba con nosotras porque era fácil, lo correcto, lo cómodo. Pero yo no quería ser su comodidad. Empecé a reconstruirme, poco a poco. Terapia. Amigas. Noches dormidas seguidas de noches en vela. Y esa mirada de mi hija, su primera sonrisa verdadera. Por ella tenía que ser fuerte. Tres meses después, él escribió. Un SMS corto: “Te echo de menos. Necesito explicártelo todo.” No respondí. Pero a la semana llamó a la puerta, de improvisto, con flores y una bolsa. —No vengo a rogarte. Vengo a pedirte perdón —dijo. Y habló. Que estaba perdido. Que temía la responsabilidad. Que ella solo fue “una huida”. Que al verme con la niña en brazos, algo se rompió dentro. Que sabe que no puede arreglarlo, pero quiere ser padre. Estar presente. Ayudar. Le miré sin saber qué sentía. ¿Enfado? ¿Tristeza? ¿O solo cansancio? Le dejé entrar. No porque le perdonara. Sino porque sabía que mi hija algún día le preguntaría dónde estuvo. Y ella tenía derecho a hacerlo cara a cara. Hoy han pasado dos años. No estamos juntos, pero somos padres. Él, algo torpe y a veces tarde, pero cada vez más presente. Yo, ya no la misma. Más fuerte, más sabia, y más tranquila. –––––––––– A veces pienso si podía haber actuado distinto, si podía salvar lo nuestro, dialogar, pelear por ello. Pero miro a mi hija. Su risa, su energía. Y sé que por quien debía ser fuerte, era por ella. El hombre que me falló fue solo un capítulo. Ella es todo el libro.