Me habría gustado que alguien me arreglara el grifo, como entre vecinos
Parece que tenemos un vecino nuevo en el rellano dijo Marina aquel día, con tono rutinario.
Andrés alargó la mano hacia la bandeja de pastas, pero la detuvo a medio camino.
¿A qué te refieres con aparecido? ¿Se ha mudado alguien?
Justo enfrente. Una rubia. Se llama Clara.
Bebió un sorbo de café, fijándose en la reacción de Andrés. Él encogió los hombros, con ese aire de quien estaba pensando en la cena caliente y no en trivialidades.
¿Y qué? Gente se muda a menudo.
Marina posó la taza en la mesa, algo más fuerte de lo necesario. El café se desbordó un poco.
Las primeras semanas, todo transcurrió en calma. Marina coincidía con la nueva vecina en el portal, se intercambiaban saludos de rigor y alguna que otra sonrisa cortés. Clara era una mujer joven, cuidada, vivaz, con una melena dorada y una risa alegre. Nada fuera de lo común.
Pero pronto, la cosa cambió.
Es que se comporta raro insistió Marina, enjugándose las manos en el paño de cocina. Siempre parece encontrarse contigo por el pasillo. Y justo cuando sales de casa.
Andrés resopló.
Vivimos puerta con puerta, normal que coincidamos.
¿Cada mañana? ¿Cada tarde? Justo cuando vas a trabajar o vuelves
Marina recordaba cómo, una semana atrás, pilló a Clara plantada ante el tablón de avisos del portal, observando el horario de la comunidad con una intensidad casi filosófica. Pero, en cuanto Andrés entró en escena, el horario dejó de interesarle. Clara sonrió, de una manera que a Marina le mordía la paciencia.
Oh, Andrés, qué bien encontrarte. Se me ha estropeado el grifo y los fontaneros no pueden venir, que trabajo hasta tarde ¿me lo miras, por favor?
Por supuesto, Andrés se lo miró. Volvió a casa al cabo de una hora, con la expresión de quien acaba de realizar una gesta.
Solo era la junta. La he cambiado.
Tres días después, Clara tenía el mueble atascado en el marco de la puerta. A la semana, la cerradura no iba. A los diez días, chasqueaba el cuadro eléctrico.
Te acecha afirmó Marina, mirando fijamente a su marido. Lo hace a propósito.
Andrés frunció el ceño, masajeándose el puente de la nariz.
Marina, exageras. Vive sola, no tiene a nadie que le ayude. ¿Qué hago, no echarle una mano?
Marina pudo contarle el detalle de la melena. Cómo Clara se la colocaba detrás del hombro siempre que Andrés asomaba. O el escote: provocador, calculado. Pero calló. Andrés restaría importancia.
Las visitas se volvieron habituales.
La primera vez, Clara se presentó con una tarta. Sonreía, sonrosada, con la bandeja de bizcocho de manzana en la mano.
He horneado esto, pero para mí sola es mucho. ¡Tomad!
A Marina ese gesto casi le revolvió el estómago. No por el pastel, sino por la empalagosa sonrisa de la vecina.
Tres días después, volvió Clara. Esta vez, preguntando por el proveedor de internet.
Andrés, ¿sabes qué tarifa tienes? Se me corta la conexión constantemente…
Entró sin esperar invitación; se sentó junto a Andrés, tan cerca que casi se tocaban. Charló y se rió demasiado alto, mostrando la garganta blanca y larga.
Le tocaba el brazo a cada poco. ¿En serio? toque. ¡Eres un genio! toque. No tenía ni idea toque.
Marina, sentada enfrente, observaba. Se le clavaban las uñas en la palma sin querer.
¿Y Andrés? Sonreía con esa amabilidad confiada suya, haciendo chascarrillos. Nada de poner límites. No un solo estoy casado, lo siento, ni un ¿no deberías preguntarlo a un técnico?.
¿Te das cuenta de lo que hace? preguntó Marina, después de que Clara se marchara.
¿Clara? ¿El qué?
Marina puso los ojos en blanco.
Se te insinúa abiertamente. Y tú lo sabes.
Andrés se echó a reír.
Estás exagerando, Marina. Es amable, solo eso.
¿Sólo? ¡Si casi se te sienta encima!
Qué exagerada eres
El ambiente en casa se cargaba como las nubes antes de la tormenta. Marina intentaba hacerle ver las cosas, pero Andrés se limitaba a ignorarlo. ¿Ingenuidad masculina o ceguera voluntaria? Ya no lo sabía.
Las visitas continuaron. Clara venía por sal, arreglos domésticos, o simplemente a charlar. Curiosamente, siempre coincidía con la ausencia de Marina: cuando iba al mercado, a casa de su madre ¿Casualidad? Ella sabía que no.
Una tarde, volvió antes de lo habitual y encontró a Clara en la cocina.
¡Ay, Marianita! entonó Clara. Venía por el router, que me da fallos otra vez
Marina no dijo nada. Cogió la taza de las manos de Clara, tiró el té por el fregadero y colocó la loza en el lavajillas, tranquila pero firme.
Clara se marchó a los cinco minutos. Pero volvió al día siguiente.
Aquella noche tampoco fue diferente. Andrés acababa de entrar del trabajo; Marina empezaba a compartirle sus sospechas cuando llamaron a la puerta.
Clara estaba allí.
Marina la miró de arriba abajo, reprimiendo una mueca. Llevaba un vestido corto, ceñido, color granate, que se pegaba a su figura. Un escote tan profundo, que parecía un abismo. Los labios rojos, relucientes; con la botella de vino en las manos, no parecía una vecina, sino una actriz dispuesta a posar para una revista de moda.
¡Buenas noches! canturreó Clara. ¿Está Andrés por aquí?
Su mirada esquivó a Marina, buscando al dueño de casa. En sus ojos oscilaba aquella chispa hambrienta, de caza. Ni siquiera lo ocultaba.
Marina bloqueó el paso, plantada en la entrada. Detrás, oyó los pasos de Andrés saliendo de la cocina.
¡Ah, Clara! sonrió él. ¿Ha pasado algo?
Clara agitó la botella.
Quería invitaros a un vinito, de agradecimiento por lo del grifo la semana pasada.
Marina no se movió.
Apenas necesitó un segundo para comprender: ya bastaba, suficiente circo.
Avanzó un paso, obligando a Clara a retroceder. Esta se vio obligada a echarse hacia atrás, descolocada. La botella osciló de nuevo en su mano.
No queremos volver a verte por aquí.
Marina lo dijo en voz baja, con calma. Sin gritos, sin dramatismos, sólo aquella firmeza acerada.
Clara abrió la boca, quizás para protestar, quizás para fingirse ofendida. Pero Marina no permitió réplica. Cerró la puerta con un golpe seco.
Silencio
Andrés se quedó en el recibidor, como si le hubieran dado un golpe seco en la cabeza.
Marina, ¿pero qué has hecho?
¿Yo? ella se giró, mirándolo. Proteger a nuestra familia, mientras tú repartías sonrisas.
Andrés se frotó la nuca.
Pero si sólo quería
Quería a ti. No hagas como si no lo entendieras.
Cruzaron las miradas. Marina respiraba hondo, el pulso aún acelerado. Andrés callaba, masticando el instante.
Y luego asintió. Lento, pensativo.
Puede que tengas razón.
No fue una disculpa. Ni confesión de su ceguera. Pero para empezar, bastaba.
Clara desapareció. Se esfumó, como niebla al alba. Nada de encuentros en el ascensor, ningún grifo roto, ningún cuadro eléctrico que chasquease. La puerta de enfrente ya siempre cerrada; y Marina pasaba por delante sintiendo un placer vengativo.
La semana transcurrió en paz. Marina incluso empezó a olvidar a la rubia del piso de enfrente.
Pero llegaron las miradas.
Al principio pensó que era su imaginación. Pero no, los vecinos cuchicheaban a su paso. Elena, del quinto, apretó los labios y giró la cara al verla en los buzones. Víctor, el del bajo, normalmente tan dicharachero, ahora murmuraba algo y se encerraba deprisa.
La respuesta llegó días después. Marina coincidió con Elena en la tienda del barrio; imposible evitarla. Y ella no pudo reprimirse.
Me han contado que le hicisteis un feo tremendo a Clarita empezó Elena con tono de reproche. ¡Con lo maja que es! Dice Víctor que luego estuvo llorando en la escalera.
A Marina le dio la risa.
¿Sí? ¿Llorando?
¡Sí! Sólo quería hacer amistad, y tú le cerraste la puerta en las narices.
Buena vecina, claro repitió Marina, hojeando un paquete de arroz con esmero teatral. En vestido de escote hasta el ombligo y botella de vino. Muy de vecina.
Elena se quedó callada, asimilando el dardo. Marina metió el arroz en la cesta y se fue, dejando a la cotilla pensando.
Los rumores siguieron propagándose, engordando al pasar de boca en boca. Marina se volvió la arpía del edificio, Andrés un sumiso, y Clara la dulce víctima del mal genio vecinal. Clásico. Tan predecible como el sol en la meseta.
Pero a Marina ya no le afectaba.
Por la noche, removía el café en la taza que le había quitado a Clara. Andrés hojeaba el móvil, de vez en cuando murmurando algo.
Víctor ha escrito en el grupo del portal que somos elementos antisociales dijo Andrés, sin despegar los ojos de la pantalla.
¿De verdad?
Sí. Y tres abuelas han puesto una carita triste.
Marina soltó una risita. Y luego, por primera vez en mucho tiempo, se echó a reír de verdad liviana, casi feliz.
Que escriban lo que quieran. Que pongan caritas. Me da igual.
Andrés dejó su móvil y buscó la mirada de su mujer.
Sabes, justo ahora me doy cuenta de lo tonto que fui.
¿Tú crees?
De verdad. Lo de esa mujer no era normal y yo ya sabes, es maja, nada más.
Marina alargó la mano por encima de la mesa, cubriendo la de su marido.
Lo importante es que lo has entendido.
Clara estaría ya buscando a otra víctima, otro objetivo para sus atenciones. A Marina le traía sin cuidado.
Había defendido a su familia. Había defendido a su marido.
Y los chismes los chismes se olvidarían en un mes. Llegarían nuevas historias, nuevas discusiones. Así es la vida en un bloque.
El café ya estaba frío, pero Marina lo apuró hasta la última gota. Por fin sentía la calma.







