¡Si vuelves a tocarme aunque sea con un dedo, le contaré a mi hermano todo! Y lo último que verás, querido, será la cajuela de su coche.

—¡Si me tocas otra vez, le cuento a mi hermano todo! Y lo último que verás, cariño, será el maletero de su coche.
—¿Dónde está mi cena? —rugió una voz ronca desde el interior del piso en el momento en que Marina cruzó el umbral.

Se quedó paralizada, todavía con el abrigo puesto, y soltó un suspiro cargado. El día había sido un auténtico suplicio: su jefa le había lanzado una montaña de informes, el autobús de la EMT se había quedado tirado y tuvo que caminar tres paradas bajo la lluvia otoñal. Y en casa la esperaba Víctor, desempleado desde hacía un mes tras el despido, cada vez más irritable.

—¡Vito, acabo de salir del curro! —respondió Marina, agotada, mientras se quitaba el abrigo empapado. —Déjame al menos cambiarme y recuperar el aliento.

—¿Preguntas dónde está mi cena? —se puso de pie Víctor, que llevaba todo el día viendo la tele en el sofá. —¡Tengo más hambre que un perro y tú con tus excusas!

Marina se dirigió en silencio a la cocina y encendió la luz. El frigorífico estaba vacío; no había tenido tiempo de comprar nada. En el fregadero se amontonaba una montaña de platos sucios, que Víctor, como siempre, no había tocado.

—No hay nada en la nevera —dijo, volviendo al salón. —Voy a ir al súper…

—¿Otra vez? —la interrumpió, saltando del sofá. —¿Más excusas? He estado esperando todo el día y ni siquiera has comprado comida.

Se acercó a ella y ella percibió el olor a alcohol. Víctor había estado bebiendo desde el mediodía.

—Yo he estado trabajando —dijo Marina en voz baja, retrocediendo. —Podrías ir tú al súper, ya que estás en casa.

Aquellas palabras encendieron la mecha. Víctor la agarró por los hombros y empezó a sacudirla.

—¿Me estás dando órdenes? —carraspeó, escupiendo. —¡Dije que necesitaba cenar! ¡Tengo hambre! ¡Ahora!

Marina se liberó, dio un paso atrás y se apoyó contra la pared.

—¡Si me tocas otra vez, le cuento a mi hermano todo! Y lo último que verás, cariño, será el maletero de su coche.

Víctor se quedó inmóvil. Un destello de miedo cruzó sus ojos. Sergio, el hermano de Marina, tenía fama de ser temido en la ciudad. Hace meses ya le había insinuado a Víctor que vigilaba cómo trataba a su hermana, y esas pistas habían sido bastante claras.

—No… no te atreverías —balbuceó Vídeo, sin la confianza de siempre.

—¿Crees? —le replicó Marina, fría. —Stas solo estaba preguntando por nosotros.

Víctor murmuró algo ininteligible y Marina cruzó la habitación hacia el dormitorio, con las rodillas temblorosas. Sabía que estaba jugando con fuego, pero ya no aguantaba su comportamiento. Un mes sin trabajo lo había convertido en una bestia amargada que descargaba su ira sobre ella.

En el dormitorio cerró la puerta y sacó el móvil. Su dedo tembló sobre el número de su hermano. No era el momento, pero si Víctor volvía a golpearla… suspiró y volvió a guardar el teléfono. No quería involucrar a su hermano en sus problemas, pero tampoco aceptaba el abuso.

Desde la cocina se escuchó el crujido de platos rotos—Víctor había decidido desquitarse con la vajilla. Marina cerró los ojos, sabiendo que aquello era solo el comienzo. Cuanto más se prolongara el desempleo de Víctor, peor se pondría la cosa.

El viernes por la tarde llegó como un rayo. Para Marina la semana había sido una sucesión de tensiones; cada regreso a casa se había vuelto más aterrador. Después del incidente, Víctor se había contido, pero sus ojos, llenos de una malicia oculta, decían lo contrario. Esperaba el momento de vengarse.

Aquella noche Marina se quedó hasta tarde en el trabajo terminando el informe trimestral. No tuvo tiempo de avisarle a Víctor. Cuando volvió, el piso la recibió con un silencio inusual.

—¿Tal vez se ha ido? —pensó con esperanza, quitándose los zapatos al entrar.

En la mesa de la cocina había un papel escrito a toda prisa por Víctor: «He ido a casa de Sergio. No me esperes».

Marina exhaló aliviada. Una tarde sin sus quejas y exigencias era un regalo. Se dio una ducha rápida, se cambió a ropa cómoda y se plantó en el sofá con el móvil. Por fin podía charlar tranquilamente con su amiga Lidia, que llevaba una semana intentando localizarla.

—¡Marina! ¡Creí que te habías evaporado! —exclamó Lidia al oír su voz.

—Perdona, he estado liada con el curro —contestó Marina sin entrar en detalles domésticos—. ¿Qué tal? ¿Cómo están Andreu y su familia?

La conversación se alargó. Por primera vez en mucho tiempo Marina se sintió relajada, riendo con los chistes de Lidia. Perdió la noción del tiempo y no escuchó el portazo que se cerró de golpe.

«…y le digo: “Si no paras tus tonterías, olvídate de…”.»

De pronto le arrancaron el móvil de las manos. Víctor estaba frente a ella, rojo, con la mirada desorbitada y el aliento a licor recién bebido.

—¿Así es? — siseó, apretando el móvil en su mano—. ¿Yo llego a casa y tú te pones a charlar? ¿Sin cena, sin fregar, sólo a hablar por teléfono?

—Víctor, dame el móvil —ordenó Marina, levantándose del sofá—. Y no me grites. Escribiste que no volverías.

—¡Escribí “no me esperes”! —gritó—. ¡Eso quiere decir “no te quedes esperando, haz lo que tengas que hacer”! ¿Dónde está mi cena?

—Yo no soy tu criada —replicó Marina, intentando mantener la calma—. Si tienes hambre, puedo preparar algo, pero no te atrevas a gritarme.

Víctor se rió con una mueca desagradable.

—¿No te atrevas? —repitió—. ¿Quién te crees que eres para decirme qué hacer?

Lanzó el móvil al sofá, dio un paso hacia ella y alzó la mano. En sus ojos ya no había nada humano, solo furia etílica.

—Te voy a enseñar respeto —gruñó.

Marina, sin retroceder, agarró el móvil y se lanzó hacia la ventana.

—Si me tocas, Stas llegará en veinte minutos —dijo, marcando ya el número de su hermano.

—¡Suelta el móvil! —vociferó Víctor, abalanzándose—. ¡Te dije que lo soltaras!

Marina mantuvo el teléfono contra su oreja. Oía el tono de marcación y luego una voz familiar:

—¿Marina? ¿Qué pasa?

—Stas, ven —dijo, sin apartar la vista de Víctor—. Está de nuevo…

—En camino —respondió su hermano antes de colgar.

Víctor se quedó inmóvil en medio de la sala. Su rostro se tornó pálido y sus manos cayeron como si se le hubiera quitado el aliento.

—¿Qué has hecho? —susurró.

—Lo que debería haber hecho hace mucho —contestó Marina, sentándose de nuevo en el sofá—. Ahora espera. Stas llegará pronto.

Víctor miró alrededor como buscando una salida, pero sabía que no podía huir de Stas. Lo encontraría donde fuera.

El tiempo se alargó. Víctor se hundió en

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

two × 2 =

¡Si vuelves a tocarme aunque sea con un dedo, le contaré a mi hermano todo! Y lo último que verás, querido, será la cajuela de su coche.
Cinco años tras su fallecimiento, una boda desvela una verdad sorprendente.