Un encuentro inesperado A Daría nunca le gustó el trabajo de su marido, Egor; era camionero y, aunque sus viajes no solían ser largos, cada vez que partía ella temía por él. Ella trabajaba de maestra de primaria en la escuela del pueblo donde vivían. Conseguir empleo allí era complicado, por eso Egor conducía un camión de gran tonelaje: el sueldo era bueno y no quería dejarlo, pese a las insistencias de su esposa. —Egor, siempre que te vas me quedo con la preocupación —le decía Daría—. Puede pasar cualquier cosa en la carretera, y más aún desde que me contaste que tu jefe a veces te da documentación falsa sobre la carga. —Dasha, cariño, no te angusties, todo irá bien. Además, nuestra Julia ya casi es una mujer, pronto acaba el instituto. Es lista, guapa, y no quiero que le falte de nada —le respondía Egor. —Pero dice que no le hacen falta cosas caras, que prefiere verte más en casa. —Bueno, este verano haré algunos viajes más, y después lo pensaré, igual busco otra cosa —prometía Egor mientras hacía la maleta para la siguiente ruta. En ese momento salió somnolienta Julia de su cuarto. —Papá, ¿otra vez te vas? Mamá y yo te volveremos a echar mucho de menos —dijo la hija lanzándose a sus brazos. —No me ausentaré mucho, mañana regreso. Solo tengo que cruzar la provincia —contestó Egor con una sonrisa, despidiéndose. Pero al día siguiente no volvió. Ni los siguientes tampoco, su móvil estaba desconectado. Daría fue a ver al jefe de Egor, pero él ni siquiera la miró a los ojos. —En la carretera a veces hay retrasos, llegará… Le pasa a cualquiera —balbuceó el jefe, sin más. Pero Egor no llegó. Daría denunció la desaparición en la comisaría. Allí le dijeron abiertamente: —No podemos prometer nada ahora, miles de personas desaparecen al año… A lo mejor tiene otra familia en alguna parte y usted se está preocupando sin motivo. Los camioneros son así. Daría estaba segura de que Egor nunca le había sido infiel; al contrario, cuando salía de viaje siempre llamaba, se interesaba por ellas. Aguantaba el dolor, no quería angustiar más a Julia, que cursaba bachillerato con la esperanza de sacar buena nota y entrar en la universidad pública. —Mamá, hoy he soñado con papá, estaba cubierto de sangre en la carretera y sonreía… Quise ir hacia él y desapareció. ¿Qué está pasando? ¿Por qué no lo buscan, aunque fuiste a la policía? —lloraba Julia. Daría la abrazaba fuerte, sin contarle que los agentes hallaron el camión de Egor, calcinado en el bosque, pero sin rastro de él; ni del dueño del camión, que también estaba desaparecido. La llamaban para hacer reconocimientos en la morgue, pero Egor nunca estaba entre los cuerpos. Acudió a la iglesia a rezar porque su marido regresara vivo. Un director del colegio le sugirió contratar a un investigador privado, pero el precio era prohibitivo. No podía permitírselo. El tiempo pasaba. Julia acabó el colegio y, tras mucho esfuerzo, ingresó en la facultad de Magisterio de la capital. No quería dejar a su madre sola, atormentada por la espera. —Mamá, me da reparo irme y dejarte aquí sola —insistía Julia. —Tienes que ir, hija, a estudiar. Vendrás en vacaciones, en fiestas. Yo podré arreglármelas —le aseguró Daría. Ya en la capital, Julia se instaló en una residencia de estudiantes. Los nuevos amigos, los estudios y la vida diferente aliviaban su angustia, pero no la curaban del todo. —¿Será verdad que papá nunca volverá? —se preguntaba entre lágrimas, recordando los antiguos veranos felices en familia junto al río. —Papá, por favor, vuelve —susurraba a veces antes de dormir, si lo soñaba. Cinco años después de la desaparición, Julia cursaba cuarto curso y conoció por casualidad a Artemio en una cafetería: joven médico, recién licenciado y con trabajo en el hospital de la ciudad. Rápidamente congeniaron. Artemio, tan tranquilo y protector, le recordaba a su padre. No tardaron en enamorarse; tras tres meses, él le propuso mudarse juntos, y ella aceptó. Su madre aún no sabía que convivían. —Julita, esto es para ti —le dijo un día Artemio, extendiéndole un ramo de rosas y un estuche con un anillo—. Cásate conmigo, sé que a tu lado seré feliz. ¿Quieres? —¡Sí, sí, claro! —gritó ella de alegría, colgándose de su cuello—. Este fin de semana vamos a presentarte a mi madre. A Daría le gustó su futuro yerno, un chico sencillo y trabajador, que pronto ayudaba en el huerto y en casa. Decidieron celebrar la boda en verano, durante las vacaciones de Julia. Ya tenían la fecha y los preparativos avanzados, pero, como siempre ocurre, la desgracia les pilló por sorpresa: diez días antes del enlace, Artemio sufrió un accidente de tráfico y tuvo que ser ingresado. La madre de Artemio notificó a Julia de la situación. Artemio tenía lesiones serias, pero estaba consciente; culpaba al conductor de un coche de lujo que invadió su carril, aunque este lo negaba, y gracias a sus “contactos” toda la culpa recayó sobre Artemio, quien sería juzgado al recuperarse. Desesperada, Julia decidió investigar por su cuenta. Fue al lugar del accidente a buscar testigos, pese al miedo por lo que podría pasarle a su prometido. Preguntó a varios viandantes, sin éxito. De repente, alguien le tocó el hombro: era un hombre sucio, con barba y el pelo enredado, que reconoció haber visto todo, aunque la policía no le creyó por no tener papeles. La voz del indigente le resultaba familiar, pero él no recordaba ni su nombre. Su amigo Tolio lo rescató de un bosque y desde entonces vivían en un sótano, temerosos de ser descubiertos por las autoridades. Julia, cada vez más segura de que era su padre, le lanzó preguntas directas: ¿tenía una hija llamada Julia, una esposa Daría? El hombre reaccionó ante estos nombres, aunque la memoria aún le fallaba. Sin dudarlo más, Julia lo llevó a casa, lo ayudó a asearse, y al verlo limpio y más recuperado, confirmó: era Egor, su padre desaparecido hacía seis años. Llamó a su madre, que corrió a abrazar a su marido. Poco después, Egor pudo tramitar nuevos documentos y ofrecer su testimonio sobre el accidente ante la policía, que ahora sí le creyó. Artemio fue exculpado y, tras restablecerse, pospusieron la boda: aquel verano Julia fue, una vez más, la más feliz del mundo, con su madre y su padre a su lado. Gracias por leer esta historia y por vuestro apoyo. ¡Os deseo mucha suerte en la vida!

Un encuentro inesperado

Nunca le hizo demasiada gracia a María la profesión de su marido, Antonio. Camionero de los de rutas largas, aunque por suerte nunca se iba mucho tiempo fuera, pero cada viaje era como una pesadilla de preocupación para ella. Ella trabajaba como maestra de primaria en el colegio del pueblo, y allí vivían, en una de esas aldeas de la Castilla profunda donde encontrar trabajo estable es más difícil que pillar un chotis afinado por La Mancha. De ahí que Antonio no quisiera dejar el camión: el jefe le pagaba bastante bien, a pesar de las protestas de María.

Antonio, me tienes negra con tanto viaje. ¿Y si pasa algo por el camino? Encima dices que a veces tu jefe os da papeles falsos para el cargamento.

María, no seas fatalista, anda. Que todo saldrá bien, y la niña dijo refiriéndose a Carmen, su hija ya está hecha una mujercita: otro año y acaba la ESO. Nuestra Carmen es lista y guapa, no voy a consentir que le falte de nada decía él, plantándole dos besos.

La niña preferiría tenerte en casa antes que lo último en zapatillas. No necesitas comprarle nada caro.

Vale, venga, un verano más me pego la paliza en el camión y lo voy pensando, igual busco otra cosa decía él, siempre con el runrún de un nuevo viaje.

En ese justo momento salía Carmen, con la cara marcada de sábana y sueño.

Papá, ¿otra vez te vas de ruta? le abrazó apretándose a él. Mamá y yo te echaremos de menos otro finde.

No os preocupéis, mañana estoy de vuelta. Solo tengo que entregar un cargamento al otro lado de la provincia respondía Antonio, y se marchaba silbando.

Al día siguiente, ni rastro de Antonio. Ni ese día, ni el que siguió. El móvil: apagado o fuera de cobertura, como una tele antigua. María acabó plantándose en la oficina del jefe, que apenas la miraba a la cara:

Habrá tenido algún retraso en carretera, señora. Volverá, ya verá, cosas del oficio…

Pero Antonio ni apareció ni se le esperaba. María tragó saliva y se fue a la Guardia Civil a poner una denuncia.

Haremos lo que podamos, pero no le prometemos nada. Aquí desaparecen miles cada año… Además, con los camioneros nunca se sabe, igual tiene otra familia con la que usted no cuenta.

Ni por asomo. María conocía a Antonio como su propio bolsillo. Siempre llamando cuando estaba fuera, interesado por cómo apañaban todo en casa ella y Carmen. Preocupada, guardó el secreto de la desaparición, para que Carmen pudiera seguir concentrada en sus estudios; la niña estaba en primero de Bachillerato y pensaba hacer Magisterio en Salamanca, si es que las notas y el bolsillo lo permitían. María se limitaba a esperar, a soñar y, en el fondo, a saber que Antonio estaba vivo.

Mamá, hoy he soñado con papá, estaba en la carretera, lleno de sangre pero se reía… Quise correr pero se desvaneció. ¿Por qué no le buscan? lloraba Carmen, la voz trémula.

Tendremos que esperar cariño, dicen que le buscan…

María no podía contarle la peor parte: que encontraron el camión de Antonio calcinado en un pinar. Ni rastro de él, ni del jefe, que también había desaparecido. En la comisaría le decían:

Señora, buscaremos, pero milagros solo en Lourdes.

Le llamaban de vez en cuando para reconocer algún cadáver en el tanatorio. Nunca era Antonio. Acabó yendo incluso a la iglesia a pedirle a la Virgen por el regreso de su marido. El director del colegio le sugirió contratar un investigador privado, hasta que supo lo que costaba: ni sumando las pagas extraordinarias de tres vidas tenía suficiente.

Pasaron los meses, y el tiempo empezó a dejar marcas en el rostro de María. Carmen acabó Bachiller y, como una campeona, entró en Magisterio en Valladolid, con beca. No le hacía gracia dejar sola a su madre, pero la convenció.

Mamá, ¿cómo vas a apañarte tú sola?

Tranquila, hija, me tendrás al teléfono y aquí cuando vengas de vacaciones. Tú estudia, como manda la ley decía María, con la fortaleza de quien no tiene otro remedio.

Así, Carmen se fue a la residencia universitaria a vivir su nueva vida. Clases, amigas nuevas, la rutina de exámenes… solo a ratos volvía aquella tristeza punzante.

¿De verdad papá no va a volver?

Entonces rememoraba aquellos días de excursión al río, de cenas en familia, de risas. Se negaba a creer que no volviera a ver a su padre.

Por favor, papá, vuelve susurraba cada vez que soñaba con él.

Cinco años pasaron volando, entre apuntes y cafés aguados de comedor de residencia. En el cuarto año, Carmen conoció ahí, en una cafetería de las de toda la vida, a Miguel, un médico recién licenciado. Enseguida hubo química: Miguel era atento, dulce y parco en palabras, como su padre. A los tres meses él le propuso mudarse con él a su piso alquilado.

Carmen dudó al principio, pero dio el salto, y nunca se arrepintió. Miguel era fácil de tratar, apañado y hasta se atrevía con la cocina. De formalidad, ni le faltaba ni le sobraba. Eso sí, aún no le había contado a su madre que vivían juntos.

Un día, Miguel apareció en casa con un ramo de rosas como para montar una floristería y una cajita con anillo incluido:

Carmen, ¿quieres casarte conmigo? Sé que contigo soy feliz.

¡Claro que sí! gritó ella, saltando como si le hubieran aprobado el plan Bolonia solo para ella. Este finde vamos a presentarte a mi madre, ¡ya toca!

A María le conquistó el futuro yerno. De ciudad, sí, pero nada estirado: arregló la verja del patio y no puso mala cara a ayudar en el huerto. Así, entre visitas de finde, preparativos y alguna que otra comida familiar, fijaron la boda para el verano, cuando Carmen tuviera vacaciones. Ya estaban a la espera.

Pero la vida, siempre tan bromista, tenía otros planes. Diez días antes de la boda, Miguel sufrió un accidente de tráfico y fue a parar a urgencias. Le avisó la madre de Miguel, que a su vez recibió la llamada del hospital. Miguel, pese a los destrozos (se rompió una mano y tenía varias magulladuras), sobrevivió.

Contaba él que el culpable era un tipo con un coche negro de gama alta, que se le cruzó sin venir a cuento. La policía parecía creer más al otro, que encima tenía contactos. Hasta amenazaron a Miguel con denunciarle por conducción temeraria.

Carmen no se quedó de brazos cruzados: fue al lugar del accidente a ver si alguien había visto algo. En el hospital le decían que Miguel estaba estable pero aún no recibía visitas.

Aquí no se rinde nadie sentenció Carmen, y emprendió la investigación.

Desgraciadamente, nadie recordaba nada de esa mañana, ni en la gasolinera ni en los bares cercanos. Iba a marcharse desanimada, cuando notó una mano temblorosa en el hombro. Se dio la vuelta y casi se le para el corazón: un hombre con barbas a lo Cervantes y pelo enmarañado de varios meses sin peluquero, ropa hecha polvo. Un vagabundo.

He oído que preguntas por el accidente. Yo lo vi todo, pero no tengo papeles y ni caso me han hecho. El chaval del coche blanco no tiene la culpa, fue el otro musitó el hombre.

A Carmen le sonaba su voz de algo. Un deje en la r que le rasgaba el oído. Una idea remota, imposible… pero la dejó de lado.

Y… ¿cómo se llama usted?

No me acuerdo. Me llaman Paco, el amigo que me recogió en el monte me bautizó así. Llevo tanto tiempo sin memoria… Dice mi amigo Raúl que un día me dieron un golpe en la cabeza y acabé en el hospital sin papeles. Por eso me escondo, para no tener líos.

Carmen ya no dudaba: tenía delante a su padre. El temblor en el estómago, el nudo en la garganta. Decidió tantear.

¿Ha tenido usted una hija Carmen? ¿Una esposa María?

El hombre se llevó las manos sucias a la cabeza y, de repente, le tembló la voz:

Sí, creo que tenía una mujer María y una hija Carmen. Yo conducía un camión grande… pero luego, no sé… no lo recuerdo decía, con la mirada perdida.

Temblando, Carmen tiró de él:

Venga, acompáñeme. Vamos a mi casa, se dará una ducha y hablamos tranquilos.

Él dudó, pero accedió. Nunca entendió del todo por qué esa chica guapa no le tenía miedo. Cuando salió del baño, Carmen gritó:

¡Papá! ¡Soy yo, Carmen! ¡Voy a llamar a mamá ahora mismo!

¿Carmen? ¿María? No puede ser… balbuceaba él con lágrimas.

La alegría fue desbordante. Carmen llevaba casi seis años soñando con este encuentro, abrazada a su padre. Llamó a su madre, con los gritos de media urbanización.

Cuando María llegó, apenas podía articular palabra. Allí estaba Antonio, por fin, vivo y coleando. Lloraron, rieron, hablaron sin parar.

A los pocos meses, Antonio obtuvo su nuevo DNI y pudo declarar ante la policía lo sucedido el día del accidente. Miguel fue absuelto y dado de alta; todos respiraron por fin. Cambiaron la fecha de la boda, pero la celebraron por todo lo alto. Carmen, por fin, tenía a su familia junta: como cuando era niña, papá y mamá a su lado.

Gracias por llegar hasta aquí y echarle un ojo a esta historia. ¡Que tengas mucha suerte, y que la vida siempre te traiga vueltas inesperadas, pero felices!

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Un encuentro inesperado A Daría nunca le gustó el trabajo de su marido, Egor; era camionero y, aunque sus viajes no solían ser largos, cada vez que partía ella temía por él. Ella trabajaba de maestra de primaria en la escuela del pueblo donde vivían. Conseguir empleo allí era complicado, por eso Egor conducía un camión de gran tonelaje: el sueldo era bueno y no quería dejarlo, pese a las insistencias de su esposa. —Egor, siempre que te vas me quedo con la preocupación —le decía Daría—. Puede pasar cualquier cosa en la carretera, y más aún desde que me contaste que tu jefe a veces te da documentación falsa sobre la carga. —Dasha, cariño, no te angusties, todo irá bien. Además, nuestra Julia ya casi es una mujer, pronto acaba el instituto. Es lista, guapa, y no quiero que le falte de nada —le respondía Egor. —Pero dice que no le hacen falta cosas caras, que prefiere verte más en casa. —Bueno, este verano haré algunos viajes más, y después lo pensaré, igual busco otra cosa —prometía Egor mientras hacía la maleta para la siguiente ruta. En ese momento salió somnolienta Julia de su cuarto. —Papá, ¿otra vez te vas? Mamá y yo te volveremos a echar mucho de menos —dijo la hija lanzándose a sus brazos. —No me ausentaré mucho, mañana regreso. Solo tengo que cruzar la provincia —contestó Egor con una sonrisa, despidiéndose. Pero al día siguiente no volvió. Ni los siguientes tampoco, su móvil estaba desconectado. Daría fue a ver al jefe de Egor, pero él ni siquiera la miró a los ojos. —En la carretera a veces hay retrasos, llegará… Le pasa a cualquiera —balbuceó el jefe, sin más. Pero Egor no llegó. Daría denunció la desaparición en la comisaría. Allí le dijeron abiertamente: —No podemos prometer nada ahora, miles de personas desaparecen al año… A lo mejor tiene otra familia en alguna parte y usted se está preocupando sin motivo. Los camioneros son así. Daría estaba segura de que Egor nunca le había sido infiel; al contrario, cuando salía de viaje siempre llamaba, se interesaba por ellas. Aguantaba el dolor, no quería angustiar más a Julia, que cursaba bachillerato con la esperanza de sacar buena nota y entrar en la universidad pública. —Mamá, hoy he soñado con papá, estaba cubierto de sangre en la carretera y sonreía… Quise ir hacia él y desapareció. ¿Qué está pasando? ¿Por qué no lo buscan, aunque fuiste a la policía? —lloraba Julia. Daría la abrazaba fuerte, sin contarle que los agentes hallaron el camión de Egor, calcinado en el bosque, pero sin rastro de él; ni del dueño del camión, que también estaba desaparecido. La llamaban para hacer reconocimientos en la morgue, pero Egor nunca estaba entre los cuerpos. Acudió a la iglesia a rezar porque su marido regresara vivo. Un director del colegio le sugirió contratar a un investigador privado, pero el precio era prohibitivo. No podía permitírselo. El tiempo pasaba. Julia acabó el colegio y, tras mucho esfuerzo, ingresó en la facultad de Magisterio de la capital. No quería dejar a su madre sola, atormentada por la espera. —Mamá, me da reparo irme y dejarte aquí sola —insistía Julia. —Tienes que ir, hija, a estudiar. Vendrás en vacaciones, en fiestas. Yo podré arreglármelas —le aseguró Daría. Ya en la capital, Julia se instaló en una residencia de estudiantes. Los nuevos amigos, los estudios y la vida diferente aliviaban su angustia, pero no la curaban del todo. —¿Será verdad que papá nunca volverá? —se preguntaba entre lágrimas, recordando los antiguos veranos felices en familia junto al río. —Papá, por favor, vuelve —susurraba a veces antes de dormir, si lo soñaba. Cinco años después de la desaparición, Julia cursaba cuarto curso y conoció por casualidad a Artemio en una cafetería: joven médico, recién licenciado y con trabajo en el hospital de la ciudad. Rápidamente congeniaron. Artemio, tan tranquilo y protector, le recordaba a su padre. No tardaron en enamorarse; tras tres meses, él le propuso mudarse juntos, y ella aceptó. Su madre aún no sabía que convivían. —Julita, esto es para ti —le dijo un día Artemio, extendiéndole un ramo de rosas y un estuche con un anillo—. Cásate conmigo, sé que a tu lado seré feliz. ¿Quieres? —¡Sí, sí, claro! —gritó ella de alegría, colgándose de su cuello—. Este fin de semana vamos a presentarte a mi madre. A Daría le gustó su futuro yerno, un chico sencillo y trabajador, que pronto ayudaba en el huerto y en casa. Decidieron celebrar la boda en verano, durante las vacaciones de Julia. Ya tenían la fecha y los preparativos avanzados, pero, como siempre ocurre, la desgracia les pilló por sorpresa: diez días antes del enlace, Artemio sufrió un accidente de tráfico y tuvo que ser ingresado. La madre de Artemio notificó a Julia de la situación. Artemio tenía lesiones serias, pero estaba consciente; culpaba al conductor de un coche de lujo que invadió su carril, aunque este lo negaba, y gracias a sus “contactos” toda la culpa recayó sobre Artemio, quien sería juzgado al recuperarse. Desesperada, Julia decidió investigar por su cuenta. Fue al lugar del accidente a buscar testigos, pese al miedo por lo que podría pasarle a su prometido. Preguntó a varios viandantes, sin éxito. De repente, alguien le tocó el hombro: era un hombre sucio, con barba y el pelo enredado, que reconoció haber visto todo, aunque la policía no le creyó por no tener papeles. La voz del indigente le resultaba familiar, pero él no recordaba ni su nombre. Su amigo Tolio lo rescató de un bosque y desde entonces vivían en un sótano, temerosos de ser descubiertos por las autoridades. Julia, cada vez más segura de que era su padre, le lanzó preguntas directas: ¿tenía una hija llamada Julia, una esposa Daría? El hombre reaccionó ante estos nombres, aunque la memoria aún le fallaba. Sin dudarlo más, Julia lo llevó a casa, lo ayudó a asearse, y al verlo limpio y más recuperado, confirmó: era Egor, su padre desaparecido hacía seis años. Llamó a su madre, que corrió a abrazar a su marido. Poco después, Egor pudo tramitar nuevos documentos y ofrecer su testimonio sobre el accidente ante la policía, que ahora sí le creyó. Artemio fue exculpado y, tras restablecerse, pospusieron la boda: aquel verano Julia fue, una vez más, la más feliz del mundo, con su madre y su padre a su lado. Gracias por leer esta historia y por vuestro apoyo. ¡Os deseo mucha suerte en la vida!
— Vale, chicos, la pesca esperará — decidió Víctor y tomó la red de pesca. — Hay que salvar al desventurado.