Un encuentro inesperado
Nunca le hizo demasiada gracia a María la profesión de su marido, Antonio. Camionero de los de rutas largas, aunque por suerte nunca se iba mucho tiempo fuera, pero cada viaje era como una pesadilla de preocupación para ella. Ella trabajaba como maestra de primaria en el colegio del pueblo, y allí vivían, en una de esas aldeas de la Castilla profunda donde encontrar trabajo estable es más difícil que pillar un chotis afinado por La Mancha. De ahí que Antonio no quisiera dejar el camión: el jefe le pagaba bastante bien, a pesar de las protestas de María.
Antonio, me tienes negra con tanto viaje. ¿Y si pasa algo por el camino? Encima dices que a veces tu jefe os da papeles falsos para el cargamento.
María, no seas fatalista, anda. Que todo saldrá bien, y la niña dijo refiriéndose a Carmen, su hija ya está hecha una mujercita: otro año y acaba la ESO. Nuestra Carmen es lista y guapa, no voy a consentir que le falte de nada decía él, plantándole dos besos.
La niña preferiría tenerte en casa antes que lo último en zapatillas. No necesitas comprarle nada caro.
Vale, venga, un verano más me pego la paliza en el camión y lo voy pensando, igual busco otra cosa decía él, siempre con el runrún de un nuevo viaje.
En ese justo momento salía Carmen, con la cara marcada de sábana y sueño.
Papá, ¿otra vez te vas de ruta? le abrazó apretándose a él. Mamá y yo te echaremos de menos otro finde.
No os preocupéis, mañana estoy de vuelta. Solo tengo que entregar un cargamento al otro lado de la provincia respondía Antonio, y se marchaba silbando.
Al día siguiente, ni rastro de Antonio. Ni ese día, ni el que siguió. El móvil: apagado o fuera de cobertura, como una tele antigua. María acabó plantándose en la oficina del jefe, que apenas la miraba a la cara:
Habrá tenido algún retraso en carretera, señora. Volverá, ya verá, cosas del oficio…
Pero Antonio ni apareció ni se le esperaba. María tragó saliva y se fue a la Guardia Civil a poner una denuncia.
Haremos lo que podamos, pero no le prometemos nada. Aquí desaparecen miles cada año… Además, con los camioneros nunca se sabe, igual tiene otra familia con la que usted no cuenta.
Ni por asomo. María conocía a Antonio como su propio bolsillo. Siempre llamando cuando estaba fuera, interesado por cómo apañaban todo en casa ella y Carmen. Preocupada, guardó el secreto de la desaparición, para que Carmen pudiera seguir concentrada en sus estudios; la niña estaba en primero de Bachillerato y pensaba hacer Magisterio en Salamanca, si es que las notas y el bolsillo lo permitían. María se limitaba a esperar, a soñar y, en el fondo, a saber que Antonio estaba vivo.
Mamá, hoy he soñado con papá, estaba en la carretera, lleno de sangre pero se reía… Quise correr pero se desvaneció. ¿Por qué no le buscan? lloraba Carmen, la voz trémula.
Tendremos que esperar cariño, dicen que le buscan…
María no podía contarle la peor parte: que encontraron el camión de Antonio calcinado en un pinar. Ni rastro de él, ni del jefe, que también había desaparecido. En la comisaría le decían:
Señora, buscaremos, pero milagros solo en Lourdes.
Le llamaban de vez en cuando para reconocer algún cadáver en el tanatorio. Nunca era Antonio. Acabó yendo incluso a la iglesia a pedirle a la Virgen por el regreso de su marido. El director del colegio le sugirió contratar un investigador privado, hasta que supo lo que costaba: ni sumando las pagas extraordinarias de tres vidas tenía suficiente.
Pasaron los meses, y el tiempo empezó a dejar marcas en el rostro de María. Carmen acabó Bachiller y, como una campeona, entró en Magisterio en Valladolid, con beca. No le hacía gracia dejar sola a su madre, pero la convenció.
Mamá, ¿cómo vas a apañarte tú sola?
Tranquila, hija, me tendrás al teléfono y aquí cuando vengas de vacaciones. Tú estudia, como manda la ley decía María, con la fortaleza de quien no tiene otro remedio.
Así, Carmen se fue a la residencia universitaria a vivir su nueva vida. Clases, amigas nuevas, la rutina de exámenes… solo a ratos volvía aquella tristeza punzante.
¿De verdad papá no va a volver?
Entonces rememoraba aquellos días de excursión al río, de cenas en familia, de risas. Se negaba a creer que no volviera a ver a su padre.
Por favor, papá, vuelve susurraba cada vez que soñaba con él.
Cinco años pasaron volando, entre apuntes y cafés aguados de comedor de residencia. En el cuarto año, Carmen conoció ahí, en una cafetería de las de toda la vida, a Miguel, un médico recién licenciado. Enseguida hubo química: Miguel era atento, dulce y parco en palabras, como su padre. A los tres meses él le propuso mudarse con él a su piso alquilado.
Carmen dudó al principio, pero dio el salto, y nunca se arrepintió. Miguel era fácil de tratar, apañado y hasta se atrevía con la cocina. De formalidad, ni le faltaba ni le sobraba. Eso sí, aún no le había contado a su madre que vivían juntos.
Un día, Miguel apareció en casa con un ramo de rosas como para montar una floristería y una cajita con anillo incluido:
Carmen, ¿quieres casarte conmigo? Sé que contigo soy feliz.
¡Claro que sí! gritó ella, saltando como si le hubieran aprobado el plan Bolonia solo para ella. Este finde vamos a presentarte a mi madre, ¡ya toca!
A María le conquistó el futuro yerno. De ciudad, sí, pero nada estirado: arregló la verja del patio y no puso mala cara a ayudar en el huerto. Así, entre visitas de finde, preparativos y alguna que otra comida familiar, fijaron la boda para el verano, cuando Carmen tuviera vacaciones. Ya estaban a la espera.
Pero la vida, siempre tan bromista, tenía otros planes. Diez días antes de la boda, Miguel sufrió un accidente de tráfico y fue a parar a urgencias. Le avisó la madre de Miguel, que a su vez recibió la llamada del hospital. Miguel, pese a los destrozos (se rompió una mano y tenía varias magulladuras), sobrevivió.
Contaba él que el culpable era un tipo con un coche negro de gama alta, que se le cruzó sin venir a cuento. La policía parecía creer más al otro, que encima tenía contactos. Hasta amenazaron a Miguel con denunciarle por conducción temeraria.
Carmen no se quedó de brazos cruzados: fue al lugar del accidente a ver si alguien había visto algo. En el hospital le decían que Miguel estaba estable pero aún no recibía visitas.
Aquí no se rinde nadie sentenció Carmen, y emprendió la investigación.
Desgraciadamente, nadie recordaba nada de esa mañana, ni en la gasolinera ni en los bares cercanos. Iba a marcharse desanimada, cuando notó una mano temblorosa en el hombro. Se dio la vuelta y casi se le para el corazón: un hombre con barbas a lo Cervantes y pelo enmarañado de varios meses sin peluquero, ropa hecha polvo. Un vagabundo.
He oído que preguntas por el accidente. Yo lo vi todo, pero no tengo papeles y ni caso me han hecho. El chaval del coche blanco no tiene la culpa, fue el otro musitó el hombre.
A Carmen le sonaba su voz de algo. Un deje en la r que le rasgaba el oído. Una idea remota, imposible… pero la dejó de lado.
Y… ¿cómo se llama usted?
No me acuerdo. Me llaman Paco, el amigo que me recogió en el monte me bautizó así. Llevo tanto tiempo sin memoria… Dice mi amigo Raúl que un día me dieron un golpe en la cabeza y acabé en el hospital sin papeles. Por eso me escondo, para no tener líos.
Carmen ya no dudaba: tenía delante a su padre. El temblor en el estómago, el nudo en la garganta. Decidió tantear.
¿Ha tenido usted una hija Carmen? ¿Una esposa María?
El hombre se llevó las manos sucias a la cabeza y, de repente, le tembló la voz:
Sí, creo que tenía una mujer María y una hija Carmen. Yo conducía un camión grande… pero luego, no sé… no lo recuerdo decía, con la mirada perdida.
Temblando, Carmen tiró de él:
Venga, acompáñeme. Vamos a mi casa, se dará una ducha y hablamos tranquilos.
Él dudó, pero accedió. Nunca entendió del todo por qué esa chica guapa no le tenía miedo. Cuando salió del baño, Carmen gritó:
¡Papá! ¡Soy yo, Carmen! ¡Voy a llamar a mamá ahora mismo!
¿Carmen? ¿María? No puede ser… balbuceaba él con lágrimas.
La alegría fue desbordante. Carmen llevaba casi seis años soñando con este encuentro, abrazada a su padre. Llamó a su madre, con los gritos de media urbanización.
Cuando María llegó, apenas podía articular palabra. Allí estaba Antonio, por fin, vivo y coleando. Lloraron, rieron, hablaron sin parar.
A los pocos meses, Antonio obtuvo su nuevo DNI y pudo declarar ante la policía lo sucedido el día del accidente. Miguel fue absuelto y dado de alta; todos respiraron por fin. Cambiaron la fecha de la boda, pero la celebraron por todo lo alto. Carmen, por fin, tenía a su familia junta: como cuando era niña, papá y mamá a su lado.
Gracias por llegar hasta aquí y echarle un ojo a esta historia. ¡Que tengas mucha suerte, y que la vida siempre te traiga vueltas inesperadas, pero felices!







