¡Un año entero entregando euros a los hijos para pagar una hipoteca! ¡Ni un céntimo más voy a dar!
Mi marido y yo tenemos un solo hijo, ya adulto. Él ya ha formado su propia familia, incluso somos abuelos.
Crecí en aquella España de posguerra, con ecos de la dictadura; me casé a los 30 años, y entonces me miraban como a una solterona irreparable. En aquellos tiempos, no tener hijos era casi como cargar un estigma, como una enfermedad silenciosa de la que nadie quería hablar.
Bueno, mi marido y yo decidimos tener solo un hijo. Como gente de letras, sabíamos bien que criar a un niño en España implica gastar mucho dinero. Y cuantos más hijos, más euros se deslizan de las manos como agua entre los dedos.
Por eso mismo decidimos que uno era suficiente. Logramos darle todo a nuestro hijo, una educación decente y cierta estabilidad en nuestras vidas.
Pero mi hijo, tan diferente a nosotros, tenía otras ideas. Al poco de casarse, su mujer quedó embarazada y llegó nuestro primer nieto. El joven matrimonio no tenía piso propio, así que pidieron una hipoteca. De alguna manera, pagaban cada mes. Luego supe que mi nuera estaba embarazada de nuevo. Les pregunté, claro, cómo pensaban mantener a dos niños y pagar la hipoteca. Se enfadaron, me dijeron que se apañarían solos. Les contesté que, si podían, adelante.
Durante bastante tiempo se defendieron bien. Pero después mi nuera ya no pudo trabajar, y mi hijo fue despedido. ¿Y ahora qué? Decidieron mudarse a nuestro piso, el que solíamos alquilar. Mi marido proclamó que ayudaría a los jóvenes con la hipoteca. Así que mi esposo y yo estuvimos un año entero sumando pagos de su préstamo. Creíamos estar haciendo lo correcto, una obra digna de repartir caramelos en la cabalgata de Reyes, pero la realidad era otra.
Hace poco descubrí que la hipoteca seguía casi igual: había seis meses acumulados de retraso. ¿A dónde volaron esos euros? Mi marido está furioso, dice que ya no puede más. Yo estoy perpleja, como si hubiera soñado que volábamos en alfombra y de pronto caemos al suelo. Ayudamos a los hijos, ellos se acomodaron en nuestras espaldas y se quedaron tumbados como lagartos bajo el sol de Madrid. ¿Y ahora qué?







