Divorciarme a los sesenta y ocho años no fue un destello de locura ni un acto pasional tardío. Fue como salir de una cueva húmeda después de cuarenta años de convivencia con alguien que se había vuelto parte del mobiliario, igual que aquellas sillas viejas de la casa de mi abuela en Cuenca. Me llamo Isidro, nacido y criado bajo el cielo raso de Castilla-La Mancha, y mi historia es un tapiz hecho de silencios, chimeneas apagadas y girasoles que miran hacia ningún sol.
Con Consuelo, mi esposa, recorrimos juntos casi una existencia entera. Nos casamos en Alcalá de Henares en los setenta, cuando las calles tenían otro olor y el euro aún no pululaba por los bolsillos. Hubo amor: tardes de paseo por el parque de María Luisa, helados derretidos en la mano, promesas en los portales. Después, todo se deshilachó. Los hijos crecieron y se fueron; llegaron los pagos, los turnos eternos en la oficina bancaria, el agotamiento. Al final, nos saludábamos como vecinos de portal, con un «¿te has acordado del pan?» o un «la factura del gas ha llegado».
Por las mañanas, Consuelo parecía lejana, como un retrato antiguo. Yo, tal vez, no era para ella más que el eco de un reloj parado. Habitábamos el mismo espacio, sí, pero ya no compartíamos la misma vida. Un martes, sentí que el aire estaba tan quieto que podía romperse y pensé: «Quizá aún me quede otra vida. Quizá pueda abrir la ventana y ver otro horizonte.»
Así pedí el divorcio.
Consuelo, tras un suspiro, solo me dedicó estas palabras mientras acariciaba a nuestro perro Mastín:
Muy bien, Isidro. Haz lo que debas. Yo ya no quiero discusiones.
Alquilé un piso en la zona antigua de Cuenca. Al principio experimenté una libertad extraña: dormía solo, desayunaba café solo y croquetas frías en el balcón mientras el sol entraba en tromba sobre el parqué. Un día compré un canario amarillo y lo llamé Lázaro. Pero pronto, el silencio de aquel sitio empezó a sonar demasiado fuerte; la comida me sabía a papel y la televisión a letanía.
Una tarde soñé con una solución mágica: buscar a una mujer que me ayude, como antes hacía Consuelo. Alguien sosegada, hospitalaria, algo más joven, tal vez una viuda de barrio que supiera de lentejas y cuentos. Pensé: «No estoy tan mal, sé bailar pasodobles, tengo la pensión y un balcón lleno de nardos». Y lancé un anuncio en el periódico local:
«Señor de 68 años busca mujer para compartir vivienda y tareas. Buen ambiente, manutención y techo. Seriedad».
A los tres días, el buzón escupió una sola carta, escrita en tinta azul y con aroma a colonia barata.
«Señor Isidro:
¿De veras cree que en la España de hoy una mujer existe para fregar platos y remendar calcetines? Ya no vivimos bajo los relojes de antaño.
Lo que busca no es compañera, sino criada sin sueldo y, si se tercia, una copa de vino a medias.
Quizá debería empezar por hacerse compañía a sí mismo, aprender a cocer garbanzos y adornar la casa por su cuenta.
Le saluda,
Una mujer que no piensa ser criada de nadie.»
Al principio, sentí un calor de furia correr por mi pecho: ¿Quién era para juzgarme? ¿Tan mal sonaba lo que buscaba? Solo ansié un poco de hogar, calor humano, aroma a guiso mientras llueve. Pero después aquellas palabras comenzaron a hacerme eco en la cabeza, como un tambor: ¿No estaré, quizá, evitando poner piedras propias al camino de mi vida?
Decidí empezar por lo más humilde: Preparé unas migas. Quemé la primera tanda. Luego aprendí a cocer tortillas españolas, a hacer ensaladilla rusa. Ordené mis camisas, tejí mi primer tapete viendo vídeos en internet. Al principio, me sentía torpe, pero con los días se volvió casi una celebración. Hasta colgué la carta en la nevera: mi post-it del alma, recordatorio de no esperar que nadie me salve del pozo.
Han pasado tres meses. La casa ahora huele a pisto manchego y a memoria tierna. Las macetas del balcón explotan de gitanillas que cuido con mimo. Los domingos preparo rosquillasla receta de Consuelo, que nunca anotó pero yo adiviné. A veces pienso: «Quizá le lleve unas cuantas». Por primera vez, entiendo la diferencia entre tener compañía y saber estar solo.
Si me preguntan si quiero volver a casarme, digo que no. Pero si un día, en el banco de la Plaza Mayor, se me sienta al lado alguna mujer que sólo quiera charlar de las nubes y el tiempo, yo también buscaré conversación. Pero esta vez, seré otro. Seré, al fin, yo.






