Perdí las ganas de ayudar a mi suegra cuando descubrí lo que había hecho. Pero tampoco puedo abandonarla.

He perdido las ganas de ayudar a mi suegra desde que me enteré de lo que hizo. Pero tampoco soy capaz de abandonarla.

Tengo dos hijos. Cada uno de ellos tiene un padre diferente. Mi primera hija se llama Jimena y ahora tiene dieciséis años. Su padre siempre ha estado presente, paga la pensión y mantiene un contacto constante con ella. Aunque mi primer marido se volvió a casar y tiene dos hijos más con su nueva esposa, no se olvida de nuestra hija.

En cambio, mi hijo no ha tenido tanta suerte. Hace dos años, mi segundo marido cayó gravemente enfermo y, a los tres días, falleció en el hospital. Ha pasado ya un tiempo, pero aún no puedo creer que se haya ido. Muchas veces imagino que la puerta se abrirá y será él quien entre, que aparecerá con esa sonrisa suya y me deseará un buen día. Y entonces, me echo a llorar hasta quedarme vacía.

Durante todo este tiempo, he estado muy unida a la madre de mi difunto marido, Felisa. Para ella fue igual de duro que para mí: al fin y al cabo, mi marido era su único hijo. Nos quedamos juntas, apoyándonos la una en la otra mientras atravesábamos ese infierno. Nos llamábamos y nos visitábamos con frecuencia. La conversación giraba siempre en torno a él, como si así, pudiéramos alargar un poco más su presencia.

Hubo un momento en el que incluso pensamos en vivir juntas, pero al final Felisa cambió de opinión. Así han pasado siete años. Nuestra relación siempre fue especial, incluso diría que éramos amigas.

Recuerdo que cuando me quedé embarazada, Felisa sacó el tema de la prueba de paternidad, no sé por qué. Resulta que había visto un programa de televisión donde un hombre descubría, tras muchos años, que el niño que había criado no era suyo. Le dije enseguida que todo aquello era una tontería.

Si un hombre duda de que el hijo sea suyo, es que nunca cuidará de él; será un padre de paseo le contesté.

Ella insistió en que estaba convencida de que yo esperaba el hijo de su hijo, precisamente. Yo daba por hecho que tarde o temprano Felisa propondría hacer una prueba de paternidad, pero ella nunca volvió a mencionar el asunto.

Este verano, Felisa cayó muy enferma y su salud se fue deteriorando de forma alarmante. Decidí que lo mejor era que estuviera cerca de mí. Localicé una agencia inmobiliaria y empecé a buscar un piso para ella.

Entonces Felisa tuvo que ingresar en el hospital, y yo necesitaba el certificado de defunción de su marido para poder cerrar los papeles con la inmobiliaria. Ella no podía ir, así que fui yo a su piso. Buscando aquel documento, rebuscando entre sus carpetas, encontré algo inesperado.

Era una prueba de paternidad. Cuando mi hijo tenía apenas dos meses, Felisa encargó una prueba que confirmaba la paternidad de su hijo.

Sentí una indignación profunda y dolorosa. ¡Resulta que nunca confió en mí! No me callé. Le mostré todo a Felisa. Ahora me pide perdón una y otra vez, dice que fue una insensatez y que se arrepiente profundamente. Pero yo no consigo tranquilizarme. Me siento traicionada, porque guardó silencio durante todos estos años.

En este momento siento que ya no quiero seguir ayudando a Felisa. Pero al mismo tiempo sé que no tiene a nadie más y tampoco quiero privar a mi hijo de su abuela, así que seguiré apoyándola. Eso sí, esa confianza y esa calidez entre nosotras estoy segura de que no volverán jamás.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

5 + sixteen =

Perdí las ganas de ayudar a mi suegra cuando descubrí lo que había hecho. Pero tampoco puedo abandonarla.
Su padre la casó con un mendigo porque nació ciega — pero lo que sucedió después dejó a todos boquiabiertos.