Se negó a casarse con su novia embarazada: su madre le apoyó, pero su padre defendió al futuro nieto y amenazó con desheredarle.

Diario personal de Javier, Madrid
Hoy ha sido un día que jamás olvidaré. Apenas crucé la puerta de casa, sentía el peso del mundo sobre los hombros. Mamá y papá estaban en el salón, y supe que tenía que decírselo, aunque temblase por dentro.
Papá me atreví, tengo que contarte algo La vecina, Laura, está embarazada. Y el niño es mío.
El rostro de mi padre, José María, se quedó helado unos instantes antes de hablar, sereno pero inflexible.
Pues tendrás que casarte con ella.
Me explotó la cabeza sólo de pensarlo. ¿Tú estás bien? ¡Pero si aún soy joven! ¡No es el momento de casarme! Ni siquiera éramos novios como tal
Papá sonrió con ese aire suyo, cortante. Ah, claro, para las fiestas, los bares y perseguir a una chica, muy hombre. Pero ahora que hay que hacerse responsable, de golpe eres un crío. Fantástico. Gritó hacia la cocina: ¡Isabel! ¡Ven un momento!
Mamá apareció limpiándose las manos con el delantal, como si nada la sorprendiera.
¿Qué sucede?
Escucha, nuestro hijo ha dejado embarazada a la hija de los vecinos, Laura, y ahora no quiere saber nada de casarse. Pretende irse de rositas.
Mamá ni pestañeó. Se le endurecieron las facciones y cruzó los brazos:
Hace bien. Seguro que la chica lo ha planeado todo: ahora muchas son muy listas, buscan a un chico con posibles, se quedan embarazadas y reclaman boda. Y luego, a saber si ese niño es suyo. Que se haga una prueba antes de nada. Y, desde luego, no pienso dejar que Javier se ate así de joven. No es culpa suya; es hombre, a veces no pueden evitarlo. Pero no pienso cargar con lo que no le corresponde.
Papá soltó un suspiro largo.
¿Y si de verdad es suyo?
¿Y qué? ¿Quién dice que tengamos que hacernos cargo? Primero, la prueba, y después veremos.
Se marchó Isabel y nos dejó solos. Entonces papá bajó la voz, pero habló con más peso del habitual.
Javier, yo también fui joven y cometí errores. Quise a una, pero me casé con tu madre porque asumí la responsabilidad de mis actos. No por amor, sino por el deber. Ella estaba embarazada y yo, aunque no sabía si iba a funcionar, tenía clarísimo esto: el niño mi sangre no tenía la culpa. Nunca me he arrepentido de eso.
Los meses pasaron. No podía dormir esperando el resultado. Y llegó la prueba de ADN: 99,9% de compatibilidad. Era el padre del hijo de Laura.
Papá dejó el papel sobre la mesa, delante de mamá. Ella ni se inmutó.
¿Y qué? espetó. Pues sí, es su hijo, ¿y? Pero Laura no entra en esta casa. Aquí no vive, lo digo yo, y punto.
Sentado, miré el mantel sin atreverme a mirarle a los ojos ni a ninguno. Mi silencio decía más de lo que podía pronunciar.
Entonces papá se levantó despacio. Su voz me estremeció.
Ahora que habéis tomado vuestra decisión, escuchad la mía. Mientras yo viva, a mi nieto no le faltará nada. Compraréis un terreno, construiré una casa y todo lo que he ganado será para él. Vosotros dos no contéis más con mi ayuda. No voy a ser partícipe de semejante vergüenza. Javier, desde hoy, no eres mi hijo. Ni un euro mío recibiréis.
Las palabras de mi padre rodaron por la casa como un trueno. Mi madre se levantó de golpe.
¿Te has vuelto loco, José María? ¿Vas a desheredar a tu propio hijo?
Él no contestó. Simplemente se fue, cerrando la puerta y dejando la casa empapada en un silencio seco y amargo. No me moví. Todavía no asimilo sus palabras. Pero sé que las cumplirá. Y en mi pecho, a pesar del miedo, sólo resuenan las consecuencias de mis actos.

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