Me reencontré con mi exmujer dos años después de nuestro divorcio en Barcelona: en ese instante comprendí todo, pero ella solo me regaló una sonrisa y negó con la cabeza cuando le propuse volver a empezar…

Tío, tengo que contarte algo que me pasó y que aún me da vueltas por la cabeza. Hace un par de meses me crucé con mi exmujer, dos años después de habernos separado. En ese momento, como quien dice, se me encendió la bombilla y lo vi todo claro… pero ella solo se rió y negó con la cabeza cuando le propuse que lo intentáramos otra vez.
Mira, cuando nació nuestro segundo hijo, Inés empezó a pasar completamente de su aspecto. Antes, era una mujer súper elegante, siempre cambiando de modelito, todo bien conjuntado, el pelo perfecto, hasta los pendientes a juego. Pero después de volver del hospital, parecía que solo existían para ella una camiseta suelta de su época universitaria y unos pantalones de chándal más gastados que el felpudo de la entrada.
No sólo se los ponía todo el día, sino que muchas veces incluso se metía en la cama con esa ropa. Cuando, de tanto verlo, le preguntaba el motivo, me decía que así le resultaba más fácil levantarse por la noche para atender a los niños. Tiene su lógica, claro, pero… ¿y ese discurso que tenía antes de que una mujer debe arreglarse siempre, da igual la situación? Eso ya ni lo mencionaba. Ni comentarios sobre su esteticista favorita, ni ganas de volver al gimnasio, ni hablar de cortarse el pelo como antes. Y sí lo siento por la sinceridad a veces hasta se le olvidaba ponerse el sujetador para desayunar y andaba por la casa con el pecho suelto, como si no le importara nada.
Físicamente también cambió. Su cintura y sus piernas ya no eran las mismas, el vientre tampoco… El pelo, que antes parecía recién salido de la peluquería, ahora siempre estaba recogido en un moño improvisado con mechones rebeldes por todas partes. ¿Te acuerdas cuando paseábamos juntos por la Gran Vía y los tíos se giraban a mirarla? Yo me sentía un rey. Guapísima. Como de anuncio.
Esa Inés, la de antes, había desaparecido.
Nuestra casa también empezó a notarse distinta; reflejaba esa tristeza suya, esa dejadez. Eso sí, donde Inés nunca perdió su toque fue en la cocina. Lo bordaba, como siempre, y sus comidas eran de diez. Pero lo demás… era deprimente.
Intenté decirle que no podía dejarse así, que perdía su esencia. Me respondía sonriendo con pena, como resignada, diciéndome que lo intentaría. Pero pasaban los meses y cada vez veía menos a la mujer por la que me había enamorado.
Hasta que un día, exploté.
Lo decidí: el divorcio.
No hubo gritos ni historias. Inés intentó que cambiara de idea, pero cuando vio que lo tenía decidido, solo suspiró bajito y murmuró:
Haz lo que quieras Yo creía que me querías…
Me quedé callado. ¿Para qué darle vueltas a si era amor o no? Fui al juzgado, firmamos los papeles y ya está.
No sé si he sido buen padre, la verdad. Mandaba la pensión puntualmente, ochocientos euros al mes, pero poco más. Ni me apetecía verla, ni verla así. No era justo ni para mí ni para ella.
Y, dos años después…
Estaba paseando por el Eixample de Barcelona, con las manos en los bolsillos y la cabeza en cualquier sitio, y de pronto la veo.
Me llamó la atención su forma de andar, tan segura, tan firme Había algo magnético. Cuando está lo suficientemente cerca para reconocerse, no me lo creo.
Es Inés.
Pero una Inés completamente distinta de la última vez.
Iba espectacular, de punta en blanco: tacones altos, vestido elegante que resaltaba todo, peinado que parecía recién salido del salón, uñas hechas, maquillaje natural que le favorecía una barbaridad y… ese perfume que me volvía loco.
Creo que me quedé tan flipando que se echó a reír.
¿Qué pasa? ¿No me reconoces? Te dije que iba a cambiar, pero nunca te lo creíste.
La acompañé hasta el gimnasio, porque ahora entrena cada día. Me contó de los niños, que estaban genial, felices, llenos de vida. De ella, poco dijo, pero no había ni que preguntarle: su manera de mirar, de hablar, de moverse era ella, pero mejorada.
Y yo yo recé por dentro que el tiempo volviera atrás.
Recordé los días que no soportaba verla en pijama, los días que me enfadaba porque había dejado de arreglarse. Recordé cómo me desesperaba su agotamiento. Recordé el mismo instante en que opté por irme, cuando mi egoísmo me hizo creer que ella ya no era suficiente para mí.
Y ahí entendí, viendo a Inés resurgida, que al marcharme no solo la abandoné a ella, sino a mis propios hijos.
Justo antes de irse, me armé de valor y le pregunté:
¿Puedo llamarte? Me doy cuenta ahora de todo Tal vez podríamos probar de nuevo.
Inés me miró tranquila, sonrió y negó suavemente con la cabeza:
Ya es tarde, Javier. Cuídate.
Y desapareció entre la gente, firme, guapísima, con esa seguridad suya.
Me quedé clavado, sin moverme, viéndola alejarse. Y ahí, solo ahí, entendí todo.
Pero ya era demasiado tarde.

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Me reencontré con mi exmujer dos años después de nuestro divorcio en Barcelona: en ese instante comprendí todo, pero ella solo me regaló una sonrisa y negó con la cabeza cuando le propuse volver a empezar…
En la sala reinó un extraño silencio. La música cesó, los invitados intercambiaban miradas nerviosas, algunos miraban al suelo, como si allí pudieran esconderse de la tensión.