Tus parientes descarados me han colmado la paciencia. Me divorciaré de ti si mañana no abandonan nuestra casa

Tus parientes descarados me han colmado la paciencia. Me divorcio de ti si mañana no se marchan de nuestra casa.

Lidia arrojó el bolso al sofá con tal fuerza que rebotó y acabó en el suelo. Ni se molestó en recogerlo; las manos le temblaban, mezcla de rabia, impotencia y ese hastío que solo se cultiva tras meses de aguantar lo inaguantable.

Se acabó. Basta. Tus parientes me tienen hasta el moño. Me divorcio si mañana no han desalojado nuestra casa.

Ángel ni levantó la cabeza del móvil. Sentado en la cocina, con una cerveza en mano y aire de quien observa las musarañas, parecía perfectamente sordo. O quizá había entrenado mucho durante estos meses su habilidad para hacer de sus palabras ruido blanco.

¿Me estás escuchando, por lo menos? Lidia se acercó hasta apoyarse en la encimera. ¿O te da igual?

Te escucho gruñó él, sin apartar la vista de la pantalla. Mi madre es sólo una. Mi hermano igual. ¿Dónde van a ir?

¡Que se vayan al demonio! Ni ella esperaba saltar así. Tu madre tiene un piso estupendo. Y Andrés alquila uno. ¡Que vivan allí!

Ángel por fin soltó el móvil y la miró con el cansancio existencial de quien ha pasado por demasiados lunes. Aquellos ojos negros, que a Lidia un día le parecieron profundos y bonitos, hoy solo mostraban resignación de la que se quema sin hacer ruido.

Lidia, ¿hasta cuándo vas a seguir así? respondió con la calma que a ella más le crispaba. Mi madre está mala, necesita cuidados. A Andrés le echamos una mano mientras busca curro.

¿Temporalmente? Lidia rió: rápido, seco, venenoso. ¡Llevamos tres meses con la broma! Cada mañana me levanto a las seis sólo para poder usar el baño antes que tu madre, que se pone a lavar media colada hasta las siete. Cada tarde llego y ahí está Andrés, como un adorno inseparable del sofá. Enciende la tele a toda leche, se infla a patatas fritas y va dejando las latas encima de la mesa. ¿Y yo tengo que recogerle? ¿Acaso soy la chacha?

Nadie te obliga a limpiar…

¿Ah, no? ¿Quién, entonces? ¿Tú? abrió los brazos con teatralidad. Si tú llegas a las diez, te caes en la cama y ni ves el panorama. ¿Tu madre? Ella siempre está mala: presión, corazón, cabeza, lo que toque. ¿Y Andrés? Lo único que hace es devorar y enchufarse fútbol.

Ángel se frotó el puente de la nariz y suspiró. El gesto era ya música de fondo, lo usaba para esquivar las discusiones, como cuando el árbitro añade cinco minutos por si acaso.

Lidia, ¿podemos dejarlo para después? Estoy cansado…

¿Cansado? repitió ella, con la cabeza ladeada. ¿Y yo no lo estoy, claro? Vivo cada día en esta casa de locos y ahí me tienes: fresca como una lechuga.

Dio la vuelta, se fue a la ventana; la oscuridad del noviembre madrileño ya atiborraba el cielo a las seis de la tarde, luces, tráfico, gente abajo y arriba ella, espiando desde su propio piso sintiéndose más forastera que nunca.

Cuando se casaron, hace cuatro años, todo habría sido distinto. Ángel pagaba alquiler, ella vivía en un piso compartido. Se apretaron el cinturón, ahorraron para la entrada de la hipoteca, soñaron con tener su propio nido. Lidia curraba en una agencia de publicidad, siempre salía tarde, pero ni se quejaba: era por el futuro de ambos. Ángel prometió que tendrían su sitio, sólo ellos, nadie más. Y ya ves: aquí está el nido. Tres dormitorios en las afueras. Hipoteca para veinte años. Y ahora, en el nido, viven la madre, Carmen, y el hermano menor, Andrés.

¿Quieres que hable con ellos? la voz de Ángel, conciliadora, flotó a su espalda. Les diré que sean más discretos…

¿Te estás riendo de mí? Lidia se volvió como un resorte. ¿Más discretos? Pero si lo que quiero es que se vayan. Mañana. ¿Lo entiendes? Mañana por la mañana.

Lidia…

¡No! dio un paso hacia él, y Ángel se echó atrás instintivamente. Escúchame bien. O se van ellos, o me voy yo. No hay otra.

El silencio se comió la escena. El miedo, la duda: algo titiló en los ojos de Ángel entre la derrota y el pánico, pero no dijo nada. Simplemente se puso la chaqueta.

¿Dónde vas? preguntó Lidia.

A despejarme. Pensar.

Piensa le lanzó ella de espaldas. Hasta mañana tienes.

Un portazo seco la dejó sola en la cocina. De repente, le tiró tal bajón que tuvo que agarrarse a la silla. Las lágrimas intentaron colarse, pero se mordió la lengua y respiró hondo. Ni hablar de flaquear: si cedía ahora, la arrollaban fulminantemente.

Del salón llegó estrépito: Andrés zapateando con el mando, el griterío del comentarista, silbidos y berridos de hinchas. Lidia cerró los ojos. Qué agotamiento, Señor, qué cruz.

No dormía ni mal esa noche; Ángel regresó tirando tarde, se hundió en el borde de la cama, ni la rozó. Al despertar, la mitad del colchón estaba más sola que la una. Él se había largado antes.

Carmen la esperaba en la cocina. Sentada, saboreaba el té con bocadillos, sin quitar ojo de la ventana. A sus sesenta años, todo robustez y una barbilla implacable, sus labios apretados siempre destilaban queja.

Buenos días masculló Lidia mientras se acercaba a la cafetera.

Buenos replicó Carmen, sin girar siquiera.

El silencio era tan pegajoso como una tostada empapada. Lidia preparó el café, encendió la vitro; Carmen apenas crujía un pepinillo.

Ángel me ha dicho que quieres echarnos soltó, finalmente.

Lidia se tensó. Se giró.

No quiero echaros pronunció, despacio. Quiero que viváis en vuestro piso.

En mi piso hace frío. No ponen calefacción.

Mete el radiador.

El corazón me da guerra. Necesito que me cuiden.

Llama a una asistenta.

Por fin Carmen la miró, ojos de rayos X, escaneando del peinado al alma.

No tienes corazón susurró. Lo supe desde el primer día que entraste en esta familia.

Algo se le torció por dentro, pero Lidia se mantuvo firme.

No es vuestra familia. Es mi piso. Yo pago la hipoteca. Vivo aquí. Y decido quién vive conmigo.

Ángel también paga.

Ángel es mi marido. Usted es su madre. Ya crió a sus hijos. Ahora que nos deje vivir la vida.

Carmen se levantó de la mesa con solemnidad, se acercó tanto que Lidia podía oler su crema baratucha y ese tufillo avinagrado.

Te vas a arrepentir dijo, escuetamente. Ángel nunca me echará. Es un buen hijo. Y tú, sólo eres su mujer. Las mujeres van y vienen.

A Lidia se le juntó el estómago en un nudo candente. Quiso contestar con veneno y empujar a esa señora fuera. En vez de eso, apagó la vitro, cogió el bolso.

Ya veremos le soltó mientras se marchaba.

El día se le hizo niebla. En la reunión, asentía mecánicamente, hacía la pantomima y tomaba notas, pero la mente la tenía lejos. Recordaba la conversación con Carmen y Ángel, ensayando frases y soluciones. La compañera, Marta, le vio la cara blanca y le ofreció café; Lidia no quiso.

En el descanso, en vez de ir al bar del curro, se fue al Centro Comercial. Tenía que desintoxicarse: escapar a un sitio sin casa, sin oficina, sin problemas. Se paseó entre escaparates y vestidos, tocó los bolsos, miró los zapatos. No compró nada. Sólo quería fingir que otra vida era posible.

Se metió en una cafetería, pidió capuchino con bollería, buscó una mesa junto a la cristalera. Gente cruzando, estudiantes, abuelos con carros, mujeres con carritos; cada uno con su drama y su prisa. Y ella, con el corazón encogido, pensando: ¿en qué momento se desmoronó todo?

El móvil vibró. Mensaje de Ángel: “Hablamos esta noche, por favor”.

No contestó. Apuró el café, pagó en euros y volvió al trabajo.

Al volver a casa sobre las ocho, la luz llenaba el piso y las voces brotaban desde la cocina. Lidia se quitó los tacones y cruzó al salón.

Estaba todo el clan: Ángel, Carmen y Andrés, cena, tetera y bombones incluidos. Olía a “familia feliz”, pero a ella en ese ritual ni la invitaron.

Ah, ya estás Andrés saludó con la boca llena. Veinticinco años y pinta de no haberse despertado desde 2001.

Ángel se levantó.

Lidia, siéntate. Vamos a hablar.

¿De qué? preguntó, sin moverse.

De lo que está pasando. Hablémoslo con calma, busquemos una solución.

Lidia miró a Carmen, que ni pestañeaba mientras servía ensalada.

¿Hablarlo? sonrió. Perfecto. Para hablar fue ayer: o se van, o yo me divorcio. ¿Qué hay que hablar?

No te alteres Ángel intentó agarrarle la mano; ella se escabulló. Puede que haya algún compromiso…

¿Cuál? subió la voz. Ángel, ¿tú entiendes? ¡No quiero vivir con tu familia! ¡Quiero vivir contigo! ¡Sólo contigo!

Es algo transitorio…

¡Tres meses! chilló. ¿Cuánto dura lo transitorio en tu vocabulario? ¡Esto es permanente!

Carmen dejó la cubertería y limpió la boca con elegancia impostada.

Mira, niña afirmó, aleccionadora, al final la familia es ceder. Tú joven, tú sana. Ya pasarás.

¿Usted quién se cree? ¿Se cree con derecho a dictarme la vida?

Soy la madre de tu marido.

¿Y eso le da derecho a invadir mi casa?

¡Lidia! Ángel ya gritaba. Por favor, cálmate.

No me grites tú tampoco se encaró a él. ¿De qué lado estás?

Ángel enmudeció. Se quedó ahí, quieto, como un árbol al que le han cortado la raíz, y ese silencio dolía más que cualquier bronca.

Ya lo veo Lidia susurró. Todo clarísimo.

Entró al dormitorio, abrió el armario y fue metiendo ropa en la maleta: camisetas, vaqueros, jerséis, neceser. Automatismo. Ángel la persiguió.

¿Dónde vas? la voz le temblaba.

A casa de una amiga respondió sin mirar.

Lidia, no lo hagas…

Lo hago. Necesito pensar.

¿Pensar en qué? la giró del hombro, mirándola a la cara. Lidia, te amo. Pero son mi madre y mi hermano. No les puedo dejar tirados.

Le aguantó la mirada.

¿Y a mí sí?

Ángel no supo qué decir.

Lidia se soltó, recogió la maleta, salió al pasillo. Andrés la interceptó.

Oye rascándose la cabeza, ¿por qué te has puesto así? Si apenas molestamos.

Lidia se detuvo, le miró de arriba abajo.

Andrés pronunció, con una calma gélida, si para mañana no has recogido todas tus cosas, las lanzo al contenedor. Todas.

Andrés parpadeó y echó un paso atrás.

¿Lo dices en serio?

Más claro, agua.

Lidia cerró la puerta, bajó las escaleras, corazón a cien, respiración a saltos. Se apoyó en la pared del portal, cerró los ojos. ¿Qué demonios estoy haciendo? ¿Huyendo de mi propia casa?

Pero volver ni se planteaba ahora. Ni por asomo.

El móvil palpitaba con mensajes de Ángel, llamadas y ruegos de volver. Lidia lo puso en silencio y marchó al ascensor.

Su amiga Aurora vivía en pleno centro, en un piso antiguo de parquet crujiente y paredes rajadas. Abrió la puerta, un vistazo ya lo supo todo.

Pasa. ¿Té? ¿O mejor algo fuerte?

Lo fuerte Lidia se desplomó en el sofá.

Aurora sirvió vino, trajo dos copas y se plantó a su lado. Escuchó todo el chaparrón sin abrir la boca, dejando a Lidia desahogarse sin censura: la suegra, Andrés, Ángel, que nunca la defendía. Aurora no interrumpía, sólo asentía y rellenaba.

¿Sabes lo peor? Lidia vació la segunda copa, sintiendo soltarse el nudo de los hombros. Ni intentó protegerme. La madre me suelta de todo y él calla. Andrés pegado al sofá y para Ángel, es lo normal.

Los hombres… Aurora suspiró. Todos son de mamá. Unos lo disimulan mejor, otros peor.

Cuatro años juntos y no vi que era un pardillo…

¿Un flojo?

Lidia se estremeció por la palabra, pero era eso.

Sí admitió, bajito. Un flojo.

Aurora sirvió otra ronda.

¿Entonces qué? ¿Divorcio?

Supongo…

¿Y el piso? ¿Quién figura en la escritura?

Ambos. Cotitulares.

Mitad para cada uno, entonces. Venta, dinero, y a repartir.

Lidia imaginó vender, buscarse un estudio en Las Rozas, empezar de cero a los 32. Totalmente sola.

O, si quieres siguió Aurora, le das el ultimátum. O ciudadanos fuera, o divorcio.

Ya lo hice.

Pues mantente firme: ni llamada ni vuelta. Que sufra, que piense. Igual se le aparece la virgen y se da cuenta de lo que pierde.

Lidia asintió, aunque por dentro sólo había nervios y miedo. ¿Y si nunca lo pilla? ¿Y si para él, mamá es indiscutible?

Por la noche, en esa cama supletoria, Lidia no pudo descansar. Miró el móvil. Veintitrés llamadas de Ángel, cinco de un número oculto. Escuchó el buzón de voz. Ángel sonaba derrotado, medio lloriqueando: “Lidia, vuelve, por favor. Lo arreglamos, lo hablo con ellos. Vuelve, por favor…”

Borró el mensaje y apagó el móvil.

Por la mañana la despertó el timbre. Aurora ya se había ido al trabajo; dejó una nota: “Café en la cafetera, pan en la nevera. Aguanta”. Lidia se puso la bata y abrió.

En el umbral, Carmen, vestida de domingo, abrigo oscuro, pañuelo y tacones, con un aire de victoria mezclado con rencor.

¿Puedo entrar? interrogó.

No dijo Lidia. Habla aquí.

Carmen se irguió, se cruzó de brazos, metro y medio de dignidad.

Vengo a hablar seriamente.

No hay nada que hablar.

Sí que hay afirmó a lo “Don Juan”. Estás destruyendo mi familia.

Lidia rió: una carcajada que cortaba.

¿Yo? Usted se ha colado en nuestro piso, me amarga la existencia, enfrenta a Ángel conmigo… y el problema soy yo.

Ángel es mi hijo. Tiene el deber de cuidarme.

Puede cuidarla sin invadirnos. Visitando, ayudando con pasta, llevándole al médico. Pero no viviendo colgada de nosotros.

¿Joven familia? Carmen la imitó, mordaz. Cuatro años juntos, ni hijos. ¿Los piensas tener o seguirás de ejecutiva sin alma?

Eso sí que le dolió. El tema era tabú: lo habían intentado, nada salía, los médicos piden pruebas y paciencia. Y Carmen siempre tirando indirectas, acusando a Lidia de egoísta.

No es asunto suyo le espetó.

Claro que lo es. Quiero nietos. Y tú solo piensas en ti.

Váyase. YA.

¿O qué? Carmen se acercó, la estampa de la crema barata repugnaba. No harás nada. Ángel no me echará jamás. Pero a ti sí. Yo ya le he dicho que vaya pensando en otra mujer más decente, que respete la familia.

Algo crujió por dentro. Lidia tomó la puerta y la cerró en la cara con energía. Carmen apenas salió ilesa.

¡Te vas a arrepentir, me oyes! se oyó desde fuera.

Lidia se dejó caer contra la puerta, abrazando las piernas y mordiéndose para no llorar. Al fin, cuando no pudo más, se permitió el llanto, silencioso, profundo.

Diez minutos después sonó el teléfono. Lidia, tras limpiarse la cara, vio el nombre de Ángel.

¿Colgar? No; la curiosidad venció.

Dime.

Lidia, mi madre dice que la has insultado voz de reproche. ¿Cómo has podido?

Eso fue el último detonante.

¿Cómo he podido? susurró, con hielo. Ángel, tu madre ha venido a invadir mi casa, armarme una bronca y humillarme. ¿Y tú me preguntas cómo he podido cerrar la puerta?

Está preocupada…

¡Me da lo mismo! vociferó Lidia. ¡Me da absolutamente igual lo que le pase! Me ha destrozado la vida, me ha robado a mi marido…

Nadie ha robado nada. Dramática te has vuelto…

¿Dramática? tembló de rabia. Pues perfecto, quédate con tu mami. Vais juntos y os abrazáis. Hoy mismo tramito el divorcio.

Lidia…

Basta. Estoy agotada. Harta de soportar, de disculparme, de demostrar nada. Que te vaya bonito.

Colgó, apagó el móvil, lo arrojó al sofá.

Por delante solo incertidumbre: divorcio, reparto, nueva etapa. Un miedo mortal, sí. Pero quedarse en esa casa sería peor.

Tres meses después, Lidia aguardaba en el pasillo del juzgado de Madrid, revisando papeles: el acta de matrimonio, extractos bancarios, inventario de muebles. Los documentos crujían, las letras se le movían.

Ángel frente a ella, demacrado, el traje le colgaba como un tendedero. Carmen, por supuesto, a su lado, bolso de domingo y la sonrisa del que cree haber ganado la liga.

Expediente Pérezleyó la secretaria. Sala C.

La juez todo gafas y bufanda leyó la demanda sin inmutarse. Lidia observaba, como si fuera ajena; aquí la tenía, junto a alguien que fue su compañero de sueños, hijos, vejez. Ahora ya ni eso: el piso, el dinero, y a rodar cada uno por su sitio.

¿El demandado acepta el divorcio? preguntó la jueza.

Ángel asintió.

Sí.

¿Hay problemas con la división del patrimonio?

No.

El trámite fue frío, rápido. Sin lágrimas ni gritos. Solo sellos, firmas, papelitos. El piso, a vender, el saldo a medias, cada uno a su piso.

Al salir del juzgado, Lidia se giró. Ángel estaba solo, fumando, la madre ya merodeando por algún sitio. Se cruzaron las miradas, él avanzó.

Lidia…

No hace falta le cortó.

Quería decirte… perdón. He destrozado todo.

Lidia le miró: un hombre que nunca aprendió a ser fuerte, que eligió la ruta fácil: a mamá antes que a la mujer.

Sí dijo, sin drama. Lo destrozaste.

Se fue por la Gran Vía, metro adelante. Las piernas en piloto automático, la mente en blanco; ni rencor ni tristeza. Solo cansancio y, sorprendentemente, alivio.

La libertad olía a gasolina y asfalto mojado. Por delante la esperaban un estudio alquilado en Usera, un trabajo nuevo y la soledad. Pero sería su soledad. Su vida. Sin familiares invasores, ni concesiones eternas, ni sentir que estaba de invitada en su casa.

Sacó el móvil y escribió a Aurora: Ya está. Soy libre.

La respuesta llegó en segundos: ¿Salimos a celebrarlo?

Por fin, Lidia sonrió después de tantos meses.

Por supuesto.Afuera, Madrid relucía con ese brillo de los días en que uno empieza de nuevo. Lidia salió al cruce de la Gran Vía, el aire fresco de marzo despejándole los últimos restos de miedo. Paró un taxi y, mientras recorría las calles en dirección al bar donde Aurora la esperaba, sintió el vértigo y la emoción de no tener que pedir permiso a nadie, ni disculparse por existir.

Entró en el local y la música la envolvió, corriente suave, borrones de risas y copas tintineando. Aurora la vio, le hizo señas desde una mesa junto a la ventana. Lidia se acercó, la abrazó fuerte, y por primera vez en mucho tiempo no se sintió ni huésped ni intrusa. Se sintió en casa.

¿Y ahora? preguntó Aurora, brindando con un mojito.

Lidia sonrió, con la seguridad tibia de quien sabe que el dolor aún zarpa pero el horizonte espera.

Ahora a vivir. Con todo: miedo, ganas y libertad.

Brindaron, y cada sorbo era una pequeña victoria. La noche de Madrid se abría infinita, como una promesa. Y Lidia, por fin, eligió perderse en ella, sabiendo que esta vez era dueña de su propia historia.

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