Mamá, sonríe
Te cuento una historia cercana, como de familia nuestra. Cuando Lucía era pequeña, nunca le gustaba que las vecinas vinieran y le pidieran a su madre que cantara alguna canción.
¡Venga, Carmen, cántate algo, que tienes una voz preciosa y bailas que da gusto verte! decían las señoras. Y allí estaba su madre, arrancándose a cantar, las vecinas se unían y acababan todas bailando en el patio.
Por aquél entonces, Lucía vivía con sus padres en un pueblo de la provincia, en una casa de toda la vida, y tenía un hermano pequeño, Mateo. Su madre, Carmen, era una mujer muy alegre y siempre muy simpática. Cuando las vecinas se iban, ella les decía:
Pues volved cuando queráis, hemos echado un buen rato, y ellas prometían regresar.
A Lucía le daba corte eso de que su madre cantara y bailara delante de todos. A veces hasta sentía vergüenza, y una vez le dijo estando en quinto de primaria:
Mamá, no cantes ni bailes, por favor Me da vergüenza.
Ella misma ni sabía el porqué. Incluso ahora, siendo madre, no encuentra la explicación. Pero su madre solo le respondió:
Luci, hija, no te dé ninguna vergüenza, si canto es para alegrar la casa. Algún día dejaré de hacerlo, ahora que aún soy joven…
En ese entonces, Lucía ni se lo planteaba, pensaba que siempre sería así, con buen humor.
Al año siguiente, Lucía estaba en sexto curso, y su hermano en segundo. Pasó algo que les cambió la vida: su padre se marchó de casa. Recogió sus cosas y no volvió más. Lucía jamás supo exactamente qué ocurrió entre sus padres. Ya algo más mayor, se atrevió a preguntar:
Mamá, ¿por qué papá se fue de casa?
Ya lo entenderás cuando seas mayor le contestó Carmen.
Carmen nunca le pudo contar entonces que un día llegó a casa antes del trabajo porque se había dejado la cartera con dinero, y se encontró a su marido con Julia, una mujer del barrio, en su propia cama. Lucía y Mateo estaban en el colegio, y ella se encontró el portón sin echar la llave, ¡qué raro! Si su marido debía estar en el trabajo, pensó ella. Al abrir la puerta vio la peor escena de su vida. Su marido e Julia la miraron con cara de ‘¿tú qué haces aquí…?’
Esa noche, cuando su marido volvió de trabajar, hubo bronca. Los niños andaban jugando en la calle y no se enteraron de nada.
Tienes tus cosas preparadas en la habitación, vete. Jamás te perdonaré esto le dijo Carmen.
Iban lo intentó, quiso arreglarlo:
Carmen, se me fue la cabeza, olvidémoslo… Los niños nos necesitan.
He dicho que te vayas, ¡y punto! le soltó ella saliendo al patio.
Iban cogió su maleta y se largó. Carmen, desde la esquina del corral, lloraba sin querer que la viera. No volvió a mirar a su marido a la cara, el dolor era demasiado grande.
Bueno, saldremos adelante con los niños se repetía, aunque llorara a escondidas. Pero esto no lo perdonaré jamás.
Y no lo perdonó. Se quedó sola con los dos peques. Sabía que sería duro, pero no imaginaba cuánto. Trabajó en dos sitios: por las mañanas limpiaba suelos, y por las noches en una panadería. Apenas dormía, y la sonrisa desapareció para siempre de su rostro.
Aunque Iban se fue, los niños siguieron viéndolo, porque ahora él vivía cuatro casas más allá, con Julia. Julia tenía un hijo de la edad de Mateo, y hasta iban juntos a clase. Carmen nunca prohibió a sus hijos visitar a su padre; podían ir a jugar, pero a comer siempre debían volver a su casa. Julia nunca les preparó ni un bocadillo pa’ jugar, sí; pa’ otra cosa, nada.
A veces el hijo de Julia se venía con Lucía y Mateo a su casa, y los vecinos miraban raro. Pero Carmen siempre les ponía algo de merendar a todos, sin importar quien era el hijo de quien. Eso sí, Lucía nunca volvió a ver sonreír a su madre. Seguía siendo buena y cariñosa, pero estaba como cerrada en sí misma.
Cuando Lucía volvía del colegio, deseaba que su madre hablara algo con ella, por eso le contaba todo:
Mamá, ¿sabes lo que pasó hoy? Andrés trajo un gatito al aula y el animal no paraba de maullar. La profe no sabía de dónde venía el ruido y le echó una bronca tremenda a Andrés. Al final le dijo que viniera sin el gato y llamó a su madre al cole.
Ah… bueno… respondía simplemente Carmen.
Lucía notaba que nada alegraba a su madre. A veces por las noches, la oía llorar bajito o se quedaba mirando por la ventana, pensativa. Ya de mayor entendió tanto:
Ahora sé lo agotada que estaba mi madre. Trabajaba a todas horas, apenas dormía, quizás hasta le faltaban vitaminas, pobre. Pero siempre nos cuidó. Íbamos bien vestidos, limpitos, la ropa siempre planchada…
De pequeña, lo único que pedía era:
Mamá, sonríe, hace mucho que no te veo la sonrisa.
Carmen quería muchísimo a sus hijos, pero a su manera. Apenas los abrazaba, pero sí los elogiaba por sus logros en el cole y porque no le daban problemas. Cocinaba de maravilla y en casa siempre reinaba el orden.
Lucía sentía el amor de su madre especialmente cuando Carmen le hacía una trenza. En esos momentos, la acariciaba triste, los hombros caídos, como si todo le pesara. Los dientes le empezaron a caer pronto, y Carmen no se puso ninguno postizo.
Cuando acabó la secundaria, Lucía ni pensó en ir a la universidad. No quería dejar sola a su madre y sabía lo que costaba estudiar fuera. Así que se puso de dependienta en una tienda cerca de casa, para ayudar a su madre; Mateo crecía rápido y siempre necesitaba zapatos y ropa.
Un día conoció a Miguel, que no era del pueblo sino de una aldea a ocho kilómetros. Aunque le sacaba nueve años, enseguida se gustaron.
¿Cómo te llamas, guapa? le preguntó él sonriendo. No te había visto por aquí antes.
Lucía. Creo que yo tampoco te he visto nunca.
Soy de una aldea cerca de aquí, a ocho kilómetros. Me llamo Miguel.
Y así empezaron a verse. Miguel venía a buscarla con su coche, daban paseos, incluso la llevó a su casa a conocer a su madre, que estaba muy enferma. Miguel estaba divorciado, su ex se había ido a la capital con la hija y le dejó a su madre a su cargo.
En la casa de Miguel tenían de todo: quesos, jamón, carne, dulces… a Lucía le gustó el ambiente, sencillo pero generoso. Su futura suegra apenas salía de la habitación.
Lucía, ¿y si nos casamos? un día le propuso Miguel. Me encantas. Eso sí, te aviso que habría que cuidar a mi madre, pero yo te ayudaré.
Lucía se lo pensó. Le hizo ilusión aunque apenas lo mostró, no le daba miedo cuidar de una persona mayor. Miguel estaba nervioso esperando.
Mejor así, por fin comeré carne y queso hasta hartarme pensó ella por dentro, pero en voz alta dijo: Vale, acepto.
Miguel se alegró muchísimo.
Luci, qué feliz me haces… pensé que no querrías, por ser tan joven y yo divorciado. Te prometo, no te faltará nunca de nada, seremos felices.
Después de la boda se fue a vivir con Miguel. Ya no echaba de menos su casa, Mateo estudiaba para ser mecánico en la ciudad y solo volvía en vacaciones.
Lucía fue muy feliz con Miguel. Tuvieron dos hijos uno tras otro, ella se dedicó a la casa y los niños, aunque la suegra falleció a los dos años. El campo y la casa, todo requería atención. Miguel trabajaba mucho y era un gran compañero, siempre la cuidaba:
No cargues esos cubos, ya me encargo yo; tú encárgate de las vacas, las gallinas, los patos… Yo les doy de comer a los cerdos.
Lucía sabía que Miguel la quería de verdad. Daba gusto verlo con los niños, era un padrazo. Aunque ella no había crecido en el campo, enseguida se adaptó. Y Miguel no era tacaño nunca.
Lucía, ¿por qué no llevamos algo de carne, leche y queso a tu madre? Ella lo tiene que comprar todo y a nosotros nos sobra.
Carmen lo recibía todo con agradecimiento, pero seguía sin sonreír nunca, ni siquiera con los nietos. Lucía la visitaba a menudo y no sabía cómo devolverle la alegría.
Luci, ¿y si hablas un día con el cura? Igual te da un consejo le propuso Miguel.
El cura prometió rezar por Carmen y le dijo:
Pídele a Dios que tu madre encuentre a alguien bueno en su vida.
Y Lucía rezó de corazón.
Un día Carmen le dijo:
Hija, ¿me puedes prestar algo de dinero? Me quiero poner los dientes.
Mamá, pídeme lo que necesites, yo te lo pago le contestó Lucía, sabiendo que su madre jamás aceptaría si no era como préstamo.
Le dio el dinero, Carmen prometió devolvérselo. A las semanas, Lucía no pudo pasarse por casa de su madre por estar ocupada su marido ayudando a su tío Juan, quien se acababa de mudar solo a una casa estupenda cerca del pueblo tras su separación.
Un día Miguel volvió de la casa y comentó:
Oye, creo que el tío Juan se quiere casar otra vez. Le pillé hablando con alguien por el móvil…
Pues hace bien respondió Lucía. La casa necesita una mujer y nadie merece estar solo.
Poco después, tío Juan fue a verles:
Quería invitaros a casa, dijo. He encontrado a mi amor de juventud, con la que iba al colegio, y mañana se muda conmigo. Os quiero en casa pasado mañana.
A los dos días, Lucía y Miguel fueron con un detalle. Al entrar en el salón, Lucía se quedó de piedra: ¡su madre! Carmen estaba allí, sonriendo nerviosa, rejuvenecida y hermosa.
¡Mamá! Me alegro tanto… ¿Por qué no dijiste nada?
No quería deciros nada si al final no funcionaba…
¿Tío Juan, y tú, por qué no avisaste?
Por si Carmen cambiaba de idea… Pero ahora, somos muy felices.
Desde entonces Carmen no paraba de sonreír, y Lucía y Miguel estaban felices de verla por fin renacer junto a Juan. Ahora sí, la alegría volvió al rostro de su madre.
Gracias por escucharme, de verdad. Te deseo lo mejor, y que la vida te sonría siempre.







