¡Ay, venga ya, vecina! ¿Qué más te da, mujer? ¿Un par de pepinos te cuesta? Si en nada se te van a pasar, se pondrán amarillos, y tengo a los nietos que han venido, necesitan vitaminas. No seas tacaña, mujer, si somos de la misma acera. ¡Si la valla que nos separa ni llega a la rodilla!
María se inclinaba por encima de la verja baja de alambre que dividía las parcelas y su rostro redondo se deshacía en una sonrisa empalagosa, casi de caramelo derretido. Mantenía en la mano una fuente vieja esmaltada, ya medio llena de fresas ajenas, mientras la otra se estiraba sin pudor hacia la mata de grosellas que crecía justo en el jardín de Carmen.
Carmen estaba arrodillada entre las zanahorias, arrancando diminutos hierbajos. Se irguió despacio. La espalda crujía como el reniego de un viento sordo. Se enjugó el sudor de la frente con el dorso de la mano cubierta en tierra negra y miró a María con una gravedad plomiza. Aquello de los de la misma acera lo llevaba escuchando tres años, desde que compraron la finca y desterraron la selva de maleza hasta transformarla en vergel de manual.
Mira, María dijo Carmen, templada y firme, tú también tienes fresas, te las he visto. ¿Por qué nunca recoges las tuyas?
¡Qué fresas ni qué niña muerta! bufó María, indecente de nerviosa. Salieron pocas, agrias y el picudo se las ha comido casi todas. Yo no sé, como tú, andar con abonos ni fertilizantes, lo mío es lo natural, sin artificios. Pero lo tuyo, hija, es pa museo, las fresas parecen huevos de avestruz. ¡Qué desperdicio! Si sólo sois dos en casa, Carmen, ¿para qué tanto? Os vais a empachar.
Carmen soltó un suspiro hondo. La lógica de María era inexpugnable como una muralla vieja de Ávila. Para ella, si posees mucho, debes repartirlo con los que no tienen. La causa la pura vagueza, jamás se barajaba.
La huerta de María era un cuadro de pena: manzanos torcidos, cubiertos de musgo, parterres que sólo veían el azadón en fiestas y un ejército de dientes de león lanzando paracaídas al aire. María sólo pisaba la finca para descansar el alma: enfundada en la hamaca, asando morcillas en un ladrillo y la radio Copla a volumen de verbena.
Mientras tanto, Carmen era una fanática feliz de la tierra. Conocía cada planta por su nombre, encargaba semillas raras por internet, madrugaba antes de la luz para abrir los invernaderos y se acostaba sólo cuando regaba la última lechuga. Cada tomate, cada pepino, era hijo de su espalda dolorida y noches en vela, temiendo heladas tardías.
María, deja la fuente dijo Carmen. Las fresas las guardo para la mermelada. Cada una tiene su destino.
¡Hale! María se llevó una mano a la frente con fingida pena. ¡Qué racanería! ¡No seas así! Sólo cogí unas pocas, pa los críos. ¿Me las vas a quitar de la boca?
Aprovechó que Carmen, aún de rodillas, le quedaba lejos y se metió una fresa gorda entera en la boca, mascando saboreándola ante todos, y se largó flotando hacia su caseta, llevándose el botín.
Carmen se quedó anclada en el huerto, la rabia bullendo por dentro, oscura, sorda. Julián, su marido, salía entonces del cobertizo, con un serrucho en la mano. Sabía bien lo que había pasado, pero nunca se metía: las riñas de mujeres le parecían tormentas imposibles.
¿Otra vez pastando la Mari? le preguntó mientras se le acercaba.
Pastando, sí respondió Carmen. Como cabra en prado ajeno. Julián, esto ya es descaro. El finde pasado se llevó los calabacines. Dijo que pensó que los habíamos olvidado, y ahora entra descarada por las fresas.
Pon un muro de ladrillo sugirió Julián, dos metros de alto, que no pase ni el aire.
Es que no dejan suspiró Carmen. Según la comunidad, sólo verja baja, nada que haga sombra. Y no tenemos para más vallas, que pusimos el invernadero nuevo.
Cada semana el ambiente hervía más. Aquel julio fue caluroso como los fuegos de San Juan y la cosecha, un delirio: tomates rojos a racimos, pepinos crujientes, pimientos como luciérnagas. Y, justo en proporción, ahí estaba María, al acecho tras la valla.
Un sábado, María apareció con una tribu entera de invitados. Diez personas, griterío, guitarras y cajas de cerveza. Ya entrada la tarde, mientras Carmen regaba los rosales, María se acercó, tambaleante, al límite de la valla.
¡Carmen! gritó. Haz un favor de vecina. Se nos acabó el picoteo. Danos unos tomates de esos grandes, los Corazón de Buey, y un manojo de perejil, anda. Ir a la tienda nos pilla a veinte minutos, ¡y la gente quiere más fiesta!
Carmen se alzó empuñando la manguera; el agua humedecía las raíces de los rosales.
María, los tomates apenas están todos maduros. Los que hay los llevo mañana a mi hija, en Madrid.
¡Pero si están colgando, mujer! la interrumpía María con aliento a vino. ¡No seas roñosa, ni que fueras extranjera! Mira, te traigo luego una tableta de chocolate…
No. Carmen cortó en seco.
La expresión de María se amargó. Sus labios cayeron y los ojos se le estrecharon.
¡Pues quédate con tus tomates! ¡A ver si te revientan todos! ¡Vaya vecinos, ni en enero te sueltan un copo de nieve! ¡Bah!
Marchó haciendo tronar el suelo con sus sandalias. Aquella noche, de la parcela de María llegaban risas y chanzas huecas: estos madrileños, todo lo cuentan por dos euros se matan ¿quién quiere sus verduras llenas de química?. Carmen sintió pinchazos de rabia. Cerró las ventanas y subió la televisión.
A la mañana siguiente, al salir al porche, se quedó helada. La puerta del invernadero, abierta. Una punzada de sangre helada en el pecho. Corrió hacia los surcos.
Por supuesto: las ramas más bajas y cargadas de tomates, arrancadas a puñados. Algunos tallos quebrados, frutos verdes, pisoteados en el barro. Los pepinos, saqueados. En la zona de las hierbas, un cráter: el perejil, el eneldo, arrancados de raíz.
Carmen contempló el desastre. No era un hurto. Era un desprecio a su labor, a su tiempo, a ella misma.
¡Julián! llamó, rota.
Julián llegó enseguida, valoró el destrozo con el ceño fruncido.
Esto ya no es juego, Carmen. Esto es delito.
¿Pero quién nos va a creer? No hay cámaras. Ella jurará que nada, o que lo recogimos nosotros y queremos culparla. María se defiende mejor que un juez.
Carmen se acercó a la valla. Al otro lado, silencio. Los invitados dormían la mona. En la terraza, una fuente con los restos de la ensalada: los gruesos tomates Corazón de Buey de Carmen, las hojas recortadas del perejil rizado de Carmen.
Hasta aquí dijo Carmen, con la voz endurecida. Hasta aquí he aguantado. Se acabó el buen rollo. Ahora, la diplomacia del susto. Y un poco de química.
Julián se alarmó.
No vayas a hacer ninguna locura, eh. Que no acabemos en comisaría por un par de tomates.
Nada de líos sonrió Carmen, torcida. Psicología pura. Y toques de laboratorio.
El plan surgió como una chispa. Carmen fue a Madrid al centro de jardinería y volvió con uno de esos monos amarillos de protección con capucha, una mascarilla profesional, un pulverizador y varios sobrecitos de colorante alimentario azul, más un frasco de jabón líquido apestoso.
Por la tarde, cuando los invitados de María emergían para el té, Carmen y Julián hicieron su función.
Carmen se enfundó el mono amarillo, mascarilla, gafas y guantes gigantescos. Julián, con un chubasquero viejo y la boca vendada. Salieron juntos al invernadero.
Carmen, teatral, mezcló agua con el colorante y medio bote de aquel jabón apestoso. El hedor era intenso, como una mezcla de hospital y trastienda. El líquido del pulverizador brillaba de azul prusia, espeso.
¡Julián, ponte lejos! exclamó para que toda la urbanización la oyera. Esto es peligrosísimo. Lo dice el prospecto, ni acercarse.
Empezó a rociar tomates, lechugas y repollos. Gotas azules quedaban en hojas y frutos. Todo parecía víctima de una epidemia nuclear o de un ungüento letal.
María, curiosa, se asomó a la valla.
¿Qué estás haciendo, Carmen? ¿Un incendio? ¡Esto apesta!
Carmen respondió, sin quitarse la mascarilla.
Peor, María. Según leí en Internet, es una plaga nueva. Virus y hongo a la vez. El único remedio es un preparado experimental, peligrosísimo. El QuimAgri-Toxic 3H. Mata todo menos la planta.
¿Cómo qué todo?
Insectos, pájaros, ratones, hasta las lagartijas Y para humanos, como te atrevas antes de tres semanas, dicen que intoxicación fulminante. Ni hospital te salva. Así que arriesgándome.
¿Tres semanas? María se llevó la mano a la tripa, angustiada. ¿Y si lo tocas?
Si lavas la mano al momento con alcohol, puede ser que te libres. Pero si te metes el zumo en los ojos ¡uf, mejor ni pensarlo!
Carmen siguió rociando las plantas con la pócima azul. María se fue alejando, encogiéndose, mirando a todos lados.
¡Niños, ni se os ocurra ni respirar por esa valla! se la oyó gritar a sus nietos.
Carmen sonreía bajo la mascarilla. Primera ronda de Operación Gorra.
Durante la semana siguiente, María no se acercó a la valla. Miraba los tomates azules como si fueran cabezas de hidra hechizadas. Cuando los críos iban hacia los lindes, ella chillaba como si quemase:
¡Aléjate! ¡Eso es veneno! ¡No respires ni el aire!
Carmen continuaba con sus rutinas. Por las noches fregaban el colorante de los pepinos con manguera cuando nadie los veía, y los devoraban en la cena. Los tomates seguían azules, ahuyentando a María y a los gorriones.
Pero la astucia de María era legendaria. Tras unos días, el susto se le fue pasando, y la desconfianza ganaba terreno.
¿Carmen! llamó un sábado. ¿Tú qué haces comiendo pepinos? ¿No decías que hay que esperar tres semanas y te veo masticando como una burra? ¿O a ti el veneno te resbala?
Carmen ni se inmutó, sentada en la terraza con café y pepino.
Estos son del mercado, María. Los míos ni tocarlos, están azules, míralos. Los buenos, a esperar.
María entrecerró los ojos y se fue mascullando: madre mía, con los químicos estos.
Pero ya no osó cruzar la valla.
La verdadera conclusión llegó en agosto, al máximo de la cosecha. El color desapareció casi del todo, con el sol y la tormenta, salvo un leve tono turquesa.
María debió pensar que se acababa el peligro, o que la gula podía más que el miedo.
Carmen iba a viajar a Madrid un par de días. Cerró la cancela con un candado digno de fábula y colgó de la verja de alambre, justo del lado de María, un cartel plastificado:
*¡ATENCIÓN!*
*Zona videovigilada. Parcela tratada con productos fitosanitarios de clase 3. El consumo sin desactivador especial puede causar daños irreversibles intestinales. Junta de la Urbanización avisada. Cualquier intrusión será denunciada a la Policía Local.*
Lo de las cámaras, falso. Lo otro, tampoco mucho más verdad. Pero sonaba señorial.
Al volver, Carmen se encontró con la escena: María discutiendo a gritos con el presidente de la comunidad, Don Santiago, hombre meticuloso y de voz grave.
¡Don Santiago! ¿Pero esto qué es? clamaba María. ¡Que nos envenena! ¡Con experimentos! Mi nieto con dolor de tripa, ¡seguro que es el vapor ese! ¡Que lo quite todo, las cámaras, la química, que nos espía!
El presidente, frotando las gafas, vio llegar a Carmen y suspiró.
Carmen, buenos días. Aquí la señora María protesta por tus carteles y tus medios científicos.
Señor Santiago, no hay drogas prohibidas, sólo lo normal para el pulgón. El cartel es preventivo. Para ladrones. Que últimamente a las plantas les salen manos por la noche Y lo de los chicos enfermos, sería si se colaran por donde no deben.
¡¿Quién ha robado nada aquí?! saltó María. ¡Denuncia lo que quieras! ¡A ver si lo puedes probar!
Tengo vídeos dijo Carmen sin pestañear. Quité las cámaras falsas y planté las buenas con detector de movimiento. Si quiere, los vemos aquí, ahora mismo, con el presidente y prepara la denuncia. María, ¿te suena de algo el pasado martes? ¿O la ensalada del sábado?
No era más que un farol, pero efectivo. María palideció a listones rojos; sabía que le tocaba de cerca y no podía asegurar cuándo ocurrieron las supuestas grabaciones. El temor al escarnio era superior a su desfachatez.
¡No quiero tus tomates ni regalados! gritó. ¡Mejor me planto yo los míos!
Y marchó dando un portazo de película.
El presidente miró a Carmen, después al cartel, después a los tomates azulados. Le bailaba la sonrisa en los ojos.
Carmen, ¿el producto ese es tan letal?
Colorante alimenticio y jabón, Don Santiago. Mano de santo para el pulgón. Y para vecinos pedigüeños, milagroso.
Entiendo se le escapó la risa. Pues deja el cartel, para prevenir tentaciones.
Desde aquel día, la relación con María fue la guerra fría: ni saludo, ni palabra, María contaba a toda la comunidad que su vecina era bruja y hechicera envenenadora. Carmen ni se inmutaba. El huerto se mantuvo a salvo.
Pero lo más extraordinario sucedió la primavera siguiente. Carmen, llegando para abrir temporada, vio a María trajinando en su parterre. Bufando y soltando improperios, cavaba torcido y sudaba, pero cavaba. Los planteles, comprados en la liquidación, parecían renacuajos mustios, pero eran suyos.
Al acercarse a la valla, María la desafió con la pala en alto.
¿Qué quieres? ¿A vigilarme has venido?
Que sea leve, María le dijo Carmen, sin rencor, aquí hay arcilla, mejor añade arena.
¡No me vengas a dar lecciones! respondió la otra, aunque sin mucho enfado. Lo mío, lo más natural. Sin historias.
Está bien sonrió Carmen, lo que uno cultiva, siempre sabe mejor.
En verano, María logró algunos pepinos encogidos y tomates minúsculos, pero paseaba entre ellos como si fueran rubíes. Y dejó de asomar por la valla de Carmen: quien brega, aprende el valor de cada cosecha.
Una tarde, Carmen la escuchó espantar a unos chavales que colaban el balón.
¡Fuera de aquí! ¡Esto no es un campo de fútbol, aquí hay sudor metido, no quiero veros pisando nada!
Carmen intercambió una mirada cómplice con Julián junto al asador y ambos soltaron la risa.
¿Lo ves? le dijo Carmen. Nada de muros, el trabajo dignifica mejor que cualquier cerca.
Al cerrar la temporada, María se acercó. Traía un bote de cristal con pepinillos encogidos flotando en salmuera.
Toma musitó dándole el frasco. Para que pruebes. De mi cosecha. Receta de revista.
Carmen recibió el presente como si fuera vidrio soplado.
Gracias, María. Os los comeremos a gusto. Yo te guardo semillas, de las buenas, del Corazón de Buey. Se plantan en febrero, si quieres te enseño.
Bueno vale aceptó María, ocultando la sonrisa. Si no te importa.
No me importa dijo Carmen. Cuando se trabaja, nunca es molestia compartir.
Se quedaron un rato en silencio, contemplando la fiesta de ocres y violetas de los huertos en otoño. El cartel de venenos desaparecido, barrido por las lluvias, pero una frontera invisible de respeto se alzaba sólida.
Los tomates de ese año, Carmen los conservó todos. Ni uno se perdió.
Si te gustó este sueño extraño, dale al corazón y cuéntanos: ¿cómo le plantas cara al caradura de tu vecino en la huerta?






