La “cuco” del mediodía ha cantado de más: Una nuera madrileña, una suegra invasora y una guerra silenciosa en el piso de Chamberí

La Cuclillo de Día

¡No puede ser, está riéndose de mí! estalló Inés. ¡Julián, ven aquí, ahora mismo!

El marido, que acababa de dejar las deportivas en el recibidor, asomó por la puerta del baño abriéndose el cuello de la camisa.

Inés, ¿qué pasa ahora? Acabo de salir del trabajo, tengo la cabeza hecha trizas…

¿Qué pasa? Inés señaló con el brazo el borde de la bañera. Mira bien. ¿Dónde está mi champú? ¿Dónde está mi mascarilla capilar, la que justo compré ayer?

Julián entornó los ojos, miopemente, paseando la mirada por la hilera de botes.

Allí lucía un enorme frasco de champú de brea comprado en la farmacia, un litro de Ortiga y un pesado tarro de vidrio con una crema de color marrón oscuro.

Eh Eso lo ha traído mamá. Supongo que le resulta más cómodo tener sus cosas a mano… musitó, rehusando mirar a su mujer a los ojos.

¿Cómodo? ¡Julián, tu madre no vive aquí! Mira abajo, anda.

Inés se agachó y sacó de debajo de la bañera una palangana de plástico. Dentro estaban sus cosméticos franceses carísimos, la esponja y su cuchilla de afeitar mezclados.

¿Esto qué es, Julián? ¿Ha apartado todas mis cosas a ese barreño mugriento y ha puesto las suyas en primera fila?

Ha decidido que mis cosas, cerca del trapo del suelo, y su Ortiga merecen el trono del borde de la bañera.

Julián suspiró resignado.

Inés, no empieces. Mamá lo está pasando fatal, lo sabes. Mejor lo coloco todo otra vez y cenamos tranquilos, ¿te parece? Por cierto, ha hecho canelones.

No pienso probar sus canelones atajó Inés. ¿Por qué arrastra continuamente los pies por aquí? ¿Por qué se adueña de mi casa, Julián?

Me siento como una inquilina, a la que han dado de caridad poder usar el váter.

Inés apartó a su marido y salió disparada. Julián volvió a esconder, a puntapiés, el barreño con las pertenencias de su esposa bajo la bañera.

A ellos, Inés y Julián, la cuestión de la vivienda, que a tantos amargó la vida, ni los rozó.

La abuela paterna de Julián le dejó un piso de soltero, amplio, en un edificio nuevo de Madrid.

A Inés le quedó de herencia un pequeño y acogedor apartamento de su abuela, cerca del Retiro.

Al casarse, decidieron instalarse en casa de Julián recién reformada, con aire acondicionado y alquilar el piso de Inés a una pareja decente.

Las relaciones con los padres de Julián funcionaban en modo neutralidad armada, rozando la simpatía cortés.

Isabel María y su marido, el callado y cortés Justo Ramón, vivían en la otra punta de la ciudad.

Una vez a la semana: merienda con té, preguntas de trámite sobre la salud y el trabajo, intercambio de sonrisas.

Uy, Inesita, has adelgazado mucho decía Isabel, mientras llenaba su plato de tarta. Julián, ¿no alimentas a tu esposa?

Mamá, solo vamos al gimnasio, resoplaba Julián.

Y ya. Nada de visitas inesperadas, ni consejos domésticos.

Inés lo proclamaba ante amigas:

Tengo una suegra de oro. Mujer de oro, nunca se mete, ni da la lata.

Todo saltó por los aires aquel martes nublado en el que Justo Ramón, tras treinta y dos años con Isabel, hizo la maleta y dejó una nota en la mesa de la cocina: Me voy al mar, no me busques y bloqueó cualquier contacto.

Resultó que la crisis de los sesenta no era expresión vacía, sino una joven administradora de balneario en Benidorm al que el matrimonio solía ir los últimos veranos.

Para Isabel María, con sus sesenta cumplidos, el mundo se vino abajo.

Llegaron las llamadas llorosas de madrugada, las vueltas y revueltas a la misma historia:

¿Cómo ha podido hacerlo? ¿Por qué? ¡Ay, Inesita, qué injusto!

Inés, sincera, se compadecía. Le llevaba valerianas, escuchaba mil veces la misma historia, asentía cuando Isabel maldecía al viejo golfo.

Pero la paciencia se le acabó pronto: la queja sin fin de su suegra empezó a hartarla.

Julián, me ha llamado cinco veces solo esta mañana dijo un día en el desayuno. Para que vayas a ponerle una bombilla en el pasillo.

Entiendo que esté mal, pero ¿cuándo acaba esto?

El marido se encogió.

Está sola, Inés. Se ha pasado la vida con alguien al lado, y papá… No te lo tomes a mal, por favor…

La bombilla la puede atornillar ella o llamar a un manitas. Pero necesita que vayas tú. ¿Y para qué me mete a mí?

Luego empezaron las noches fuera: Julián durmiendo en casa de su madre.

Inés, mamá no duerme tranquila sola, decía, llenando la mochila. Dice que el silencio la oprime. Me quedaré con ella un par de noches, ¿te parece?

¿Un par de noches? fruncía el ceño Inés. Llevamos poco casados y ya huyes. No pienso dormir sola media semana.

Solo es un tiempo, hasta que se recupere. Después todo volverá a la normalidad.

Un tiempo duró un mes.

Isabel reclamaba al hijo cuatro noches por semana, tardes y noches incluidas.

Simulaba subidas de tensión, crisis de ansiedad, provocaba atascos en la pila.

Inés veía cómo Julián se despedazaba entre dos casas y cometió el error que luego lamentó cada día al recordarlo.

***

Decidió ser sincera con la suegra.

Mire, Isabel, le dijo en uno de esos almuerzos de domingo. Si tan mal lleva estar sola entre cuatro paredes, ¿por qué no viene aquí durante el día?

Julián está en el trabajo, yo muchas veces trabajo desde casa. Puede pasear por el Retiro, estar aquí en el centro. Y, al anochecer, Julián la acerca de vuelta.

Isabel entonces la miró con una expresión que Inés aún recuerda.

Pues sí, Inesita… Qué lista eres, tienes razón. ¿Para qué quedarme sola en casa, si aquí estoy mejor?

Inés esperaba una visita o dos por semana, que viniese a las doce y se fuese antes de la vuelta de Julián…

Pero Isabel María tenía otros planes: apareció a las siete en punto de la mañana.

¿Quién es? farfulló Julián, medio dormido, al oír el timbre.

Fue él mismo a abrir.

¡Soy yo! tronó la voz de Isabel María desde el portero. ¡Os he traído requesón fresco!

Inés se tapó la cabeza con la manta.

¡Pero qué demonios! masculló. Julián, ¡son las siete! ¿De dónde saca requesón tan pronto?

Mamá madruga, respondió Julián poniéndose los pantalones. Tú duerme.

Desde ese día, la vida fue un infierno. Isabel María no solo venía; pasaba aquí ocho horas.

Inés intentaba trabajar, pero a cada rato tenía:

Inés, ¿has visto el polvo en la tele? Mira que yo lo quito ahora…

Isabel, tengo una reunión en cinco minutos, ¡estoy trabajando!

Anda ya, ¿qué reunión? Si solo miras dibujitos en el ordenador.

Y, hija, a Julián le plancho yo mejor las camisas. Las rayas, rectísimas tienen que ser.

Te enseño, para que veas…

Todo era motivo de crítica.

Cómo cortaba las verduras: A Julián le gustan en tiras, no a dados, eso es de comedor escolar.

Cómo hacía la cama: La colcha debe rozar el suelo, no quedarse corta.

El olor del baño: ¿No hueles esa humedad? Un baño debe oler a limpio.

No te lo tomes a mal decía la suegra, espiando la olla. Pero te ha salido salada la sopa.

Julián desde chico come dieta ligera, ¿no lo sabes? Su estómago es delicado, hija.

A este paso lo matas de comer basura. Anda, que la rehago yo.

La sopa está rica, replicaba Inés con los puños apretados. Y ayer Julián se tomó dos platos.

¡Ay! Por no contrariarte, pobrecillo. Es muy cortés, no quiere hacerte daño.

Al mediodía, Inés ya rozaba el colapso.

Huía a una cafetería y pasaba allí horas, con tal de no oír la vocecita moralizadora.

Y al volver, más bronca.

Primero apareció su taza favorita una descomunal con La Mejor Mamá serigrafiado.

Luego, un abrigo en el perchero. Y, una semana más tarde, una estantería del armario liberada para sus albornoces y ropa de andar por casa.

¿Para qué quiere tener albornoces aquí? preguntó un día Inés, viendo el monstruo rosa al lado de su lencería de seda.

Hija, estoy todo el día aquí. Me gusta cambiarme algo más cómodo. Ahora somos familia, ya ves.

Julián siempre respondía igual:

Inés, sé comprensiva. Está mal, ha perdido a papá y necesita sentirse útil. ¿De verdad te sobra la estantería?

No me sobra la estantería, Julián, ¡tu madre me está echando de mi propia casa!

No exageres. Además, ayuda: cocina, limpia… Tú odiabas planchar.

Prefiero ir arrugada, que vestida como una niña de comunión bramaba Inés.

El marido hacía oídos sordos.

***

Los botes en la bañera colmaron el vaso.

Julián, ven, llamó Isabel desde la cocina. ¡Que se enfrían los canelones!

Inés, ven, los he preparado con poco picante, sé que no te gusta.

Inés entró en la cocina, su suegra ya servía plato en mano, dueña del lugar.

Isabel, dijo Inés, conteniéndose. ¿Por qué ha metido mis cosas bajo la bañera?

La suegra ni parpadeó. Colocó el tenedor junto al plato de Julián y sonrió.

¿Ah, los botes? Estaban casi vacíos, solo ocupaban sitio.

Y el olor… fuerte, me dolía la cabeza.

Puse los míos, de toda la vida. Los tuyos abajo, así no molestan tanto.

No te importará, ¿verdad? Total, había que limpiar.

Sí me importa, Inés avanzó hacia la mesa. Es mi baño. Mis cosas. Y mi casa.

¿Tuya, hija? Isabel suspiró teatrera, sentándose. Si el piso es de Julián…

Claro que aquí mandas, pero hay que respetar a la madre de tu marido.

Julián, pálido en la puerta, balbuceó.

Mamá, no hace falta… Inés también tiene piso, aquí vivimos juntos…

Bah, ese piso… minimizó ella. Una ratonera de abuela.

Anda, Julián, siéntate. Tu mujer está gruñona, seguro que tiene hambre.

Inés miró a Julián, esperando.

Esperó que dijera: Mamá, basta. Has cruzado una línea. Vuelve a tu casa.

Julián solo se quedó mirando entre ambas y, al fin, se sentó.

Inés, venga, come. Ahora lo hablamos tranquilamente. Mamá, tampoco está bien lo de las cosas…

¡Claro! trunfó Isabel. El hijo lo entiende.

Tú, Inés, estás muy a la defensiva. La familia es todo en común.

Se rompió la paciencia de Inés.

¿Todo en común? repitió. Muy bien.

Se fue de la cocina.

Julián la llamó, su suegra la lamentó mientras no paraba de criticar.

En veinte minutos, hizo la maleta. Dejó los botes; compraría otros.

Salió entre la cantinela de súplicas del marido y el veneno a medias de la suegra.

***

No pensó en volver; pidió el divorcio apenas pudo, tras la huida.

El marido, aún legal, la llama cada día. La suegra, poco a poco, traslada sus cosas a la casa del hijo.

Inés está convencida de que eso era justo lo que Isabel María ansiaba.

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