La abuela siempre tuvo un nieto favorito —¿Y para mí, abuela? —susurraba ella. —Tú, Catalina, ya eres apañada. Mira qué color de mejillas tienes. Los frutos secos son para el coco, que Dimi necesita estudiar, él es el hombre de la casa, el futuro sostén. Y tú ve y limpia el polvo de las estanterías. Una niña tiene que acostumbrarse al trabajo. —¿En serio, Cata? Se está yendo. Los médicos dijeron que quedan unos días, quizás horas… Dimitri estaba en la puerta de la cocina, retorciendo las llaves del coche. Tenía cara de pocos amigos. —Hablo completamente en serio, Dimi. ¿Quieres té? —Catalina ni se giró, cortaba una manzana para su hija con ritmo meticuloso—. Siéntate, te hago uno recién hecho. —¿Té, Cata? —El hermano avanzó en la estancia—. Ella está allí tumbada, llena de tubos, apenas respira… Te llamó por la mañana. «Catalinita», dijo, «¿dónde está mi Catalina?». Me dio hasta un vuelco el corazón. ¿De verdad no vas a ir? ¡Es la abuela! Es la última oportunidad, ¿lo entiendes? Catalina acomodó los trozos en el plato y, solo entonces, miró a su hermano. —Para ti es abuela. Para ella eres Dimitri, el sol de sus ojos, el único heredero y esperanza de la familia. Y yo… yo para ella nunca he existido. ¿De verdad piensas que necesito esa «despedida»? ¿De qué íbamos a hablar, Dimi? ¿Qué se supone que le tengo que perdonar? ¿O ella a mí? —¡Déjate de rencores de cría! —Dimitri dejó caer las llaves en la mesa con rabia—. Sí, ella no te quiso como a mí. ¿Y qué? Es mayor, tenía sus manías. ¡Pero está muriendo! No puedes ser tan… fría. —No soy fría, Dimi. Simplemente, no siento nada por ella. Ve tú. Quédate con ella, cógele la mano; tu compañía le importa infinitamente más que la mía. Tú eres su tesoro, su rayito de sol. Así que aliméntale esa luz hasta el final. Dimitri la miró así, dio media vuelta y salió en silencio, cerrando la puerta con un portazo. Catalina suspiró, agarró el plato de manzanas y fue hacia la habitación de la niña. *** En su familia, cada cosa siempre estuvo bien repartida. No, sus padres los quisieron igual— tanto a Catalina como a Dimi. La casa siempre estuvo llena de risas, de aroma a empanadas caseras y excursiones interminables. Pero doña Clotilde, la abuela, era de otra pasta. —Dimitriño, ven aquí, mi lucero —susurraba la abuela al recibirles los domingos—. Mira lo que te he guardado. Nueces, las pelé yo. ¡Y bombones de Lobo Ibérico! Acabados de traer. Catalina, que tenía siete entonces, se mantenía a un lado, mirando cómo la abuela sacaba el paquete del viejo aparador. —¿Y para mí, abuela? —preguntaba bajito. Doña Clotilde le lanzaba una mirada cortante, fugaz. —Tú, Catalina, ya tienes de sobra. Mira esas mejillas. Los frutos secos son para la cabeza, Dimitri tiene que estudiar, él es el hombre, el cimiento. Y tú, ve, quita el polvo de las estanterías. Una niña tiene que aprender el valor del trabajo. Dimitri, rojo de vergüenza, se llevaba los dulces y marchaba de lado hacia el pasillo, Catalina, a limpiar polvo. No se sentía ofendida. Era extraño, pero de niña simplemente lo aceptaba como algo natural. Como quien ve llover: pues la abuela prefiere a Dimi. Es así… Al salir al pasillo, siempre estaba su hermano. —Toma —le metía en la mano la mitad de los caramelos y un puñado de nueces—. Pero no comas delante de ella, que vuelve a gruñir. —Si tú los necesitas más —decía Catalina sonriendo—. Para el coco. —Déjate, lo del coco es un cuento —refunfuñaba Dimi—. Ella está chiflada. Anda, come tú. Se sentaban juntos en la escalera al desván, compartiendo «el botín prohibido». Dimi siempre compartía. Siempre. Incluso cuando la abuela le daba dinero a escondidas «para el helado», él llegaba corriendo a buscar a Catalina: —Oye, da para dos polos y un chicle de esos con pegatina. ¿Vamos? El hermano era siempre su sostén; su cariño tapaba de sobra la frialdad de la abuela, hasta el punto que Catalina ni notaba la diferencia. Y los años pasaron. Doña Clotilde envejecía. Cuando Dimi cumplió dieciocho, anunció solemnemente que le dejaba su otro piso céntrico: —El sostén de la familia necesita su hogar —proclamó en la reunión—. Para que traiga a su esposa a casa propia y deje de andar de aquí para allá. La madre solo suspiró. Conocía el carácter de su madre y no discutía, pero por la noche entró al cuarto de Catalina. —Hija, no te aflijas. Papá y yo lo vemos. Hemos decidido: el dinero que guardábamos para el coche o para ampliar, te lo damos a ti. Así tienes entrada para tu piso propio. Para que todo sea justo. —Mamá, no digas eso —la abrazó Catalina—. Dimi lo necesita más, que ya tiene planes de casarse con Irene. Yo me apaño en la residencia unos años. —No, Catalina, eso no puede ser. Tu abuela tiene sus cosas, pero nosotros somos los padres. No vamos a dejarte de lado. Toma, ni lo discutas. Catalina no aceptó el dinero. Dimi se marchó a vivir al piso que le regaló la abuela tras la boda y la casa familiar se hizo más grande. Catalina ocupó la antigua habitación del hermano, llenándola de libros y pinceles; por vez primera sintió lo bien que se estaba allí donde a nadie le dividían el cariño entre «bueno» y «malo». La relación con su hermano nunca se resintió por asuntos de herencia. Es más, Dimi se sentía en deuda. —Ven a casa cuando quieras —le decía en sus visitas—. Irene ha hecho empanadas. Y la abuela… bueno, ya sabes, sigue preguntando si me he gastado el dinero «de ella» en tus cosas. —¿Y qué le contestaste? —Que lo he dejado todo en las tragaperras y un vino exclusivo —Dimi se reía—. Rezongó tres minutos y soltó: «¡Eso es porque Catalina te enseña malas mañas!» —Por supuesto —Catalina sonreía—. ¿Quién si no? *** Cuando Catalina se casó con Óscar y nació su hija, la cuestión de la vivienda fue urgente. La madre sacó entonces un as bajo la manga: —Mirad, hijos —anunció—. Nuestra casa tiene tres habitaciones. Dimi tiene su piso; vosotros, Catalina, estáis de alquiler. Vamos a intercambiar: vendemos la casa. Nosotros cogemos un apartamento pequeño, y la pareja grande lo tendréis vosotros. —Mamá —interrumpió Dimi—. Renuncio desde ya a mi parte. Tengo el piso de la abuela y me sobra. Quieres que Catalina lo tenga todo, se amplíen y crezcan. Ahora con niña, lo necesitan de verdad. —¿Estás seguro, Dimi? —Óscar, el marido, no salía de su asombro—. Es mucho dinero, ¿estás seguro? —Seguro. Catalina y yo siempre lo compartimos todo treinta y treinta. Ella recibió menos cariño por culpa de la abuela. Así que nada de discutir. Es mi decisión. Catalina lloró. No por los metros, sino por tener al mejor hermano del mundo. Repartieron el piso familiar y cada uno siguió su camino. La madre ayudaba a menudo con la nieta, Dimi y su mujer iban todos los fines de semana. Doña Clotilde seguía sola. Dimi le hacía la compra, reparaba las fugas y aguantaba sus quejas sobre la salud y sobre la «malagradecida Catalina». —¿Te ha llamado ella alguna vez? —preguntaba la abuela apretando los labios—. ¿Le ha importado cómo tengo la tensión? —Abuela, tú misma la rechazabas —se lo decía Dimi suavemente—. Nunca fuiste cariñosa con ella. ¿Por qué tendría que llamarte? —¡Era para enseñarla! —replicaba con orgullo la vieja—. Una mujer debe saber su sitio. Pero ella… Mira, se quedó con el piso, echó a su madre de casa. Dimi solo suspiraba. Explicar eso era inútil. *** Catalina estaba sentada en la cocina, los recuerdos le traían imágenes. La abuela apartando su mano del tarro de mermelada. Elogiando un garabato de Dimi y pasando de largo ante un diploma suyo. En la boda de Dimi, la abuela sentada como una reina; a la boda de Catalina ni acudió, alegando que se encontraba mal. —Mamá, ¿por qué no vamos nunca a ver a la abuela Cloti? —su hija apareció en la cocina—. El tío Dimi dice que está muy enfermita. —Porque la abuela Cloti solo quiere ver al tío Dimi, cariño —Catalina le acarició la cabeza—. Es lo que le tranquiliza. —¿Es mala? —preguntó, entornando los ojos. —No —Catalina reflexionó—. Simplemente no sabía querer a todos a la vez. Solo tenía sitio para uno. A veces pasa, cielo. Por la tarde volvió a llamar su hermano. —Ya está, Cata. Hace una hora. —Lo siento, Dimi. Sé que lo estás pasando mal. —Hasta el final preguntó por ti —mintió Dimi. Catalina supo que era por bondad, por acercarlas aunque ya fuera tarde—. Dijo: “Que a Catalina le vaya bonito”. —Gracias, Dimi… Ven mañana a casa. Estaremos juntos, haré empanada. —Iré… Cata, ¿no te arrepientes? De no haber ido, quiero decir. Catalina fue sincera. —No, Dimi. No me arrepiento. Fingir no ayuda. Ni ella me quería ver ni yo a ella… Su hermano guardó silencio. —Quizá tienes razón —suspiró—. Siempre has sido la más sensata. Bueno, hasta mañana. El funeral fue tranquilo. Catalina estaba allí por la madre y el hermano. Se mantuvo a un lado, con el abrigo negro bajo el cielo plomizo de los cementerios en días así. Cuando bajaron el féretro, no lloró. Dimi se acercó, la abrazó. —¿Cómo estás? —Bien, Dimi. De verdad. —¿Sabes? Estuve en el piso de la abuela. Encontré una caja. Hay fotos viejas. También tuyas. Muchas. Y todas recortadas de fotos de grupo. Las guardaba aparte. Catalina arqueó las cejas sorprendida. —¿Por qué? —No lo sé. Quizá sí sentía algo, pero no sabía demostrarlo. Temía que, si te reconocía, me quitaría a mí algo. Los mayores son muy raros… —Quizá —Catalina se encogió de hombros—. Pero ya da igual. Se marcharon bajo el mismo paraguas: Dimi, alto y robusto, y Catalina, menuda. —Oye —dijo él al llegar al coche—. He pensado en vender el piso. Con lo mío me compro algo mejor, guardo para los chavales, y el resto… ¿Te parece si lo donamos a un hospital infantil o montamos un fondo? Que ese dinero de la abuela al menos alegre a alguien… Catalina le sonrió cálidamente. —¿Sabes, Dimi? Sería la mejor venganza para doña Clotilde. La más generosa del mundo. —¿Entonces, trato hecho? —Trato. Se despidieron. Catalina conducía por la ciudad escuchando música, sintiendo por fin esa calma definitiva en su interior. Quizá Dimi tenía razón. Que parte de ese dinero ayude a curar a un niño es lo justo.

¿Y yo, abuela? preguntaba ella bajito.
Ay, Lucía, que tú ya eres una chica hecha y derecha, ¡mira qué mofletes tienes!
Las nueces son para la cabeza, Daniel necesita estudiar, él es el hombre, el pilar.
Anda, ve y limpia el polvo de las estanterías. A una chica le viene bien acostumbrarse a trabajar.
Lu, ¿lo dices en serio? su hermano estaba de pie en la puerta de la cocina, jugueteando nervioso con las llaves del coche. Los médicos han dicho que le queda poco, unos días quizás unas horas
Lucía ni le miró. Seguía cortando manzanas para su hija con precisión de relojero.
Totalmente en serio, Dani. ¿Quieres té? Siéntate, te hago uno bien cargado.
¿Qué té ni qué niño muerto, Lucía? Daniel se metió más en la habitación. Está ahí tumbada, enchufada a mil tubos, resoplando
Esta mañana preguntaba por ti. ¿Dónde está Lucía?, decía. Te juro que el corazón se me encogió. ¿De verdad no vas a ir?
Es la abuela, ¿lo entiendes? Es la última oportunidad.
Lucía dejó las manzanas cortadas en el plato y entonces sí le miró.
Para ti sí es la abuela, Dani. Para ella eres Danielito, la alegría de la casa, el heredero, su esperanza.
Yo para ella no existí nunca.
¿De verdad crees que necesito una despedida?
¿De qué íbamos a hablar, Dani? ¿Qué tengo yo que perdonarle? ¿O ella a mí?
¡Olvida esas tonterías de cría! Daniel tiró las llaves sobre la mesa. Sí, te prefería a mí. ¿Y qué?
Es una persona mayor tenía sus manías. Pero se está muriendo, Lucía. No se puede ser tan rencorosa.
No es rencor, Dani. Es que no siento nada, ni bueno ni malo. Ve tú. Siéntate con ella, cógele la mano, tu presencia le reconforta muchísimo más que la mía.
Eres su niño de oro. Pues quédate a su lado hasta el final.
Daniel le echó una última mirada, dio media vuelta y salió con la puerta retumbando tras de sí.
Lucía suspiró, cogió el plato de manzanas y se fue al cuarto de la niña.

***

En su familia todo siempre estuvo milimétricamente repartido. Los padres, eso sí, querían igual a Lucía y a Daniel.
En casa el ambiente era alegre, olía a empanadas, a magdalenas caseras, todo el día entraba y salía gente y no faltaban planes.
Pero Carmen María, la abuela, era de otra pasta.
Danielito, ven, mi sol susurraba la abuela cuando llegaban los sábados a visitarla. Mira lo que te he guardado.
Nueces, peladas por mí. Y caramelos El Caserío, fresquitos.
Lucía, que tenía entonces siete añitos, miraba desde el suelo cómo la abuela sacaba del mueble del comedor un paquetito secreto.
¿Y yo, abuela? murmuraba.
La abuela la miraba con sequedad.
Lucía, hija, que tú ya tienes de todo. Mira qué coloretes.
Las nueces son para la cabeza, que Daniel tiene que estudiar mucho, que es el hombre.
Tú ve limpia un poco el polvo, aprende a ser útil.
Daniel, rojo de vergüenza, cogía el paquete y salía de puntillas al pasillo. Lucía iba a pasar el trapo.
No es que le doliese especialmente. Curiosamente, lo aceptaba como se acepta un día nublado: con resignación.
Pues llueve pues la abuela quiere más a Daniel. Qué le vamos a hacer.
Casi siempre su hermano la esperaba allá fuera.
Toma le pasaba a escondidas la mitad de los caramelos y unas cuantas nueces. Pero ni se te ocurra comerlo delante de ella, que se pone como una fiera.
Tú los necesitas más, para el coco decía Lucía con una sonrisilla.
¡Bah, vaya coco! refunfuñaba Daniel. Está medio chiflada. Venga, trágalos rápido.
Sentados en la escalera, compartían a escondidas ese botín prohibido. Daniel, eso sí, siempre compartía.
Hasta cuando la abuela le daba monedas escondidas diciendo es para un heladito, no le digas nada a tu madre, él venía corriendo a buscar a Lucía:
Hay para dos cucuruchos y un chicle con pegatina, ¿te apuntas?
Su hermano era su refugio, su amor tapaba el vacío que dejaba la frialdad de la abuela. Por eso ella ni notaba carencia.
Pasaron los años. Carmen María fue envejeciendo. Cuando Daniel cumplió dieciocho, la abuela anunció en la mesa con todo el boato del mundo que le ponía a nombre una de sus dos casas en el centro de Valladolid.
Quien sostiene la familia necesita su propio rincón proclamó, así cuando tenga novia, casa tiene, y no anda por ahí dando tumbos.
La madre suspiró, sabiendo de sobra lo terca que era su madre, pero prefirió no discutir. Luego, al rato, llamó a su hija aparte:
Lucía, tu padre y yo lo tenemos claro. Los ahorros que teníamos para ampliar la casa y para un coche, te los damos. Para que tú también puedas comprarte algo, por justicia.
Mamá, no te preocupes respondió Lucía abrazándola. Daniel necesita la casa más; si se va a casar ya con Marta, yo de momento sigo en el piso compartido.
No, hija, eso no. Tu abuela es como es, pero nosotros somos tus padres. Aquí nadie se queda con las manos vacías. Así que coges el dinero y ni se te ocurra discutir.
Lucía, al final, no lo aceptó.
Daniel se fue a vivir a la casa heredada nada más casarse, y en la casa de los padres hubo sitio de sobra.
Lucía se quedó con la antigua habitación de su hermano, decoró con sus libros y el caballete, y por primera vez sintió lo bonito que es no competir por el cariño.
Lo curioso es que el tema de la herencia no dañó la relación con Daniel en absoluto. Si acaso, él se quedaba con una culpa tonta.
Venid a casa, hombre le decía asomándose a la puerta. Marta ha hecho torrijas. Por cierto, la abuela vuelve a las andadas: que si me ha dado dinero y que tenga cuidado porque seguro que lo gasto en pijadas para ti.
¿Y qué le has dicho?
Que lo he fundido todo en la tragaperras y en vinos de reserva se reía Daniel. Tres minutos resoplando por teléfono, luego va y suelta: Eso es por culpa de Lucía, ¡mala influencia!.
Pues claro, ¿quién si no? Lucía sonreía.

***

Cuando Lucía se casó con Álvaro y nació la pequeña, surgió el tema de la vivienda. La madre, con diplomacia, propuso:
A ver, hijos. La nuestra es grande, Daniel ya tiene su piso, y vosotros, Lucía, estáis de alquiler.
¿Y si vendemos la nuestra y nos compramos dos más pequeñas? Tu padre y yo nos cogemos un estudio y vosotros una bien maja.
Mamá intervino Daniel, que mi parte la cedo a Lucía y punto. Yo ya tengo donde vivir gracias a la abuela.
Que Lucía y Álvaro se queden con lo que les toque y tiren para adelante. Es lo justo, tienen una niña.
Pero, Dani protestó Álvaro. Es mucho dinero. ¿De veras?
Clavadito. Lucía compartió conmigo todo cuando éramos niños. Ya tuvo bastante con la sequedad de la abuela. Así que, ni protesta. Es mi palabra.
Lucía lloró ese día, pero del amor tan grande que sentía por su hermano, no por el espacio nuevo.
Hicieron el cambio: cada uno conservó su parte, y todos contentos.
La madre venía mucho a cuidar a la nieta; Daniel y Marta, con sus hijos, iban cada fin de semana.
Carmen María seguía sola. Daniel la visitaba, le llevaba comida, arreglaba la cisterna, escuchaba las quejas sobre la salud y sobre la malagradecida de Lucía.
¿Ha llamado alguna vez, eh? ¿Te ha preguntado siquiera cómo estoy, si me sube la tensión? se quejaba la abuela, frunciendo el ceño.
Abuela, si tú misma nunca la quisiste. Veinte años sin decirle ni una palabra amable. ¿Cómo va a llamarte, entonces?
¡Yo solo quería que aprendiera! replicaba con orgullo. Una mujer debe saber cuál es su sitio.
Y mírala, la casa que se quedó, y echando a la madre de la suya
Daniel solo suspiraba. Aquello no tenía arreglo.

***

Lucía a veces, sola en la cocina, recordaba cosas:
La abuela apartando su mano del bote de mermelada.
La abuela celebrando el dibujo cutre de Dani y pasando de largo del diploma de olimpiada de Lucía.
La abuela en la boda de Daniel, sentada como una reina. Y la de Lucía ni apareció, que le dolía la cadera, dijo.
Mamá, ¿por qué nunca vamos a ver a la abuela Carmen? entró la niña en la cocina. El tío Daniel dice que está muy malita.
Porque la abuela Carmen solo quiere ver al tío Daniel, cielo respondió acariciándole el pelo. Así está tranquila.
¿Es mala? preguntó la niña, arrugando la nariz.
No pensó Lucía. No supo querer a todos. Solo tenía sitio para uno. Pasa a veces.
Esa noche Daniel volvió a llamar.
Ya está, Lu. Hace una hora.
Lo siento, Dani. Sé que te pesa mucho.
Dice que hasta el último momento te estuvo esperando mintió. Dijo: Que a Lucía le vaya bien en todo.
Gracias, hermano. Vente mañana, preparamos algo. Hago empanada.
Claro Lucía, ¿tú no te arrepientes? ¿De no ir?
Esta vez no mintió.
No, Dani. ¿Para qué? Jamás nos quisimos.
Él guardó silencio.
Supongo que tienes razón suspiró. Siempre fuiste la sensata. Venga, hasta mañana.
El entierro fue sobrio. Lucía fue por su madre y por Daniel. Se apartó un poco, con el abrigo negro, mirando ese cielo plomizo tan típico de los funerales aquí. Cuando bajaron el ataúd, no lloró.
El hermano se acercó, la abrazó por los hombros.
¿Estás bien?
Sí, Dani. De verdad.
Mira dudó. Revisando su piso encontré una caja. Muchas fotos viejas. Y tuyas un montón. Todas recortadas de fotos de grupo, guardadas aparte.
Lucía arqueó las cejas.
¿Y eso?
Vete a saber. A lo mejor sentía algo, pero no sabía expresarlo. O temía que, si reconocía tu valor, yo perdiese el mío. Los viejos son raros.
Puede dijo Lucía, encogiéndose de hombros. Ya da igual.
Salieron juntos, bajo el mismo paraguas, hacia la salida.
Cuando llegaron a los coches, Daniel soltó:
¿Sabes? Voy a vender el piso que me dejó la abuela. Me buscaré un tres habitaciones y compro dos estudios para los críos cuando crezcan. Y el resto ¿por qué no lo donamos? Para una ONG, o un hospital infantil. Que ese dinero de la abuela al menos haga feliz a alguien.
Lucía le sonrió con verdadero calor por primera vez en días.
Dani sería la mejor venganza para Carmen María. La más bonita del mundo.
¿Trato hecho?
Hecho.
Se despidieron y Lucía condujo por la ciudad con música, notando cómo por fin se apaciguaba todo por dentro.
Tal vez Daniel tenía razón: dejar que parte de ese dinero cure a un niño de verdad sería lo más justo.

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La abuela siempre tuvo un nieto favorito —¿Y para mí, abuela? —susurraba ella. —Tú, Catalina, ya eres apañada. Mira qué color de mejillas tienes. Los frutos secos son para el coco, que Dimi necesita estudiar, él es el hombre de la casa, el futuro sostén. Y tú ve y limpia el polvo de las estanterías. Una niña tiene que acostumbrarse al trabajo. —¿En serio, Cata? Se está yendo. Los médicos dijeron que quedan unos días, quizás horas… Dimitri estaba en la puerta de la cocina, retorciendo las llaves del coche. Tenía cara de pocos amigos. —Hablo completamente en serio, Dimi. ¿Quieres té? —Catalina ni se giró, cortaba una manzana para su hija con ritmo meticuloso—. Siéntate, te hago uno recién hecho. —¿Té, Cata? —El hermano avanzó en la estancia—. Ella está allí tumbada, llena de tubos, apenas respira… Te llamó por la mañana. «Catalinita», dijo, «¿dónde está mi Catalina?». Me dio hasta un vuelco el corazón. ¿De verdad no vas a ir? ¡Es la abuela! Es la última oportunidad, ¿lo entiendes? Catalina acomodó los trozos en el plato y, solo entonces, miró a su hermano. —Para ti es abuela. Para ella eres Dimitri, el sol de sus ojos, el único heredero y esperanza de la familia. Y yo… yo para ella nunca he existido. ¿De verdad piensas que necesito esa «despedida»? ¿De qué íbamos a hablar, Dimi? ¿Qué se supone que le tengo que perdonar? ¿O ella a mí? —¡Déjate de rencores de cría! —Dimitri dejó caer las llaves en la mesa con rabia—. Sí, ella no te quiso como a mí. ¿Y qué? Es mayor, tenía sus manías. ¡Pero está muriendo! No puedes ser tan… fría. —No soy fría, Dimi. Simplemente, no siento nada por ella. Ve tú. Quédate con ella, cógele la mano; tu compañía le importa infinitamente más que la mía. Tú eres su tesoro, su rayito de sol. Así que aliméntale esa luz hasta el final. Dimitri la miró así, dio media vuelta y salió en silencio, cerrando la puerta con un portazo. Catalina suspiró, agarró el plato de manzanas y fue hacia la habitación de la niña. *** En su familia, cada cosa siempre estuvo bien repartida. No, sus padres los quisieron igual— tanto a Catalina como a Dimi. La casa siempre estuvo llena de risas, de aroma a empanadas caseras y excursiones interminables. Pero doña Clotilde, la abuela, era de otra pasta. —Dimitriño, ven aquí, mi lucero —susurraba la abuela al recibirles los domingos—. Mira lo que te he guardado. Nueces, las pelé yo. ¡Y bombones de Lobo Ibérico! Acabados de traer. Catalina, que tenía siete entonces, se mantenía a un lado, mirando cómo la abuela sacaba el paquete del viejo aparador. —¿Y para mí, abuela? —preguntaba bajito. Doña Clotilde le lanzaba una mirada cortante, fugaz. —Tú, Catalina, ya tienes de sobra. Mira esas mejillas. Los frutos secos son para la cabeza, Dimitri tiene que estudiar, él es el hombre, el cimiento. Y tú, ve, quita el polvo de las estanterías. Una niña tiene que aprender el valor del trabajo. Dimitri, rojo de vergüenza, se llevaba los dulces y marchaba de lado hacia el pasillo, Catalina, a limpiar polvo. No se sentía ofendida. Era extraño, pero de niña simplemente lo aceptaba como algo natural. Como quien ve llover: pues la abuela prefiere a Dimi. Es así… Al salir al pasillo, siempre estaba su hermano. —Toma —le metía en la mano la mitad de los caramelos y un puñado de nueces—. Pero no comas delante de ella, que vuelve a gruñir. —Si tú los necesitas más —decía Catalina sonriendo—. Para el coco. —Déjate, lo del coco es un cuento —refunfuñaba Dimi—. Ella está chiflada. Anda, come tú. Se sentaban juntos en la escalera al desván, compartiendo «el botín prohibido». Dimi siempre compartía. Siempre. Incluso cuando la abuela le daba dinero a escondidas «para el helado», él llegaba corriendo a buscar a Catalina: —Oye, da para dos polos y un chicle de esos con pegatina. ¿Vamos? El hermano era siempre su sostén; su cariño tapaba de sobra la frialdad de la abuela, hasta el punto que Catalina ni notaba la diferencia. Y los años pasaron. Doña Clotilde envejecía. Cuando Dimi cumplió dieciocho, anunció solemnemente que le dejaba su otro piso céntrico: —El sostén de la familia necesita su hogar —proclamó en la reunión—. Para que traiga a su esposa a casa propia y deje de andar de aquí para allá. La madre solo suspiró. Conocía el carácter de su madre y no discutía, pero por la noche entró al cuarto de Catalina. —Hija, no te aflijas. Papá y yo lo vemos. Hemos decidido: el dinero que guardábamos para el coche o para ampliar, te lo damos a ti. Así tienes entrada para tu piso propio. Para que todo sea justo. —Mamá, no digas eso —la abrazó Catalina—. Dimi lo necesita más, que ya tiene planes de casarse con Irene. Yo me apaño en la residencia unos años. —No, Catalina, eso no puede ser. Tu abuela tiene sus cosas, pero nosotros somos los padres. No vamos a dejarte de lado. Toma, ni lo discutas. Catalina no aceptó el dinero. Dimi se marchó a vivir al piso que le regaló la abuela tras la boda y la casa familiar se hizo más grande. Catalina ocupó la antigua habitación del hermano, llenándola de libros y pinceles; por vez primera sintió lo bien que se estaba allí donde a nadie le dividían el cariño entre «bueno» y «malo». La relación con su hermano nunca se resintió por asuntos de herencia. Es más, Dimi se sentía en deuda. —Ven a casa cuando quieras —le decía en sus visitas—. Irene ha hecho empanadas. Y la abuela… bueno, ya sabes, sigue preguntando si me he gastado el dinero «de ella» en tus cosas. —¿Y qué le contestaste? —Que lo he dejado todo en las tragaperras y un vino exclusivo —Dimi se reía—. Rezongó tres minutos y soltó: «¡Eso es porque Catalina te enseña malas mañas!» —Por supuesto —Catalina sonreía—. ¿Quién si no? *** Cuando Catalina se casó con Óscar y nació su hija, la cuestión de la vivienda fue urgente. La madre sacó entonces un as bajo la manga: —Mirad, hijos —anunció—. Nuestra casa tiene tres habitaciones. Dimi tiene su piso; vosotros, Catalina, estáis de alquiler. Vamos a intercambiar: vendemos la casa. Nosotros cogemos un apartamento pequeño, y la pareja grande lo tendréis vosotros. —Mamá —interrumpió Dimi—. Renuncio desde ya a mi parte. Tengo el piso de la abuela y me sobra. Quieres que Catalina lo tenga todo, se amplíen y crezcan. Ahora con niña, lo necesitan de verdad. —¿Estás seguro, Dimi? —Óscar, el marido, no salía de su asombro—. Es mucho dinero, ¿estás seguro? —Seguro. Catalina y yo siempre lo compartimos todo treinta y treinta. Ella recibió menos cariño por culpa de la abuela. Así que nada de discutir. Es mi decisión. Catalina lloró. No por los metros, sino por tener al mejor hermano del mundo. Repartieron el piso familiar y cada uno siguió su camino. La madre ayudaba a menudo con la nieta, Dimi y su mujer iban todos los fines de semana. Doña Clotilde seguía sola. Dimi le hacía la compra, reparaba las fugas y aguantaba sus quejas sobre la salud y sobre la «malagradecida Catalina». —¿Te ha llamado ella alguna vez? —preguntaba la abuela apretando los labios—. ¿Le ha importado cómo tengo la tensión? —Abuela, tú misma la rechazabas —se lo decía Dimi suavemente—. Nunca fuiste cariñosa con ella. ¿Por qué tendría que llamarte? —¡Era para enseñarla! —replicaba con orgullo la vieja—. Una mujer debe saber su sitio. Pero ella… Mira, se quedó con el piso, echó a su madre de casa. Dimi solo suspiraba. Explicar eso era inútil. *** Catalina estaba sentada en la cocina, los recuerdos le traían imágenes. La abuela apartando su mano del tarro de mermelada. Elogiando un garabato de Dimi y pasando de largo ante un diploma suyo. En la boda de Dimi, la abuela sentada como una reina; a la boda de Catalina ni acudió, alegando que se encontraba mal. —Mamá, ¿por qué no vamos nunca a ver a la abuela Cloti? —su hija apareció en la cocina—. El tío Dimi dice que está muy enfermita. —Porque la abuela Cloti solo quiere ver al tío Dimi, cariño —Catalina le acarició la cabeza—. Es lo que le tranquiliza. —¿Es mala? —preguntó, entornando los ojos. —No —Catalina reflexionó—. Simplemente no sabía querer a todos a la vez. Solo tenía sitio para uno. A veces pasa, cielo. Por la tarde volvió a llamar su hermano. —Ya está, Cata. Hace una hora. —Lo siento, Dimi. Sé que lo estás pasando mal. —Hasta el final preguntó por ti —mintió Dimi. Catalina supo que era por bondad, por acercarlas aunque ya fuera tarde—. Dijo: “Que a Catalina le vaya bonito”. —Gracias, Dimi… Ven mañana a casa. Estaremos juntos, haré empanada. —Iré… Cata, ¿no te arrepientes? De no haber ido, quiero decir. Catalina fue sincera. —No, Dimi. No me arrepiento. Fingir no ayuda. Ni ella me quería ver ni yo a ella… Su hermano guardó silencio. —Quizá tienes razón —suspiró—. Siempre has sido la más sensata. Bueno, hasta mañana. El funeral fue tranquilo. Catalina estaba allí por la madre y el hermano. Se mantuvo a un lado, con el abrigo negro bajo el cielo plomizo de los cementerios en días así. Cuando bajaron el féretro, no lloró. Dimi se acercó, la abrazó. —¿Cómo estás? —Bien, Dimi. De verdad. —¿Sabes? Estuve en el piso de la abuela. Encontré una caja. Hay fotos viejas. También tuyas. Muchas. Y todas recortadas de fotos de grupo. Las guardaba aparte. Catalina arqueó las cejas sorprendida. —¿Por qué? —No lo sé. Quizá sí sentía algo, pero no sabía demostrarlo. Temía que, si te reconocía, me quitaría a mí algo. Los mayores son muy raros… —Quizá —Catalina se encogió de hombros—. Pero ya da igual. Se marcharon bajo el mismo paraguas: Dimi, alto y robusto, y Catalina, menuda. —Oye —dijo él al llegar al coche—. He pensado en vender el piso. Con lo mío me compro algo mejor, guardo para los chavales, y el resto… ¿Te parece si lo donamos a un hospital infantil o montamos un fondo? Que ese dinero de la abuela al menos alegre a alguien… Catalina le sonrió cálidamente. —¿Sabes, Dimi? Sería la mejor venganza para doña Clotilde. La más generosa del mundo. —¿Entonces, trato hecho? —Trato. Se despidieron. Catalina conducía por la ciudad escuchando música, sintiendo por fin esa calma definitiva en su interior. Quizá Dimi tenía razón. Que parte de ese dinero ayude a curar a un niño es lo justo.
Pensaban que solo era la señora de la limpieza… ¡Fijaos en sus caras!