Injusticia —Mamá —repitió Alina—, ¿por qué no me llegó el millón entero? Solo trescientos treinta mil… ¿De dónde sale esa cantidad? La oía secarse el pelo con el secador. Lo apagó y respondió con naturalidad: —Sí, está bien así —Vera, su madre, ya había dispuesto del millón ajeno con toda soltura—. Trescientos treinta. Pero a Alina le tenían que haber ingresado bastante más. —¿Trescientos treinta? Mamá, ¿y los otros seiscientos setenta? Yo esperaba el millón. Prácticamente un millón justo. Ese dinero era de mi padre, tú debías transferírmelo tras vender el piso. —Ay, Alinita, no empieces con tus cuentas —replicó su madre—. Ya sabes que todo lo hice de manera justa. —¿“Justa”, dices? —el parqué crujía bajo sus pies, como si también protestara—. Te di poderes para vender mi piso, heredado de mi padre. Te pedí que me pasaras el dinero. ¿Dónde está? ¿En qué se perdió? Alina sintió que había bajado la guardia demasiado pronto. —¡Y te lo transferí! —el secador volvió a zumbar—. Pero he actuado como una buena madre. He repartido el dinero entre todos mis hijos. A partes iguales. Tu legítima tercera parte la tienes. Lo legítimo debía ser suyo por derecho. —¿Has repartido la herencia de mi padre entre los tres? ¿Conmigo y con ellos? —Alina se refería a sus hermanastros—. Mamá, ¡ese dinero era solo mío! ¡Mi padre! Tenemos padres distintos, por si no te acuerdas. —¿Y qué importa quién es el padre? —ahora se peinaba—. El dinero es de todos. Son tus hermanos. Yo soy tu madre. ¿Y debía mirar cómo tú sola te quedabas con ese capital y tus hermanos te miraban con envidia? Eso no está bien. He equilibrado las cosas. Para todos por igual. Ojalá pudiera volver atrás cuando firmó aquel poder y darse una colleja por ingenua… —¿Por igual? ¡Has dividido mi millón entre tres! Trescientos treinta y tres mil. Mamá, ¿y el resto? El piso valía algo más… —Sí, quedaba algo más de un millón tras gastos e impuestos —saltó Vera—. Redondeé. El resto me lo quedé por las molestias. ¿Tú te habrías ocupado de tanto papeleo? ¡No! Yo lo hice mientras tú trabajabas en Madrid. —¿Mucho te molestaste, verdad? —¡Ni se te ocurra hablarme así! —saltó su madre—. Claro, tu padre era tu padre, pero yo soy tu madre, y decido yo. Además, tú ya eres mayor. Eres la mayor, necesitas menos que tus hermanos. Los chicos pronto tendrán que buscarse la vida, crear familia… y tú, que eres mujer, no tienes tantas necesidades. —¿Y yo no tengo que formar familia? ¿Debo pasar necesidades solo por ser mujer y porque “no se espera mucho” de mí? —soltó Alina con sarcasmo—. Mamá, pásame el resto. Hazlo ya. —No. Corto. Rotundo. La madre sabía que Alina no haría nada. ¿Denunciar a tu propia madre por dinero? Mal visto, incomprendido. Y aunque algo relación tenía, madre es madre. Unas semanas más tarde, reorganizando sus finanzas, Alina vio en las redes sociales unas fotos. Iván posando con su flamante Polo azul. Dima colgó una foto titulada: “¡Mi nuevo bólido!” Sus hermanos se habían comprado coche. Ella prefirió reservar sus 330.000 euros y esperar. La paciencia, decía la abuela, es oro. Pasó más de un año. Alina trabajaba, ahorraba y planeaba. Soltó el tema, pero no olvidó. Su madre, como si nada, llamaba, contaba historias. Pero un día la madre llamó con un tono que puso a Alina los pelos de punta. —¿Qué pasa, mamá? —La abuela… —Vera dudó—. La abuela de Iván y Dima… ha fallecido esta mañana. Alina sintió ese desapego casi de película. Aquella abuela, ajena total, no jugó nunca ningún papel en su vida. Solo era la “suegra de mi madre” o “la abuela de mis hermanos”. Humanamente, lástima. Pero emoción, ninguna. —Vaya… Lo siento. —Hay que encargarse de los papeles, el funeral… No tengo tiempo. Estoy sola. Los chicos… no saben ni por dónde empezar. ¿Puedes venir? ¿Me ayudas? Alina no podía ausentarse del trabajo. —Mamá, estoy en el trabajo. Me es imposible dejar todo para el funeral de alguien a quien solo vi tres veces —respondió Alina. Nunca la invitaron a aquella casa. —¡Por favor! —pidió su madre—. Me hace mucha falta. —No puedo ir, pero te ayudo con dinero. ¿Cuánto necesitas? Dímelo y lo transfiero. Su madre dudó. Pero dinero nunca sobra. —No es lo mismo… pero bueno. ¿Podrías poner unos veinte mil? —Hecho. Y te enviaré algo más, por si acaso. Considéralo mi gesto de respeto… hacia su memoria. —Gracias, Alinita. Siempre nos sacas de apuros. Alina colgó, sintiéndose asquerosamente satisfecha. Había comprado la excusa: no fue, pero ayudó. Ya no podían reprocharle nada. Pasó medio año. El funeral quedó atrás. Dima e Iván ya parecían disfrutar de otros “juguetes”: motos, teléfonos. Un martes tranquilo, Alina decidió que era el momento. Llamó a su madre desde la cafetería de la oficina. —¡Hola, mamá! ¿Cómo vas? —Alinita, aquí estamos. Dima ha encontrado trabajo mejor. Iván… también, tiene novia nueva. —Me alegro. Mamá, quería preguntarte una cosita… —¿Qué cosita? —la madre se puso tensa. —Ha pasado medio año desde que falleció la abuela. Ya habéis aceptado la herencia, ¿no? Esta vez la conversación fue aún más dura que cuando lo de los 330.000. —Alina, ¿a qué viene esto? Claro que sí. —Pues bien. ¿Dónde está mi parte de esa herencia? —¿Qué herencia? —la madre fingió sorpresa, pero Alina la caló enseguida. —La de la abuela. —Pero si no era tu abuela. —¿Y qué más da? —le devolvió su propia lógica—. Soy tu hija, entonces no se debe dar de lado a ningún hijo. Mi millón lo repartiste en tres. Igualaste. Tal y como decías. —¡Alina, no compares! —Vera contratacó—. No es, ni de lejos, la misma situación. —¿Y en qué es diferente? Tú misma decías: “herencia común, yo decido como madre, todos los hijos deben salir igualados”. —No compares los casos… —¡Vaya! —respondió Alina con ironía—. ¡Qué bien te viene cada cosa! Cuando partiste mi millón, la herencia de mi padre era “común, para igualar”. Pero con el piso de “su abuela”, de pronto, la herencia va solo por su sangre, ¿no? —¡No saques punta a todo! —se indignó su madre—. ¿Ahora quieres que les diga a los chicos que tienes derecho al dinero de mi suegra? —No, solo quiero aplicar tu lógica por una vez en mi favor. ¿Tú les ayudaste a heredar, verdad? —El dinero ya está gastado. —¿En qué? ¿En coches? ¿En reformas? Yo también quiero. ¿Dónde está mi parte, mamá? Me decías que yo debía tener menos por ser “la niña”. Pero no estoy de acuerdo. La madre cavilaba cómo salir de la trampa que ella misma se preparó el año anterior. En casa, todo para los chicos: a ellos su padrastro los consideraba hijos, recibían lo mejor. Aquella abuela jamás quiso saber nada de Alina, y su madre nunca la defendió. —Alina, ¿qué clase de persona eres? ¿Para qué necesitas ese dinero? Trabajas, eres joven, sana. No necesitas tanto. Dima e Iván deben ya buscarse la vida, ¡son hombres! A ellos les cuesta más. —Entonces, según tú: la herencia de mi padre, común, “porque somos hermanos”. La herencia de su abuela, exclusiva, “porque son hombres y yo soy una chica, que no necesita mucho”. —No seas maleducada —le soltó la madre—. Eres demasiado interesada. La madre nunca admitiría su error. Alina era una agarrada solo por querer justicia. —Por si no lo sabes, con ese poder debías haber transferido la suma íntegra de la venta. El plazo para reclamar aún no ha pasado. No amenazo, pero… —¡Alina! ¿Estás amenazando a tu madre? —susurró su madre, intimidada. —No, mamá. Pero todavía puedo exigir lo mío. Piénsalo bien. En apenas un mes, Alina recibió lo que le debían y, de paso, fue bloqueada por su madre.

Injusticia

Mamá repetí, ¿por qué no he recibido el millón de euros? Solo me han ingresado trescientos treinta mil ¿Qué cantidad es esa?

Se oía el secador funcionando en el baño. Mi madre, Verónica, lo apagó antes de responderme:

Sí, está bien así contestó, hábilmente gestionando el millón ajeno Trescientos treinta.

Pero yo tenía que haber recibido bastante más.

¿Trescientos treinta? Mamá, ¿y dónde están los otros seiscientos setenta mil? Yo esperaba recibir el millón completo. Casi, al menos. Es el dinero que dejó mi padre; tenías que transferírmelo todo cuando vendiste el piso.

Ay, Clara, no empieces con tus cuentas replicó Ya sabes que he hecho todo de manera justa.

¿Justa, dices? el parqué crujía bajo mis pies, sumándose a mi indignación Te di el poder para vender el piso que heredé de mi padre, te pedí que me transfirieras el dinero. ¿Dónde están? ¿Dónde se han perdido?

En ese momento sentí que había pecado por confiar demasiado.

¡Te he transferido lo que correspondía! el secador volvió a funcionar He actuado como una madre, una madre de verdad. He repartido el dinero entre todos los hijos. A partes iguales. Tienes tu legítima tercera parte.

Mi legítimo todo debería estar en mi cuenta.

¿Has repartido la herencia de mi padre entre tres? ¿Entre mí y ellos? me refería, claro, a mis hermanastros Mamá, ¡ese dinero era solo mío! ¡Mi padre! Ya sabes que ellos y yo no tenemos el mismo padre, no sé si te sorprende.

¿Y qué más da quién sea el padre? ahora se estaba peinando El dinero es de la familia. Y ellos son tus hermanos. Yo soy tu madre. ¿Tenía que sentarme y ver cómo tú sola manejabas ese capital mientras ellos se quedaban mirando? No me parecía justo. Así que igualé las oportunidades. A todos lo mismo.

Si pudiera retroceder al día que firmé el poder, me daría una buena colleja.

¿A partes iguales? ¡Has partido mi millón en tres trozos! ¡Trescientos treinta y tres mil! ¿Dónde está el resto, mamá? El piso valía algo más.

Sí, quedaba un poco más de un millón tras impuestos y papeleos soltó Verónica Redondeé la cantidad. Y el resto, me lo quedé como compensación por las molestias. ¿Acaso te hubieras ocupado tú de todo el papeleo? ¡No! Yo lo he gestionado todo mientras tú estabas trabajando ahí en Madrid.

Qué sacrificio, madre. Tremendo.

No me hables así gruñó Tu padre sería tu padre, pero yo soy tu madre y yo decido. Además, ya eres una mujer hecha y derecha, la mayor; necesitas menos que ellos. Los chicos pronto tendrán que formar familia. Y tú, como chica, no se espera tanto de ti.

¿Y yo qué? ¿No tendré familia? ¿Tengo que andar justita porque soy mujer y no se espera tanto de mí? pregunté irónica Transfiéreme el resto, mamá. Ahora mismo.

Que no.

Escueto. Punto.

Sabía que no haría nada. ¿Llevar a juicio a tu madre por dinero? Imposible. Nadie lo entendería. Y al fin y al cabo es mi madre, apenas manteníamos cierta relación.

Semanas después, cuando ya había puesto en orden mis cuentas, vi en redes sociales unas fotos. Iván posaba junto a su flamante Volkswagen Polo azul. Diego había subido una foto titulada: ¡Mi nuevo capricho!.

Se habían comprado coches modestos. Yo, en cambio, guardé mis trescientos treinta mil euros y decidí esperar. La paciencia, como decía mi abuela, es oro.

Pasó más de un año. Yo trabajaba, ahorraba, planificaba. Había dejado el asunto estar, pero no lo había olvidado. Mi madre hacía vida normal: me llamaba, charlaba, contaba cosas banales.

Pero hoy la noté con un tono de voz que me puso la piel de gallina.

Me puse alerta.

¿Qué ocurre, mamá?

La abuela titubeó Verónica La abuela de Iván y Diego ha fallecido esta mañana.

Me sentí extrañamente distante, como en una película. Aquella abuela no era la mía, nunca jugó ningún papel en mi vida. Para mí era la suegra de mi madre, la abuela de los chicos. Lo sentí humanamente, pero nada más.

Vaya lo sentí Te acompaño en el sentimiento.

Me toca encargarme del entierro, los papeles no doy abasto. Y los chicos, no saben ni por dónde empezar. ¿Vienes, me ayudas?

No era mala voluntad, es que no podía ausentarme del trabajo.

Mamá, estoy en la oficina. Me resulta imposible presentarme en el entierro de una persona que he visto tres veces en mi vida contesté.

Nunca me llevaron a esa casa.

¡Por favor! suplicó mi madre Me harías un gran favor.

No podré ir, pero te ayudo con dinero. ¿Cuánto necesitas? Dímelo y te hago la transferencia.

Quiso negarse, pero el dinero nunca sobra.

No es lo mismo pero bueno. ¿Podrías añadir unos veinte mil?

Hecho. Y además añadí te envío algo más como gesto de respeto por la memoria de su abuela.

Gracias, Clarita. Siempre puedes con todo.

Colgué, sintiéndome fatalmente satisfecha. Ya tenía excusa: no había ido, pero ayudé. Nadie podrá reprocharme nada.

Medio año después, el funeral ya era pasado. Iván y Diego parecían tener nuevos juguetes, tal vez motos o smartphones.

Un martes, en la tranquilidad del comedor de la oficina, mientras preparaba otro informe, decidí que era hora. Llamé a mi madre.

¿Qué tal, mamá?

Clara, vida mía, vamos tirando. Diego ha encontrado un trabajo mejor, Iván está saliendo con una chica.

Me alegro por ellos respondí Mamá, quiero preguntarte algo

¿Sobre qué? se le notó inquieta.

Tengo entendido que ya han pasado seis meses desde la muerte de la abuela. Ya tendrían que haber recibido la herencia.

Esta vez, la conversación pesaba incluso más que la de los trescientos treinta mil euros.

¿Y a qué viene esto, Clara? Por supuesto, han heredado.

Entonces ¿y mi parte?

¿Qué parte? fingió sorpresa, pero le conocía el tono de mentira.

De la abuela.

Pero no era tu abuela.

¿Y? le devolví su propia lógica Dijiste que ningún hijo debía quedarse sin. Tu parte de mi padre tú misma la repartiste entre tres. Dijiste que había que igualar. Tal cual lo decías.

¡Eso no es lo mismo! atacó ¡No tiene nada que ver!

¿Por qué no? Dijiste que la herencia es compartida, que tú decides, que hay que ayudar a todos los hijos.

No me compares situaciones

¡Qué fácil! contesté con sorna Cuando repartiste mi millón, el legado de mi padre pasó a ser común y repartible. Pero cuando se vende el piso de su abuela, las cosas pasan a estar bien claritas, solo para los hijos de sangre.

¡No busques tres pies al gato! bufó ¿Pretendes que diga a los chicos que tú también optas a la herencia de su abuela?

Lo único que quiero es aplicar tu lógica, la que tú misma impusiste. También ayudaste con la venta del piso, ¿no?

El dinero ya está gastado.

¿En qué? ¿En los coches? ¿En obras? Yo también quiero. ¿Dónde está lo mío, mamá? Siempre me dijiste que como era chica, me hacía falta menos. Pues no es así, no estoy de acuerdo.

Mi madre buscaba salida del aprieto que ella misma había creado. Siempre había sido igual: a los chicos, mi padrastro los trataba como hijos propios; a mí, lo justo y poco más. Aquella abuela ni me soportaba, para ella yo era una extraña. Y mi madre, jamás dijo nada.

Clara, ¿qué persona eres? se quedó sin argumentos ¿Para qué necesitas ese dinero? Tú trabajas. Eres joven, sana. Ellos necesitan ahorrar para una casa. ¡Son hombres! Lo tienen más difícil.

O sea, según tú, la herencia de mi padre es de todos porque somos hermanos, pero la de su abuela es solo para los chicos porque son hombres y yo, la chica, no necesito tanto.

No seas insolente suspiró mi madre ¿Qué necesidad tienes de ser tan tacaña?

Mi madre jamás admitiría estar equivocada. Para ella era una pesetera, solo porque exigía justicia.

Puede que no lo sepas, pero el poder que te di te obliga legalmente a transferirme todo lo del piso. El plazo para reclamar aún no ha vencido. No lo digo como amenaza, pero piénsalo.

¡Clara! ¿Me estás amenazando? susurró, espantada.

No, mamá. Pero aún estoy a tiempo de pedir lo mío. Hazlo, solo piénsalo.

Al mes siguiente me transfirieron todo lo que me faltaba, y acto seguido, mi madre me bloqueó.

Al final, aprendí lo siguiente: la justicia no llega sola; uno debe pelear por ella, aunque duela. Y sí, a veces, quien menos lo espera es quien más te defrauda.

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Injusticia —Mamá —repitió Alina—, ¿por qué no me llegó el millón entero? Solo trescientos treinta mil… ¿De dónde sale esa cantidad? La oía secarse el pelo con el secador. Lo apagó y respondió con naturalidad: —Sí, está bien así —Vera, su madre, ya había dispuesto del millón ajeno con toda soltura—. Trescientos treinta. Pero a Alina le tenían que haber ingresado bastante más. —¿Trescientos treinta? Mamá, ¿y los otros seiscientos setenta? Yo esperaba el millón. Prácticamente un millón justo. Ese dinero era de mi padre, tú debías transferírmelo tras vender el piso. —Ay, Alinita, no empieces con tus cuentas —replicó su madre—. Ya sabes que todo lo hice de manera justa. —¿“Justa”, dices? —el parqué crujía bajo sus pies, como si también protestara—. Te di poderes para vender mi piso, heredado de mi padre. Te pedí que me pasaras el dinero. ¿Dónde está? ¿En qué se perdió? Alina sintió que había bajado la guardia demasiado pronto. —¡Y te lo transferí! —el secador volvió a zumbar—. Pero he actuado como una buena madre. He repartido el dinero entre todos mis hijos. A partes iguales. Tu legítima tercera parte la tienes. Lo legítimo debía ser suyo por derecho. —¿Has repartido la herencia de mi padre entre los tres? ¿Conmigo y con ellos? —Alina se refería a sus hermanastros—. Mamá, ¡ese dinero era solo mío! ¡Mi padre! Tenemos padres distintos, por si no te acuerdas. —¿Y qué importa quién es el padre? —ahora se peinaba—. El dinero es de todos. Son tus hermanos. Yo soy tu madre. ¿Y debía mirar cómo tú sola te quedabas con ese capital y tus hermanos te miraban con envidia? Eso no está bien. He equilibrado las cosas. Para todos por igual. Ojalá pudiera volver atrás cuando firmó aquel poder y darse una colleja por ingenua… —¿Por igual? ¡Has dividido mi millón entre tres! Trescientos treinta y tres mil. Mamá, ¿y el resto? El piso valía algo más… —Sí, quedaba algo más de un millón tras gastos e impuestos —saltó Vera—. Redondeé. El resto me lo quedé por las molestias. ¿Tú te habrías ocupado de tanto papeleo? ¡No! Yo lo hice mientras tú trabajabas en Madrid. —¿Mucho te molestaste, verdad? —¡Ni se te ocurra hablarme así! —saltó su madre—. Claro, tu padre era tu padre, pero yo soy tu madre, y decido yo. Además, tú ya eres mayor. Eres la mayor, necesitas menos que tus hermanos. Los chicos pronto tendrán que buscarse la vida, crear familia… y tú, que eres mujer, no tienes tantas necesidades. —¿Y yo no tengo que formar familia? ¿Debo pasar necesidades solo por ser mujer y porque “no se espera mucho” de mí? —soltó Alina con sarcasmo—. Mamá, pásame el resto. Hazlo ya. —No. Corto. Rotundo. La madre sabía que Alina no haría nada. ¿Denunciar a tu propia madre por dinero? Mal visto, incomprendido. Y aunque algo relación tenía, madre es madre. Unas semanas más tarde, reorganizando sus finanzas, Alina vio en las redes sociales unas fotos. Iván posando con su flamante Polo azul. Dima colgó una foto titulada: “¡Mi nuevo bólido!” Sus hermanos se habían comprado coche. Ella prefirió reservar sus 330.000 euros y esperar. La paciencia, decía la abuela, es oro. Pasó más de un año. Alina trabajaba, ahorraba y planeaba. Soltó el tema, pero no olvidó. Su madre, como si nada, llamaba, contaba historias. Pero un día la madre llamó con un tono que puso a Alina los pelos de punta. —¿Qué pasa, mamá? —La abuela… —Vera dudó—. La abuela de Iván y Dima… ha fallecido esta mañana. Alina sintió ese desapego casi de película. Aquella abuela, ajena total, no jugó nunca ningún papel en su vida. Solo era la “suegra de mi madre” o “la abuela de mis hermanos”. Humanamente, lástima. Pero emoción, ninguna. —Vaya… Lo siento. —Hay que encargarse de los papeles, el funeral… No tengo tiempo. Estoy sola. Los chicos… no saben ni por dónde empezar. ¿Puedes venir? ¿Me ayudas? Alina no podía ausentarse del trabajo. —Mamá, estoy en el trabajo. Me es imposible dejar todo para el funeral de alguien a quien solo vi tres veces —respondió Alina. Nunca la invitaron a aquella casa. —¡Por favor! —pidió su madre—. Me hace mucha falta. —No puedo ir, pero te ayudo con dinero. ¿Cuánto necesitas? Dímelo y lo transfiero. Su madre dudó. Pero dinero nunca sobra. —No es lo mismo… pero bueno. ¿Podrías poner unos veinte mil? —Hecho. Y te enviaré algo más, por si acaso. Considéralo mi gesto de respeto… hacia su memoria. —Gracias, Alinita. Siempre nos sacas de apuros. Alina colgó, sintiéndose asquerosamente satisfecha. Había comprado la excusa: no fue, pero ayudó. Ya no podían reprocharle nada. Pasó medio año. El funeral quedó atrás. Dima e Iván ya parecían disfrutar de otros “juguetes”: motos, teléfonos. Un martes tranquilo, Alina decidió que era el momento. Llamó a su madre desde la cafetería de la oficina. —¡Hola, mamá! ¿Cómo vas? —Alinita, aquí estamos. Dima ha encontrado trabajo mejor. Iván… también, tiene novia nueva. —Me alegro. Mamá, quería preguntarte una cosita… —¿Qué cosita? —la madre se puso tensa. —Ha pasado medio año desde que falleció la abuela. Ya habéis aceptado la herencia, ¿no? Esta vez la conversación fue aún más dura que cuando lo de los 330.000. —Alina, ¿a qué viene esto? Claro que sí. —Pues bien. ¿Dónde está mi parte de esa herencia? —¿Qué herencia? —la madre fingió sorpresa, pero Alina la caló enseguida. —La de la abuela. —Pero si no era tu abuela. —¿Y qué más da? —le devolvió su propia lógica—. Soy tu hija, entonces no se debe dar de lado a ningún hijo. Mi millón lo repartiste en tres. Igualaste. Tal y como decías. —¡Alina, no compares! —Vera contratacó—. No es, ni de lejos, la misma situación. —¿Y en qué es diferente? Tú misma decías: “herencia común, yo decido como madre, todos los hijos deben salir igualados”. —No compares los casos… —¡Vaya! —respondió Alina con ironía—. ¡Qué bien te viene cada cosa! Cuando partiste mi millón, la herencia de mi padre era “común, para igualar”. Pero con el piso de “su abuela”, de pronto, la herencia va solo por su sangre, ¿no? —¡No saques punta a todo! —se indignó su madre—. ¿Ahora quieres que les diga a los chicos que tienes derecho al dinero de mi suegra? —No, solo quiero aplicar tu lógica por una vez en mi favor. ¿Tú les ayudaste a heredar, verdad? —El dinero ya está gastado. —¿En qué? ¿En coches? ¿En reformas? Yo también quiero. ¿Dónde está mi parte, mamá? Me decías que yo debía tener menos por ser “la niña”. Pero no estoy de acuerdo. La madre cavilaba cómo salir de la trampa que ella misma se preparó el año anterior. En casa, todo para los chicos: a ellos su padrastro los consideraba hijos, recibían lo mejor. Aquella abuela jamás quiso saber nada de Alina, y su madre nunca la defendió. —Alina, ¿qué clase de persona eres? ¿Para qué necesitas ese dinero? Trabajas, eres joven, sana. No necesitas tanto. Dima e Iván deben ya buscarse la vida, ¡son hombres! A ellos les cuesta más. —Entonces, según tú: la herencia de mi padre, común, “porque somos hermanos”. La herencia de su abuela, exclusiva, “porque son hombres y yo soy una chica, que no necesita mucho”. —No seas maleducada —le soltó la madre—. Eres demasiado interesada. La madre nunca admitiría su error. Alina era una agarrada solo por querer justicia. —Por si no lo sabes, con ese poder debías haber transferido la suma íntegra de la venta. El plazo para reclamar aún no ha pasado. No amenazo, pero… —¡Alina! ¿Estás amenazando a tu madre? —susurró su madre, intimidada. —No, mamá. Pero todavía puedo exigir lo mío. Piénsalo bien. En apenas un mes, Alina recibió lo que le debían y, de paso, fue bloqueada por su madre.
Charlas entre hombres