Me casé a los 50 años, creí que había encontrado la felicidad, pero no tenía ni idea de lo que me esperaba…
Me veo como una de aquellas mujeres que se casan más allá de la mitad del camino. Desgraciadamente, aquella unión madura terminó pronto, como si la realidad se diluyera entre las sombras de la madrugada.
Siempre me llamaban la empollona, y no lo negaba, pues me encantaba aprender. Terminé un máster y conseguí un puesto de bibliotecaria en Salamanca, donde el tiempo fluía como páginas en un libro antiguo. Un conocido de la facultad me presentó a quien luego sería mi esposo, Ernesto. Tenía 59 años, pero caminaba por la vida tan sereno como los álamos junto al Tormes, buscando aún el calor de un hogar. Yo era nueve años más joven. Ernesto se coló, sin previo aviso, entre las rendijas de mi memoria nocturna. Era culto y cortés, con una extraña pasión por los poemas de Lorca y la prosa de Unamuno. Las palabras nos envolvieron como nubes dormidas; a los pocos meses me pidió matrimonio como si fuera una petición hecha en sueños.
Acepté de inmediato. Anhelaba desde siempre una familia propia. Cuando firmamos los papeles en el registro de Salamanca, él comenzó a vivir en mi piso; su hija y su familia residían en su vivienda de toda la vida, en la Plaza Mayor. Sinceramente, no sabía qué portales de la mente se abrían ante mí. Durante años viví sola; ahora, la realidad se distorsionaba: la mancha de vino en el mantel, la colcha arrugada sobre la cama, calcetines blancos extraviados bajo el radiador y objetos imposibles colonizando rincones que no recordaba haber tenido. Todo, absolutamente todo, me crispaba. Era como si Ernesto estuviese hospedado en un parador de Castilla y yo fuera la única criada en un sueño interminable. Y el dinero… el euro se escapaba como el polvo entre los dedos. Perdí la paciencia cuando, en vez de arreglar la cisterna, la rompió aún más y luego llamó al fontanero del barrio.
Aquella tarde, entre las luces sucias de la siesta, comprendí que no quería convertirme en la mártir de la paciencia. Ambos éramos adultos, seres con costumbres talladas por el tiempo. Poco después hablamos; para Ernesto, todo estaba perfecto, como si nada se hubiera alterado en el universo. Soy tranquila por naturaleza, ajena a los gritos, pero no hallábamos el equilibro: la hija de Ernesto ya había trazado sus propios planes para su casa, pensando que él siempre estaría conmigo. Tres lunas tardaron en aceptar lo evidente, y, al final, consintió el divorcio como quien despierta de un sueño extraño. Pidió que le devolviera los regalos: la papelera y la cadena de cobre. Lo hice sin pesar, como quien devuelve dos objetos surrealistas olvidados en un cuarto vacío.
Todo aquello me lleva a preguntarme, en este mundo que se deshace cada mañana, si de verdad es posible construir una familia feliz después de los cincuenta años, entre los espejos deformados de los sueños españoles.







