Mi madre nos pide dinero por las verduras de su huerta: Así fue como acabamos pagando por los productos cultivados en el terreno familiar, a pesar de haberle ayudado en todo el proceso y de nuestros desencuentros sobre el valor del trabajo y la familia en España

El año pasado, mi madre apareció en mis sueños envuelta en un delantal floreado, con los cabellos recogidos en un moño que cambiaba de color según la luz, y una voz que no era del todo suya. Decidió, en esa lógica ilógica de los sueños, vendernos las verduras de su propio huerto. Decía, flotando como si caminara sobre el empedrado de Segovia, que no la visitábamos, que no la habíamos ayudado, y que así serían las cosas. Quién pagó el agua de riego, el invernadero translúcido que parecía hecho de caramelos, los ayudantes con voces de chotacabras que removieron la tierra y construyeron bancales, se olvidaba fácilmente.

Las frutas y hortalizas las comprábamos a buen precio en el mercado de San Miguel, bajo las cúpulas luminosas y los gritos distorsionados de los tenderos.

Jamás tuvimos una casa de campo propia, de esas de postal en los valles castellanos. Vivíamos entre las callejuelas madrileñas, y probablemente mi padre jamás vio una patata antes de llegar a la frutería. Mi madre, en cambio, venía de un pueblecito donde las cigüeñas anidaban en los campanarios y estaba ya harta de cuentos de infancia con huertas y herramientas oxidadas bajo el sol.

Mientras mi padre vivía, el apoyo nunca fue necesario para la cosecha de subsistencia. Él mantenía la familia aunque pareciera imposible; mi madre también trabajaba, pero era él quien cubría la mayoría de los gastos, pesetas bailando en la penumbra como luciérnagas.

Nada cambió al principio del después. Hasta que fui adulta y empecé a trabajar, podía ayudarla, y lo hacía. Compartíamos gastos mientras vivía bajo su techo, saliendo de casa sólo tras casarme, hace ya dos años.

El año pasado, mi madre, Lucía, entró a la jubilación y soñó con comprar una parcelita con casita blanca en algún rincón de Ávila, anhelando las huellas infantiles en la huerta de su abuela. Retiró el dinero del banco euros convertidos en monedas de chocolate, e hizo la compra. No era el lugar más cómodo, según mis ojos, pero a ella le bastaba y eso era, inexplicablemente, lo fundamental.

Por supuesto, mi marido y yo tuvimos que ayudar económicamente para arreglar la casa y el terreno. Podíamos permitírnoslo, ganábamos bien; no lo suficiente para erigir un palacio, pero sí para adecentar la vivienda, llevar el agua hasta la parcela y esmaltar la galería, que en los sueños lucía como una vidriera de Soria.

Negamos rotundamente transformarnos en jornaleros. Ni tiempo, ni ganas para curvar la espalda sobre surcos infinitos. Ciudadanos hasta las pestañas, preferíamos dormir hasta tarde los fines de semana, salir con amigos o perdernos por las callejuelas del Rastro.

Por esta falta de empeño, mi madre nos lanzaba discursos que sonaban como campanas de iglesia en bucle, pero la fricción terminaba cuando llegaba el siguiente envío de dinero. No eran pocos esos envíos. Había que construir el invernadero, luego se le antojó elevar cajones para las fresas, había que arrancar zarzas que hablaban en voz baja por las noches y excavar la tierra. Nosotros pagábamos todo; mi madre no movía más que un dedo, sobre la pantalla del móvil tal vez.

Pagamos incluso un taxi cuando la compra pesaba tanto que amenazaba con abrirse un portal a otro sueño si lo intentaba llevar en tren y luego caminando.

A veces, mi madre me enseñaba fotos irreales de su huerto; todo color y desmesura, una Arcadia diminuta. Yo, impasible, sin entender nada, me limitaba a mirar. Así hasta que una tarde de bruma, me envió una imagen de fresas. Eran grandes, tan rojas que casi chisporroteaban y evocaban el sabor del verano en los paladares de los muertos. Le pedí que me guardara un recipiente, pensaba pasar después del trabajo a por ellas. No sospechaba que mi madre, con lógica de sueño, me mandaría después una foto con botes de tamaños disparatados y un mensaje muy serio: Esto cuesta tanto y esto otro, tanto.

Volví a leer incrédula, pensando que me había escapado algún detalle, hasta que la noche se hizo hielo y la llamé, para preguntar si, de verdad, pretendía venderme fresas a mí. Sí, así era.

¿Y qué esperabas? respondió, convertida en estatua del Retiro. Yo aquí, luchando por cada fresa para que salga tan hermosa, y tú y tu marido, dos holgazanes madrileños, ni una visita ni una mano de ayuda. ¿Por qué debería regalaros nada? Quien no trabaja, no come, recitó mi madre, como si recitara un proverbio castellano antiguo.

Le recordé que habíamos hecho mucho por ese huerto de sueños. Mi madre, ofendida, argumentó que ahora le pedía yo dinero por ayudarla, y su queja se desintegró en el viento.

Me negué por principio a comprarle nada. Que venda a otros sus maravillas, pensé. Nosotros, mi marido y yo, iríamos al mercado como siempre. Mi madre, sin rendirse, quiso después vendernos pepinos, calabacines. Recibió negativas envueltas en niebla.

No pensábamos ayudar más en el huerto; las únicas ayudas serían para necesidades de verdad: facturas, medicamentos, cosas de vida o muerte, no para los tomates soñados ni para las fresas parlantes de la meseta.

Los caminos del sueño se bifurcaban mientras mi madre flotaba entre los invernaderos, y yo despertaba, aún preguntándome si alguna vez las plantas recordarían nuestros nombres.

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