¡Mamá se quedó en la calle con tres hijos! Nuestro padre se llevó todo el dinero de la venta del piso de mi madre y desapareció.
Hasta los 38 años, mi madre y mi padre no pudieron tener hijos. Los médicos se encogían de hombros, nadie sabía cuál era el problema. Llega un punto en que mi madre se rindió, resignándose a una vida sin niños. Mi padre tampoco parecía muy preocupado. Habitualmente decía: No te agobies, no pasa nada. Desde luego, se notaba que no le corría el reloj biológico.
Aun así, mi madre exhausta de esperanza, le pidió a Dios al menos un hijo. Y mira tú por dónde, sea por una gracia divina o casualidad total, nací yo.
La felicidad de mi madre no tenía fronteras. Claro que para entonces mi padre ya no la aguantaba y se ponía nervioso cada vez que yo lloraba de noche. Un año después nacieron mis dos hermanos gemelos. Mi madre se pasó a los himnos de agradecimiento; ya podía decir con orgullo que era madre. Pero, ¿mi padre? Pues lo dicho, los hijos le traían sin cuidado. Decidió hacer una jugada maestra digna de película de sobremesa.
Convenció a mi madre para vender el piso diciéndole que necesitábamos uno más grande. Que lo vendería, comprarían uno nuevo y el resto con una hipoteca. Mi madre, confiada, le creyó. Pero en cuanto mi padre tuvo el dinero en el bolsillo, se fue por tabaco y no volvió. A día de hoy, ni rastro.
Así dejó a mi madre y a nosotros, tres niños, en la calle. ¿Qué podía hacer? Se fue a vivir con sus padresmi abuelos. Así terminamos todos juntos, hacinados: los cuatro, la abuela Manuela y el abuelo Joaquín, en un piso de dos habitaciones tan apretado que si uno estornudaba, el otro decía Jesús sin querer. Para entonces, mi madre ya había perdido toda fe en las películas románticas y en los hombres en general. Tocó arremangarse y trabajar como una heroína. Dar de comer y vestir a tres churumbeles no es cualquier cosa.
En fin, así nos apañamos varios años. Primero falleció la abuela, luego el abuelo. Normalmente eso sería una desgracia, pero al menos había algo más de sitio. Un día, mi madre nos llevó al Retiro, a la zona de columpios, que era verano. Y, mira por dónde, apareció un señor de su edad que empezó a tirarle los tejos. Al principio mi madre no le hacía ni caso, pero el caballero, con la paciencia de un santo, siguió apareciendo por el parque. Al final, la convenció para que le diera el número de teléfono, y de ahí a una cita.
Dos meses después, estábamos estrenando un pisazo de tres habitaciones en Chamberí, con Mariano. Él se convirtió en nuestro padrastropero de los buenos, nada de cuentos de brujas. Decir que nuestra infancia se volvió feliz es quedarse corto: con Mariano reíamos hasta por las esquinas (y a veces también llorábamos, porque no todo en la vida es jolgorio).
Ahora somos adultos y le llamamos papá sin dudarlo. Así que, mira tú, eso de que una mujer con hijos es un tren de problemas ni hablar; siempre puede encontrarse un billete a la felicidad. Mi padre biológico salió corriendo, pero Mariano, un hombre de verdad, nos recogió y nos hizo felices. Como dice mi madre: A veces la vida te regala segundas oportunidadesy alguna que otra risa de propina.







