Cómo puse en evidencia a mi suegra. Apostaría que aún se acuerda hoy
Esta epopeya ocurrió al arrancar mi andadura matrimonial, cuando mi marido y yo acabábamos de darnos el sí quiero y aún olíamos a confeti. Noté algo raro en el ambiente, pero lo atribuí a la emoción del momento. El asunto no era mi marido que sigue siendo mi santo grial masculino sino su madre, mi flamante suegra.
Ya en la boda, la señora mostraba un ceño tan fruncido que parecía que se casaba con la tristeza misma. En lugar de celebrar, parecía la jefa del velatorio. Tras la boda, tocó convivir con ella, porque, siendo jóvenes, ni piso propio ni nada. Tocaba acoplarse.
Nada más cruzar el umbral, me recibió con una sinceridad digna de un drama de Almodóvar; creí que realmente compartía nuestra felicidad y que su cara larga en la boda era por algún catarro (ilusa de mí). Pero bajo ese pseudo-sonrisa melancólica se ocultaba una mezcla letal de pasivo-agresividad y pullas de artista. Es más, parecía disfrutar reprochándome cosas de tapadillo.
Por ejemplo, se levantaba a las tantas para lavar los platos que yo había dejado relucientes la noche anterior. Una vez la pillé en plena faena y, en modo corderita, aseguró que eran platos sucios. ¿Cómo que sucios? Desde entonces, desconfié para siempre de sus bondades.
A pesar de todo, durante mucho tiempo vi sus indirectas como consejos maternales, y le confiaba mis dramas conyugales más personales. Error de novata, desde luego.
Para rematar, una buena amiga mía, que curra de chófer en la empresa de mi suegra, empezó a escuchar cotilleos rocambolescos sobre nuestra vida de pareja: que mi marido era más seco que un bocadillo de jamón y yo, la mala de la película, sólo interesada en apropiarme del piso materno. El típico culebrón de sobremesa.
En ese momento me cayó el veinte: mi suegra era mi antagonista secreta.
La señora era tan maniática con la limpieza que su casa parecía un quirófano. Exigía que todo brillara como un espejo, pero nunca era suficiente. El día que se marchó dos semanas de viaje de negocios, nos dejó de tarea mantener el piso en estado quirúrgico. Una pelusa en el pasillo le daba un síncope y, si veía pelos en la bañera, podía pedir el ingreso en urgencias.
Así que, cuando estaba en casa, mi marido y yo vivíamos con el spray de limpieza al lado. Pero, para las dos semanas de libertad, planeamos relajarnos hasta el último día y solo limpiar para darle el susto cuando volviera. Ella, astuta, nos dijo la fecha falsa de regreso: planeaba aparecer de improviso, con sus amigas, para dejarme en evidencia en grupo.
Menos mal que mi amiga chófer me chivó el truco. Picada como una avispa, me puse a limpiar a fondo hasta que el parquet brillaba más que la Cibeles en Navidad. Luego, simplemente, esperé.
Mi suegra llegaron con el séquito de amigas y el chófer, todo risitas y misterio. Abrió la puerta como quien va a encontrar Cuéntame cómo pasó rodando. Pero se encontraron un piso tan limpio que parecía publicidad de detergente.
Las amigas comenzaron a mirar boquiabiertas y cuchicheaban de fondo. Yo, con toda la soltura, guardé la fregona y, en plan chulo, solté: Pero ¿de dónde ha salido esta alfombra tan limpia?
Mi suegra estaba tan perpleja que se quedó con la expresión de que había pillado a Rajoy bailando reguetón. Buscó pelusas hasta debajo del sofá, y yo torcía los puños por dentro: “¡No va a encontrar ni una mota, ni una!”
Así fue cómo mi suegra quedó retratada delante de sus amigas y se ganó el apodo de “la señora del drama doméstico” en el trabajo. Nadie volvía a escuchar sus cotilleos y hasta tuve quien me apoyara en los dimes y diretes. Le di una buena sacudida a su ego, y aunque ya han pasado diecisiete años, seguro que aún hace limpieza buscando ese pelo invisible culpable de su desdicha.







