Querido diario,
Hoy ha sido uno de esos días interminables donde siento que el mundo entero se me echa encima y nadie es capaz de entenderme. Todo empezó cuando Lidia, mi hermana, de nuevo no respondía a mis mensajes. Desde las seis de la tarde llevo intentado localizarla y nada… He tenido que cancelar la visita a la abuela en Salamanca por su culpa. Aquí ando, con la comida de casa y la de allí sin preparar, sin nadie con quien dejar a Mateo. ¡Vamos, que una ayuda en casa, poco!
En ese justo momento he oído la llave girar en la puerta. Lidia ha entrado con sus cascos puestos, ni siquiera se ha dignado a mirarnos. Directa hacia su habitación, como si nada.
Pero mamá jamás deja pasar esto.
¡Lidia! Quietecita, ha gritado ella con ese tono que siempre me ponía los pelos de punta de pequeña. Lidia se para, pero ni se digna a girarse. ¿Se puede saber dónde has estado? ¡Has llegado seis horas tarde! ¿Vas a darme alguna explicación? Lidia se quita los cascos con una calma exasperante: ¿Por qué tanto drama?
¡Me lo prometiste!, he dicho, casi suplicando, Dijiste que cuidarías de Mateo.
Y ella, con ojos cansados, contesta: No ha podido ser. Nadie ha muerto. Tú estabas en casa.
¡Te avisé con una semana! Era importante hoy. Papá está en una guardia por la tarde, no puede hacerse cargo y yo tenía que ir con la abuela. Ni el hermano, ni la abuela, ni la madre te importan.
Lo cierto es que Lidia se fue con los de su clase y luego a casa de Juan, uno de la universidad, y perdió la noción del tiempo. Qué bien se justifica en su cabeza… Claro, tenía el móvil encendido, pero ella misma decidió apagarlo para que nadie la molestara.
Prometí, pero luego los planes cambiaron, mamá.
Ven aquí, respira, ha pedido mamá ajena al cansancio de mi hermana, olfateando casi si huele a alcohol.
¿Ahora somos una cárcel?, se rebela Lidia.
Has bebido. Desde luego, las fiestas se han vuelto más importantes que tu familia.
La respuesta de Lidia me ha dolido hasta a mí: ¡Pues sí! Yo no soy la niñera de nadie. Aprovechad y cuidar del niño como os apetezca, pero no contéis conmigo. Si habéis querido tener otro hijo tan tarde, disfrutadlo como podáis. Yo tengo mi vida.
Papá, que nunca le grita a nadie, la escucha y entonces interviene: No eres nuestra criada ni nuestra niñera, Lidia, sólo te hemos pedido un favor. No te sobrecargamos con nada, pero hoy era importante y lo sabías… ¿seis horas tarde y el móvil apagado?
Lidia, desafiante: No os estoy echando nada en cara. Mateo es vuestro.
Siempre hemos tratado de no cargarla con cosas de casa, sabiendo que ahora está en la Complutense, en Madrid, estudiando una ingeniería, y que bastante tiene. Pero parece que a ella nada le basta.
Mamá, exasperada: ¿Peor? Lo que es peor es que por tu culpa, la abuela se ha quedado sola, sin que nadie pueda ayudarla a prepararse ni un café. No puedo dividirme entre un niño de tres años y tu abuela enferma. Tu problema, mamá, haber querido tener otro hijo de mayor. Arregláoslo vosotras, que yo no os debo nada.
Papá literalmente se ha estremecido ante las palabras de Lidia. No tienes derecho a decir eso.
¡Claro que lo tengo! Estoy en la universidad, necesito hacer amigos, vivir mi vida. No puedo quedarme en casa cuidando del niño.
Papá la sienta, paciente: No te pedimos que te conviertas en niñera. Queríamos ayuda para la familia en un momento puntual y nos diste tu palabra.
Lidia, sin ganas ya de fingir: Dije que sí, pero cambié de opinión. La vida es así.
La vida cambia, pero tú podías haber avisado… Entendemos tus estudios y tus amigos. Pero eres parte de esta familia, y a veces necesitamos ayuda. ¿Puedes dedicar dos horas a la semana para cuidar de Mateo cuando lo necesitemos?
Lidia ni deja acabar: No. No es mi responsabilidad. No tengo por qué sacrificar mi vida.
Por dentro la noto tensa, preparándose para una bronca monumental… Pero papá la sorprende: Está bien, Lidia. Te he entendido.
Y yo me pregunto, ¿ya está todo? ¿Dónde están los sermones de siempre, las amenazas de quitarle el móvil, las frases de cuando estemos muertos te arrepentirás?
¿Eso es todo?, pregunta Lidia, desconcertada.
Por hoy, sí.
Casi descolocada, se mete al baño a quitarse el rímel y a dormir, que bastante agotador ha sido el día. Esta discusión nos ha dejado con el cuerpo cortado a todos.
En el dormitorio, el tema sigue. Mamá suspira: Álvaro, ¿cómo puede ser tan fría? Siempre creí que hemos sido padres normales, sin excesos… Y ahora parece que ni nos quiere. ¿Vamos a rogarle que cuide a su hermano?
Ni se te ocurra, Julia, responde papá sin dudar. Si ella cree que no nos debe nada, nosotros tampoco. Al menos hasta que aprenda lo que cuesta ser independiente.
***
El día amanece y la tensión sigue en el aire, casi más que el olor a café. Lidia es la primera en la cocina, mordisquea una tostada reseca, apenas me mira. Cuando mamá entra cargando a Mateo, Lidia se sumerge en el móvil para esquivar miradas. Mamá desayuna en silencio. Papá entra después, saludando: Buenos días, Lidia.
Vamos, hasta saludos me dais hoy, suelta Lidia con ironía.
Papá saca el Excel familiar del portátil, donde apuntamos todo lo que se gasta en casa desde hace años.
Lidia, quiero hablar contigo.
Ella pone los ojos en blanco: ¿Otra vez mi responsabilidad? Ya os dije que…
No, es sobre otra cosa. Sobre el dinero. Desde este mes esperamos tu parte de los gastos, la comida, la luz, el alquiler.
Lidia se ríe, creyendo que es una mala broma. Cree que es una revancha después del enfado de ayer.
Venga ya, papá. El humor no es lo tuyo. No me lo creo.
Pero papá lo dice serio: No es ninguna broma, hija. Si eres tan adulta e independiente, te corresponde pagar tu parte: alimentación, luz, agua, universidad…
Incluso Mateo mira a papá, sin entender pero notando que la cosa va seria.
¿Cómo que qué?, alcanza a decir Lidia.
Dijiste que no nos debías nada. Perfecto. Ahora eres responsable de ti misma. Desde este mes pagas tu parte de la comida, el alquiler y sobre todo… los estudios.
Lidia palidece. Ahora entiende que va en serio. Vale que no queráis darme de comer, pero… ¿la matricula es sagrada, papá! Si no me sacó la carrera, no podrás soportarlo.
Que sí puedo, responde él, Eres mayor de edad, Lidia, y llevas diecinueve años. Los adultos se pagan todo. Siempre dijimos que te ayudaríamos si había un mínimo de respeto y participación en casa. Ya que has decidido dar un paso al lado, nosotros también.
Mamá me mira, como pidiendo consejo: ¿Nos hemos pasado?
Lidia tira el queso sobre el plato, echa la silla atrás y sale, enfadada: Mejor no como. No sea que me lo cobréis luego.
Ya solo comemos los tres. Lidia se viste dando portazos y se marcha a la universidad, por ahora aún con la matrícula pagada. ¿En serio no será demasiado?, vuelve a preguntarle mamá a papá.
Es lo que toca, Julia. Adultos según la ley, adultos para los gastos. Duro, sí. Pero necesario, si no, nunca aprenderá.
Ahora apenas nos cruzamos con ella. Sale pronto, vuelve tarde, ni cena en casa. Mamá, aunque papá le ha prohibido ceder, se preocupa: ¿Y si no está comiendo? Por mucho que la eduquemos, no quiero que se haga daño…
Déjala, Julia. Se le pasará la tontería cuando entienda lo que significa ayudarse en familia. Está demostrando orgullo y nada más.
Al tercer mes de silencio, Lidia se rinde: Vale, acepto. No aguanto trabajar todas las tardes después de clase para ganar cuatro duros… Me encargo de Mateo unas tardes por semana, es mi trabajo ahora. Habéis ganado. Y aquí tenéis lo que junté para el alquiler… doscientos cincuenta euros. Más no llego.
Pone el dinero en la mesa. Pero mis padres no lo aceptan.
Lidia, no queríamos hacerte daño, dice mamá, No lo hacíamos por deber legal, sino porque eres nuestra hija y te queremos. Solo pedimos que respondas de alguna manera, que te impliques.
Lidia, emocionada, nos abraza: Lo entiendo, perdonadme.
Así, por fin, volvemos a ser una familia.






