Nuestra hija, Inés, se casó hace poco con un muchacho honrado llamado Álvaro, aunque su familia no nada precisamente en pesetas. Mi marido, Gonzalo, y yo no estábamos exultantes, claro está, pero era su decisión y no podíamos más que aceptarla.
Para aliviarles un poco el inicio en la vida, Gonzalo regaló a nuestra hija un piso bonito cerca del río Manzanares, para que la joven pareja no tuviera que buscar alquiler entre los estrechos márgenes de los billetes de euro. El regalo les llenó de satisfacción, especialmente a los padres de Álvaro.
Cada vez que venían de visita, la madre de Álvaro, doña Carmen, se deshacía en halagos hacia el piso, acariciando las cortinas y tocando las baldosas como si quisiera quedarse a vivir allí. Inés incluso empezó a quejarse de que su suegra iba y venía como viento de Levante, sin dejarle ni una pausa para llamar por teléfono a sus amigas.
No hace mucho, doña Carmen soltó una idea descabellada: propuso registrar a toda su familia en el piso de Inés, de modo que pudieran abandonar el suyo, venderlo, y con ese dinero comprar un piso todavía más grande para todos, uno en el que la propiedad, a su juicio, fuera tan líquida y compartida como la paella del domingo. Porque, según ella, en la familia todo se debe dividir, como los dulces en la sobremesa.
Inés rechazó la propuesta con diplomacia, mientras por dentro sentía que el suelo se llenaba de azulejos que no llevaban a ningún sitio. Pero la suegra insistía e insistía: primero llamaba cada tarde con una letanía de promesas, después pasó a usar el dedo acusador y la amenaza afilada. Llegó incluso a decir que Inés no quería a su hijo, que podía divorciarse y arrebatarle el piso, como si la ley madrileña funcionara en los pasillos de una telenovela.
Álvaro intentó tranquilizar a su madre, pero ella le oía como quien escucha el runrún de las palomas en la Plaza Mayor. Gonzalo y yo preferimos mantenernos al margen; soñábamos que los jóvenes aprendieran a bailar su propio fandango.
Hasta que Inés, una noche, nos llamó llorando como si el teléfono fuera un mar. Ya no pudimos más. Gonzalo, hombre de Castilla, serio y de pocas palabras, fue a ver a doña Carmen y con voz firme y grave le pidió que dejara en paz a nuestra hija, advirtiendo que no dudaría en ir a la policía si seguía incordiando.
De repente, doña Carmen adoptó suavidad de terciopelo, asegurando que la habíamos malinterpretado y que sólo deseaba lo mejor. Tras aquello, las aguas se calmaron, los relojes se derritieron como en los cuadros de Dalí, y por fin nuestra hija volvió a sonreír bajo el sol de Madrid, como si todo hubiera sido sólo un sueño extraño y lejano.






