Mi exsuegra nos persigue en sueños.
Mi exsuegra, Carmen García, tiene 52 años y fue la madre de mi difunta esposa, Rocío. Me casé siendo apenas un chaval, con 23 primaveras. Rocío quedó encinta antes de nuestra boda y, poco después, nació nuestra hija, Inés.
Apenas había pasado un suspiro y, tras dos años de vida de familia, todo se desvaneció: Rocío enfermó gravemente un mal oscuro, inexplicable, y en apenas un suspiro, se fue de este mundo, como si nunca hubiera estado aquí.
Mis días entonces transcurrieron en compañía de Inés, entre sombras y calles húmedas de otro lugar me mudé a Valladolid, a la casa de mis padres. Parecía una buena idea: trabajo de sol a sol, y mis padres podían cuidar de Inés, pactando sus cuidados como antiguamente se pactaban las siestas y los turnos de riego en la aldea.
Pronto, conseguí un ascenso y, con algo de suerte y muchos euros ahorrados, compré un chalé a media hora de la casa de mis padres. Desde entonces, el cuidado de Inés pasó a alternarse entre sus abuelos y una niñera insistí en que mis padres descansaran; no quería que la sangre nueva les agotase demasiada vida. Hoy, Inés tiene ocho años y ríe soñando con duendes y gorriones.
Un día, como una nube extraña, Carmen decidió mudarse también a Valladolid. Decía que quería estar cerca de su única nieta, tan cerca que casi podía oler los bizcochos del desayuno. Me desconcertó, la verdad… no tanto por las razones (humanas, comprensibles), sino porque entre su vida y la nuestra había antes miles de kilómetros y ahora, sólo una cortina fina en mi salón.
Bueno pensé yo Rocío fue su única hija; es natural que busque a Inés como quien busca agua en el desierto.
Pero desde que Carmen se instaló allí, los días dejaron de ser normales.
Era como abrir los ojos en un sueño y verla siempre en mi casa, entre la cocina y el recibidor, de la mañana a la noche, como si acaso su presencia ahuyentara los malos espíritus del piso. Llegaba incluso antes que yo, y los fines de semana… bueno, visita es poco decir: se instalaba allí desde el desayuno hasta la cena, sin pedir permiso, como una presencia que el sueño no quiere disipar.
Incluso cuando Inés iba al colegio, Carmen se quedaba. Decía cosas que sólo entienden los que habitan sueños:
Hay que limpiar la casa cada día, hijo; el polvo se cuela como la lluvia entre los geranios y sólo una mujer puede con eso.
Tus plantas ya comienzan a marchitarse, les hablo pero no me responden… en unos días tendrás que tirarlas.
Ayer vi merodear a unos ladrones por la urbanización, pero al ver que yo estaba aquí, se fueron flotando entre las sombras.
No te preocupes, no necesito coger dinero.
A veces, creo de verdad que sospecha que el espíritu de Rocío vaga entre las cortinas y el sofá. En más de una ocasión la he sorprendido susurrando con alguien invisible, con tono de conversación antigua bajo techos de madera y eco.
Intenté razonar. Hablamos. Le dije que su forma de actuar me incomodaba, que necesitaba espacio espacio para mi vida, para Inés, para el silencio. Pareció entender. Pero el sueño, obstinado y circular, volvió a su lógica.
La semana pasada viví el colmo. Llevo saliendo un año y medio con una chicase llama Marisol, y aquel fin de semana era perfecto para compartir la noche en casa. Inés estaba en casa de mis padres, y preparé todo: cena, película, luces tenues y ese aire mágico de quien sueña con lo imposible.
Estábamos relajados en el sofá cuando sonó, como un relincho lejano, un golpe sordo en el pasillo. Me giré y, tras la bruma de la puerta, distinguí la silueta borrosa de Carmen, mi exsuegra: había entrado sin timbre ni llamada, sin pedir ni un poquito de permiso.
¿Otra vez las plantas lloraban?
Antes de que pudiera decir nada, Carmen explotó en reproches, acusándome de traicionar la memoria de Rocío, de faltarle al respeto como sólo se hace en los sueños más delirantes.
Me quedé helado, atónito, viendo cómo la lógica escapaba por la ventana. Le hablé con dureza, le retiré la llave:
No eres bienvenida en esta casa le dije, cerrando la noche y su fantasma tras la puerta.
Ahora, mi exsuegra está sola. Mi familia me dice en las comidas, entre sorbos de café que debería mostrar decencia, que la compasión es ley en Castilla. Tendré que buscar un compromiso, dejar que Inés la visite de vez en cuando. Pero mi casa, nuestro hogar, será un castillo inexpugnable, cerrado a toda invasión de sueños y viejas sombras. Punto final, y que el sueño cambie de página.






