Una amiga invitó a sus propios invitados a nuestra casa rural para celebrar su cumpleaños sin pedirnos permiso

Hace ya seis años, mi esposa y yo compramos una casita rural muy acogedora en la Sierra de Guadarrama. Nos encargamos personalmente de todas las reformas, arreglamos el terreno y procuramos escaparnos allí cada fin de semana o, al menos, cada dos.

No es que hayamos montado un huerto enorme; plantamos sólo unas pocas matas de pepinos, tomates, hierbas aromáticas, cebollas, calabacines y pimientos. Lo indispensable, vamos, pero en pequeña cantidad.

Cuando la compramos, la finca ya contaba con unas buenas matas de frambuesas, grosellas y arándanos, además de bastantes fresas silvestres. Muchas veces llevaba estos frutos al trabajo para compartirlos con los compañeros. Por supuesto, a todo el mundo le encantaban.

Este año, pasó al departamento una compañera nueva, se llama Carmen, venía de otra área. Era muy simpática y educada. Justo aquel día llevé unas fresas, así que le ofrecí también a ella.

Las probó y no paraba de alabar lo riquísimas que estaban. Luego, empezó a preguntarme con mucho interés de dónde venían, cómo era la casita, qué tal la zona y así sucesivamente. Yo, encantado, le conté todo.

Unos días después, Carmen vino a mi mesa y me pidió las llaves de nuestra casa de campo; quería que su hija pasara unas semanas allí con sus hijos, para que los niños pudieran respirar aire puro. Me explicó que nosotros sólo íbamos a ir una semana y que su hija estaba de baja por maternidad, así que le vendría estupendo un descanso del ruido de Madrid.

Por supuesto, contesté que no. Carmen se lo tomó a mal, se notaba que le sentó fatal, pero no insistió mucho más.

A las dos semanas, se me acercó una compañera de su mismo departamento, Paloma, y me preguntó cómo podía llegar a mi casa rural. Sorprendido, le pregunté para qué quería saberlo.

Me contó que Carmen había invitado a ella y a otros compañeros a su fiesta de cumpleaños en la casita de campo y que cada uno debía llegar por su cuenta.

Yo no daba crédito.

Al día siguiente, fui a hablar con Carmen y le pregunté qué se traía entre manos.

¿Qué pasa? me respondió con una sonrisa inocente. No tiene nada de malo celebrar mi cumpleaños en vuestra casa, sólo es un día. Nadie se va a quedar a dormir. ¿O te importa mucho?

Sí que me importa. Me importa todo el trabajo y el cariño que hemos puesto allí, me importa el césped, las flores, los arbustos y mi propia casa.

Además, ni siquiera me lo propuso, ni siquiera me pidió permiso.

Me negué, claro. Y sí, se lo tomó mal. Pues nada. Me da igual. Llevo años compartiendo fruta de mi finca con los compañeros, pero jamás se atrevieron a ser tan descarados como ella.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

1 + 11 =