En este piso no estarás ni tú, ni tus cosas
¿Por qué has dejado el plato así? Nacho señaló el borde de la mesa sin apartar la vista del móvil. Cayetana lo tirará.
Tiene cinco años, es una trasto. ¡Ya lo sabes de sobra!
Sofía se quedó quieta, el tenedor en el aire.
Nacho, recuérdame, ¿desde cuándo Cayetana vive aquí? Se supone que íbamos a vivir solos, ¿no? ¿Por qué está siempre aquí?
Él por fin dejó el móvil a un lado y se acercó la fuente con croquetas.
Esto lo hemos hablado mil veces. Por eso te escogí, porque buscaba una como tú: sin mochilas, sin problemas. Sin hijos, vamos.
La opción ideal para integrarte en nuestra familia. Serás la segunda madre de mi niña.
Piensa en todo lo que gana la cría: dos madres, las dos queriendo y cuidando a Cayetana.
¿No te parece bien?
¿Segunda madre? Sofía dejó el tenedor lentamente. O sea, ¿le preguntaste a tu exmujer, que seguro está encantada?
Nacho hizo un gesto despreocupado y se llevó croquetas a la boca.
Bah, ¿a ella quién la va a preguntar nada? Siempre está de mal humor, estresada, agotada.
Pero tú eres otra cosa. Mira qué piso tienes, amplio, sitio de sobra para Cayetana.
Total, trabajas desde casa. ¿Te cuesta mucho vigilar a la niña? Darle de comer, salir al parque, leerle un cuento.
Nacho, nos conocemos desde hace mes y medio. De eso llevas tres semanas aquí porque tu compañero de piso ronca tanto que parece estar en mi cocina, y tu microondas ni funciona.
¡Tu hija lleva aquí ya cuatro días seguidos! ¿Me has preguntado si quiero ser madre? Ni primera, ni segunda, ni ninguna.
Nacho la miró sorprendido, incluso dejó de masticar.
¿Y eso por qué tendría que preguntarse? Todas las mujeres lo desean. Es instinto, ya sabes.
Es más, cuando vi tu perfil lo tuve claro: eras mi persona.
Nada de exmaridos, ni hijos tuyos que quiten atención a mi hija. Es lógico.
Me preocupo por el futuro de Cayetana; busco un entorno digno para ella. Y tú lo eres. Todo limpio, ordenado, perfecto para una niña.
Sofía recordó el primer encuentro con Nacho. Entonces le pareció una persona confiable.
Divorciado, honesto con su situación aquello la conquistó.
Ella misma había pasado por un divorcio difícil hacía dos años, valoraba la transparencia.
No tenía hijos, no porque no pudiera, sino porque siempre quiso primero estabilidad.
Y la logró: piso propio, ingresos fijos, ahorros Solo le faltaba un hombre de fiar.
Las primeras dos semanas Nacho era pura atención: flores, arreglo de enchufes que ni estaban rotos, mucho escuchar.
Luego, casi sin notarlo, llegó con una bolsa de ropa, luego con otra.
Aparecieron sus zapatos, siempre llenos de polvo, ocupando toda la alfombrilla en la entrada.
Y ahora, su hija, de cinco años.
¿Mañana a qué hora acabas? preguntó Nacho mientras terminaba su tercera croqueta. Quiero dejarte a Cayetana.
Tengo que pasarme por el taller con los chicos, es importante.
Así os conocéis mejor.
Nunca habéis estado a solas.
A las cuatro tengo videollamada con un cliente, Nacho.
No tengo tiempo de cuidar hijos ajenos.
Nacho siguió como si nada.
Por cierto, baja al mercado. No tienes ni caramelos para la niña. Y compra fruta, le encantan las manzanas rojas; las verdes no puede ni ver, le da calambre en los dientes.
Sofi, ¿por qué estás tan arisca? Hago esto por los dos. Quiero que os llevéis bien.
Sabes que, si esto va en serio, Cayetana es parte de la familia, ¿verdad?
Estupendo… Maravilloso.
Nacho frunció el ceño.
Oye, ¿no quieres que la niña tenga una familia completa? Mi ex no puede con todo.
Pero tú tienes carácter, sabrás ponerla en vereda, y yo estaré más tranquilo.
Saldré a trabajar sabiendo que en casa todo está listo, la niña atendida, la cena hecha.
¿No es eso lo que todos sueñan?
¿Todos? ¿Tú y tu madre? Sofía se levantó y empezó a recoger la mesa. Llevas aquí tres semanas y no has comprado ni una barra de pan.
No has pagado nada, ni la luz.
Pero ya has organizado mi rutina en función de tu hija.
Ya estamos otra vez Nacho también se levantó. Ya te dije que tengo menos encargos ahora. En cuanto salga alguno, te lo compenso todo.
¿Tan materialista eres? Pensé que eras mejor, que no ibas a contar céntimos.
Vaya tela.
Salió de la cocina y, un minuto después, el salón retumbaba con el televisor: siempre lo ponía a todo volumen cuando estaba molesto.
***
Sofía fregó los platos, se secó las manos y fue al salón.
Nacho estaba tumbado en el sofá, con los pies sobre la mesa baja de madera clara y cristal tallado, esa que Sofía eligió durante meses y en la que no se podía ni posar una taza.
Baja los piesdijo sin alterarse.
Ya estamos… refunfuñó, pero los bajó. ¿Ya te has calmado? Sin sermones.
Mañana a las cuatro me voy. Y punto. Hay que organizarse.
Mañana a las cuatro aquí no queda nadie, Nacho.
¿Cómo? ¿Te vas? Cambia la reunión.
No me entiendes. Mañana a las cuatro aquí no estará ni tú, ni tus cosas, ni mucho menos tu hija.
Nacho se sentó despacio en el sofá.
¿Qué estás diciendo?
Haz las maletas. Ya. No es broma.
¿Pero por qué? casi gritó. ¿Por querer que te acerques a mi hija?
¿Odias a los niños? ¿Eres un monstruo? ¡Solo tiene cinco años!
No odio a los niños, Nacho. No tolero el morro. Y no me gusta que me usen de niñera gratis.
Tú no buscaste pareja, buscaste quien te hiciera el favor a ti y a tu hija.
Querías piso gratis y cargarme con responsabilidades que no son mías.
¡Egoísta! Nacho se puso de pie. Estás rancia en tu piso.
Vives como en un panteón, todo por filas y columnas. Yo quería alegrarte la vida, ¡darte la oportunidad de criar a una niña encantadora!
Pero tú ahí, aferrada a tu piso.
¿Quién va a quererte con treinta y tantos y ese genio?
Ya verás, en una semana estarás suplicando que vuelva.
Tus bolsas están en el pasillo, las que ni has deshecho. El resto te lo bajo. Y despierta a tu hija, que también recoja lo suyo.
¡Me voy yo solo, encantado! corrió al dormitorio sacando todo a la ligera, medias, camisetas arrugadas, cepillos, cargadores
Sofía los contemplaba cruzada de brazos, desde el marco de la puerta.
¿Te das cuenta? ¡Has roto la ilusión de la cría! Ya le prometí una muñeca, de esas que comen, quince mil euros.
¿Qué hago ahora? ¿Le digo que la tía Sofía es una bruja?
Dile la verdad, Nacho. Que papá quería vivir a costa ajena, pero no pudo ser.
Nacho bajó las bolsas al portal, cargó a su hija dormida envuelta en una manta y salió disparado escaleras abajo.
Sofía cerró la puerta, fue a la cocina y tiró las croquetas a la basura.
Se dio un baño largo y caliente, cerrando los ojos con un suspiro de alivio.
Dios mío, qué maravilla. Hacía siglos que no estaba sola…
***
Dos horas después, el móvil echaba humo. Nacho escribía uno tras otro.
Acabas de cometer un error enorme.
Mi madre ya lo sabe todo, está flipando con lo que has hecho. ¡Has echado a una niña a la calle! ¡De noche!…
Devuélveme mi maquinilla, la dejé en el baño.
¿Por qué no contestas, solitaria? ¿Tan orgullosa eres, que ni puedes pedirme perdón y rogarme que regrese? Bueno, yo espero
Sofía lo bloqueó sin responder. La maquinilla la dejó en el alféizar de la escalera comunitaria.
***
Una semana después, le vio casualmente en un centro comercial.
Nacho estaba en el área de comidas con otra mujer.
Sofía reconoció esa mirada: Nacho gesticulaba, contaba algo con pasión.
A su lado una sillita donde dormía un bebé.
Nacho parecía el novio perfecto: ofrecía servilletas, sonreía, incluso mecían la sillita.
Sofía pasó de largo.
Esta vez, Nacho parecía haber cambiado de estrategia: buscar una con hijos ya, para integrarse a la familia hecha. Lo mismo de siempre, pero ahora bajo el lema de seré un verdadero padre.
Pasaron un par de meses.
Sofía vivía su vida: trabajo, yoga, amigas.
Un día, en el grupo de WhatsApp de antiguos compañeros donde estaba un amigo de Nacho saltó la noticia.
Nacho había encontrado la definitiva.
Mujer con dos hijos y un pisazo en Chamberí.
Pero la felicidad duró poco.
La nueva novia era lista. Vio rápido que el oro de Nacho no brillaba: ni ayudaba en casa ni pretendía cuidar niños ajenos.
Una noche, tras llegar con Cayetana sin avisar, la mujer ni le abrió. Sus cosas en bolsas de basura junto al ascensor. Además, contactó con la ex de Nacho para saber sus ingresos reales.
Descubrió que Nacho escondía curros para pagar menos pensión.
Tras la charla, la ex lo denunció. Ahora, Nacho cargaba con una deuda.
Sin sitio donde vivir, volvió con su madre a un piso minúsculo de Vallecas.
Sofía lo leyó, sonrió y cerró el portátil.
¡Dos madres! Vaya ocurrencia… ¿A qué aspiraba?
Se sentía genial. Con treinta y uno, tenía muy claro lo que quería.
Y lo más importante: sabía exactamente a quién y a qué no dejaría volver a cruzar su puerta. Y que la felicidad no depende de ningún parásito con excusas.







