Mi hijo ha traído a una chica a nuestro piso y no sé cómo echarla

Solo en la intimidad de mi diario puedo confesar cosas como las que escribo hoy. Me siento tan llena de amargura que ya no puedo más. Sé que quizá reciba alguna crítica, pero confío en que las madres de hijos que de repente se convierten en adultos me entenderán.

Das a luz a un niño, lo crías sola porque no soportabas más a su padre y te separas, te paseas con tu hijo, intentas hacer todo lo posible para que no sienta la falta de ese padre. Trabajas en dos sitios, luego te quedas en la cocina, como si fuera tu tercer turno, compras todos esos móviles caros, pagas sus estudios, y entonces:

Mamá, Alba se va a vivir con nosotros.

¿Con quién? ¿En nuestro piso de apenas 44 metros cuadrados? ¿La chica se va a instalar en la habitación de mi hijo? ¿Comerá también aquí? ¿Pondrá ella la lavadora? ¿O resulta que ahora seremos dos amas de casa?

Mi hijo estaba tan feliz cuando me dio la noticia, esperando que yo sonriera y saltara de alegría, quizás pensando que correría a vaciarle la parte del armario a Alba.

Es buena chica, no lo niego, pero eso no significa que yo quiera a otra persona viviendo en este piso con nosotros. ¿Son adultos? Pues que pidan una hipoteca o busquen un piso de alquiler. ¿Qué pasa, que por ahorrar no van a alquilar un sitio para ellos? ¿De verdad merece la pena a costa de los nervios de una madre?

Así es como me sentía, pero la dejé entrar. Al fin y al cabo, mi hijo también tiene derecho a este piso, tiene derecho a traer a quien quiera. Miento, pero prometí escribir la verdad. Mis amigas me regañaron: ¿No te importa la felicidad de tu hijo? ¿Qué clase de madre eres?.

Y ahora, cada vez que entro en casa, todo me molesta. Desde el recibidor ya lo noto. Los zapatos en la entrada, la cocina manchada, lo cual me indica que Alba ha cocinado. ¿Y qué pasa si gasta la comida que he comprado yo? No, no estoy derrochando euros. Pero, ¿qué ocurre cuando estás cocinando y de repente te has quedado sin harina? ¿Y las eternas colas para entrar al baño?

Lo reconozco, quiero que Alba se vaya de mi piso. No necesito otra ama de casa más aquí.

Y entonces me vino una idea: ¿por qué no traigo yo a un hombre? ¿Por qué he pasado tantos años cuidando de mi hijo y ocultando que podía tener una pareja? Al fin y al cabo, él tiene su espacio, ¿pero por qué no iba yo a tener el derecho de traer a alguien y ver cómo nos apañamos los cuatro en 44 metros cuadrados?

Esta es una carta poco habitual, lo sé. Y para mí, como madre de un hijo todavía pequeño, me cuesta imaginarme en la situación de quien la escribe. Por eso espero con interés los comentarios de quienes lo lean.

¿Qué pensáis, queridas lectoras y lectores? ¿Vuestros hijos han estado alguna vez en una situación parecida? ¿Os habéis llevado bien con las parejas de vuestros hijos? ¿Tiene una madre derecho a echar del piso a la novia de su hijo?

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