Mi suegra se llevó una gran sorpresa cuando vino a nuestro jardín y vio que no había ni verduras ni frutas plantadas en él

Querido diario:

Todavía no salgo de mi asombro por la reacción de mi suegra cuando vino a ver nuestro jardín en las afueras de Segovia. Al entrar, se quedó de piedra al comprobar que no había ni un solo tomate, ni una berenjena, ni un manzano en flor. Ni una huerta, ni siquiera un limonero. Recuerdo perfectamente su cara de auténtico desconcierto.

Los padres de mi marido, Manuel, llevaban mucho tiempo cuidando ese terreno. Decidieron regalárnoslo porque ya no se veían con fuerzas ni con salud para seguir atendiendo los bancales, y todos sabíamos que a la abuela Rosario le encantaba cuidar las matas de pepino, los calabacines, las tomateras y los manzanos. Hacía conservas en tarros, las repartía con los vecinos y hasta ofrecía alguna botella de gazpacho a quien pasara por la puerta. Ahora todo eso recae sobre mis hombros.

La realidad es que ahora tenemos un espacio amplio donde reunimos a la familia los fines de semana, donde se puede encender la barbacoa, tomar el sol tranquilamente o leer bajo la sombra. Pero he de confesar que nunca me ha atraído la idea de plantar y cuidar las lechugas. Manuel y yo lo hablamos y decidimos transformar la huerta en un jardín de flores. Preferimos comprar la fruta y la verdura en el mercado de San Miguel y en el supermercado de siempre. Así que labramos la tierra, plantamos césped y margaritas, y convertimos la parcela en un rincón verde y sencillo.

Cuando mi suegra Carmen vino por primera vez después de la transformación, casi le da algo al ver que el huerto vivo y rebosante había sido reemplazado por una pradera limpia, sin surcos ni tomateras. Me dijo de todo, que era una mala ama de casa, que no sabía cuidar de nada, y que echaba a perder lo que tocaba. Me dolió, aunque no dije nada.

Hace poco, un vecino fue a visitar a Carmen para preguntarle si tenía todavía algunos de sus famosos pimientos encurtidos. Y ella, sin pensarlo, sacó un tarro… ¡pero de flores secas! Le dijo que eso era lo único que quedaba de sus deliciosos encurtidos, y añadió sarcástica que lo llevase a su mujer y a sus nietos, porque a su nuera o sea, yo le resultaba agotador encargarse del jardín y que ya solo podían comer lo poco que ella había cultivado antaño.

No supe cómo reaccionar, la verdad. Me sentí entre enfadada y apenada. Sin embargo, ayer me llamó Carmen y me soltó que estaba pensando en pedirnos de vuelta una parte de la parcela, que le gustaría volver a tener su propio trozo de tierra para plantar lo que le apetezca. Ahora no sé qué hacer. Manuel y yo teníamos todo planeado: el jardín, la piscina para los pequeños y la tranquilidad de ver crecer solo las rosas. Pero ahora parece que, en vez del jardín soñado y la piscina, vamos a tener que volver a una huerta con bancales y cubos de agua.

No sé qué camino tomar, pero en este momento siento que a veces es imposible contentar a todos. Quizá, solo quizá, deba aprender a dejarme llevar y aceptar que en la vida nada es definitivo, ni siquiera un jardín sin tomates.

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Mi suegra se llevó una gran sorpresa cuando vino a nuestro jardín y vio que no había ni verduras ni frutas plantadas en él
«¡Señor, ahora somos tres!», la historia de cómo un niño ajeno se volvió nuestro.