Al día siguiente, la vecina volvió a asomarse por encima de nuestra valla. Mi esposa se acercó a ella y le dijo que hoy teníamos mucho trabajo, que no podríamos estar como el día anterior. ¿Y mañana?, preguntó Carmen con curiosidad. Mañana igual. En general, preferimos que no vengas más por aquí.
Mi deseo de vivir en una ciudad nunca nos trajo nada bueno.
Mi esposa tiene una casa en un pequeño pueblo de Castilla. Cuando mis suegros vivían, solíamos visitarlos frecuentemente. Disfrutaba mucho cuando al caer la tarde ponían la mesa bajo la sombra de una gran parra y nos quedábamos conversando hasta que anochecía. Siempre era igual cada vez que íbamos. Y en invierno, mi suegra encendía la chimenea del salón; sobre la mesa nunca faltaban mantecados y buñuelos recién hechos. El aroma impregnaba toda la casa y era algo verdaderamente especial.
A mi esposa y a mí nos encantaba subir a la sierra a esquiar o tirarnos en trineo sobre la nieve. Tras el fallecimiento de sus padres, decidimos no vender la casa familiar. Pensamos que la visitaríamos tan a menudo como antes, pero esa intención nunca se hizo realidad.
Siempre había algún compromiso. Con el tiempo, dejamos de mencionar siquiera la casa de sus padres. La vida siguió su curso y los años pasaron sin apenas darnos cuenta. Nuestro hijo conoció a una chica, se casaron, y nuestra nuera, Lucía, solía decir que le gustaría vivir en el pueblo, aunque fuera solo en verano.
Fue entonces cuando recordamos la casa. Fuimos mi esposa y yo los primeros en regresar después de tanto tiempo. Todo seguía igual, solo que la casa lucía descuidada.
Decidimos limpiar un poco. Catalina, mi esposa, se ocupó del interior, mientras yo barría el patio y recortaba los setos. Pensé que tras años de abandono se habría deteriorado mucho más, pero no fue así. Tras un poco de esfuerzo, el ambiente cambió por completo.
Al día siguiente llegaron los chicos. Se pusieron manos a la obra y, en un día, la casa recuperó su aspecto acogedor. Las mujeres prepararon la cena y mi hijo y yo nos pusimos a reparar la vieja mesa y los bancos de madera bajo la parra.
Fue entonces cuando noté que una mujer nos observaba desde el otro lado de la valla. Nos contó que acababa de comprar la casa de al lado y que había venido a saludar. Como personas educadas que somos, la invitamos a cenar. Se llamaba Carmen. Nos dijo que vivía sola, que había comprado la casa para su hija, quien tiene tres hijos. Carmen está divorciada y, según nos contaba, lleva tiempo viviendo sin pareja. Hablaba y hablaba, pero admito que dejé de escucharla al poco rato. De pronto sentí algo rozando mi pierna.
Miré bajo la mesa y vi el pie de la vecina. Retiré mi pierna de inmediato, pero ella seguía buscando acercamiento. Jamás me había sucedido algo similar. Intenté levantarme discretamente, sin que mi esposa se percatara de aquella situación incómoda. Carmen no dejaba de hablar. Los niños ya empezaban a refunfuñar y yo solo deseaba que aquella velada terminara cuanto antes. Mientras recogíamos la mesa, mi esposa comentó que Carmen le parecía una mujer un tanto atrevida. No pude evitar darle la razón, aunque no confesé lo que había pasado bajo la mesa me dio vergüenza. Intuí que no era la primera vez que Carmen intentaba algo así con un hombre.
Y, como ya dije al principio, al día siguiente volvió a asomarse por nuestro jardín. Mi esposa fue clara: hoy estábamos ocupados, no podríamos sentarnos con ella.
¿Y mañana? preguntó Carmen ansiosa.
Mañana igual. Mejor no pases más, por favor.
Fue una decisión valiente. La vecina murmuró durante un buen rato, pero yo, sinceramente, no le presté atención. Me parece que mi esposa hizo lo que debía. En nuestra familia valoramos la sinceridad y la franqueza. En cuanto sentimos que alguien no nos agrada, preferimos apartarnos antes de tener problemas.







