Diario de Sergio
Hoy he vuelto a pararme frente al tablón de anuncios del portal, justo al lado de los buzones. Donde normalmente ponen avisos de revisiones de gas o fotos de gatos perdidos, había una hoja nueva, sujeta de cualquier forma con chinchetas. En letras grandes: Recogida de firmas. Exigimos soluciones. Debajo, el apellido de una vecina del quinto, y una lista breve de quejas: ruidos nocturnos, golpes, gritos, incumplimiento de la ley de ruidos, peligro para la seguridad. Ya había varias firmas, algunas en letra clara, otras apresuradas.
Leí la nota dos veces, aunque el mensaje era claro desde la primera. Saqué el bolígrafo del bolsillo de la cazadora, por puro impulso, pero me contuve. No es que estuviera en desacuerdo. Es que no aguanto que me empujen a hacer algo. Llevo doce años en este bloque de pisos de Vallecas y aprendí a mantenerme al margen de las guerras de la comunidad, igual que uno esquiva una corriente de aire. Bastante tengo con mi trabajo en el taller, las guardias, mi madre convaleciente en otro barrio tras su ictus, y mi hijo adolescente, que pasa de un silencio inquietante a un estallido por naderías.
El rellano estaba en silencio, solo escuché el ascensor cerrar la puerta dos plantas más arriba. Subí al cuarto y, antes de abrir mi puerta, miré hacia la escalera que llevaba al quinto. Allí vive Valentina Carrasco. Tendrá poco más de cincuenta, de aspecto seco y fuerte, siempre con el pelo corto y la mirada dura. Casi nunca saluda, y si lo hace, parece molesta. Suelo verla cargada con bolsas de Mercadona o con un cubo, limpiando la zona delante de su puerta. A veces por la noche de su piso sale ruido: un golpe fuerte, un grito ahogado, ruidos de arrastrar algo por el suelo.
Solo entro al chat de la comunidad cuando es imprescindible. Casi siempre se habla de la basura o de las plazas de garaje. Pero últimamente, todo el mundo discute sobre lo mismo.
¡Otra vez martillazos a las dos de la mañana! ¡Mi hija se ha despertado llorando!
Tengo el turno a las seis, luego voy como un zombi. ¿Hasta cuándo vamos a aguantar?
No es martillo, mueve muebles, yo la oí.
Hay que llamar a la policía local. Hay normas.
Yo leo y no digo nada. No soy un santo. He tenido noches en que los golpes me despiertan y noto cómo me arde la paciencia en el pecho. En esos momentos, me gustaría que alguien fuera, lo solucionase, y que por la mañana sólo tuviera que leer Asunto resuelto.
Por la tarde escribí en el chat: ¿Quién recoge firmas? ¿Dónde está la hoja? Me contestó la presidenta de la comunidad, Herminia Ortiz, del tercero. En el portal, tablón de anuncios. Mañana a las siete, reunión en mi piso. Hay que decidir antes de que sea tarde.
Dejé el móvil. Sentí esa incomodidad de cuando en la escuela te llaman sólo para firmar lo que ya está decidido.
Al día siguiente me crucé con Valentina en la escalera. Subía con dos bolsas grandes, jadeando, pero no pedía ayuda. Le agarré una bolsa, sin preguntarle.
No hacía falta, me cortó.
Te ayudo igual, le contesté.
Llevamos las bolsas hasta su puerta. Ella las apartó brusca.
Gracias, dijo como quien marca la casilla del deber.
Ya bajaba cuando oí un sonido extraño tras su puerta, apenas perceptible: como la respiración costosa de alguien, un quejido sordo. Valentina se detuvo en seco con la llave en la mano.
¿Va todo bien? pregunté, sin saber muy bien por qué.
Sí, todo perfecto, respondió seca y se encerró.
Volví a casa, pero el sonido permanecía en mi cabeza. No era ni un golpe ni música, sino algo humano, pesado.
Pocos días después, apareció un papel pegado en la puerta de Valentina. ¡BASTA YA DE RUIDOS! NO TENEMOS POR QUÉ AGUANTARLO. Letras marcadas con rotulador, fuertes. Miré la nota. El celo brillaba como una herida nueva. Me acordé de cuando de niño también había papeles en la puerta de casa: mi padre bebía, gritaba. Por entonces, odiaba más a los vecinos, por mirar para otro lado y luego cuchichear.
Subí al quinto y me paré a escuchar. Silencio absoluto. No toqué. Retiré el papel con cuidado y lo guardé en el bolsillo. Luego bajé y lo tiré en el contenedor de la calle, bien lejos del bloque.
En el chat la cosa se encendía:
Lo hace aposta. Le da igual la gente.
A gente así habría que sacarla del bloque. Que se vaya a una casa aislada.
La policía necesita que le pongamos una denuncia conjunta.
Me daba cuenta de cómo de rápido la palabra ruido y molestia se convertía en esa gente, como si la persona fuera el problema, no la situación.
El sábado regresé tarde. El ascensor olía a ambientador barato y a tabaco. En el cuarto oí golpes sordos arriba, no de obra, sino como una caída. Después, una voz de mujer, ahogada pero clara:
Aguanta ya
Subí al quinto. Había luz bajo la puerta de Valentina. Llamé.
¿Quién es? nerviosa.
Sergio, del cuarto. ¿Todo bien…?
Entreabrió la puerta con la cadena. En bata, con una mancha roja en la mejilla, como si se hubiera limpiado a toda prisa con agua fría.
Nada. Márchate, dijo.
Sonó un gemido gravísimo adentro.
No me aguanté:
¿Necesitas ayuda?
Me miró como si le hubiera ofrecido caridad.
No, lo tengo todo controlado.
Ahí hay alguien
Mi hermano. Está inválido, lo dijo apresurada, como tajando preguntas. Vete.
Se encerró. Bajé, pero el término inválido me giraba dentro. Imaginé una caída, a alguien intentado levantarlo, la dificultad, la angustia, la ambulancia de madrugada, la cama arrastrada y los de abajo escuchando y enfadándose.
Decidí ir a la reunión en el piso de Herminia, no por cotilleo, sino porque sé que me pesaría no estar. Ya a las siete, en la puerta de su casa había gente esperando: algunos con bata, otros recién llegados de la calle. Hablaban bajo, el ambiente tenso.
Herminia sentó a todos en la cocina, apretados. En la mesa, la hoja de firmas, anotaciones sobre horario de descanso, números de la policía.
La situación es insostenible, empezó. Aquí hay niños, trabajamos, yo misma tengo que medirme la tensión cada mañana porque no duermo. No es nada personal, pero hay unas normas.
Observé cómo ponía el no es personal para aliviar el ambiente.
Ayer a las dos de la mañana me despierto, dijo una vecina joven del sexto, muy ojerosa. El crío por fin había dormido y de repente un estruendo, como si se cayera un armario. Luego me tocó mecerlo hasta el amanecer.
Mi padre acaba de operarse, añadió un hombre en chándal. No puede alterarse. Se piensa que hay fuego cada vez que oye algo así.
Hay que llamar siempre a la policía, soltó otro. Que conste en acta cada vez.
Escuché y entendí: no exageraban, estaban realmente hartos. Había legitimidad en su molestia.
¿Alguien ha hablado con ella? pregunté.
Yo lo hice, respondió Herminia. Me contestó mal. Que si no me gusta, que me vaya yo. Y me cerró la puerta en las narices.
Siempre es así, apuntó la del sexto. Como si le debiéramos algo.
Pensé en contarles lo del hermano, pero me callé. No sé si me correspondía.
Igual tiene un motivo empecé.
¡Todos tenemos algo! me cortó Herminia. Y no vamos haciendo ruidos.
En ese instante, tocó el timbre. Herminia abrió. Valentina entró en la cocina. Venía seria y firme, con una carpeta bajo el brazo.
Supongo que soy el tema del día, dijo sin rodeos.
La cocina parecía un ascensor atestado.
Hablamos de la situación, puntualizó Herminia. Molesta al resto.
¿Molesto? repitió Valentina, asintiendo. Vale. Escuchad.
Puso la carpeta en la mesa, abrió, sacó papeles, informes médicos, el móvil.
Mi hermano es minusválido de grado máximo. Después de un ictus, no anda ni se sienta. De madrugada tiene crisis respiratorias, se cae si no llego a tiempo. Cada dos horas hay que girarle o le salen llagas. No estoy moviendo muebles, sino levantando a un hombre que pesa más que yo.
Mantenía la voz firme, pero se notaba el agotamiento. Las manos con marcas visibles, como si realmente cargara peso.
He llamado a emergencias tres veces este mes. Mirad, mostró su historial. Y aquí el informe. No tendría que enseñároslo, pero habéis firmado como si montase una fiesta cada noche.
Alguien tosió. La del sexto bajó la mirada.
No lo sabíamos, dijo flojito.
No lo sabíais porque no preguntasteis, respondió Valentina. Preferisteis pegarme papeles y acusarme en el chat como si buscase fastidiaros. ¿Qué medidas buscáis? ¿Que saque a mi hermano a la escalera para que vosotros podáis dormir?
Nadie ha dicho tal cosa, saltó Herminia. Pero existe la ley. Después de las once no se puede hacer ruidos.
Valentina sonrió irónica.
¿La ley? ¿Queréis ley? Llamo a ambulancias y a la poli cada vez que le levante ¿Firmaréis entonces que habéis oído? ¿Seréis testigos?
¿Y qué, tragamos y punto? dijo el del chándal, casi a punto de romperse. Tengo a mi padre también enfermo. No puedo escucharlo todas las noches.
Y yo tampoco, Valentina le miró directo. ¿Creéis que lo hago por gusto? También quiero dormir.
Se hizo un silencio incómodo. Pensé en decir algo diplomático, algo que suavizara la tensión, pero nada era fácil.
Herminia suspiró, con menos autoridad:
Valentina, entiende que no es fácil. Si al menos avisaras
¿Avisar de qué? ¿De que una noche mi hermano puede morirse? Cerró la carpeta. No sé pedir favores. Ni tengo a quién.
Y entonces lo entendí. Éramos vecinos, pero no cercanos. Apenas puertas, no personas.
Sin gritar, dije casi ronco. Estamos a punto de destrozarnos. O buscamos una salida para todos, o aquí no vive ni Dios.
Me miraron. Odio ser el centro, pero ya no había escapatoria.
No he firmado, continué. Y no firmaré. No resuelve nada. Solo crea enemigos. Pero tampoco puedo fingir que aquí no pasa nada. De verdad, la salud está en juego.
Herminia apretó los labios.
¿Entonces, qué sugieres? preguntó.
Pensé en esa noche, escuchando los gemidos por el techo.
Para empezar, dije, acordemos cómo comunicarnos. Valentina, si ocurre una crisis y va a haber ruido, puedes avisar al chat: Ambulancia o Ataque. Solo para que sepamos que no es una obra.
No tengo obligación, contestó tensa, pero me sostuvo la mirada. Lo intentaré si puedo.
Segundo, miré al resto, si oís un estruendo fuerte, antes de llamar a la policía, podéis tocar su puerta o llamarla. No en plan reproche: por si necesita ayuda. Si no responde, entonces lo que toque.
¿Y si nos responde mal otra vez? preguntó la del sexto.
Al menos lo habréis hecho como personas, dije. Por vosotros más que por ella.
Herminia bufó, pero no replicó.
Y podría ser útil añadí mirando a Valentina, poner alfombrillas bajo los muebles, gomas en patas de la cama. Yo puedo ayudarte con eso.
Valentina vaciló.
La cama no se mueve, tiene un elevador casero fijado. Pero lo demás sí Y si alguien pudiera quedarse alguna tarde para que pueda ir a la farmacia
No terminó la frase. Se oyó un movimiento en la cocina.
Yo puedo el miércoles, dijo, encendiéndose la cara, la joven del sexto. Mi madre me cuida al niño esa tarde.
Y yo alguna tarde también, el del chándal, murmurando. Pero de noche no.
Noté que la tensión bajaba un grado, no mucho.
Herminia recogió la hoja de firmas.
¿Qué hacemos con esto?
Miré los nombres: incluso estaba el de mi vecino del rellano, siempre tan simpático en el ascensor.
Creo que debería quitarse del tablón. Si alguien quiere poner una queja formal, que lo haga por su cuenta, con fecha y motivo. No así en masa y a lo loco.
¿Va en contra del orden? Herminia remarcaba la palabra.
No, defiendo el orden, respondí. Pero no que se use para machacar.
Valentina levantó la vista.
Quitadlo, por favor. No quiero verlo cada vez que salga de casa.
Herminia dobló la hoja y la guardó en su carpeta de forma casi solemne. No supe si por respeto o porque ya sentía que la mayoría no estaba tan convencida.
Salimos en silencio, sin ese típico cotilleo del final de reunión. Alguien intentó hacer una broma en la escalera, pero flotó y se apagó. En el rellano coincidí con Valentina.
No deberías haberte metido, dijo.
Quizás no, le contesté. Pero prefería eso a acabar en denuncias y peleas.
Esto acabará mal, susurró si él empeora.
Quise preguntarle el nombre de su hermano, pero no fui capaz. Solo dije:
Si alguna noche la cosa se complica y necesitas ayuda para levantarle llama. Estoy cerca.
Asintió, sin mirarme.
Al día siguiente, la hoja ya no estaba. En el chat sí había algo nuevo. Herminia: Acordamos: en caso urgente Valentina avisa. Por favor, evitemos mensajes nocturnos que no ayuden. Ayuda de día según disponibilidad, quien pueda, que me avise.
Me sorprendió la palabra disponibilidad. Sonaba demasiado formal para esta escalera. Pero, al rato, de verdad empezaron a llegar mensajes: uno podía ayudar el lunes, otro el viernes. Otros callaban.
La primera noche después seguí oyendo ruido. Un golpe seco me desveló a las 2:17. A los minutos, en el chat: Crisis. Llega la ambulancia. Sin emoticonos.
Me quedé escuchando cómo subían los de urgencias. Imaginé a Valentina sosteniendo a su hermano, evitando que se atragantase. La molestia seguía, pero ahora venía acompañada de otra cosa, más pesada y serena.
Por la mañana, en el ascensor, me crucé con Herminia.
Otra noche movidita, dijo cansada.
Fue la ambulancia, respondí.
Sí, lo vi desde la ventana. No sabía que era así. Pero aun así Sergio, no duermo. Me da miedo por el corazón.
Asentí. No podía solucionarle el corazón.
¿Unos tapones? sugerí, notando lo inútil de la frase.
Tapones sonrió, pero no enfadada.A dónde hemos llegado.
Unos días después, cumplí mi promesa. Subí con un paquete de alfombrillas para patas de sillas y una moqueta gruesa que compré en el chino. Abrí la puerta, ella esperaba. El piso olía a medicamentos y humedad, como un hospital. Dentro, la cama pegada a la pared, un hombre mayor, muy delgado, mirada fija en otro mundo. Cerca, una estructura casera con tubos y correas. Entendí por qué no se movía la cama.
Aquí traigo una moqueta para amortiguar y gomas para las sillas, le dije.
La silla hace ruido cuando dejo el cubo, respondió.Lo intento, pero las manos
Se miró las manos, llenas de cortes.
Coloqué la moqueta con cuidado de no mover el invento del hermano, despacio, tensando la espalda. Valentina me indicaba cómo hacerlo.
Gracias, dijo al terminar. Esta vez sonó distinto.
Iba a marcharme, cuando sonó el teléfono. Contestó. Su rostro se oscureció:
Ahora no puedo, de verdad Sí ya, bueno, no.
Colgó y me miró:
Servicios Sociales. Solo me ofrecen una cuidadora dos horas a la semana y hay lista de espera. Lo que necesito es ayuda todos los días.
No tenía respuesta. Pensé que nuestro turno vecinal era un remedio casero.
Esa tarde alguien en el chat escribió: ¿Y por qué tenemos que ayudar nosotros? Es su familia. Que lo gestione con los servicios sociales. Hubo respuestas de todo tipo, algunas con empatía, otras a palos.
No quise participar. Me sentí cansado, no de Valentina, sino de cómo cualquier gesto acaba en discusión sobre justicia.
Un par de días después, apareció otro papel en el portal. Ya no pedía medidas, sino una tabla ordenada: días, horas, nombres. Al pie, móvil de Valentina y aviso: En caso de urgencia nocturna, aviso al chat. Si alguien puede ayudar a sujetar o acompañar a la ambulancia, que lo diga. Papel recto, sin rabia.
Me revolvió verlo tanto como el anterior, aunque el motivo era opuesto. Ahora el bloque reconocía que, tras cada puerta, cabía una tragedia y que eso también debía organizarse.
Una noche, el golpe fue tan fuerte que subí. Oí a Valentina maldecir, no a personas, sino al propio esfuerzo. Toqué. Me abrió sin cadena.
Ayúdame, dijo, seca.
Entré, me quité los zapatos. Su hermano estaba en el suelo, respirando con problema. Entre los dos le subimos a la cama, muy poco a poco. Me temblaban los brazos de la tensión. Ella solo le colocó bien la almohada y comprobó la respiración.
Al salir, en la escalera, alguien asomó la cabeza, miró, cerró sin decir nada. La comunidad contuvo el aire.
Al día siguiente, me crucé con Víctor, vecino de rellano y firmante.
Oye, aquello de la firma de verdad, era por el hartazgo. No sabía Si lo llego a saber
Ya está, le corté. Lo que importa es lo que hacemos a partir de ahora.
Asintió, aunque en su cara quedó la terquedad de quien no admite errores ni ante sí mismo.
El arreglo funcionaba. Imperfecto, pero servía. De madrugada, a veces, en el chat: Ambulancia o Caída. La gente dejó de escribir barbaridades a las dos de la mañana. Alguno fue a ayudar por la tarde, otro sólo una vez. Herminia mantenía la tabla, pero iban quedando huecos.
Empecé a notar que en el bloque apenas se hacían bromas. Nos saludamos, pero con prudencia, como temiendo que cualquier palabra desatara de nuevo el conflicto. Los papeles de amenazas desaparecieron, pero el ambiente ligero no volvió. Incluso si hablábamos de la bombilla del rellano, flotaba el que no sea otra vez.
Volviendo una noche vi a Valentina en el ascensor. Cargaba medicamentos y su rostro estaba gris de fatiga.
¿Y tu hermano? pregunté.
Vivo, respondió. Hoy ha sido tranquilo.
Subimos juntos. En el cuarto, me paré en la puerta.
Para lo que sea, le dije, llama.
Asintió. Luego murmuró:
El otro día en la reunión no quise
No terminó la frase. Hizo un gesto vago.
Tranquila, le contesté.
La puerta se cerró y me quedé en el pasillo. Entré en casa, colgué el abrigo, los zapatos en el felpudo. Silencio. Mi hijo en la habitación con cascos, mi madre al teléfono preguntando cuándo iré a verla.
Miré de nuevo a la puerta y pensé en esas hojas: una para las quejas, otra para los voluntarios. Y en que la distancia entre ambas es menor que la que hay entre vecinos que solo comparten una pared.
En el chat, esa noche, alguien escribió: Gracias a quien ayudó hoy, y por favor: si hay dudas personales, en privado. El mensaje fue tragado enseguida por discusiones sobre el ascensor y la basura.
Cerré el móvil y fui a poner la tetera. Sé que puede que me despierte otro ruido por la noche. Y que ahora, al despertarme, no pensaré solo en mi propio sueño. No es que me haga mejor persona. Simplemente me hace presente.






