Diario de Lucía González, Madrid
Ahora que he crecido, me doy cuenta de lo rápido que mi padre formó una nueva familia con su segunda esposa. Y también de lo mucho que Veraque es unos seis meses mayor que yoy Maximiliano, tres años menor, se parecen físicamente tanto a mi padre como a mí. Antes no me fijaba en estos detalles, pero hoy los veo con mirada distinta.
Uno de los recuerdos que más vivos conservo de mi infancia es la vez que, en la caja del supermercado de El Corte Inglés, vi una preciosa muñeca de pelo rojo intenso. Todavía recuerdo cómo tiraba del brazo de papá, suplicándole que me la comprara, y él, con ese tono seco pero bajo, me recriminó:
Lucía, no seas tan egoísta. A tu hermanito le hacen falta los medicamentos, tenemos que comer hasta que me paguen a final de mes, y tú solo piensas en esa muñeca.
Como si no hubiera suficientes juguetes en casa.
Yo sentí que no solo mi padre, sino hasta los desconocidos que estaban en la cola, me miraban con juicio. ¡Cómo puede una niña buena, que es todo lo que yo quería ser, desear una muñeca cuando su hermano está enfermo y falta la comida?
Juguetes sí había, claro, aunque casi todos estaban rotos, gracias a Vera y Maximiliano. Pero a nadie parecía importarle, menos a los adultos, tan ocupados con cosas más importantes que mis deseos o mis juguetes.
Cuando mamá aún vivía, me compraba muñecas. No siempre, claro. Desde los cinco años ya había aprendido a leer los días de la semana: si salíamos del cole un lunes, imposible sacar naday encima, un sermón por pedir. Pero los sábados, mamá me llevaba de la mano y decía, con su voz cálida:
Vamos, Lucía, si cuesta menos de setenta euros, elige lo que quieras.
Yo sabía lo que eran setenta euros: un siete y un cero. Si el precio en la etiqueta terminaba en dos cifras o menos antes de la coma, podía escoger, y mamá cumplía su palabra. Ella nunca me reprochaba tener antojos. Se enfadaba si montaba un numeritocomo cuando quise rodar por el suelo imitando a otros niñospero jamás me llamó egoísta por querer algo cuando las cosas estaban difíciles en casa.
Y problemas, claro que teníamos. Mamá enfermaba y, aunque intentaban tratarla, los tratamientos no funcionaron.
Al final, me quedé solo con papá cuando tenía seis años. Aquel primer año fue árido: no hubo juguetes, ni cuentos antes de dormir, ni, la verdad, ninguna muestra de cariño. Él me llevaba al colegio, me recogía y me preparaba algo soso de cenar, normalmente macarrones cocidos con salchichas del Mercadona. No me gustaba, pero era lo que había.
Después se sentaba frente al televisor toda la noche, viendo fútbol, boxeo o tertulias. Si yo pedía dibujos animados, su respuesta era un ve a estudiar o lee un libro. Me resignaba; total, pronto las novelas me atraparon y prefería perderme en sus mundos antes que en el mío.
A los seis meses llegaron la nueva esposa y, de golpe, Vera y Maxi. Más tarde, caí en la cuenta de lo precipitado de todo, y de los tremendos parecidos. Pero de niña, yo solo notaba que papá quería a Vera y Maximiliano, y a mí… me sermoneaba y solo me llamaba egoísta.
Nos mudamos a la casa de Dalia, en las afueras de Madrid. Era pequeña, así que a mí ni me dieron cuarto: mi camita quedó al final del pasillo, separada con una cortina barata que Vera se divertía corriendo para tirarme del pelo hasta despertarme.
¡Que la despierto para que no lleguemos tarde al cole! decía como excusa.
A nadie parecía importarle que eso me lo hiciera también en fines de semana.
Y mis cosas, igual: todo lo que era mío terminaba en manos de Vera.
¿Para qué quieres juguetes, si siempre estás con un libro? me reprochaba papá, cuando intenté recuperar el oso de peluche que me había mandado mi abuela desde Santander.
Esa abuela, la madre de mamá, vivía en un pueblecito cántabro, lejos, trabajando en un puesto que, luego supe, estaba bastante bien remunerado. Me quería, pero casi no nos veíamos; solo algunas llamadas contadas.
En una de ellas, le conté que me habían quitado el oso para dárselo a Vera. Aquello cabreó a papá, y luego me sentó para hablarme muy serio:
Lucía, vivimos en casa de Dalia. ¿Sabes todo lo que ha hecho por mí? Si no fuera por ella, después de la muerte de tu madre yo no habría salido adelante.
¿Tú quieres quedarte sola, sin tu padre? yo negué con la cabeza.
Por injusto que fuera papá conmigo, era lo único que me quedaba, así que no quería perderlo.
Entonces, ¿por qué desestabilizas mi familia con tus quejas, Lucía? Te enfadas por un triste oso viejo. ¡A asumirlo! Vera lo quería y se lo dimos.
Debes empezar a acostumbrarte: ya no eres hija única y los demás también tienen derecho a cosas buenas.
Tú tienes una abuela que te envía regalos, Vera no. ¿Por qué debería sufrir ella porque siempre te caen cosas y a ella, nunca?
Hay que compartir.
Incluso de niña intuía que aquello no tenía sentido, pero ni podía ni se me ocurría cómo argumentarlo. Nadie escucharía mis razones de todos modos: los problemas de verdad de la familia estaban en otra parte.
El mayor problema era Maxi. Con los años supe que tenía secuelas neurológicas de nacimiento. Todo el salario de papá se esfumaba en pastillas, tratamientos y médicos privados. No había sitio al que no lo llevaran: piscina, masajes, hasta hipoterapia, todo a ver si mejoraba.
Y algo de fruto dio, supongo, porque aunque el niño iba lento, los médicos pronosticaban que de mayor sería normal.
Lo que nunca entendí era que a Maxi se le elogiaba cualquier logro diminuto, mientras mis premios literarios, redacciones o matrículas pasaban desapercibidas.
Vaya logro dijo papá al ver una de mis diplomas. Para encender la chimenea valdrá, si acaso.
Si al menos ganaras dinero para las medicinas de Maxi… Tus papelitos no sirven para nada.
Desde entonces, dejé de hablarle.
Contra todo pronóstico, fue la propia Dalia, mi madrastra, quien comenzó a prestarme cierta atención. Nunca llegó a ser una madre de cuento, pero al crecer, siento que no tengo queja con ella: ni tenía obligación de preocuparse por una hija que no era suya, ni de quererme como a Vera.
De hecho, empezó a felicitarme y llamarme mi pequeña ayudanta cuando, ya con once años, la ayudé con la casa. En cierto modo, lo hacía solo por recibir ese aprecio que tanto me faltaba.
Y reconozco que incluso encontraba una extraña satisfacción cuando Dalia discutía con Vera por las noches porque, según Vera, Dalia me quería más a mí que a ella.
Solo la elogias y la llamas cielo. A mí solo me regañas. ¡Papá al menos sí me quiere! gritaba Vera.
Te aguanto porque eres su hija. Si no, hace tiempo que… ¡siempre buscas líos en el cole y con los profes! ¡Estoy harta!
Lucía no da problemas, en cambio tú…
Vera huyó de casa. Tanto que la buscaron con la Guardia Civil y grupos de rescate. Todos lloraban y estaban nerviosos, pero por primera vez yo me sentía a salvo en casa. Y sí, desee en silencio que Vera no volviera.
Por desgracia, la encontraron: estaba viviendo esos días con un compañero de curso. Algo más debió ocurrir porque los servicios sociales empezaron a interesarse mucho por nuestra familia.
Tanto, que nos separaron y nos llevaron por turnos a psicólogos y médicos. Nos hacían preguntas que había que contestar, y poco a poco, se destapó todo.
Lucía, no digas tonterías a los de los servicios sociales, me advirtió papá en una de esas visitas.
Aquel día solo sentí asco por él. Solo se acordaba de mí cuando las cosas se ponían feas, cuando le convenía que pareciera que en casa todo era normal, la familia se lleva bien y la culpa de la fuga de Vera era una desgracia más, nunca de ellos.
Yo, a mis once años, entendía que tanto mi padre como Dalia tenían su parte de responsabilidad en lo de Vera, aunque no supiera verbalizarlo ante adultos. Por mucho que me costara, Dalia había sido la mejor conmigo, pero una madre que solo tiene ojos para su hijo enfermo y reparte reproches a su hija… es una bomba de relojería.
El cariño que intentó ofrecer mi padre ni siquiera se acercaba al verdadero amor de madre.
Y descubrí que incluso los funcionarios pueden darse cuenta cuando una familia está tan rota. Aunque, según supe después, a mi padre lo que de verdad le importaba no era precisamente eso.






