Hoy me he acordado de aquella vez que mi tía segunda me llamó a la que apenas veo jamás para invitarme a la boda de su hija, mi prima segunda, una tal Carmen, a la que vi por última vez cuando tenía seis años. Bueno, cuando ella tenía seis años.
Realmente, no me destaca el apego familiar, pero esta vez escapar era imposible.
Al menos una vez cada veinte años podríamos vernos, ni se te ocurra faltar me espetó mi tía, seria como un juez.
Poco después llegó la invitación, finamente adornada con palomas y rosas, firmada por Carmen y Alfonso. Y unos días antes, la imprescindible llamada de recordatorio. Así que no tuve más remedio que aceptar.
En fin. Otra tarde de sábado perdida, pensé, pero ¿qué otra cosa podía hacer? El destino se imponía.
Me presenté en el restaurante madrileño con un ramo de flores, el ánimo torcido y muchas ganas de desaparecer a la primera oportunidad, sin despedirme ni nada. Me colocaron en una mesa junto a unos jóvenes de lo más dicharacheros, amigos del novio, que tras un par de copas se dedicaron a alabarme descaradamente qué tía tan guapa tiene la novia, no pareces una tía, mujer, venga, vamos a conocernos mejor y a pasarlo bien. Nos animamos rápidamente, la verdad.
A la propia novia, por supuesto, no la reconocí: la niña morena y retraída que conocí en el pasado se había transformado en toda una rubia exuberante, con más pecho que presencia. Para ser sincera, me caía mejor de pequeña.
El ambiente en el salón era de lo más lúgubre: muchas tías y tíos enfadados, el novio con cara de caído del Guernica, la novia convencida de su belleza y sus atributos, y si no fuera por nuestro grupo, aquello habría sido un velatorio. Las tías nos miraban con auténtico recelo.
Me perdí el primer brindis, pero justo comenzaba el segundo, con protagonismo para mí. El maestro de ceremonias, después de enterarse de quién era, anunció con voz llena de entusiasmo:
¡Ahora unas palabras de la joven y guapísima tía de la novia!
Yo, sentida, dije:
Queridos Carmen y Alfonso…
La boda nunca había sido muy animada, pero en ese momento reinó una calma que ni en el Museo del Prado y de repente me di cuenta de que no veía a mi tía por ninguna parte. Y era difícil no reconocerla, la verdad.
La novia se llama Beatriz musitó la tía de enfrente, con su vestido rosa chillón. Y el novio, Javier.
¿Cómo que Beatriz? ¿Quién es Javier?
¡Siempre hay quien se cuela en los eventos solo por comer y beber gratis! añadió otra, con aire ofendido. En la mili también tuvimos uno así. Cuesta echarlos. Qué poca vergüenza.
Fue entonces cuando comprendí que la fiesta estaba a punto de ponerse interesante. Los invitados empezaron a observarme como un rebaño de lobos, brillándoles los ojos. Por poco no se remangan las camisas.
Esperen, que tengo la invitación aquí mismo exclamé levantando la dichosa tarjeta. Está todo: Carmen y Alfonso, restaurante tal, salón de banquetes.
Y entonces, intervino un camarero salvador:
Señorita, tenemos otro salón en la planta de arriba. ¿No será allí donde debería estar?
Claro, ¡y así te cenas dos veces! remató la tía de rosa. Esta marca la tarjeta aquí y luego se va a zampar arriba. ¡Qué cara tienen algunas! ¡Aventurera!
La cara, Inés, es el segundo patrimonio del ser humano saltó otra tía, la de verde, de esas que siempre dan la puntilla.
Sinceramente, ni parezco una buscavidas ni una caradura, aunque viéndome desde fuera… Vete tú a saber. Los amigos del falso novio me defendieron, pero la tía de lila resopló:
Mira tú, ya ha deslumbrado a todos los chicos.
Y la de rosa:
Así le pasó a la mujer de nuestro contable. Le soplaron el marido por no prestar atención. Bastan cinco minutos y te la juegan.
Nunca me he llevado a maridos ajenos, pero ahí sí empecé a fijarme en los esposos, total, qué más daba, ya que me estaban juzgando por media docena de crímenes.
Al fin, el camarero, tan majo, subió las escaleras y regresó con mi propia tía, que nada más ver el follón juró que me conocía de toda la vida, aunque lo dijo como guiñando un ojo, para justificar que las rarezas eran mías y me tocaban de lejos.
Total, me rescataron y me llevaron al otro salón, donde realmente estaban Carmen, la morena simpática, y Alfonso. Allí me invitaron a varios buenos vinos de la Ribera y me hicieron sentir como en familia.
Al menos no llegué a dar el regalo antes del lío. Pero lo mejor de todo es que los amigos del primer novio me despidieron con honores, como si aquello hubiera sido mi boda.
Y así, una que sólo quería pasar desapercibida, acabó de protagonista en dos fiestas. Esto, sólo me pasa a mí en Madrid.






