Un día me llamó mi tía lejana y me invitó a la boda de su hija — mi prima lejana, a la que no veía desde que tenía 6 años. Desde que ella tenía 6 años, quiero decir. No es que sienta un gran apego familiar, pero no logré escabullirme. — Al menos una vez cada 20 años podemos vernos, ni se te ocurra no venir — me dijo mi tía, tajante. Y me llegó la invitación, con palomas y rosas, de parte de Lucía y Óscar, y dos días antes me mandaron un recordatorio — así que no tuve más remedio que ir. En fin. Adiós sábado, pero ¿qué iba a hacer? Así que llego al restaurante con mi ramo, mal humor y el firme propósito de irme a la primera de cambio y entre, me llevo a la sala del banquete y me sientan con un grupo simpático de jóvenes amigos del novio que, tras un par de copas, empiezan a decir lo increíblemente joven y guapa que es la tía de la novia, y que para nada me veo como una tía, y bueno, que a ver si nos conocemos más y lo pasamos en grande. Y así lo hacemos. Por supuesto, no reconocí a la novia, después de tantos años; de la niña morenita que era ha pasado a ser una rubia exuberante con mucho pecho. Yo la prefería como ratoncita. En realidad, el ambiente era tirando a lúgubre: un montón de tías y tíos de cara amarga, el novio con mirada de cordero degollado, la novia convencida de estar despampanante, y si no fuera por lo rápidamente animado de nuestra mesa, aquello parecía más un velatorio. Las tías me miraban fatal. Me perdí el primer brindis, pero empezó el segundo, y me tocó a mí. El maestro de ceremonias, tras averiguar quién era yo, anunció encantado: — ¡Ahora los recién casados recibirán la felicitación de la joven y guapa tía de la novia! Y yo, todo sentimiento, exclamo: — ¡Queridos Lucía y Óscar! La boda ya era poco animada, pero ahí se hizo un silencio de piedra. Entonces me di cuenta de que no veía a mi tía por ningún lado y que, de haber cambiado tanto, seguro la habría reconocido. — La novia se llama Sonia —me susurró la tía de enfrente, de rosa—. Y el novio se llama Diego. — ¿Cómo que Sonia? ¿Qué Diego? — Vienen a bodas ajenas solo para comer y beber de gorra —añadió la de rosa—. En la despedida del servicio militar de mi hijo pasó lo mismo, costó echarle. Hay gente sin vergüenza ni conciencia. Fue entonces cuando entendí que la diversión acababa de empezar. Los invitados parecían preparados para saltarme encima, con miradas fieras y medio incorporándose. De momento no se arremangaban, pero poco faltaba. — Pero si aquí tengo la invitación —protesté—. ¡Está clarísimo! Lucía y Óscar, restaurante tal, salón de banquetes. La salvación vino de un camarero: — Señorita —dijo—, tenemos otro salón arriba, ¿quizás sea allí su boda? — Claro, ¡irse arriba, quiere cenar gratis! Aquí se presenta y en el otro suma. Que sinvergüenza —soltó la de rosa—. ¿Cómo no se la traga la tierra? ¡Aventurera! — A la descarada, Irene, le sonríe la vida —añadió la tía de verde, aún más antipática. Aclaro que no tengo pinta ni de desarrapada ni de buscavidas. Aunque, ya se sabe, todo es relativo. Los amigos del novio salieron en mi defensa, pero entonces saltó la tía de lila: — ¡Cómo se nota que esta sabe enredar a los hombres! Y la de rosa remató: — Así mismo la secretaria se quedó sin marido por culpa de una como ésta. Ten cuidado, que te la juegan en cuanto te despistes, víboras… Jamás he robado maridos ajenos, pero en ese momento me sentí como la peor de las rompehogares. Incluso empecé a mirar maridos, total, por delitos que no quede. Por suerte, el camarero fue al otro salón, me trajo a mi tía, que al ver el percal juró que me conocía, pero lanzándome miradas raras, como diciendo que siempre he estado un poco mal de la cabeza. Total, que me evacuaron al salón correcto, donde sí estaban la guapa morena Lucía y no sé qué Óscar, y me tuvieron un buen rato a base de bebidas para los nervios. Menos mal que no había entregado el regalo. Eso sí, los amigos de aquel novio me despidieron como una heroína.

Un día me llamó mi tía segunda y me invitó a la boda de su hija mi sobrina segunda, a la que la última vez que vi era una niña de seis años. Ella, en su sexto cumpleaños.
No es que tenga un exceso de sentimientos familiares, pero la intentona de escaquearme no funcionó.
Mira, aunque sea una vez cada veinte años podríamos vernos, pero como no vengas dijo mi tía con voz amenazadora.
Y la invitación con palomas y rositas de parte de Sonia y Antonio llegó puntualmente, y aun así dos días antes volvió mi tía a recordármelo así que no tuve más remedio que ir.
En fin. Da por hecho que he perdido el sábado, pero no tenía escapatoria.
Allí estaba yo, con el ramo de flores, malhumorado y con la esperanza de marcharme disimuladamente a la hora, llegué al restaurante y fui directo al salón del banquete. Me sentaron con un grupo de jóvenes bastante animados amigos del novio que tras un par de copas empezaron a alabarme diciendo que menuda tía más estupenda tenía la novia, y que no aparentaba yo edad de tía, que venga, había que conocernos mejor y pasarlo en grande. Y eso es lo que hicimos.
Por supuesto, no reconocí para nada a la novia; tantos años después, aquella niña morenita se había convertido en una rubia exuberante con un escote de impresión. Ya de niña me caía mejor.
El ambiente en general era un poco lúgubre: muchas tías con caras largas y maridos serios, el novio con aire de asustado, la novia disfrutando de su belleza y su pecho, y si no hubiera sido por nuestra mesa animadísima, aquello hubiera recordado más bien a un velatorio. Las tías no nos quitaban el ojo de encima, y desde luego no iban sobradas de simpatía.
Me perdí la primera ronda de brindis, pero justo empezó la segunda. Me tocó a mí. El maestro de ceremonias, después de averiguar quién era yo, anunció contentísimo:
Ahora unas palabras de la joven y guapa tía de la novia.
Y dije muy sentidamente:
Queridos Sonia y Antonio
La boda ya venía siendo poco bulliciosa, pero en ese momento se hizo un silencio sepulcral, y de repente noté que por allí no veía a mi tía y dudo que hubiera cambiado tanto como para no reconocerla.
La novia se llama Laura bufó la señora de rosa sentada enfrente . Y el novio, Eloy.
¿Cómo que Laura? ¿Eloy?
Hay gente que viene a ponerse las botas a fiestas ajenas añadió la de rosa . Ya tuvimos uno igual, en la despedida militar de mi hijo, costó echarlo. Ni vergüenza ni decencia.
Ahí sí me di cuenta de que el ambiente de la boda prometía. Todo el mundo afiló la mirada y se acomodó en la silla como esperando lío. Aún no se remangaban, pero casi.
¡Pero si aquí tengo la invitación! exclamé yo, agitando el papel . Aquí pone Sonia y Antonio, restaurante tal, salón de banquetes.
Ahí me salvó el camarero.
Señorita dijo , ¿no será que su banquete está en el piso de arriba?
¡Claro, que la manden allí! Querrá repetir gratis remató la de rosa . Marca en dos salones y se pone las botas en ambos. ¡Menuda cara!
La cara dura, Irene, a veces trae suerte intervino una tercera, de verde pistacho, tan antipática como la otra.
He de decir que en nada me parezco a una buscavidas o una caradura de poca monta. Aunque, visto desde fuera, quién sabe. Los amigos del novio tomaron mi partido, hasta que la señora de lila espetó:
¡Eh, que ya está camelando a todos los hombres!
Y la de rosa añadió:
Así pilló marido la que era nuestra jefa de contabilidad. Como te descuides, te hacen la tijera en un suspiro, lagartonas de estas.
Ni he quitado nunca a nadie el marido, pero ya empezaba a sentirme la mala de la película. Y por mirar, miré a los maridos presentes, por si ya daba igual todas las acusaciones de las que me iban a culpar.
Por suerte, el camarero volvió tras subir al otro salón y trajo a mi verdadera tía, que tras ver el panorama, aseguró que sí, que me conocía de toda la vida. Eso sí, me guiñaba el ojo raro, como dando a entender que siempre he tenido la cabeza un poco mal.
Al final, me evacuaron al salón correcto, donde sí estaban la morenaza Sonia y un tal Antonio, y allí me atiborraron de copas como si el mundo se fuera a acabar.
Menos mal que no dio tiempo a entregar el regalo. Eso sí, los amigos del novio de la primera boda fueron los que me despidieron al salir.

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Un día me llamó mi tía lejana y me invitó a la boda de su hija — mi prima lejana, a la que no veía desde que tenía 6 años. Desde que ella tenía 6 años, quiero decir. No es que sienta un gran apego familiar, pero no logré escabullirme. — Al menos una vez cada 20 años podemos vernos, ni se te ocurra no venir — me dijo mi tía, tajante. Y me llegó la invitación, con palomas y rosas, de parte de Lucía y Óscar, y dos días antes me mandaron un recordatorio — así que no tuve más remedio que ir. En fin. Adiós sábado, pero ¿qué iba a hacer? Así que llego al restaurante con mi ramo, mal humor y el firme propósito de irme a la primera de cambio y entre, me llevo a la sala del banquete y me sientan con un grupo simpático de jóvenes amigos del novio que, tras un par de copas, empiezan a decir lo increíblemente joven y guapa que es la tía de la novia, y que para nada me veo como una tía, y bueno, que a ver si nos conocemos más y lo pasamos en grande. Y así lo hacemos. Por supuesto, no reconocí a la novia, después de tantos años; de la niña morenita que era ha pasado a ser una rubia exuberante con mucho pecho. Yo la prefería como ratoncita. En realidad, el ambiente era tirando a lúgubre: un montón de tías y tíos de cara amarga, el novio con mirada de cordero degollado, la novia convencida de estar despampanante, y si no fuera por lo rápidamente animado de nuestra mesa, aquello parecía más un velatorio. Las tías me miraban fatal. Me perdí el primer brindis, pero empezó el segundo, y me tocó a mí. El maestro de ceremonias, tras averiguar quién era yo, anunció encantado: — ¡Ahora los recién casados recibirán la felicitación de la joven y guapa tía de la novia! Y yo, todo sentimiento, exclamo: — ¡Queridos Lucía y Óscar! La boda ya era poco animada, pero ahí se hizo un silencio de piedra. Entonces me di cuenta de que no veía a mi tía por ningún lado y que, de haber cambiado tanto, seguro la habría reconocido. — La novia se llama Sonia —me susurró la tía de enfrente, de rosa—. Y el novio se llama Diego. — ¿Cómo que Sonia? ¿Qué Diego? — Vienen a bodas ajenas solo para comer y beber de gorra —añadió la de rosa—. En la despedida del servicio militar de mi hijo pasó lo mismo, costó echarle. Hay gente sin vergüenza ni conciencia. Fue entonces cuando entendí que la diversión acababa de empezar. Los invitados parecían preparados para saltarme encima, con miradas fieras y medio incorporándose. De momento no se arremangaban, pero poco faltaba. — Pero si aquí tengo la invitación —protesté—. ¡Está clarísimo! Lucía y Óscar, restaurante tal, salón de banquetes. La salvación vino de un camarero: — Señorita —dijo—, tenemos otro salón arriba, ¿quizás sea allí su boda? — Claro, ¡irse arriba, quiere cenar gratis! Aquí se presenta y en el otro suma. Que sinvergüenza —soltó la de rosa—. ¿Cómo no se la traga la tierra? ¡Aventurera! — A la descarada, Irene, le sonríe la vida —añadió la tía de verde, aún más antipática. Aclaro que no tengo pinta ni de desarrapada ni de buscavidas. Aunque, ya se sabe, todo es relativo. Los amigos del novio salieron en mi defensa, pero entonces saltó la tía de lila: — ¡Cómo se nota que esta sabe enredar a los hombres! Y la de rosa remató: — Así mismo la secretaria se quedó sin marido por culpa de una como ésta. Ten cuidado, que te la juegan en cuanto te despistes, víboras… Jamás he robado maridos ajenos, pero en ese momento me sentí como la peor de las rompehogares. Incluso empecé a mirar maridos, total, por delitos que no quede. Por suerte, el camarero fue al otro salón, me trajo a mi tía, que al ver el percal juró que me conocía, pero lanzándome miradas raras, como diciendo que siempre he estado un poco mal de la cabeza. Total, que me evacuaron al salón correcto, donde sí estaban la guapa morena Lucía y no sé qué Óscar, y me tuvieron un buen rato a base de bebidas para los nervios. Menos mal que no había entregado el regalo. Eso sí, los amigos de aquel novio me despidieron como una heroína.
– «Abuela, usted debería ir a otro departamento» – se rieron los jóvenes compañeros al ver a la nueva empleada. No tenían la menor idea de que yo había comprado su empresa.