Ha llegado a tu puerta una abuela, ¡por algo la ha traído alguien! Ya veremos más adelante para qué…

Acudió a tu puerta una abuela, lo cual significa que alguien la llevó hasta ti El porqué de su visita, eso lo comprenderemos más adelante.

Inés llevaba una existencia monótona y deslucida. Tenía familia, incluso un marido, pero todos trabajaban, y ella estaba enferma. No era tanto la enfermedad lo que más la agobiaba como la soledad y sus pensamientos que la devoraban.

Una tarde cualquiera, mientras Inés buscaba la manera de arrastrarse fuera de su maremágnum mental, llamaron a la puerta de su piso en Lavapiés, con un golpecito extraño, como si viniera del otro lado de un espejo

En el umbral se asomaba una ancianita: baja de estatura, piernas arqueadas, bata estampada y un delantal a cuadros. Sonreía como si supiera un secreto irrepetible. Inés achicó los ojos; pensó que era una alucinación, pero la abuela permanecía allí, real como una sombra a medio día. Y habló, con voz de sueño:

Mira, yo vivo aquí, en este pisoindicó la puerta vecina con un gesto tembloroso. Salí para comprobar la cerradura, ahora no puedo abrir

Ah, claro, razonó Inés, ese piso llevaba años vacío, nadie lograba venderlo. Era diminuto, sucio, olvidado por el tiempo y, aunque lo ofrecían muy barato apenas unos cientos de euros, ni los sueños lo querían.

La puerta de la abuela, sin embargo, se abrió fácil. Entraron juntas en un aire viciado y denso, casi como bruma de otro plano.

Caraypensó Inés. ¿Pero esto qué es?

Adentro, el polvo y la mugre formaban esculturas y los cristales no dejaban ver la calle. Bolsas apiladas, basura callada, muebles viejísimos como reliquias de otras vidas. La abuela apenas se sostenía; cada paso, una lucha contra la corriente invisible. ¿Y sus familiares? Porque alguien la había traído. ¿Dónde estaban?

Mientras conversaban, Inés juntó las piezas. La abuela, llamada Doña Eulalia, venía de un pueblo manchego donde una vez tuvo casa y vida. Tenía dos hijos, nueras y sobrinos. Ochenta y dos años y sus hijos, ya mayores que cualquier cuento, no parecían ser modelos de virtud. Uno había dicho:

Vende la casa, ¿para qué quieres tú sola una mansión? ¡Dame parte del dinero!

Machacada por ruegos y egoísmos, terminó vendiendo todo: milagro que no la engañaran, pudo comprar este cuchitril.

El hijo pequeño y su mujer la instalaron en aquel piso sin limpiar, y la dejaron allí como si nada más tuviera que hacer.

Llevaba una semana en la casa, si es que el tiempo existe en esos lugares, y estaba muy mal la pobre Eulalia. Ulcerada una pierna, torcidas todas las piernas, mareada y apenas podía desplazarse, así que permanecía sentada, esperando un algún eco.

Inés quedó atónita ante aquel espectáculo tan irreal como crudo.

¿Pero en qué mundo dejamos a una abuela así, sin asear, abandonada? pensaba. Y entonces, con lógica de pesadilla, comprendió:

La han traído aquí a morirse.

En una semana, sólo una nuera vino a dejarle algo de pan y una botella de leche olvidada. Inés cambió de enfoque: dejó de pensar en sí misma y la abuela ocupó todos los rincones de su mente.

Está hambrienta, por eso no se tiene en pie; shock, estrés, la pierna herida

Sin dudarlo, Inés corrió a su casa. Aunque estaba enferma, algo sabía de curar lo básico. Sirvió un plato de caldo caliente, agarró el botiquín y el tensiómetro. Llamó largo rato a la puerta de Eulalia, temiendo que la muerte hubiera hecho acto de presencia invisible ya.

Pero la puerta se abrió: la abuelita llegó tambaleante. Inés la alimentó, curó la herida de la pierna, le preguntó:

Señora Eulalia, ¿desde cuándo tiene esta úlcera? ¿Hace cuánto fue al médico?

La respuesta fue una ráfaga surrealista: tres meses la herida, diez años sin visitar a un doctor.

La comida la reanimó, se recostó en la silla, con algo de rubor en las mejillas, y hasta bromeó:

A mí siempre se me cura todo, como a los perros, pero esta llaga no se va

Al día siguiente, doña Eulalia le dio una llave a Inés, para que entrara sin llamar. Durante tres días, Inés fue y vino: curaba, daba de comer, limpiaba, inventando un mundo nuevo. Por fin, apareció la nuera y trajo mortadela y pan. Encontró a Inés allí, no se sorprendió demasiado:

Yo trabajo mucho, no puedo venir tantodijo, escueta. Del hijo, ni una palabra, era como niebla.

Inés pensó:

¿Dejarla morir, querían? Pues os vais a quedar con las ganas.

Ya no se pensaba a sí misma: tenía meta, un horizonte. Aunque Eulalia no era su abuela de sangre, había un propósito, una urgencia.

Lo primero fue llamar a un médico de cabecera a domicilio. Hizo análisis allí mismo. Inés fue al centro de salud, preguntó por los resultados. Doña Eulalia estaba para enviar a la luna.

Después, llevó a la abuela al médico, al cirujano, al traumatólogo: radiografías, consulta, rodillas como acordeones.

Todo ese tiempo, Inés curaba la úlcera, la bañaba en la minúscula bañera, procuraba que tomara las montañas de pastillas recetadas.

Un día, Inés encontró a doña Eulalia hablando por teléfonoya no suspiraba por el más allá, sino que estaba alegre y fuerte.

No vengáisdecía, aquí me cuidan y estoy limpita, ¡sin vosotros!

Era, claro, la nuera al otro lado del hilo telefónico.

Inés previó lo que iba a pensar la familia: que quería apropiarse del piso de la abuela. Ella, que sólo buscaba ayudar. Y así fue.

De pronto, cuando la abuela ya andaba por la casa, levantaba la voz y hasta discutía con la televisión, comenzaron a aparecer caminantes: hijos, sobrinos, desconocidos. Venían, miraban, pero nada traían. Ni limpiaban, ni lavaban, ni ayudaban. Solo el hijo, de vez en cuando, hacía recados si la madre le daba dinero.

Inés veía alucinada el espectáculo: los parientes, sorprendidos de ver que Eulalia no solo no moría, sino que lavaba su ropa, iba a médicos, se reía más fuerte.

Tras tres meses, las pastillas eliminaron los zumbidos en la cabeza; la comida, los mareos; la úlcera desapareció bajo la paciencia de Inés. Solo las piernas aún dobladas por la vida dolían. Tocaba ocuparse de ellas.

Inés llevó a la abuela al hospital general en Madrid para ver al ortopeda. Era un laberinto inmenso, y la abuela nunca habría caminado tanto. Inés divisó una silla de ruedas flotando en la esquina: solución onírica.

Montó a Eulalia en la silla, bolsa en el regazo, bastón en mano. Inés empujaba con una sonrisa de feria, la abuela cruzaba los pasillos como reina mora, avanzando firme con el bastón, y juntas atravesaron todo el hospital, consulta tras consulta, hasta entrar en la lista para rodillas nuevas de metal.

Llegó la hora de marcharse de aquellos pasadizos interminables. Eulalia no quería salir de la silla, hasta instó a Inés a cometer el delito de llevársela rodando hasta la Puerta del Sol.

Pero Inés, inflexible, la levantó y la abuelita salió riendo.

No sé si la señora Eulalia llegará a ver nuevas rodillas, ni qué será de mí, pero hay veces en la vida que las señales, los empujones, no sólo alargan la vida de quien recibe la ayuda, sino también la de quien la da.

Solo hace falta no apartarlas de nuestro destino.

Acudió a tu puerta una abuela. Alguien la trajo. El motivo lo sabremos después

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Ha llegado a tu puerta una abuela, ¡por algo la ha traído alguien! Ya veremos más adelante para qué…
No estaba escrito… El tren avanzaba por su segundo día de viaje. Los pasajeros ya se conocían, se habían tomado varias tazas de té, resuelto decenas de crucigramas y comenzaban las conversaciones sobre la vida. El llamado “síndrome del compañero de viaje” se da especialmente en los trenes: la gente se atreve a contar historias que en ningún otro lugar, salvo en un vagón, serían narradas. Ocupaba yo un asiento lateral, mientras en el compartimento de al lado tres ancianas intercambiaban recetas de masa y trucos para tejer calcetines con agujas. El tren cruzó un puente que ofrecía vistas maravillosas: cielo claro, sol radiante, un gran río acariciado por olas suaves. En la orilla empinada, cubierta de hierba fina, se erguía una iglesia de piedra blanca con cúpulas doradas. Las mujeres guardaron silencio. Una de ellas se santiguó. —¡Ay! Os voy a contar una historia —dijo su compañera—. Creedla o no, eso ya es cosa vuestra. Ocurrió hace unos años, en primavera. Vivo sola, sin hijos, mi esposo hace tiempo que descansa. Nuestro pueblo, aunque pequeño, se extiende a ambos márgenes del río. Para ir a la tienda y al correo, hay que cruzar el puente. Aquella mañana me llamó mi hermano desde lejos: venía de paso por trabajo y haría un desvío solo para verme. Hacía cinco años que no nos abrazábamos. ¡Qué alegría la mía! Pensé en correr a la tienda a comprar algo rico, harina y azúcar para hornear y agasajar al querido invitado. Me puse el abrigo a toda prisa —sin abrochar—, salté a las botas y corrí. Llegué al río, me detuve y se me ocurrió: “En vez de ir hasta el puente, ¿por qué no cruzar rápido sobre el hielo?” Aunque los días ya eran templados, por la noche aún helaba. Los pescadores, bien lejos hacia el puente, inspiraban seguridad. Bajé con cuidado, di un paso, otro… el hielo resistía. “Lo conseguiré, aquí es estrecho.” —Pues fijaos, ni siquiera noté de inmediato que el hielo se rompió bajo mis pies —prosiguió la mujer—. Me quemó el agua, el aire se me escapó en un grito y nada más. Luché por salir, pero el abrigo quería arrastrarme al fondo. ¡Menos mal que no lo abroché! Me lo quité bajo el agua y así fue más fácil subir. Es atroz aferrarse al borde y que se quiebre con un horroroso crujido, la voz atrapada sin poder gritar. Vi a mi vecina en la orilla, observándome. Le hice señas con el brazo, esperando que llamara a los pescadores. Pero ella retrocedió y se fue. “Ya está, pensaba; ha llegado mi hora. Moriré y mi hermano no me hallará.” Di el último impulso; otra vez el hielo cruje. De repente, veo a un hombre corriendo hacia mí. ¿De dónde apareció? ¿Por qué me vio justo él? Tumbado en el hielo, me alarga la mano y grita: —¡Ven conmigo, tú puedes! No sé de dónde saqué fuerzas. Pero el hielo bajo él también sonó peligroso, así que corrió a la orilla, arrancó de un tirón una joven rama de abedul, volvió y me empujó el árbol: —¡Agárrate a las raíces! Me aferré y tiró de mí como si fuera una remolacha en la huerta. Caí sobre el hielo, con las lágrimas heladas en el rostro. Él se agachó: —¿Sigues viva, hija mía? Asentí, incapaz de hablar. —Pues gracias a Dios —respondió—. Vuelve tranquila a casa, no enfermarás. Me limpié las lágrimas y, al volverme, ya no estaba el hombre. ¿Dónde pudo irse? El río se ve desde cualquier ángulo y los pescadores corrían hacia mí… Uno me acompañó a casa. Me puse ropa seca, tomé té caliente, pero tenía que ir igualmente a la tienda. Crucé por el puente y allí en la entrada me topé con la vecina, haciéndose la señal de la cruz al verme: —¿No te has ahogado entonces? —¿Y tú por qué no pediste ayuda? —le solté. —Pensé que si iba, nos hundiríamos las dos, y tampoco llegaría a avisar a los pescadores; si te ahogas, será tu destino. Pero no te ahogaste. Al final, todo salió bien. Mi hermano estuvo solo un día y no conté nada. Cuando se fue, recorrí el pueblo preguntando quién había recibido visitas aquel día: era evidente que el hombre no era de aquí, ni su ropa se parecía a la de los nuestros —más bien parecía una capa con capucha. Aquí todos nos conocemos, incluso a los familiares de los vecinos. A ese hombre lo había visto antes, pero no recordaba dónde. Fui entonces al pueblo vecino, a la iglesia, para poner una vela por mi salvación. Al entrar, me quedé boquiabierta: ¡en la imagen de san Nicolás, mi salvador! Me arrodillé ante la icono y luego hablé largo con el párroco. —Así son los milagros. Y, mirad, ni siquiera enfermé, ni un solo estornudo desde aquel día —terminó la mujer—. Creedlo o no, así fue. No estaba escrito: milagro en el hielo y el misterioso salvador de San Nicolás — Relato de un tren, una aldea y la mano de un santo