Una Nueva Felicidad: La viuda que halló el amor en un balneario, pese al duelo y las complicaciones, y la inesperada familia que nació entre lágrimas, reproches y un nieto llamado Miroslav por la paz

¡Por favor, deje de seguirme a todas partes! Ya le he dicho que estoy de luto por mi marido. ¡No me acose más! ¡Empiezo a tenerle miedo! alzaba la voz sin poder contenerme.
Lo recuerdo, lo recuerdo Pero es que tengo la sensación de que guardas luto por ti misma. Discúlpame insistía mi pretendiente.

Necesitaba desconectar. Me había ido a un balneario en la sierra madrileña buscando sólo silencio, canto de pájaros y ningún hombre pesado detrás de mí. Hacía poco que mi marido había fallecido repentinamente. Necesitaba asimilar la magnitud de mi pérdida.

Cuando aún vivía, Alfredo y yo estábamos reformando el piso, ahorrando cada euro, privándonos de cualquier capricho. De repente qué burla Alfredo cayó enfermo y ni la ambulancia pudo hacer nada. Fue el segundo infarto. Lo enterré quedándome sola, con la casa destartalada, sin mi otra mitad, y con dos hijos adolescentes, Sergio y David, a mi cargo. Me sentía desbordada. ¿Cómo iba a superar aquello?

En la oficina me ofrecieron una plaza en el balneario. Me negaba en redondo a salir de casa, pero mis compañeras insistieron:
No eres la primera viuda ni serás la última, Lucía. Tienes hijos. Hay que vivir. Anda, vete, despeja la cabeza y toma aire.

A regañadientes hice el equipaje.

Habían pasado cuarenta días desde la muerte de Alfredo, pero la herida seguía abierta.

Me alojaron en habitación doble con una joven, alegre y chispeante, llamada Camino. Sus ganas de vivir me desbordaban, incluso rozaban lo irritante. No me apetecía compartirle mis penas, y menos a una muchacha tan jovial. Tenía a un animador detrás de ella, cortejándola, como uno de esos solteros o divorciados habituales en estos sitios. Le advertí a Camino que seguramente era de esos casados en segundas o terceras nupcias.

Ella se reía:
¡Ay, no te apures, Lucía! Ya tengo experiencia en estos líos…

Y allá iba la pajarita cada noche a sus citas, mientras yo pasaba días enteros sin salir de la habitación, absorta en un libro cuyo argumento ni siquiera recuerdo, o mirando la tele sin ver la imagen.

Una mañana me levanté de buen humor, abrí la ventana y sentí que necesitaba caminar por el bosque, escuchar los mirlos y respirar hondo. Entonces me topé con un desconocido.

Ya me había fijado en él en el comedor: bajito, con mirada descarada, casi agresiva, al menos una cabeza más bajo que yo. Me desagradaba. Pero eso sí, impecable: afeitado al milímetro, vestido de punta en blanco. En cada cena me saludaba con una reverencia servil, a lo que yo respondía con un gesto cortés. Un día, el hombre apareció a mi mesa.

¿Se aburre usted, señora? preguntó con voz grave.

No, para nada contesté tensa.

No mienta, Lucía. En sus ojos se lee la tristeza. ¿Puedo ayudarle? insistía el pesado.

Ha acertado. Lloro a mi marido. ¿Quiere saber algo más? dije secamente, mientras me ponía en pie, queriendo zanjar ese absurdo diálogo.

Perdón, no lo sabía. Lo siento mucho. De todos modos, permítame presentarme: me llamo Valentín dijo, apresurado.

Se notaba que Valentín temía perder la ocasión de hablarme.

Lucía dije a disgusto, y salí deprisa.

De ahí en adelante, Valentín no dejó de sentarse en mi mesa a la hora de la cena, siempre regalándome un ramito de campanillas que recogía por los alrededores; he de reconocer que el detalle era agradable, aunque no tenía ningún interés en estrechar vínculos. No buscaba ninguna relación.

Pero él insistía. Incluso empezó a sumarse a mis paseos vespertinos. Llegué a calzarme sin tacones para que no se notara aún más su corta estatura. A Valentín le daba igual su calvicie o su baja estatura. Pronto caí en la cuenta: conquistaba a base de voz, grave y muy conquistadora, de esas que parecen acariciar el alma. Sin mucho remedio, fui cayendo en sus redes.

Ya íbamos juntos a los bailes de la terraza, a comprar fruta al pueblo… Varias veces me intentó invitar a su habitación. Pero yo, firme, no cedía.

La última noche me propuso:
Lucía, mañana ya te marchas. ¿Por qué no vienes a tomar una infusión conmigo? ¿Nos despedimos en condiciones?

Ya veré dije, sin decidirme.

Llegó esa noche final de balneario. No quería ofenderle: acepté ir a su habitación, con plena conciencia de qué significaba. Todo estaba puesto con sumo gusto; hasta cubertería de restaurante parecía haber traído. El ambiente era cálido, apareció una botella de cava.

¿Brindamos, querida? No imagino separarme mañana de ti. Déjame tu dirección, por favor. Prometo que iré a verte dijo con nostalgia.

Lo olvidarás en dos días, como todos. ¿Por qué brindamos, Valentín? sentí que finalmente bajaba la guardia.

¿No lo entiendes? Por el amor, Lucía, ¡por el amor! levantó la copa.

A la mañana siguiente amanecimos abrazados. ¡Dios mío! ¿Por qué me resistí tanto? ¡Cuánto tiempo perdido! Me sentía de nuevo niña, enamorada. Y ahora, tocaba recoger y regresar a casa.

Al despedirme de Camino, la encontré llorando a mares.

¿Pero qué te pasa, Caminiña? le pregunté.

Estoy embarazada, Lucía. Y no sé de quién… sollozaba.

¿El animador? quise aclarar su preocupación.

No lo sé. Tuve también un lío con un chico del otro balneario… Casado, por cierto confesó la “pajarita”.

Ay, Camino, tienes que avisar a tus padres y pedirles que vengan. Lo mejor, vamos ahora mismo a hablar con el director. Ya veremos cómo sales de ésta le aconsejé.

Camino se fue entre lágrimas. Pobrecilla, la vida ya le enseñará

Preparé mi maleta, sin ganas de marcharme. Esos veinticuatro días, ese balneario y especialmente Valentín, se habían hecho imprescindibles.

Llegó el autobús. Valentín vino a despedirme, con su ramo de campanillas. No pude evitar llorar y abrazarlo fuerte. Se terminaba una historia fugaz, pero sentí que si Valentín me lo hubiera pedido, habría renunciado a todo por seguirle…

Él y yo vivíamos en ciudades diferentes, manteniendo contacto sólo por carta. Una de esas cartas, sin embargo, llegó de manos de su esposa. Me decía que lo sabía todo, que no lograría nada con él porque ella tenía treinta años y yo, cuarenta. No contesté. ¿Para qué?

Medio año después, Valentín apareció en mi puerta. Mis hijos, sorprendidos, solo se miraron entre sí, sin preguntar nada.

Valentín ¿estás de paso? intenté sonsacar (anhelando escuchar: He venido para quedarme).

Más o menos ¿Me dejas quedarme, Lucía? dijo, dubitativo.

Los chicos se fueron discretamente.

Pasa. ¿A qué debo la visita? ¿Traes carta de tu señora? pregunté, con sarcasmo.

Perdona, Lucía. Te escribí una carta, ella la encontró Mea culpa. Me he divorciado explicó, ligeramente apenado.

No sabía que estabas casado Si lo llego a saber, ni me acerco admití.

Casémonos, Lucía propuso de pronto.

No sé… Tengo a los chicos y no sé cómo se lo tomarán. No puedo decidir así, sin más dudaba, pero sentí ilusión con su propuesta.

Los hijos son una bendición. Yo tengo una hija, Leire, de diez años me sorprendió.

¿Has dejado a tu hija con su madre? me costaba creerlo.

Qué va. Pienso recoger a Leire. Su madre bebe. Seremos una familia bonita insistió Valentín.

Un momento, Valentín. ¡Ni siquiera conozco a tu hija y ya me haces su madre! Vas demasiado rápido. Déjame pensar. Hablaré con los chavales y luego lo hablamos. Venga, entra, te preparo algo, “novio de rebote” reí, animada.

Por supuesto, la deseada familia feliz no surgió a la primera. Peleas, portazos, idas y venidas… Todos éramos distintos, ceder no era fácil.

El tiempo no da tregua.

Mi hijo mayor, Sergio, y Leire la hija de Valentín terminaron casándose ¡y rebelándose contra nosotros! Nos reprochaban haber destrozado sus familias previas, decían que nada de esto debió ocurrir. Sergio y Leire se fueron a vivir juntos a un piso de alquiler.

Valentín y yo nos miramos y, con resignación, seguimos queriéndonos de verdad.

Un año después, los hijos pródigos seguían distanciados. Leire llamaba a su padre solo por su cumpleaños.

Hasta que, tras tres años, nos invitaron a cenar a su casa. Acudimos, entre sorprendidos y alegres.

Allí nos recibieron con una noticia: había nacido nuestro nieto. ¡Nuestro nieto en común! Las lágrimas de alegría no se hicieron esperar. Sentados a la mesa, Leire y Sergio nos pidieron perdón. Decían haber comprendido que la vida da muchas vueltas y que hay que saber perdonar y honrar a los padres, porque ellos te dieron la vida. Por eso llamaron a su hijo Gonzalo: para que reine la paz en la familia.

Así fue como, con Valentín, recibimos nuestra felicidad recién nacida.

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Un bocadillo y un misterio que perdura durante 15 años…