Queda ya lejos aquella historia que aún guardo en mi memoria, sobre una Nochevieja marcada por la decisión de mi marido y mi suegra. Ellos resolvieron que en nuestra casa no se celebraría el Fin de Año, y que yo debía acatarlo. Así fue como sucedió.
Faltaban tres semanas para la llegada del año nuevo, y yo soñaba ya con una mesa llena, luces encendidas, risas compartidas. Empecé a hablar de ello con mi esposo, Fernando Gómez, imaginando alegrías, pero su respuesta fue extraña y serena:
Nosotros no celebramos la Nochevieja.
Pensé que era una broma. No lo era.
Mi suegra, Rosario Martínez, me explicó que, muchos años atrás, su marido falleció precisamente la noche del treinta y uno de diciembre. Desde entonces, en esa familia, aquel día pasaba como uno más. Se acostaban temprano, sin adornos, sin fiesta. Aquello, me dijeron, era la costumbre.
Comprendí el dolor, claro.
Pero yo no viví ese suceso. Nunca conocí a aquel hombre. Me casé con el hijo de Rosario mucho tiempo después.
Pregunté si eso significaba renunciar para siempre a celebrar esa noche, y la contestación fue firme:
Si quieres a Fernando, aceptarás nuestras normas.
Quise ofrecer alguna solución.
Sin invitados. Sin bullicio. Solo una cena sencilla, la televisión de fondo, la celebración más simbólica.
Todo fue rechazado.
Es una falta de respeto me dijeron.
Eres parte de esta familia insistieron.
Debes adaptarte repitieron.
Mientras tanto, Fernando apenas hablaba, y si lo hacía, era para repetir las palabras de su madre.
Cada atardecer sentía que en aquella casa no había lugar para mi alegría; el espacio estaba reservado solo para la tristeza compartida. Y comprendí que no buscaban mi comprensión, sino mi completo sometimiento.
Días antes de la Nochevieja tomé mi decisión.
Anuncié que ese año recibiría el año nuevo junto a mis amigos.
Vinieron entonces los reproches:
Egoísmo.
Traición.
Si te vas, romperás el matrimonio.
Fue entonces cuando comprendí algo fundamental:
si una relación no admite mi legítima necesidad de felicidad, esa relación está rota desde antes.
El último día de diciembre cené con mi madre, Pilar, después me reuní con amigos. Hubo luces, música y fuegos artificiales. También tristeza; pero sobre todo, una sensación de libertad.
El 2 de enero recibí, por carta, la notificación de Fernando solicitando el divorcio.
Dolió. Pero no me arrepentí.
Aprendí durante ese tiempo una verdad:
Nadie puede soportar eternamente la pena ajena,
ni está obligado a borrarse a sí mismo solo para demostrar respeto.
A veces decir no no es rebeldía.
A veces es el único modo de seguir siendo tú misma.







