Ricardo estaba convencido de que su esposa lo iba a engañar. Así que decidió poner un poco de orden en el asunto y acabó quedándose boquiabierto.
Cariño, ¿no deberías darte prisa? le soltó Alba a su marido, que no soltaba el móvil ni para respirar. Tienes un vuelo en dos horas.
¿No te lo había dicho? Ricardo la miró con fingida sorpresa. El viaje de negocios se ha pospuesto. Creo que me iré dentro de unos días.
Ah, vale dijo Alba y salió disparada hacia la cocina para coger su móvil. Tras enviarle un mensaje a alguien (¿el fontanero, el mensajero o uno de esos novios digitales?), volvió tan tranquila al salón. Desde ese momento, Ricardo no hacía más que convencerse de que sus sospechas estaban más que fundadas. No entendía cómo ella le dejaba irse de copas con los amigos, ni cómo aceptaba tan tranquilamente sus viajes de trabajo. Ni un ¿y tú a qué hora piensas llegar? ni escenas de celos. Sus colegas aseguraban que encontrar una mujer así en Madrid era tan difícil como ver llover en agosto; pero a Ricardo le carcomían las dudas.
Él le sacaba ocho años a su esposa. ¿Y si había encontrado a otro más joven, más moderno, de esos que llevan barba de tres días y saben hacer paella? Al menos, Ricardo tuvo el buen juicio de guardarse sus sospechas para sí. Acusar sin pruebas era de mal gusto, además de peligrosísimo. Pero necesitaba estar seguro al ciento por ciento. Por eso, ni corto ni perezoso, puso cámaras por toda la casa, hasta en la cesta del pan.
El día de su viaje llegó y Ricardo salió con un humor de perros. Hasta Alba lo notó, e iba ya a ofrecerle una tila antes de irse, tipo cariño, relájate y piensa en La Alhambra. Pero la ternura de su mujer le hizo relajarse un poco, tanto que casi pensó que todo era cosa suya, simple paranoia. No quería ni mirar los vídeos grabados, no fuera a pillar algo que no le gustase. Por las noches, abría la aplicación, veía cinco minutos y cerraba el portátil como si fuera radioactiva. ¡Tentación, apártate de mí!
El viaje se le pasó volando. Ya de vuelta, aprovechando que Alba se había ido a trabajar, encendió el ordenador y empezó a repasar los vídeos. El suspense le podía, pero más podía su curiosidad.
Primero, lo de siempre: Alba se levantaba, desayunaba (tostadas con tomate, por supuesto) y recogía la casa. Pero a media tarde, ahí estaba, bien cómoda y con sus pantalones cortos y una camiseta enorme del propio Ricardo (esa que te pones cuando quieres sentirte en casa de verdad), sentada frente al ordenador jugando online. Se oían las voces de otros jugadores: ¡Date caña, Alba! y cosas así. Resulta que Alba era adicta ¡a los videojuegos!
Bueno, tampoco es para tanto se dijo Ricardo. A cada uno lo suyo. Mejor esto que el bingo clandestino.
A partir de ahí, fue pasando a toda velocidad el resto de vídeos. El ordenador y las tareas domésticas. Nada más. Lo importante: ni rastro de ningún otro hombre. Nada de Romeo ni cosas por el estilo.
Cerró el portátil y suspiró aliviado y avergonzado. ¿Cómo podía haber desconfiado así de Alba? Así que decidió compensarla con un pedazo de ramo de rosas y una cena romántica en ese restaurante del barrio donde ponen croquetas de chuparse los dedos. Eso sí, las cámaras decidió dejarlas instaladas. Por si acaso. Lo que no sabía era queA la noche, cuando Alba entró por la puerta, Ricardo la recibió con las rosas detrás de la espalda y una sonrisa mezcla de culpa y alivio. Alba alzó una ceja, divertida, sospechando el motivo del despliegue.
¿He hecho algo especial o te has equivocado de casa? bromeó.
Ricardo la abrazó, apretándola más fuerte de lo habitual.
Nada. Solo quería recordarte lo mucho que te quiero susurró.
Durante la cena, Alba le contó cómo había conseguido el récord mundial en aquel videojuego retro de coches. Ricardo intentó seguirle el ritmo, fingiendo interés en términos como speedrun y boss final, sintiendo de fondo un cosquilleo de admiración infantil hacia esa mujer que, en secreto, era campeona en algo que él jamás habría imaginado.
Al final de la noche, ya en la calma del salón, Ricardo decidió confesarlo todo. Le contó sobre sus dudas, las cámaras, los vídeos. Alba lo miró fijamente, primero sorprendida… luego, con una sonrisa traviesa.
Podrías haberme preguntado le dijo, y le revolvió el cabello con ternura. El único vicio peligroso que tengo es ganarte a ti en el Tetris.
Se rieron juntos, y de repente, todas las inseguridades de Ricardo parecieron ridículas, como sombras que desaparecen con la luz. Esa noche, sin croquetas ni rosas, pero con consolas y risas, entendió que la verdadera confianza era posible… incluso cuando no se ven las cartas del oponente.
Y desde entonces, cada vez que Ricardo pensaba en espiar, cambiaba el gesto por una invitación: ¿Una partida juntos, campeona? Porque descubrió que nada es más emocionante que jugar en el mismo equipo.







