FIDELIDAD INQUEBRANTABLE El día del funeral de su esposa, Fedor no derramó ni una lágrima. —Mira, ya te dije que él nunca quiso a Zina —susurraba Toñi al oído de su vecina—. —Baja la voz, ¿qué más da ahora? Se han quedado huérfanos esos niños con ese padre —respondió Loli. —Ya verás, acabará casándose con Catalina —aseguró Toñi a Loli—. —¿Con Catalina? Si ella ni le va ni le viene. La verdadera pasión de Fedor era Glafira, eso bien lo recuerdas… ¡lo que correteaban de jóvenes por las eras! Catalina ni se meterá, tiene su familia y ya ni se acuerda de él. —¿Tú cómo lo sabes? —Hombre, su marido es ejemplo en el pueblo. ¿Para qué querría a Fedor y su prole? Catalina es muy práctica. La que anda penando es Glafira, que con su Víctor… ya verás cómo reavivan lo suyo —dijo Loli convencida. Enterraron a Zinaida. Los mellizos Misha y Paulina, de apenas ocho años, se cogieron fuerte de la mano. Zinaida se casó con Fedor por amor, aunque ni ella ni los vecinos sabían nunca si él la amó realmente. Dicen que ella se quedó embarazada y por eso él se vio obligado a casarse. La pequeña Claudia nació prematura y murió pronto, y durante años no tuvieron más hijos. Fedor era callado, hosco. En el pueblo le apodaban “El Ermitaño”, pues pocas palabras y aún menos cariño otorgaba. Eso Zina sí que lo sabía bien… Pero Dios tuvo piedad y, tras mucha oración, Zinaida recibió el regalo de los dos mellizos: Paulina, reservada y fría como el padre, y Misha, tierno como la madre. Mientras Polina aprendía de su tía Natalia a llevar las riendas de casa tras la muerte de Zina, los comentarios sobre Fedor y Glafira no tardaron en surgir por todo el pueblo. —Esa Glafira está loca, otra vez liada con Fedor y ni se acuerda de su familia —susurraba Toñi junto al economato, pero el presidente del colectivo agrario, don Máximo, no toleraba tales murmuraciones. Fedor y Glafira sí habían tenido una historia apasionada, digna de novela, pero la vida les separó y Glafira acabó con Víctor, su infeliz esposo, mientras Fedor se volcaba en el trabajo y en su cerrado hogar con Zinaida. Con el tiempo, el dolor de la enfermedad y muerte de Zinaida atraviesa la familia, pero la vida sigue. Paulina crece, Misha la protege, la tía Natalia ayuda en lo que puede, y los rumores sobre Fedor y Glafira continúan. Años después, Paulina se atreve a enamorarse de Gregorio, para preocupación de la tía. Mientras tanto, cada semana —en secreto— Fedor rinde homenaje a Zinaida, su esposa, en la tumba, sólo entonces dándole con el corazón las palabras dulces y el amor que en vida nunca supo mostrar. Así, años después, el pueblo sabe que Fedor fue, y es, un hombre de un solo amor. Una historia de pasión, rumor y silencios en un pueblo castellano.

ENAMORADO DE UNA SOLA MUJER

El día del entierro de su esposa, Federico no soltó ni una lágrima.

Mira lo que te decía, ya te lo advertí, nunca quiso a Zenaida susurraba Teodora al oído de su vecina Tomasa.
Baja la voz. ¿Qué más da ahora? Los niños se han quedado huérfanos con ese padre…
Ya verás como acabará casándose con Catalina aseguró Teodora a Leonor.
¿Con Catalina? ¿Qué pinta esa? Si a quien quiso toda la vida fue a Glafira, ¿o ya has olvidado cómo se buscaban por los pajares? Catalina no querrá saber nada. Tiene su familia y ya hace tiempo que pasó página.
¿Tú crees? decía Leonor.
Claro. El marido de Catalina es muy respetado. ¿Para qué iba a querer ella a Federico y su prole? Catalina es una mujer práctica. Glafira, en cambio, allí sigue, sufriendo con su marido Mitro. Ya verás cómo ellos acaban liándose sentenciaba Teodora.

Zenaida fue enterrada. Los niños, Misha y Paulina, que acababan de cumplir ocho años, iban de la mano, muy juntos. Zenaida se había casado con Federico enamorada, aunque nunca supo si él la quiso de verdad, como tampoco lo supieron los demás del pueblo.

Comentaban que se casó obligado, por el embarazo su primera hija, Clavita, nació antes de tiempo y apenas vivió; después pasaron muchos años sin tener más hijos. Federico siempre fue reservado y de pocas palabras, con fama de ser huraño entre la gente. Apenas tenía gestos de cariño, y eso, ¿quién mejor que Zenaida para saberlo?

Pero el cielo finalmente la bendijo: tras muchas súplicas discretas, llegaron de golpe Paulina y Misha, gemelos. Misha era como su madre: dulce y bondadoso; Paulina, en cambio, salió al padre: callada y hermética, casi inaccesible, se guardaba todo para ella. Se entendía mejor con Federico porque compartían carácter. A menudo, Paulina rondaba por el taller mientras su padre cortaba madera, y él le explicaba cosas y le enseñaba a enfrentar la vida.

Misha, por su parte, era el ayudante de su madre: barría el suelo, traía agua con su pequeño cubo. Zenaida adoraba a sus hijos, pero con Paulina no lograba conectar; en cambio, a Misha lo sentía parte de sí misma. Y antes de morir, Zenaida le hizo prometer a Misha:

Hijo, cuando yo falte, tú serás el cabeza de familia. No dejes nunca de cuidar a tu hermana, protégela; eres el hombre de la casa, es tu deber.

¿Y papá? preguntó Misha.
¿Qué? Zenaida no entendía.
¿Papá también nos cuidará?
No lo sé, hijo. El tiempo lo dirá.
Entonces, mamá, no te mueras, ¿cómo viviremos sin ti? y Misha lloró.
Ay, hijo mío, si estuviera en mi mano…

A la mañana siguiente, Zenaida ya no estaba.

Federico pasó la noche junto a ella, cogiéndole la mano, sin una palabra, sin un llanto. Solo se fue encogiendo, oscureciéndose, volviéndose más silencioso si cabe. Eso fue todo.

La vida siguió su curso. Paulina, a pesar de su edad, tomó las riendas de la casa, intentando cocinar, limpiar pero era pequeña todavía. La hermana de Federico, Natalia, venía para ayudar y enseñarle tareas de la casa.

Tía Natalia preguntó Paulina una vez, ¿ahora papá se casará?
No lo sé, hija, ¿quién sabe lo que pasa por la cabeza de tu padre? No me cuenta nada.

Natalia tenía su propio hogar, dos hijos y su marido Basilio; una familia unida y alegre.

¿Y si algo pasa, vendrías a buscarnos? insistió Paulina.
No digas tonterías. Tu padre os quiere y no permitiría que os falte de nada le respondía Natalia.

Por el pueblo, entretanto, corrían rumores: la vieja pasión entre Federico y Glafira parecía reavivarse.

A Glafira le ha dado un venazo cotilleaba Tomasa, se ha vuelto a enredar con Federico y se ha olvidado de su familia.
Qué poca cabeza, esta Glafira decían las mujeres junto a la tienda del pueblo.
A ver, mujeres, basta de chismorreos interrumpió el alcalde, Juan Manuel. Os pasáis la vida hablando mal de la gente y no sabéis nada real.

En efecto, Federico y Glafira habían estado enamorados antaño, de esos amores dignos de novela. Pero Federico tuvo que irse a otro pueblo, a otra provincia a trabajar en la cosecha unos meses, y en ese tiempo Glafira acabó con Mitro. Al volver, Federico se enteró y, como era de esperar, le partió la cara a Mitro y nunca más volvió a tratar a Glafira, que terminó casándose con el otro, un hombre pendenciero y mujeriego. Glafira sufría por no haber podido quedarse con un hombre como Federico, trabajador, honesto, pero reservado.

Fue entonces cuando los vecinos notaron que Federico prestaba atención a Zenaida, y ella floreció de felicidad. El pueblo murmuraba: Lo que hace el amor Zenaida llevaba años enamorada en silencio; hasta que al final, la vida los juntó. Su boda fue modesta: solo Natalia por parte de Federico; por la de Zenaida, su madre, ya mayor, quien nunca se casó pero fue bien conocida por sus aventuras en el pueblo, especialmente con el alcalde de antes, Basilio. Zenaida, sin embargo, nada tenía que ver con su madre.

Había quien compadecía a Zenaida cuando decidió casarse con un hombre tan distante. No la quiere, sufrirá toda la vida, pronosticaban. Pero contra todo pronóstico, Federico fue siempre fiel y la convivencia fue tranquila todos sus quince años juntos, sin una mala palabra. Solo cuando Zenaida enfermó de aquella desgraciada, incurable enfermedad empezaron de nuevo los susurros. Nada que hacer.

Una tarde, Federico volvía del trabajo y Glafira se le acercó, una bandeja de dulces en la mano.

Federico, ¿te paso a ver un rato? Traigo empanadillas para tus niños le dijo.
No hace falta, Glafira, Natalia ya nos trajo ayer respondió Federico, cortante.
Pero estas te las he hecho con cariño, solo para vosotros.
Mi hermana también lo hace todo de corazón.
¿Y si nos vemos esta noche en el molino, como antes, cuando anochezca?

¿Para qué?
¿Cómo que para qué? ¿De verdad has olvidado lo nuestro?
Lo que hubo, se quedó atrás. Ahora solo quiero a mis hijos. Y quería a Zenaida.

Ya no puedes tenerla…
El amor no muere respondió Federico.

Tú no la amabas. Te casaste solo por fastidiarme insistió ella.
Vete a casa, Glafira le dijo él en voz baja.

Aceleró el paso y sin mirar atrás se dirigió a su hogar, donde sus hijos le esperaban. Glafira quedó en medio de la calle, sola y pensativa.

Pasaron los años. Los niños crecieron. Natalia seguía visitando a sus sobrinos, más convencida que nunca de que su hermano era hombre de un solo amor.

Paulina, he oído que andas con Gregorio Vargas le dijo a la muchacha, ya hecha una preciosidad.
Sí, ¿y qué? replicó la joven Paulina.
Es bellísima, pensó Natalia.
Nada, solo quería avisarte de que vayas con cuidado.
¿Y eso?
Ya sabes por qué, no eres una críadecía su tía con solemnidad.
Tía Natalia, le quiero de verdad, como para siempre.
Eso parece ahora, pero el para siempre es largo.
No lo parece: estoy segura.
Puede que tú así lo sientas, pero ¿Gregorio?
Si Gregorio me falla, nunca más podré amar a nadie.
Eso sí me lo creo, Paulina dijo Natalia con ternura.

Esa tarde, Misha y Paulina esperaban a su padre.
Parece que hoy se retrasa dijo Misha.
Es viernes.
¿Y?
Él va siempre al cementerio los miércoles, viernes y domingos.
¿Cómo lo sabes? preguntó sorprendido su hermano.
Ay, despistado, si no eres capaz de sentir a tu padre de corazón ni comprenderle

Entraron en silencio al camposanto, Paulina guiando a Misha por un sendero oculto entre los huertos.
Mira allí le susurró señalando la figura encorvada de Federico.

Misha escuchó: su padre hablaba con alguien, en voz baja.
Bueno, Zenaida Así están las cosas. Paulina pronto se casa, he reunido su dote con ayuda de Natalia. Seguimos adelante, a nuestra manera.
Perdóname, Zenaida, si en vida apenas supe decirte palabras bonitas, pero mi corazón te habló muchas veces. No sé hablar con palabras, solo con el corazón… dijo Federico, y poco a poco fue alejándose hacia la salida del cementerio.

Paulina miró a su hermano. Misha tenía lágrimas detenidas en los ojos.

A veces, el amor verdadero no necesita palabras; basta con los hechos y la fidelidad de una vida entera. Amar en silencio, pero de verdad, es la mayor prueba de entrega.

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FIDELIDAD INQUEBRANTABLE El día del funeral de su esposa, Fedor no derramó ni una lágrima. —Mira, ya te dije que él nunca quiso a Zina —susurraba Toñi al oído de su vecina—. —Baja la voz, ¿qué más da ahora? Se han quedado huérfanos esos niños con ese padre —respondió Loli. —Ya verás, acabará casándose con Catalina —aseguró Toñi a Loli—. —¿Con Catalina? Si ella ni le va ni le viene. La verdadera pasión de Fedor era Glafira, eso bien lo recuerdas… ¡lo que correteaban de jóvenes por las eras! Catalina ni se meterá, tiene su familia y ya ni se acuerda de él. —¿Tú cómo lo sabes? —Hombre, su marido es ejemplo en el pueblo. ¿Para qué querría a Fedor y su prole? Catalina es muy práctica. La que anda penando es Glafira, que con su Víctor… ya verás cómo reavivan lo suyo —dijo Loli convencida. Enterraron a Zinaida. Los mellizos Misha y Paulina, de apenas ocho años, se cogieron fuerte de la mano. Zinaida se casó con Fedor por amor, aunque ni ella ni los vecinos sabían nunca si él la amó realmente. Dicen que ella se quedó embarazada y por eso él se vio obligado a casarse. La pequeña Claudia nació prematura y murió pronto, y durante años no tuvieron más hijos. Fedor era callado, hosco. En el pueblo le apodaban “El Ermitaño”, pues pocas palabras y aún menos cariño otorgaba. Eso Zina sí que lo sabía bien… Pero Dios tuvo piedad y, tras mucha oración, Zinaida recibió el regalo de los dos mellizos: Paulina, reservada y fría como el padre, y Misha, tierno como la madre. Mientras Polina aprendía de su tía Natalia a llevar las riendas de casa tras la muerte de Zina, los comentarios sobre Fedor y Glafira no tardaron en surgir por todo el pueblo. —Esa Glafira está loca, otra vez liada con Fedor y ni se acuerda de su familia —susurraba Toñi junto al economato, pero el presidente del colectivo agrario, don Máximo, no toleraba tales murmuraciones. Fedor y Glafira sí habían tenido una historia apasionada, digna de novela, pero la vida les separó y Glafira acabó con Víctor, su infeliz esposo, mientras Fedor se volcaba en el trabajo y en su cerrado hogar con Zinaida. Con el tiempo, el dolor de la enfermedad y muerte de Zinaida atraviesa la familia, pero la vida sigue. Paulina crece, Misha la protege, la tía Natalia ayuda en lo que puede, y los rumores sobre Fedor y Glafira continúan. Años después, Paulina se atreve a enamorarse de Gregorio, para preocupación de la tía. Mientras tanto, cada semana —en secreto— Fedor rinde homenaje a Zinaida, su esposa, en la tumba, sólo entonces dándole con el corazón las palabras dulces y el amor que en vida nunca supo mostrar. Así, años después, el pueblo sabe que Fedor fue, y es, un hombre de un solo amor. Una historia de pasión, rumor y silencios en un pueblo castellano.
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