ENAMORADO DE UNA SOLA MUJER
El día del entierro de su esposa, Federico no soltó ni una lágrima.
Mira lo que te decía, ya te lo advertí, nunca quiso a Zenaida susurraba Teodora al oído de su vecina Tomasa.
Baja la voz. ¿Qué más da ahora? Los niños se han quedado huérfanos con ese padre…
Ya verás como acabará casándose con Catalina aseguró Teodora a Leonor.
¿Con Catalina? ¿Qué pinta esa? Si a quien quiso toda la vida fue a Glafira, ¿o ya has olvidado cómo se buscaban por los pajares? Catalina no querrá saber nada. Tiene su familia y ya hace tiempo que pasó página.
¿Tú crees? decía Leonor.
Claro. El marido de Catalina es muy respetado. ¿Para qué iba a querer ella a Federico y su prole? Catalina es una mujer práctica. Glafira, en cambio, allí sigue, sufriendo con su marido Mitro. Ya verás cómo ellos acaban liándose sentenciaba Teodora.
Zenaida fue enterrada. Los niños, Misha y Paulina, que acababan de cumplir ocho años, iban de la mano, muy juntos. Zenaida se había casado con Federico enamorada, aunque nunca supo si él la quiso de verdad, como tampoco lo supieron los demás del pueblo.
Comentaban que se casó obligado, por el embarazo su primera hija, Clavita, nació antes de tiempo y apenas vivió; después pasaron muchos años sin tener más hijos. Federico siempre fue reservado y de pocas palabras, con fama de ser huraño entre la gente. Apenas tenía gestos de cariño, y eso, ¿quién mejor que Zenaida para saberlo?
Pero el cielo finalmente la bendijo: tras muchas súplicas discretas, llegaron de golpe Paulina y Misha, gemelos. Misha era como su madre: dulce y bondadoso; Paulina, en cambio, salió al padre: callada y hermética, casi inaccesible, se guardaba todo para ella. Se entendía mejor con Federico porque compartían carácter. A menudo, Paulina rondaba por el taller mientras su padre cortaba madera, y él le explicaba cosas y le enseñaba a enfrentar la vida.
Misha, por su parte, era el ayudante de su madre: barría el suelo, traía agua con su pequeño cubo. Zenaida adoraba a sus hijos, pero con Paulina no lograba conectar; en cambio, a Misha lo sentía parte de sí misma. Y antes de morir, Zenaida le hizo prometer a Misha:
Hijo, cuando yo falte, tú serás el cabeza de familia. No dejes nunca de cuidar a tu hermana, protégela; eres el hombre de la casa, es tu deber.
¿Y papá? preguntó Misha.
¿Qué? Zenaida no entendía.
¿Papá también nos cuidará?
No lo sé, hijo. El tiempo lo dirá.
Entonces, mamá, no te mueras, ¿cómo viviremos sin ti? y Misha lloró.
Ay, hijo mío, si estuviera en mi mano…
A la mañana siguiente, Zenaida ya no estaba.
Federico pasó la noche junto a ella, cogiéndole la mano, sin una palabra, sin un llanto. Solo se fue encogiendo, oscureciéndose, volviéndose más silencioso si cabe. Eso fue todo.
La vida siguió su curso. Paulina, a pesar de su edad, tomó las riendas de la casa, intentando cocinar, limpiar pero era pequeña todavía. La hermana de Federico, Natalia, venía para ayudar y enseñarle tareas de la casa.
Tía Natalia preguntó Paulina una vez, ¿ahora papá se casará?
No lo sé, hija, ¿quién sabe lo que pasa por la cabeza de tu padre? No me cuenta nada.
Natalia tenía su propio hogar, dos hijos y su marido Basilio; una familia unida y alegre.
¿Y si algo pasa, vendrías a buscarnos? insistió Paulina.
No digas tonterías. Tu padre os quiere y no permitiría que os falte de nada le respondía Natalia.
Por el pueblo, entretanto, corrían rumores: la vieja pasión entre Federico y Glafira parecía reavivarse.
A Glafira le ha dado un venazo cotilleaba Tomasa, se ha vuelto a enredar con Federico y se ha olvidado de su familia.
Qué poca cabeza, esta Glafira decían las mujeres junto a la tienda del pueblo.
A ver, mujeres, basta de chismorreos interrumpió el alcalde, Juan Manuel. Os pasáis la vida hablando mal de la gente y no sabéis nada real.
En efecto, Federico y Glafira habían estado enamorados antaño, de esos amores dignos de novela. Pero Federico tuvo que irse a otro pueblo, a otra provincia a trabajar en la cosecha unos meses, y en ese tiempo Glafira acabó con Mitro. Al volver, Federico se enteró y, como era de esperar, le partió la cara a Mitro y nunca más volvió a tratar a Glafira, que terminó casándose con el otro, un hombre pendenciero y mujeriego. Glafira sufría por no haber podido quedarse con un hombre como Federico, trabajador, honesto, pero reservado.
Fue entonces cuando los vecinos notaron que Federico prestaba atención a Zenaida, y ella floreció de felicidad. El pueblo murmuraba: Lo que hace el amor Zenaida llevaba años enamorada en silencio; hasta que al final, la vida los juntó. Su boda fue modesta: solo Natalia por parte de Federico; por la de Zenaida, su madre, ya mayor, quien nunca se casó pero fue bien conocida por sus aventuras en el pueblo, especialmente con el alcalde de antes, Basilio. Zenaida, sin embargo, nada tenía que ver con su madre.
Había quien compadecía a Zenaida cuando decidió casarse con un hombre tan distante. No la quiere, sufrirá toda la vida, pronosticaban. Pero contra todo pronóstico, Federico fue siempre fiel y la convivencia fue tranquila todos sus quince años juntos, sin una mala palabra. Solo cuando Zenaida enfermó de aquella desgraciada, incurable enfermedad empezaron de nuevo los susurros. Nada que hacer.
Una tarde, Federico volvía del trabajo y Glafira se le acercó, una bandeja de dulces en la mano.
Federico, ¿te paso a ver un rato? Traigo empanadillas para tus niños le dijo.
No hace falta, Glafira, Natalia ya nos trajo ayer respondió Federico, cortante.
Pero estas te las he hecho con cariño, solo para vosotros.
Mi hermana también lo hace todo de corazón.
¿Y si nos vemos esta noche en el molino, como antes, cuando anochezca?
¿Para qué?
¿Cómo que para qué? ¿De verdad has olvidado lo nuestro?
Lo que hubo, se quedó atrás. Ahora solo quiero a mis hijos. Y quería a Zenaida.
Ya no puedes tenerla…
El amor no muere respondió Federico.
Tú no la amabas. Te casaste solo por fastidiarme insistió ella.
Vete a casa, Glafira le dijo él en voz baja.
Aceleró el paso y sin mirar atrás se dirigió a su hogar, donde sus hijos le esperaban. Glafira quedó en medio de la calle, sola y pensativa.
Pasaron los años. Los niños crecieron. Natalia seguía visitando a sus sobrinos, más convencida que nunca de que su hermano era hombre de un solo amor.
Paulina, he oído que andas con Gregorio Vargas le dijo a la muchacha, ya hecha una preciosidad.
Sí, ¿y qué? replicó la joven Paulina.
Es bellísima, pensó Natalia.
Nada, solo quería avisarte de que vayas con cuidado.
¿Y eso?
Ya sabes por qué, no eres una críadecía su tía con solemnidad.
Tía Natalia, le quiero de verdad, como para siempre.
Eso parece ahora, pero el para siempre es largo.
No lo parece: estoy segura.
Puede que tú así lo sientas, pero ¿Gregorio?
Si Gregorio me falla, nunca más podré amar a nadie.
Eso sí me lo creo, Paulina dijo Natalia con ternura.
Esa tarde, Misha y Paulina esperaban a su padre.
Parece que hoy se retrasa dijo Misha.
Es viernes.
¿Y?
Él va siempre al cementerio los miércoles, viernes y domingos.
¿Cómo lo sabes? preguntó sorprendido su hermano.
Ay, despistado, si no eres capaz de sentir a tu padre de corazón ni comprenderle
Entraron en silencio al camposanto, Paulina guiando a Misha por un sendero oculto entre los huertos.
Mira allí le susurró señalando la figura encorvada de Federico.
Misha escuchó: su padre hablaba con alguien, en voz baja.
Bueno, Zenaida Así están las cosas. Paulina pronto se casa, he reunido su dote con ayuda de Natalia. Seguimos adelante, a nuestra manera.
Perdóname, Zenaida, si en vida apenas supe decirte palabras bonitas, pero mi corazón te habló muchas veces. No sé hablar con palabras, solo con el corazón… dijo Federico, y poco a poco fue alejándose hacia la salida del cementerio.
Paulina miró a su hermano. Misha tenía lágrimas detenidas en los ojos.
A veces, el amor verdadero no necesita palabras; basta con los hechos y la fidelidad de una vida entera. Amar en silencio, pero de verdad, es la mayor prueba de entrega.







