El hombre regresó a casa y, sin tan siquiera quitarse el abrigo, exclamó nada más cruzar la puerta:
¡Carmen! Necesitamos hablar seriamente…
Todavía con el cuerpo entumecido por el frío de las calles de Madrid y sin descalzarse, la buscó con la mirada y, casi sin aliento y con los ojos tan abiertos como platos, soltó:
¡Estoy enamorado!
Vaya, pensó Carmen, aquí tenemos el inicio de la famosa crisis de los cuarenta. Bienvenida seas, aunque no dijo nada en voz alta. Esta vez, mucho más atenta de lo habitual, lo miró fijamente a los ojos, algo que no hacía desde hacía cinco o seis (¿o quizás ya ocho?) años.
Se dice que antes de morir toda tu vida pasa ante tus ojos, y a Carmen, de repente, le empezó a desfilar la historia de su vida en común. Su historia había empezado de la manera más mundana, a través de internet. Carmen se quitó tres años al responder el mensaje, y su futuro marido se regaló tres centímetros de estatura. Así, a duras penas, lograron encajar el uno en el perfil del otro, y se encontraron. Carmen ya ni recordaba quién dio el primer paso, pero lo que sí tenía claro es que el primer mensaje de su futuro esposo no era vulgar y tenía un toque de autocrítica que le enganchó desde el principio. Con treinta y tres años y una apariencia del montón, Carmen era consciente de sus posibilidades en el mercado matrimonial y sabía que, si no estaba la última de la cola, al menos sí al final, por lo que tomó la firme decisión de acudir a la primera cita con los pendientes de la suerte, las gafas de sol rosadas, su mejor ropa interior de encaje y, por si acaso, unas galletas caseras en el bolso junto a una novela.
Ese primer encuentro transcurrió sorprendentemente bien (¡qué importante es causar una buena impresión!), y su relación avanzó de manera intensa y acelerada. Se divertían juntos, y después de seis meses de verse habitualmente y con la presión leve pero constante de unos padres que ya habían perdido la esperanza de tener nietos en vida, el futuro marido se armó de valor y le pidió matrimonio a Carmen. Rápidamente presentaron a las familias, y todos por unanimidad aceptaron celebrar la boda solo en petit comité. Por si acaso alguno se arrepentía, eligieron la primera fecha libre en el registro civil.
Vivían, según Carmen, bien. El clima en la casa era templado, con alguna que otra variación propia de las estaciones, pero sin los ardores de un drama tropical: era una convivencia amable, cómoda y llena de respeto, ¿quién pedía más? Como buen castellano, él era simple y directo: a las pocas semanas de casados, abandonó ese papel de romántico empático, apañado y caballeroso que tanto había cuidado durante el noviazgo y apareció ante Carmen tal y como era: sencillo, trabajador y tierno, feliz de andar por casa en su chándal viejo.
Carmen siempre más compleja, como suelen serlo las mujeres dejó poco a poco su fachada de enigmática, seductora, intelectual y reservada, y empezó a relajarse; pero fue el embarazo, a los pocos meses, lo que aceleró este proceso y la convenció de dejarse llevar, cambiando las imposturas por el cómodo batín de casa.
El hecho de que, a pesar de haber dejado ambos sus personajes, ninguno sintiera ganas de huir ni de reprochar nada al otro, terminó de convencer a Carmen de que su elección había sido la correcta y afianzó su valoración de aquel vínculo.
La rutina y la crianza de los dos hijos, que llegaron seguidos, pusieron a prueba el pequeño barco familiar, pero nunca llegaron al naufragio, y después de cada tormenta volvían a navegar en calma sobre las aguas de la vida cotidiana. Los abuelos, felices y siempre dispuestos, ayudaban en todo lo posible; en sus trabajos, ambos progresaban lento pero seguro, sin olvidarse de viajar o dedicar algún tiempo a sus aficiones y, por supuesto, el uno al otro, dentro de los márgenes normales de la estadística.
Llevaban ya doce años casados y, en todo ese tiempo, él ni se había manchado con la sospecha de una infidelidad ni siquiera con un flirteo inofensivo, aunque Carmen, que no era celosa, tampoco le habría montado una escena de haber ocurrido. De hecho, al imaginarlo coqueteando, no pudo evitar una sonrisa, porque la imagen se le antojaba cómica, incluso ridícula. Y es que su marido, consciente desde el principio de que no sabía hacer cumplidos clásicos, cambió de estrategia: ahora solo elogiaba con silencios (o con ultrasonidos, pensaba Carmen bromeando), abriendo mucho los ojos, como un ciervo sorprendido.
A lo largo de los años, Carmen había aprendido a descifrar, solo por el tamaño del asombro en esos ojos, toda la gama emocional de su marido: desde el espanto hasta el entusiasmo, pasando por el sobresalto y el cabreo monumental. Y entonces se imaginó a su marido lanzando piropos en silencio a una rata, abriendo los ojos cada vez un poco más
A Carmen se le secó la garganta, nerviosa ante la imagen mental de su esposo transformado en un ciervo ojiplático delante de una ratita. Finalmente, forzó una sonrisa y preguntó:
¿Cómo se llama esa rata de la que te has enamorado…?
Los ojos de él, esta vez, parecían saltarse la frente, y, palpándose la camisa con manos temblorosas, dijo balbuceando:
¿Cómo cómo has adivinado que me he enamorado de una rata? ¡Eres increíble! Es que no pude resistirme cuando la vi mírala, qué preciosa es, qué suave, qué bonita ¡si es que hasta se parece a ti!
El hombre sacó de debajo de la camisa a una pequeña rata gris con orejas rosadas casi transparentes, la nariz rosita y ojos negros como cuentas de azabache.
Carmen, entonces, ya no escuchaba. Solo contemplaba a su marido, a la nueva amiga y a la unión de ambos, y pensó, rebosante de felicidad, que menos mal que su marido se había enamorado de esa rata tan parecida a ella.






