En un Madrid flotante, bajo un cielo morado que olía a naranjas quemadas, nuestros hijos, ingenuos como estatuas de sal, decidieron jugar a ser independientes y terminaron cargados de deudas, sin su propio piso, ni gatos en la ventana.
Cuando Carmen y Esteban, nuestros hijos, se casaron una tarde de San Isidro, los padres de ambos bandos, es decir, nosotros y los suegros, reunimos nuestras ahorrillos: pesetas antiguas escondidas en medias y euros guardados en latas de galletas. Con eso podríamos haber comprado un pequeño piso en Lavapiés, algo modesto, pero acogedor. Nuestra intención era comprarlo cuanto antes para ellos, pero los muchachos, tan seguros de sí mismos, afirmaron entre tortillas y cañas: Queremos hacerlo solos. La independencia es libertad.
Meses más tarde, como si una cigüeña chismosa nos lo susurrase desde la Giralda, nos enteramos de que efectivamente habían comprado un piso, pero uno de tres habitaciones en Chamberí, con vistas a tejados y azoteas polvorientas. ¿Y de dónde sacaron el dinero? Un préstamo de un banco sevillano, claro. ¿Quién pagará las mensualidades? Podemos, papá, mamá. Somos independientes, dijeron, bailando sobre una alfombra de migas de pan.
Luego, la siguiente estampa surrealista: anhelan un coche. Claro, el piso está lejos de sus trabajos, esos que parecen peces resbalando de las manos, y el metro les da vértigo. Compraron un coche nuevo, color aceituna, financiado, directo del concesionario. Pese a nuestros susurros sobre lo sensato de comprar uno de segunda mano cerca del rastro, nos respondieron con autosuficiencia de cartón: Sabemos lo que hacemos.
Pronto vino otra idea como un viento extraño: querían un hijo que naciera en el extranjero, quizás en Lisboa bajo la lluvia, para que así tuviera otra nacionalidad y acceso a misteriosos privilegios. Otra vez, préstamo al banco, para que Luz, la hija de Carmen y Esteban, naciera en una clínica donde los médicos casi flotan y el sol nunca se pone.
Nació la niña. Los padres soñadores quisieron reformar la habitación con papeles pintados de caballitos y lámparas de luna. Para eso, otro crédito más. No os preocupéis, mamá, papá, pagaremos nosotros, porque somos independientes, juraban mientras sopa de ajo se enfriaba en la mesa.
La suerte cambió una madrugada en la que los relojes parecían avanzar hacia atrás. Esteban perdió su empleo en una oficina sin ventanas; Carmen, de permiso maternal, lloraba en sueños. El dinero voló, como paloma asustada de la catedral de León. ¿Cómo pagamos todo esto? preguntaron con ojos de buey cansado. Nos pidieron que vendiéramos nuestra casita en la sierra de Guadarrama, ese refugio de meriendas y veranos lentos. No queríamos, pero lo hicimos, para evitar que cayeran en la ruina. No alcanzó.
Después, vendieron el piso, luego el coche. Terminó todo en casa de los padres de Esteban, compartiendo cuarto con recuerdos ajenos. Ahora suspiran, entre sonrisas rotas, diciendo que ya no tienen nada propio. Por supuesto, porque nunca escucharon consejos entre jamones y relojes de cuerda. Y las deudas siguen, serpentescamente, por unos años más. Solo quedan ecos, tristeza y un puñado de lágrimas salinas que no se secan nunca bajo el sol de Castilla.







