¿Ha pasado ya el autobús? preguntó un hombre apresurado.
Señora, ¿no sabe si el autobús ya se ha ido? llegó a la parada un hombre jadeante. Un verdadero hombre, ya entrado en años, más de cincuenta y largos, con chaqueta y pantalón deportivo, un bolso gastado al hombro. Su rostro sencillo, con un bigote que nunca le gustaron a Begoña Serrano, giró la mirada sin contestar.
Señora, ¿de verdad le cuesta decirlo? ¿El último autobús ha salido ya o no? ¿Usted no lo espera aquí? el hombre recobró el aliento y dejó su pesada mochila sobre el banco junto a Begoña.
No espero nada ni a nadie contestó ella, algo molesta, pero enseguida pensó que ya era tarde y, quién sabe, quién podría ser ese hombre, así que suavizó su tono: Hace como cinco minutos pasó uno, pero la verdad es que no me fijé bien.
¡Bueno, pues ya está! El hombre se dejó caer tan de golpe sobre el banco que Begoña temió que se viniera abajo y se sobresaltó.
¿Usted también ha llegado tarde? insistió el hombre, tan insistente que casi molestaba.
Begoña se arregló el abrigo y decidió volver a casa, ya era muy tarde.
Una hora antes le había nacido un extraño anhelo de salir de casa. Había sentido que le faltaba el aire, la soledad le pesaba, y eso no le había ocurrido nunca.
Toda la vida Begoña Serrano había vivido sola y había sido muy feliz. Las amigas se casaron, tuvieron hijos, pero ella nunca lo deseó. De joven, recordaba, la madre en el pueblo paría uno tras otro. Luego, tres de sus hermanos terminaron en un internado, y Begoña la mayor huyó a la ciudad. Estudió auxiliar administrativa, se convirtió en contable y trabajó toda su vida en el Café Edad de Oro, en pleno centro de la ciudad. ¡Qué ambiente, qué música, qué alegría!
Primero fue contable y, más tarde, la contadora mayor, hasta la jubilación. Bodas, aniversarios, nunca se aburría. Buen sueldo, buena comida, consiguió comprar su piso, se iba de vacaciones y no quería otra vida.
Hace un año el nuevo dueño del café le dijo que no entendía los nuevos métodos de trabajo y que ya no encajaba.
Y la mandaron a casa, a jubilarse, aunque Begoña ni siquiera lo había pensado.
Al principio buscó trabajo otra vez. Pero se dio cuenta de que las ofertas no le convenían, y lo que le gustaba, buscaban jóvenes.
Dejó de insistir, le bastaba lo que tenía ahorrado, poco pero suficiente. Y así acabó sumergida en el mar de la jubilación, la libertad más grande de su vida.
Los primeros meses fueron maravillosos, sin horarios, sin despertador, visitando museos, y hasta se apuntó a marcha nórdica por los parques.
Pero de repente todo eso la cansó, y aquella noche salió a la calle y se sentó en un banco junto a la parada.
Los coches pasaban, los faroles iluminaban la noche, la gente iba y venía charlando. Ella se sentía ausente, como si el bullicio de Madrid siguiera sin necesitarla, como si su vida no tuviera ya sentido.
No le importaba a nadie, absolutamente a nadie, en todo el ancho mundo.
Y entonces apareció aquel hombre.
¿Usted tampoco tiene dónde pasar la noche, señora? Yo ya estuve una vez aquí durmiendo en este banco, y por la mañana me fui. Vivo a las afueras, trabajé todo el día y perdí el autobús. Esa vez hacía calor, ahora refresca. Pero no se preocupe, tengo bocadillos de chorizo. No se asuste, señora. Tenga, pan fresco, chorizo del bueno, y ahora busco el termo y tomamos un poco de té para entrar en calor, con azúcar.
De repente, cambió el tono y puso un bocadillo en la mano de Begoña Serrano. Quiso rechazarlo, pero notó un hambre tremenda. No había cenado, y a mediodía apenas probó bocado. Probó el bocadillo, ¡qué sabor! Hacía tiempo que no comía chorizo por la dieta, y ese pan, ese embutido… ¡mm!
El hombre soltó una carcajada,
¿A que está bueno? Tenga, aquí tiene el té, cuidado, está muy caliente. ¿Cómo se llama usted?
Begoña Serrano contestó ella, casi con la boca llena. El hombre asintió sonriente.
¡Begoña! Yo soy don Julián Martínez. Trabajé en la fábrica muchos años, pero cerró, y ahora vigilo en una nave, por turnos, de día y de noche. Y no estoy mal, sólo que mi madre está enferma y ya es mayor. Por ella trabajo aún, para las medicinas. Tuve familia, pero nos separamos, el hijo se marchó, la mujer se fue con otro, y así voy tirando suspiró y sonrió, pero en su mirar asomó de pronto una tristeza.
¿Y tú, Begoña, vives lejos? ¿Quieres que te pare un taxi? Para mí sería caro hasta el pueblo, de noche cobran doble y luego sin clientes de vuelta. Pero a ti te llega para la ciudad don Julián la miraba con esa amabilidad de quien no espera nada. Y Begoña recordó de golpe a un amigo del colegio, Manolito, que siempre le traía pan con tomate para el recreo, cuando ella venía sin nada y tenía hambre. Y la miraba así, con ternura y un poco de broma, y sintió de nuevo la juventud, como si no hubiera vivido todo lo demás, ni café “Edad de Oro” ni forzosa jubilación.
Begoña terminó el bocadillo, tragó el té dulce y caliente y, de pronto, dijo, sin esperar ella misma las palabras:
Vente a casa, don Julián, no vas a dormir aquí en un banco. Mi casa está aquí al lado, no tienes que coger taxi ni nada. Coge tu bolsa y sube, pero compórtate, ¿eh? que aunque ya no sea jovencita, mano tengo firme.
El hombre la miró sorprendido, miró la casa y volvió a mirarla,
¿Entonces por qué estabas aquí sentada? ¿A quién esperabas?
A nadie, ya no espero nada. ¿Vienes o no? Begoña se levantó y entró en el portal. Julián recogió su bolsa,
Claro que sí, faltaría más. Pero no pienses mal, duermo en el sofá, en la esquinita, y por la mañana me voy. Gracias, que hace un frío… y la siguió medio asombrado, negando con la cabeza.
A la mañana siguiente, Begoña despertó con un ruido raro. Salió y vio que Julián, que había dormido en el sofá de la cocina, estaba trasteando en el baño,
Begoña, la cisterna perdía agua, la he arreglado… ¿he ganado desayuno? se irguió y sonriente se secó las manos. Ella se sorprendió de verse feliz, de sentir una tibieza rara.
Anda, vamos a desayunar, don Julián, bien merecido lo tienes. ¿Unos huevos con tomate? sonrió Begoña. Por cierto, la lavadora también va mal, me deja manchas. Y, bueno…
Así fue como Julián Martínez se quedó en casa de Begoña Serrano hasta su siguiente turno de trabajo. Llamó a su madre, todo le pareció bien y decidió quedarse.
Ahora viven los dos juntos. Julián trabaja cada tres días. Begoña lo espera y le cocina recetas de restaurante. Por la noche él le besa la mano,
Begoña, estaba escrito que tenía que encontrarte. ¿Ves? No fue casualidad que perdiera el autobús. ¡El destino! Te confieso que no podía dejarte sola, tan triste. Toda la vida creí que no sabría amar así, ¡quién me lo iba a decir!
Visitan a la madre de Julián a menudo, ya pasa de los ochenta, pero aún está fuerte y vivaz. Begoña, ante su suegra, se siente una niña.
Y doña Teresa, la madre de Julián, no puede estar más contenta. Por fin su hijo encontró la felicidad, y ya tiene motivos para seguir viviendo.






