Tomé la decisión de invitar a mi cuñada y a su hijo a unas vacaciones, y lo lamenté mil veces.
Mi marido y yo solemos ir cada verano a la costa. Hace años que viajamos a la playa con un grupo de amigos, cada uno con su coche, y disfrutamos del litoral a nuestro aire. Somos unas auténticas campeonas de la aventura. Elegimos una cala tranquila y allí montamos nuestras tiendas de campaña. Durante el día nadamos en el mar, tomamos el sol y al caer la noche, rodeados de un fuego y una guitarra, cantamos y compartimos una copa de vino tinto seco. Este año, se nos unió mi cuñada, Beatriz. Trajo consigo a su hijo de apenas dos años y medio. Dudamos mucho si llevarlos o no.
Por desgracia, aceptamos. Mirando atrás, no fue el niño quien nos complicó la vida, sino Beatriz. Los problemas comenzaron nada más subir al coche. Beatriz pedía parar cada hora. Decía que estaba agotada y necesitaba estirarse, así que llegamos tardísimo: nuestros amigos ya estaban instalados, tumbados al sol, e incluso les había dado tiempo a bañarse. Finalmente, llegamos. Y entonces empezó la segunda parte del drama. Mi cuñada, enfadadísima, nos soltó:
¡Yo aquí no me quedo!
¿Por qué? ¡Ya sabías que veníamos de acampada! le expliqué.
Pensé que lo de acampar era sólo que buscábamos alojamiento, no que dormiríamos en una tienda de campaña.
¿Y por qué crees que hemos traído tiendas de campaña y sacos de dormir? gruñó mi marido.
Pensé que solo lo hacíais por la aventura respondió ella.
No hubo más remedio que alquilarle una habitación. Después, mi marido tuvo que ir y venir cada día para llevarla, recogerla, y devolverla por las noches. Y no solo eso: tenía que acompañarla a las cafeterías, a los mercados, e incluso quedarse al cuidado del niño para que ella pudiera descansar de sus obligaciones.
Al final, todos acabamos ocupándonos del pequeño. Sin embargo, el niño era un verdadero sol: obediente, jugaba, chapoteaba en el mar, comía de todo y hasta dormía la siesta en la tienda sin molestar. Todo lo contrario que su madre. El próximo año tenemos claro que a Beatriz no la invitaremos. Pero si sus padres lo permiten, sí nos llevaríamos encantados al pequeño; él sí que es espíritu de camping.







