La traición de los propios hijos Dasha contemplaba una vez más, embelesada, a su hermano y hermana. ¡Qué guapos eran! Altos, morenos, de ojos azules. De nuevo les daban un premio. Habían vuelto a ganar en una competición. Ella se levantó para intentar llegar la primera. Cojeando de la pierna derecha, se apresuró. Había tejido para su hermano y hermana dos conejitos: uno con faldita y otro con pantalones de cuadros. Quería regalarles eso. Torpe, muy rellenita, los pocos cabellos apenas recogidos, y con una sonrisa ingenua flotando en sus labios. Cristina y Marcos fingieron no ver a su hermana. Dasha se esforzaba por llegar hasta ellos. —Por favor, dejadme pasar. ¡Son mi hermano y mi hermana! ¡Dejadme! —decía con alegría Dasha. —Cris, hay una chavala gorda ahí chillando que es tu hermana. ¿Eso es verdad? —le preguntó a Cristina su amiga, la rubia Elisa. Cristina apenas se giró, vio a Dasha y pensó: —¡Gorda tonta! Viene porque seguro que mamá se lo ha dicho. ¡Qué vergüenza! Y en voz alta respondió: —No, claro que no. Yo sólo tengo un hermano. Marcos. —Ya me lo imaginaba. ¿Quería subirse al carro de la fama? ¡Qué pena da! Además os trae unos muñecos o algo —rió Elisa. —Debe de ser una fan local. Toma los muñecos, Elisa. Alcánzanos luego, Marcos y yo nos vamos al escenario —Cristina mandó un beso al aire, agarró a su hermano y empezó a abrirse paso entre la gente. Elisa recogió los conejitos de Dasha asegurándole que los entregaría. —¡Bien! ¡Yo os espero en casa! ¡Voy a hacer rosquillas! —dijo la niña, marchándose cojeando. —Toma, ya te lo he dado. Ha dicho que os espera en casa, que va a hacer rosquillas. Parece una rosquilla ella misma. Cris, ¿de verdad no es de tu familia? ¿Por qué se pega tanto a vosotros? —insistió Elisa. —¡No! ¡No la conozco! Siempre hay gente que quiere acercarse a la fama… Vámonos —tirando los conejitos a una papelera, Cristina se fue con Elisa y Marcos a recoger su premio. Pero había mentido a su amiga. Dasha sí era su hermana. Hermanastra. La madre de Cristina y Marcos, Inés, acogió a Dasha cuando murió una familiar lejana… [El resto de la historia continúa según la adaptación original, manteniendo los nombres, lugares y detalles adaptados a la cultura española.] Así terminó, en una tarde cualquiera, el largo camino de Dasha: la hermanastra humilde y generosa, la única que, en el ocaso de la vida de Inés, supo ser verdaderamente hija. —No pasa nada, Dashita. Ahora todo irá bien. —¡Niñas! ¿Qué, nos tomamos un té? —entró en la habitación el abuelo Protasio. Y riendo, dándose la mano, los tres se marcharon a la sala. Y a una nueva vida…

La traición de los propios hijos

Dolores una vez más miraba con asombro a sus hermanos, Cristina y Marcos. ¡Qué guapos eran! Altos, morenos, de ojos azules. Aquella tarde volvían a recibir premios. Habían ganado de nuevo en una competición deportiva. Dolores se levantó para llegar la primera. Arrastrando un poco la pierna derecha, se apresuró hacia el estrado. Había tejido para sus hermanos dos conejitos, uno con faldita y otro con pantalones de cuadros. Quería regalárselos. Torpe, regordeta, con el cabello escaso y mal recogido, una sonrisa ingenua le bailaba en los labios.

Cristina y Marcos fingieron no verla. Dolores, con todas sus fuerzas, intentaba abrirse paso.

Déjenme pasar, por favor. ¡Son mis hermanos! ¡Déjenme! decía ilusionada Dolores.

Cristi, ahí hay una chavala gorda gritando que es tu hermana. ¿Eso es verdad? le preguntó a Cristina su amiga, la rubia Elena.

Cristina giró apenas y vio a Dolores.

¡Qué pesada! ¡Mírala! ¡Seguro que mamá la ha mandado! ¡Qué vergüenza! pensó para sí.

Pero en voz alta contestó:

Claro que no, sólo tengo un hermano, Marcos.

Ya me lo imaginaba. Se ve que quiere arrimarse a vosotros. ¡Menudo horror! Encima os trae juguetes cutres rió Elena.

Habrá que ser alguna fan local. Cógelo tú, Elena, y luego nos alcanzas, que Marcos y yo nos vamos Cristina mandó un beso al aire, agarró a su hermano y ambos buscaron salir del tumulto.

Elena cogió los conejitos de manos de Dolores, asegurándole que se los daría.

¡Vale! ¡Pues yo os espero en casa! ¡Haré rosquillas! y Dolores, torpemente, se alejó cojeando.

Toma, aquí tienes tus conejos, dice que os espera en casa y que hará rosquillas. Ella misma parece una rosquilla. Cristi, ¿seguro que no es de la familia? ¿Por qué te persigue así? insistía Elena.

¡No! ¡No sé quién es! Hay mucha gente que se quiere arrimar para parecer importante, supongo. ¡Venga, vámonos! arrojando los conejos a la papelera, Cristina y Marcos, junto a la amiga, entraron al acto de premiación.

Cristina mintió a su amiga. Dolores sí era su hermana, pero de acogida. La madre de los gemelos, Inés Romero, la había llevado a casa cuando falleció una pariente lejana. Regresaban de vacaciones en familia y… sólo quedó Dolores, pequeña y herida.

En realidad, Inés era familia leja­nísima, ni el apellido compartían. Parientes más próximos rehuían la responsabilidad. Inés, tras soportar berrinches de marido e hijos, acogió a Dolores.

Mamá, ¡no la traigas a casa! Es gorda, coja, tonta. ¡Da vergüenza ir con ella al lado!

Hija, hijo… Da pena la niña. Está sola en el mundo. Recogemos perros y gatos y, ¿no vamos a ayudar a una niña? Nuestra casa es grande, nos apañamos defendía Inés.

Accedieron entre dientes. Ella era directora de una tienda y la economía familiar dependía de ella. El padre, Ángel, era el segundo de Inés en el negocio, nunca se esforzó demasiado, con sus continuos líos a espaldas de la esposa. Si Inés lo sabía, callaba: su marido era guapo como un galán de cine, los niños a él habían salido.

Dolores crecía. Con sus cabellos rubios, ojazos azul casi traslúcido, como los de los hermanos pero más claros.

Tiene los ojos como leche aguada, ¡y es una bolita! se burlaba Cristina.

Dolores era blanda, con hoyuelos en las mejillas y muy buena.

Jugaba sola, los gemelos nunca le incluían. Y le tocaba cargar con todas las culpas: Marcos rompía un jarrón corriendo, Cristina enganchaba un jersey nuevo, todo caía sobre Dolores.

Ella asentía en silencio y se disculpaba. Sabía quién era el verdadero culpable, pero no quería que culparan a los hermanos, porque eran tan guapos

Inés, sin embargo, rara vez la reprendía. Pero el padre explotaba:

¿Para qué trajiste este espantajo a casa? Da vergüenza con las visitas. Anda coja, pesa como un ternero. Nuestros hijos son de portada y tú recoges a esta desdichada. ¡Nadie la quiso salvo tú! ¿Quién va a quererla cuando crezca, este monstruo? gritaba Ángel.

Dolores escuchaba tras la puerta cerrada, luego buscaba el espejo. Detestaba su reflejo. Quería ser bella como Marcos o Cristina, pero

A ella la mandaron a otro colegio. Los gemelos amenazaron con dejar de estudiar si tenían que ir al mismo. Inés cedió resignada, sintiendo cómo el pequeño puente entre sus hijos biológicos y Dolores ya casi se derrumbaba.

Pasó el tiempo. Marcos y Cristina se fueron a estudiar fuera. Dolores pidió a su madre quedarse en casa.

Hija, puedes estudiar donde quieras, ¡yo pago lo que haga falta! ¿Qué quieres ser? ¿Diseñadora, traductora? Lo que quieras, Dolores Inés la abrazó con ternura.

Dolores, como un gatito, se restregó contra su mejilla.

Entre ella y su madre surgía una calidez que los otros hijos nunca le dieron. Siempre esperaba a Inés frente al portal o en la entrada, aunque hiciera frío. El marido y los hijos, cada uno a su bola; ni la recibían ni un “hola”.

Cuando Inés lo reprochó, Cristina saltó:

¡Mamá! ¡Estamos ocupados! Esa boba te espera como un perrito porque no tiene nada que hacer. Y tampoco sueña con nada.

Dolores alzó sus claros ojos y susurró:

Mamá, ¿puedo ser veterinaria? Quiero cuidar perros, gatos, conejos, lechones. Puedo estudiar aquí.

Tiene sentido: recogía cualquier animal necesitado, los curaba y luego buscaba hogares. Un perro grande, peludo, similar a un mastín, se quedó con ellas. Cristina quería un perro de raza, pero Inés apoyó a Dolores.

Así vivían. Pronto, por salud, Inés tuvo que dejar de trabajar. El marido, viendo que el dinero iba escaseando, se fue raudo al regazo de una amiga de Inés, la peluquera del barrio.

Cristina y Marcos, cuando regresaban, solo pensaban en el dinero de la madre. Menos mal que tenía ahorros. Solo Dolores permaneció a su lado, media coja, cocinando cada día, preparando infusiones y masajeando a su madre. Las tardes, se sentaban bajo el manzano a tomar té. En esos momentos, Dolores era la persona más feliz del mundo.

Cristina y Marcos formaron sus familias. Inés les ayudó a comprar casa a ambos. Pero pronto cayó un rayo. El hijo llegó a las cuatro de la mañana, casi sollozando, diciendo que estaba endeudado. Necesitaba mucho dinero.

Dios mío, ¿de dónde saco tanto, hijo mío? ¿Le has preguntado a tu padre? ¿Tampoco tiene? Si vendo todo, ni la décima parte alcanzaría. ¿Y ahora qué…? gimió Inés apretándose el pecho.

Pues nada, mamá, deja que te lo diga claro: o me ayudas o dejas de tener hijo respondió Marcos con frialdad.

¿Qué? ¿Pero qué dices? Inés lo abrazó.

Él le sugirió vender el chalet. Así, con todo, se podría cubrir la deuda.

Pero, hijo ¿Y nosotras? ¿A dónde vamos a ir Dolores y yo? balbuceó la madre.

Por mí, que la gorda esa se busque la vida. Ya le vale. Toda la vida chupando del bote. Pero tú te vienes conmigo, ¡a Lerenita le hará ilusión! rió Marcos.

Lerenita era su mujer. Inés dudaba, pero no discutió; había que salvar al hijo. Sólo pidió que Dolores fuera con ella. Marcos tuvo que decir que sí. Luego, Dolores se acercó a su madre:

Mamá Vete tú sola. Yo me iré a vivir con una persona, ya hace tiempo que me lo pide, está todo bien, no te preocupes.

¿Cómo? ¿Quién es? ¡Tienes que presentármelo! ¿Por qué no lo habías dicho, Dolores? sonrió Inés.

Más adelante lo conocerás. No te preocupes por mí, mamá Dolores la abrazó.

En realidad, fue una mentira piadosa. No tenía a nadie. Solo intuía en su corazón que no era bienvenida, y eso podía acabar angustiando a su madre, que ya estaba delicada. No quería ser un peso para ella. Porque la amaba más que a nada.

Dolores alquiló un cuarto en una casa del pueblo. Vivía un anciano, don Prudencio, viudo y con un corral entero de gallinas, cabras y cerditos. Necesitaba compañía. Cuando supo que Dolores era veterinaria, se puso tan contento que ni quiso cobrarle el alquiler, pero ella insistió en pagarle. Él, a escondidas, le devolvía el dinero en la chaqueta.

Todo le iba bien. Tenía techo, trabajo, reconocimiento de sus vecinos y los animales la adoraban. Siempre tenía una palabra cariñosa y un premio de su bolsillo tras cada visita.

Toma, Canela, bonita, ¿ves lo que te trajo Dolores? No tengas miedo. Ya están las gotitas puestas. Llama cualquier hora si lo necesitas decía a quien la visitaba.

Ay, niña, a mi Bartolo no lo cuidan tan bien ni en la clínica. ¡Eres un sol! decía doña Ana, dueña del mejor gato del barrio.

Dolores florecía. Pero el corazón le pesaba pensando en su madre. Llamaba a menudo, y nunca lograba hablar con ella: Marcos siempre respondía seco, diciendo que Inés descansaba.

No sé, la echo mucho de menos. Hace medio año que no la veo se entristecía Dolores tomando el té con don Prudencio.

¿Y por qué no la visitas? Vente, yo conduzco, aún tengo el 127, fiel aunque viejo, ¡y tengo carnet! propuso don Prudencio.

Dolores se animó. Conocía la dirección de Marcos. Fueron a Madrid, llamaron mucho rato al timbre. Al fin abrió la puerta una rubia alta, en bata corta y bostezando.

¿Quiénes sois? ¿Vais a vender algo? No nos interesa quiso cerrar.

¿Es usted Lerenita? La mujer de Marcos arriesgó Dolores.

Sí ¿y tú quién eres?

Soy Dolores, su hermana intentó pasar, pero Lerenita bloqueó el paso.

¿Ya y aquí qué quieres? Voy tarde, tengo cita con la esteticista, no puedo hablar frunció Lerenita.

Es cuestión de un minuto. Este es don Prudencio, está conmigo. ¿Y mi madre? Quiero verla. Solo un ratito y me marcho pidió Dolores.

No está aquí. Marcos la llevó a una residencia, estaba muy mala. Yo no puedo cuidarla y él está todo el día fuera. ¿A dónde? No sé, ni he ido. Ahora le llamo. Marcos, está aquí tu hermana con un vejete. Les paso la dirección, pero que no vuelvan más dijo Lerenita, rociando a Dolores con su perfume caro.

Dolores solo pensaba en la dirección y bajó corriendo junto a don Prudencio.

¿Cómo no me lo dijeron? Hubiera hecho lo que fuera. Ya sé que no tengo casa propia, pero habría encontrado algo balbuceó Dolores.

¡Eso es una vergüenza! ¡A tu madre la habríamos acogido aquí! ¡Mi casa es grande! protestaba don Prudencio.

Llegaron al lugar. ¿Era esa anciana diminuta, de ojos hundidos y cuerpo flaco, su madre? Siempre fue alta, fuerte y alegre. Pero ahora estaba acostada, inmóvil, mirando el techo.

¡Mamá! ¡Soy yo, Dolores! Perdona que no viniera antes. Pensé Mamá, no tengo perdón Escúchame, te llevo a casa, al campo, con don Prudencio. Él tiene gallinas. Te prepararé tortillas, te daré leche de cabra. Verás cómo mejoras. No me dejes, mamá, ¡te quiero!

Consiguieron sacar a Inés de la residencia: por papeles, Dolores era hija; y don Prudencio alegó que era veterano, prometiendo llamar a un general si no soltaban a la señora. Marcos había intentado dejarla allí para siempre.

En el décimo día Inés se levantó y miró por la ventana. En el patio, la cerda Rosalía paseaba dignamente, un gallo cacareaba, olía a campo y a leche y a rosquillas. Dolores corría, cojeando, entró y abrazó a su madre, pidiéndole perdón por tardar tanto, disculpándose por tener que vivir con ella en vez de con Marcos o Cristina.

Inés la abrazó en silencio, como si volviera a ver a la niña rubia, rechoncha y siempre buena. La única persona que estuvo a su lado al llegar el ocaso, cuando sus hijos guapos y exitosos ya no la necesitaban.

Nada, Dolores, hija. Ahora todo irá bien. No te preocupes, todo estará bien susurró Inés.

Chicas, ¿venís al té o qué? entró don Prudencio, sonriendo.

Y riendo juntos, cogidos de la mano, los tres se fueron al salón. Comenzaba una nueva vida.

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La traición de los propios hijos Dasha contemplaba una vez más, embelesada, a su hermano y hermana. ¡Qué guapos eran! Altos, morenos, de ojos azules. De nuevo les daban un premio. Habían vuelto a ganar en una competición. Ella se levantó para intentar llegar la primera. Cojeando de la pierna derecha, se apresuró. Había tejido para su hermano y hermana dos conejitos: uno con faldita y otro con pantalones de cuadros. Quería regalarles eso. Torpe, muy rellenita, los pocos cabellos apenas recogidos, y con una sonrisa ingenua flotando en sus labios. Cristina y Marcos fingieron no ver a su hermana. Dasha se esforzaba por llegar hasta ellos. —Por favor, dejadme pasar. ¡Son mi hermano y mi hermana! ¡Dejadme! —decía con alegría Dasha. —Cris, hay una chavala gorda ahí chillando que es tu hermana. ¿Eso es verdad? —le preguntó a Cristina su amiga, la rubia Elisa. Cristina apenas se giró, vio a Dasha y pensó: —¡Gorda tonta! Viene porque seguro que mamá se lo ha dicho. ¡Qué vergüenza! Y en voz alta respondió: —No, claro que no. Yo sólo tengo un hermano. Marcos. —Ya me lo imaginaba. ¿Quería subirse al carro de la fama? ¡Qué pena da! Además os trae unos muñecos o algo —rió Elisa. —Debe de ser una fan local. Toma los muñecos, Elisa. Alcánzanos luego, Marcos y yo nos vamos al escenario —Cristina mandó un beso al aire, agarró a su hermano y empezó a abrirse paso entre la gente. Elisa recogió los conejitos de Dasha asegurándole que los entregaría. —¡Bien! ¡Yo os espero en casa! ¡Voy a hacer rosquillas! —dijo la niña, marchándose cojeando. —Toma, ya te lo he dado. Ha dicho que os espera en casa, que va a hacer rosquillas. Parece una rosquilla ella misma. Cris, ¿de verdad no es de tu familia? ¿Por qué se pega tanto a vosotros? —insistió Elisa. —¡No! ¡No la conozco! Siempre hay gente que quiere acercarse a la fama… Vámonos —tirando los conejitos a una papelera, Cristina se fue con Elisa y Marcos a recoger su premio. Pero había mentido a su amiga. Dasha sí era su hermana. Hermanastra. La madre de Cristina y Marcos, Inés, acogió a Dasha cuando murió una familiar lejana… [El resto de la historia continúa según la adaptación original, manteniendo los nombres, lugares y detalles adaptados a la cultura española.] Así terminó, en una tarde cualquiera, el largo camino de Dasha: la hermanastra humilde y generosa, la única que, en el ocaso de la vida de Inés, supo ser verdaderamente hija. —No pasa nada, Dashita. Ahora todo irá bien. —¡Niñas! ¿Qué, nos tomamos un té? —entró en la habitación el abuelo Protasio. Y riendo, dándose la mano, los tres se marcharon a la sala. Y a una nueva vida…
El padre no tiene nada que envidiar a la madre