El misterio
En una aldea castellana, cercana a una ciudad, vivía una niña llamada Leonor. Un día, su madre devota de supersticiones y meigas llevó a la pequeña con la hechicera del pueblo.
La anciana, envuelta en mantones y olor a tomillo, extendió las cartas sobre la mesa y declaró:
Tu Leonor será dichosa. Todo le irá bien, pero a su lado no veo varón.
Por entonces Leonor tenía diez años. Aquellas palabras con aroma de letanías se le clavaron en el recuerdo, aunque no comprendiese su sentido.
Los años corrieron como un galgo tras la liebre. Leonor creció alta y hermosa, orgullo de la aldea. Los mozos, embelesados, se disputaban su atención, pero ella no se decidía por ninguno: hoy paseaba con uno, mañana con otro.
Al acabar la escuela, no marchó a estudiar a Salamanca ni a Madrid, a pesar de sus buenas notas. Prefirió quedarse y trabajar en la quesería local. Algún rumor la emparejaba con un encargado, pero nunca se les vio juntos abiertamente.
Las mujeres del obrador advertían a la recién llegada:
No te encariñes con el pueblo, Leonor, que no te des cuenta y la vida se te escapa. Márchate a la ciudad: allí con tu valía te buscan hasta debajo de las piedras.
Leonor sonreía, callaba. No respondía.
Y de pronto, la noticia se esparció como el humo en la brisa: ¡Que Leonor estaba encinta!
Se desataron tertulias de corrillos y adivinanzas. ¿Quién le habría dado esa bendición a la reina de la belleza local? Nadie acertó a asegurar quién era el padre.
Su madre no tardó en sentenciar:
¿Ya está? ¿Has deshonrado el nombre? Pues vive a tu modo, pero no cuentes conmigo. Si supiste buscarte el lío, sabrás criarle. Y también deberías ir pensando dónde vas a vivir. Aquí sobráis las dos. Te doy un mes.
Está bien, madre contestó Leonor con serenidad. Me iré. Pero no me llames cuando quieras que vuelva.
Dos semanas después, Leonor compró una casita con todo el ajuar. Decían los vecinos que fue de suerte: los hijos de la dueña se la vendieron por cuatro duros para llevársela a Valladolid. De dónde sacó Leonor siquiera esos euros, nunca se supo y quedó entre susurros.
Y entonces empezaron los portentos. La casa, rejuvenecida, resplandecía de blanqueo a los pocos días. Alrededor se alzó una valla nueva, y en el corral apareció un pozo reluciente. Obreros que nadie conocía iban y venían diligentes.
Después, la furgoneta del reparto trajo electrodomésticos y algo de mobiliario. Leonor parecía flotar: sonriente, dichosa, como si el abandono fuera lejos de su sombra.
En otoño llegó su hijo, Antón. Una sillita de paseo azul celeste relucía en el portal. Leonor se recuperó en un suspiro e irradiaba aún más prestancia. Iba siempre impecable, derecha, por la aldea, con aire satisfecho y la mirada erguida hacia el cielo castellano.
No era fácil en casa: niño pequeño, huerta que cuidar, encender la estufa, cargar la compra, montones de ropa por lavar Pero la joven madre nunca se quejaba, criada como estaba para el esfuerzo y la faena. Solía arreglárselas sola.
Poco a poco, las vecinas vieron el temple y el buen corazón de Leonor, y se animaron a arrimarle el hombro. Se turnaban cuidando de Antón si ella tenía que salir, y alguna mandaba al marido a cavarle unos surcos, o pasaban la azada con ella como quien no quiere la cosa. Pero Leonor se valía por sí misma casi en todo.
Cuando Antón rondaba los dos años, una mañana una vecina fue corriendo, boquiabierta, a avisar a otra:
¿Lo has visto?
¿El qué?
¡Que Leonor está otra vez en estado!
¡No digas tonterías!
En serio, mira por ti misma.
Y en la aldea volvieron las habladurías. Se tejieron mil historias, pero nadie supo ni sospechó quién pudiera ser el padre esta vez. No se la veía con nadie.
Leonor ignoraba las habladurías y seguía su camino. Pronto, apareció un cobertizo bañado de vapor: le levantaron una sauna nueva. Los del gas, cambiando su ruta, le instalaron la calefacción. En el huerto, un invernadero de policarbonato moderno, costoso.
¿Y de dónde saca tal dineral una mujer sola? rumiaban en la taberna. Será que tiene un pretendiente con mucho mando, digo yo. Pero el misterio de Leonor permanecía tan impenetrable como la niebla invernal.
Tiempo después, volvía a lucir la misma silleta celeste en el jardín. Y Antón tenía un hermano, Sergio.
A los dos años, otro: Miguel.
Tres hijos tuvo Leonor, y el enigma nunca se aclaró.
Algunos se burlaban, la calificaban de loca, inútil de ejemplo. Otros, viendo a los niños sanos y la madre incansable, le admiraban el coraje. Alguna le señalaba para asustar a las hijas y predicar decencia.
La madre de Leonor, avergonzada, ni la ayudaba ni quería conocer a los nietos.
Y Leonor, sin inmutarse, seguía su vida con la barbilla en alto, dejando atrás las miradas ajenas.
El tiempo pasó y un día, una berlina brillante se plantó frente a su puerta. Bajó el director de la quesería, don Ramón Alonso, con un ramo de flores gigantesco. Entró en casa y enseguida se arremolinó el vecindario intrigado:
¿Qué está pasando? ¿A qué viene don Ramón en pleno día, y con flores?
Sabían que el director, estimado por todos, había enviudado hacía un año. Su esposa llevaba mucho tiempo en cama y él la cuidó hasta el final, sin abandonarla ni en los días más difíciles.
Cuando Leonor salió a despedirlo, tanta gente rodeaba la casa que ella apenas sabía a dónde mirar. Don Ramón la atrajo hacia sí y la besó ante todos. Luego, en voz alta, proclamó:
Leonor ha aceptado casarse conmigo. Nosotros y nuestros hijos os invitamos a todos a la boda.
El silencio fue de tumba. Nadie daba crédito a la escena Hasta que repararon en a quién se parecían tanto los chicos de Leonor.
Y de pronto, de todas partes brotaron felicitaciones
Tras una boda espléndida y concurrida, don Ramón trasladó a Leonor y a los niños a su casona. Todo el pueblo ayudó con la mudanza.
Al año siguiente, llegó esa niña tan esperada
Así que quién puede dar crédito a las profecías de las meigas.






