Diario de Lucía Rabaneda
Desde el principio, no pude aceptar del todo a mi nuera, Jimena. Y no era por ese eterno rifirrafe entre suegra y nuera, sino porque, simplemente, no lograba cogerle cariño. ¿Cómo iba a hacerlo? Era torpe, cuando hablaba parecía la corneta de un desfile, un ojo se le iba un poco, la cara, llena de pecas, ay, qué puede ver en ella mi hijo. El pelo, más áspero que el de un burro, larguirucha como un poste, manos como ramas, pies grandes, ojos claros y desorbitados
No, Jimena no se había ganado mi simpatía.
Fue mi hijo Carlos, mi Panasillo, el que me la trajo de tan lejos, de no sé dónde, porque por allá deben de ser todos como ella. Aquí, en Castilla, las chicas son pequeñas, de ojos oscuros y pelo como lino, la piel de porcelana, cuerpito hecho y derecho. Ya le tenía echado el ojo a Leonor Crespo, una moza del pueblo vecina, qué alegría me daba aquella niña: risueña, trabajadora, de voz alegre, siempre dispuesta. Ella sí servía, ya lo creo.
Con Leonor y su padre, Julián, ya casi lo tenía apalabrado todo, y el hombre veía con buenos ojos una unión con los Rabaneda. Sólo esperábamos que Carlos terminara la mili y regresara, para tocar las campanas y preparar la boda. Y la juventud de Leonor, bah, eso no es nada, que vaya de la falda de la madre a los cuidados del marido, como ha sido siempre.
¡Menuda va a ser de ama de casa! me decía yo. Si hasta me traía pastas hechas por ella, o la mantequilla que ha batido ella misma, siempre buscaba mi aprobación y yo se la daba, cómo no.
A veces, me sorprendía a mí misma soñando: me veía cuidando a mis nietos, rodeada de niños en la cocina, el crío de ojos oscuros llamándome: Abuela, ven, abuela, aquí estoy. Era casi como volver a ser niña, corriendo por el campo, sin que me doliesen las piernas. Y me despertaba sonriente, convencida que pronto sería realidad.
Cuánto deseaba que Carlos llegara a casa
Por fin llegó.
Pero no volvió solo, no. Trajo consigo a esa tal Jimena, una madrileña larguirucha, flacucha, más alta que él, con esos cabellos como hilos, esas piernas de cigüeña, y esa cara de pecas y ojos saltones Ay, Dios mío.
Pensé que era una broma, pero no, Carlos me la presentó: Mamá, te presento a mi esposa, Jimena.
Se me vino el mundo abajo. ¡Pero si aquí ya tenía quien le esperaba! Llamé a Diego, el chico del vecino. Lo cogí por la oreja.
Pero, tía Lucía, ¿a qué viene este tirón?
Venga, confiesa, ¿qué le escribías tú a Carlos?
Lo que me dictabais vosotras, nada más.
¿Y sobre la prometida? ¿Le hablabas de quién le esperaba?
¿De Leonor? Claro que sí, pero se zafó y soltó pero Leonor es muy joven, tiene sólo quince y Carlos ya es hombre hecho…
Ay, calla, ¡si ya está en edad de casarse! Así era siempre antes, ¿no sabes?
Antes era antes, tía Lucía, pero hoy en día con eso nos lleváis a juicio y nos castigan a todos
¿Y por qué nos iban a castigar? ¿Por cogerte la oreja? Muchacho
Por querer casar a un hombre con una cría.
Anda, niño, tira; a ver si resultas tú candidato. Se fue, frotándose la oreja roja Pues como lo has escrito mal, ya lo averiguaré yo. A tu tío Carlos se lo pregunto.
Y así lo hice. Cuando encontré a mi hijo, se lo solté:
Carlos, una cosita. ¿Recibiste mis cartas en la mili?
Sí, mamá, todas, las tengo guardadas.
¿Y sobre Leonor? ¿No te lo dejé claro?
Sí, decías que estudiaba mucho, que quería irse a Madrid para ser médico. Que era buena chica. Y a mí me parece estupendo, que cada uno sea feliz.
No entendía yo nada. ¿Estudios de medicina? ¿Acaso no le decía que se casase con ella?
Mamá, Leonor es una niña, y aunque fuera legal, aquí sólo cabe una esposa.
Ay, sentí que el suelo me temblaba. Quise llorar. Supliqué:
Echa a esta forastera, Carlos, por Dios y por tu madre, echa a Jimena y cásate con una de las nuestras. Nadie se enterará, hazme caso
Mamá, ya es suficiente. Amo a Jimena, es mi esposa, y si no quieres vivir con nosotros, nos iremos. Ella es médico, la han destinado aquí, va a encargarse de la consulta del pueblo Nos iremos si hace falta.
Ya está, pensaba yo, ya la forastera ha separado al hijo de la madre. Hasta un día me dio un jamacuco y ahí mismo en el suelo me atendió la pelirroja, y hasta me alivié, pero ni por eso pude quererla.
Pasaron los años y no llegaban los nietos. Yo, por dentro, me alegraba un poco: Si Carlos se hubiera casado con Leonor, ya habría chiquillos corriendo por el corral. Mientras, Leonor se fue a Madrid a estudiar con aquel muchacho de orejotas. Yo seguía esperando que, al volver, pondría a esa Jimena en su sitio, que pronto Carlos recapacitaría.
Pero empecé a notar que Jimena se ponía cada vez más blanca, todavía más pálida incluso las pecas se le borraron. ¿Se estaría muriendo, la pobrecilla?
¿Qué le pasa a la tuya? le pregunté a mi hijo.
Carlos sonreía y no podía disimularlo.
Vas a ser abuela, mamá
Escupí de rabia y me fui. Todo hecho trizas
Casi ni quería acercarme al crío cuando llegó. Se llamaba Iván, como el abuelo paterno. Prometí no cogerlo, que se apañaran ellos solos con la criatura.
Cuatro meses habían pasado desde que aterrizó Iván en la familia. Carlos siempre trabajando, llegando de noche. Y Jimena, corre que te corre, todo le daba tiempo: comida, niño, animales.
Yo, la vieja, ni entraba ni salía.
Hasta esa noche que me despertó el llanto. ¿No lo oía la madre? Me levanté con mucho trabajo, la espalda protestando. El niño berreando en la cuna, y Jimena, la muy burra, tirada en el suelo, desmayada, la casa entera embadurnada de sangre
Me asusté tanto que casi no podía pensar. Intenté apañarla, la cubrí como pude, busqué ayuda. En ese momento, entró Carlos.
¿Dónde estabas?
En el trabajo
¿Trabajo? ¡Tienes a tu mujer muriéndose aquí!
Le ordené que fuera a pedir la furgoneta a Germán, el vecino, y llevara a Jimena al hospital del distrito, o la perdíamos. Luego ya tendría tiempo de hablar con él.
Ingresaron a Jimena en el hospital. Cuando despertó, entré yo con una bolsa de ropa y un tupper. Me senté a su lado, callada. Le hablé bajo.
Le he dado de comer a Iván. No iba a llevarme al niño en un viaje tan largo. Nuestra vecina Carmen se ha ofrecido a cuidarlo, ya ha criado siete. No te preocupes, al nuestro no le va a faltar de nada.
Y apenas oí que Jimena, con el alma temblando, decía nuestro. Me puse a fregarla, que allí estaba empapada de sangre y nadie había hecho nada. Me las apañé para conseguir agua y jabón y le dejé las cosas en la mesilla.
Tú quédate aquí cuanto haga falta. Vendré cada día, ¿me oyes?
La vieja suegra regañó a las enfermeras y a las otras del cuarto, y todas querían una madre así. Pero yo le susurraba a Jimena:
Ya hablaremos en casa, que pocas luces tienes, muchacha. ¿A quién querías dejar? ¿Al niño o a esta vieja? Los hombres hoy sí, mañana no, pero los hijos y la suegra somos lo que queda. Mañana vuelvo, ¿eh?
Gracias mamá musitó ella. Sentí que la voz me temblaba. Y yo, como una chiquilla, le devolví una sonrisa y salí casi trotando.
Vaya madre tienes, Jimena comentaban las demás.
Es la madre de mi marido les respondía ella. Pero casi es mía también
Al día siguiente, Carlos vino. Se sentó en la cama, sin atreverse a mirarla.
Perdóname, Jimena, soy un idiota
No pasa nada, Carlos pero piensa qué vida quieres: esa vida o nosotros.
¡A ti y a mi hijo! Ni lo dudes
Y a mamá dijo ella, muy bajito.
Ay, y que no tenía nada bueno esta Jimena, mi nuera. ¿Por qué querría yo quererla? Y sin embargo la quería. Me enredó el corazón a base de aguantar mi genio, preocuparse por su casa y por el niño. A escondidas, cuando nadie miraba, cogía a Iván en brazos y lo mareaba a besos, ay, cómo lo quería.
Una noche, casi la lío al dormirme. Por poco pierdo al niño. Aquella vez, cuando Carlos volvió del hospital, le dejé las cosas claras: o la familia o las noches sin rumbo.
Que ame a otra, vale, pero la casa en orden. Jamás echaría a Jimena de casa, ni al niño menos; Carlos estaba hecho un hombre, bien podía vivir como quisiera pero esta era mi casa, y su mujer casi mi hija.
Por mucho que al principio jurara que no tenía razones para querer a Jimena, las encontré. Por su alegría, por su voz cuando cantaba y parecía que hasta los ángeles callaban, por las manos rápidas, por la energía incansable por todo, y sobre todo, por mis nietos: Iván, Miguel, Andrés, Diego y Mariquilla.
Menos mal que nada se torció tras aquella noche. Jimena, que siempre llevó un dolor por ese temblor nocturno, tuvo más niños y los crió bien.
Y sí, tanto querían mis hijas, que hasta me reprochaban: Te es más hija esa forastera.
¿Y cómo no iba a serlo, si treinta años vivió aquí, compartiendo sudores, risas y lágrimas? Viví hasta bien vieja. Eduqué a cada nieto, hasta bisnietos llegué a tener, y me fui al otro barrio con el alma tranquila y una sonrisa serena
Madrid, junio de 1973
Lucía RabanedaY qué orgullosa estuve el día que, en las fiestas del pueblo, todos los nietos salieron juntos al escenario, de la mano, con esa mezcla de colores en la piel y destellos del otro mundo en los ojos. Nadie preguntaba ya de dónde venía cada uno: eran Rabaneda, y punto.
Jimena, con ese carisma callado, los reunió a todos en torno a la mesa, y yo, sentada en la punta, miraba a mi alrededor comprendiendo por fin que la familia se hace, más que se hereda. No me di cuenta del momento exacto en que se me deshicieron las viejas costuras del corazón, pero sí sé que, desde entonces, cuando mis hijos me preguntaban ¿a quién quieres más, madre?, yo respondía, con voz de mando y gracia de abuela:
Al que me aguanta y me quiere como soy, y al que, aunque no nació aquí, me enseñó que el amor también se aprende.
Dicen que las raíces no se ven, pero a veces se sienten temblar bajo el suelo viejo. Y si alguna vez, en el futuro, alguien pregunta por la saga de los Rabaneda, bastará con que miren alrededor en cualquier reunión bulliciosa, busquen a la mujer pecosa cantando canciones de otras tierras, y a la vieja sentada a su lado con los ojos brillando. Allí está la respuesta: al final del orgullo, sólo queda el cariño, y es lo único que merece la pena recordar.







