A Kalina no le caía bien su nuera, y no, no era por el típico rifirrafe entre suegra y nuera, simplemente no la quería. ¿Y por qué iba a querer a esa desastrada? Cuando hablaba, parecía una trompeta, un ojo un poco bizco, la cara llena de pecas, ¡anda, qué mujer esta! El pelo como una crin de caballo, altísima, manos como palos, piernas largas como varas, ojos pálidos y saltones… Kalina no quería a su nuera, no le entró en el corazón. Fue su hijo Panasio el que la trajo de lejos, que seguramente por allí todas eran así. Pero las de aquí, no; aquí las muchachas son bajitas, de ojos negros, pelo suave como lino, carita limpia y redonda, con cuerpo hecho y derecho, y Kalina ya tenía vista a una moza vecina, pensaba que sería su nuera: Uliana Chornushina, ¡ay qué voz, qué risa y qué trabajadora! Eso sí que era una muchacha, bien hecha y derecha. Kalina, la suegra que nunca aceptó a la nuera, prefería a la vecina Uliana para su hijo: una historia sobre prejuicios, suegras, nueras y el verdadero amor familiar en la España profunda.

Diario de Lucía Rabaneda

Desde el principio, no pude aceptar del todo a mi nuera, Jimena. Y no era por ese eterno rifirrafe entre suegra y nuera, sino porque, simplemente, no lograba cogerle cariño. ¿Cómo iba a hacerlo? Era torpe, cuando hablaba parecía la corneta de un desfile, un ojo se le iba un poco, la cara, llena de pecas, ay, qué puede ver en ella mi hijo. El pelo, más áspero que el de un burro, larguirucha como un poste, manos como ramas, pies grandes, ojos claros y desorbitados

No, Jimena no se había ganado mi simpatía.

Fue mi hijo Carlos, mi Panasillo, el que me la trajo de tan lejos, de no sé dónde, porque por allá deben de ser todos como ella. Aquí, en Castilla, las chicas son pequeñas, de ojos oscuros y pelo como lino, la piel de porcelana, cuerpito hecho y derecho. Ya le tenía echado el ojo a Leonor Crespo, una moza del pueblo vecina, qué alegría me daba aquella niña: risueña, trabajadora, de voz alegre, siempre dispuesta. Ella sí servía, ya lo creo.

Con Leonor y su padre, Julián, ya casi lo tenía apalabrado todo, y el hombre veía con buenos ojos una unión con los Rabaneda. Sólo esperábamos que Carlos terminara la mili y regresara, para tocar las campanas y preparar la boda. Y la juventud de Leonor, bah, eso no es nada, que vaya de la falda de la madre a los cuidados del marido, como ha sido siempre.

¡Menuda va a ser de ama de casa! me decía yo. Si hasta me traía pastas hechas por ella, o la mantequilla que ha batido ella misma, siempre buscaba mi aprobación y yo se la daba, cómo no.

A veces, me sorprendía a mí misma soñando: me veía cuidando a mis nietos, rodeada de niños en la cocina, el crío de ojos oscuros llamándome: Abuela, ven, abuela, aquí estoy. Era casi como volver a ser niña, corriendo por el campo, sin que me doliesen las piernas. Y me despertaba sonriente, convencida que pronto sería realidad.

Cuánto deseaba que Carlos llegara a casa

Por fin llegó.

Pero no volvió solo, no. Trajo consigo a esa tal Jimena, una madrileña larguirucha, flacucha, más alta que él, con esos cabellos como hilos, esas piernas de cigüeña, y esa cara de pecas y ojos saltones Ay, Dios mío.

Pensé que era una broma, pero no, Carlos me la presentó: Mamá, te presento a mi esposa, Jimena.

Se me vino el mundo abajo. ¡Pero si aquí ya tenía quien le esperaba! Llamé a Diego, el chico del vecino. Lo cogí por la oreja.

Pero, tía Lucía, ¿a qué viene este tirón?
Venga, confiesa, ¿qué le escribías tú a Carlos?
Lo que me dictabais vosotras, nada más.
¿Y sobre la prometida? ¿Le hablabas de quién le esperaba?
¿De Leonor? Claro que sí, pero se zafó y soltó pero Leonor es muy joven, tiene sólo quince y Carlos ya es hombre hecho…

Ay, calla, ¡si ya está en edad de casarse! Así era siempre antes, ¿no sabes?
Antes era antes, tía Lucía, pero hoy en día con eso nos lleváis a juicio y nos castigan a todos
¿Y por qué nos iban a castigar? ¿Por cogerte la oreja? Muchacho
Por querer casar a un hombre con una cría.

Anda, niño, tira; a ver si resultas tú candidato. Se fue, frotándose la oreja roja Pues como lo has escrito mal, ya lo averiguaré yo. A tu tío Carlos se lo pregunto.

Y así lo hice. Cuando encontré a mi hijo, se lo solté:

Carlos, una cosita. ¿Recibiste mis cartas en la mili?
Sí, mamá, todas, las tengo guardadas.
¿Y sobre Leonor? ¿No te lo dejé claro?
Sí, decías que estudiaba mucho, que quería irse a Madrid para ser médico. Que era buena chica. Y a mí me parece estupendo, que cada uno sea feliz.

No entendía yo nada. ¿Estudios de medicina? ¿Acaso no le decía que se casase con ella?

Mamá, Leonor es una niña, y aunque fuera legal, aquí sólo cabe una esposa.

Ay, sentí que el suelo me temblaba. Quise llorar. Supliqué:

Echa a esta forastera, Carlos, por Dios y por tu madre, echa a Jimena y cásate con una de las nuestras. Nadie se enterará, hazme caso

Mamá, ya es suficiente. Amo a Jimena, es mi esposa, y si no quieres vivir con nosotros, nos iremos. Ella es médico, la han destinado aquí, va a encargarse de la consulta del pueblo Nos iremos si hace falta.

Ya está, pensaba yo, ya la forastera ha separado al hijo de la madre. Hasta un día me dio un jamacuco y ahí mismo en el suelo me atendió la pelirroja, y hasta me alivié, pero ni por eso pude quererla.

Pasaron los años y no llegaban los nietos. Yo, por dentro, me alegraba un poco: Si Carlos se hubiera casado con Leonor, ya habría chiquillos corriendo por el corral. Mientras, Leonor se fue a Madrid a estudiar con aquel muchacho de orejotas. Yo seguía esperando que, al volver, pondría a esa Jimena en su sitio, que pronto Carlos recapacitaría.

Pero empecé a notar que Jimena se ponía cada vez más blanca, todavía más pálida incluso las pecas se le borraron. ¿Se estaría muriendo, la pobrecilla?

¿Qué le pasa a la tuya? le pregunté a mi hijo.

Carlos sonreía y no podía disimularlo.

Vas a ser abuela, mamá

Escupí de rabia y me fui. Todo hecho trizas

Casi ni quería acercarme al crío cuando llegó. Se llamaba Iván, como el abuelo paterno. Prometí no cogerlo, que se apañaran ellos solos con la criatura.

Cuatro meses habían pasado desde que aterrizó Iván en la familia. Carlos siempre trabajando, llegando de noche. Y Jimena, corre que te corre, todo le daba tiempo: comida, niño, animales.

Yo, la vieja, ni entraba ni salía.

Hasta esa noche que me despertó el llanto. ¿No lo oía la madre? Me levanté con mucho trabajo, la espalda protestando. El niño berreando en la cuna, y Jimena, la muy burra, tirada en el suelo, desmayada, la casa entera embadurnada de sangre

Me asusté tanto que casi no podía pensar. Intenté apañarla, la cubrí como pude, busqué ayuda. En ese momento, entró Carlos.

¿Dónde estabas?
En el trabajo
¿Trabajo? ¡Tienes a tu mujer muriéndose aquí!

Le ordené que fuera a pedir la furgoneta a Germán, el vecino, y llevara a Jimena al hospital del distrito, o la perdíamos. Luego ya tendría tiempo de hablar con él.

Ingresaron a Jimena en el hospital. Cuando despertó, entré yo con una bolsa de ropa y un tupper. Me senté a su lado, callada. Le hablé bajo.

Le he dado de comer a Iván. No iba a llevarme al niño en un viaje tan largo. Nuestra vecina Carmen se ha ofrecido a cuidarlo, ya ha criado siete. No te preocupes, al nuestro no le va a faltar de nada.

Y apenas oí que Jimena, con el alma temblando, decía nuestro. Me puse a fregarla, que allí estaba empapada de sangre y nadie había hecho nada. Me las apañé para conseguir agua y jabón y le dejé las cosas en la mesilla.

Tú quédate aquí cuanto haga falta. Vendré cada día, ¿me oyes?

La vieja suegra regañó a las enfermeras y a las otras del cuarto, y todas querían una madre así. Pero yo le susurraba a Jimena:

Ya hablaremos en casa, que pocas luces tienes, muchacha. ¿A quién querías dejar? ¿Al niño o a esta vieja? Los hombres hoy sí, mañana no, pero los hijos y la suegra somos lo que queda. Mañana vuelvo, ¿eh?

Gracias mamá musitó ella. Sentí que la voz me temblaba. Y yo, como una chiquilla, le devolví una sonrisa y salí casi trotando.

Vaya madre tienes, Jimena comentaban las demás.
Es la madre de mi marido les respondía ella. Pero casi es mía también

Al día siguiente, Carlos vino. Se sentó en la cama, sin atreverse a mirarla.

Perdóname, Jimena, soy un idiota
No pasa nada, Carlos pero piensa qué vida quieres: esa vida o nosotros.
¡A ti y a mi hijo! Ni lo dudes
Y a mamá dijo ella, muy bajito.

Ay, y que no tenía nada bueno esta Jimena, mi nuera. ¿Por qué querría yo quererla? Y sin embargo la quería. Me enredó el corazón a base de aguantar mi genio, preocuparse por su casa y por el niño. A escondidas, cuando nadie miraba, cogía a Iván en brazos y lo mareaba a besos, ay, cómo lo quería.

Una noche, casi la lío al dormirme. Por poco pierdo al niño. Aquella vez, cuando Carlos volvió del hospital, le dejé las cosas claras: o la familia o las noches sin rumbo.

Que ame a otra, vale, pero la casa en orden. Jamás echaría a Jimena de casa, ni al niño menos; Carlos estaba hecho un hombre, bien podía vivir como quisiera pero esta era mi casa, y su mujer casi mi hija.

Por mucho que al principio jurara que no tenía razones para querer a Jimena, las encontré. Por su alegría, por su voz cuando cantaba y parecía que hasta los ángeles callaban, por las manos rápidas, por la energía incansable por todo, y sobre todo, por mis nietos: Iván, Miguel, Andrés, Diego y Mariquilla.

Menos mal que nada se torció tras aquella noche. Jimena, que siempre llevó un dolor por ese temblor nocturno, tuvo más niños y los crió bien.

Y sí, tanto querían mis hijas, que hasta me reprochaban: Te es más hija esa forastera.

¿Y cómo no iba a serlo, si treinta años vivió aquí, compartiendo sudores, risas y lágrimas? Viví hasta bien vieja. Eduqué a cada nieto, hasta bisnietos llegué a tener, y me fui al otro barrio con el alma tranquila y una sonrisa serena

Madrid, junio de 1973

Lucía RabanedaY qué orgullosa estuve el día que, en las fiestas del pueblo, todos los nietos salieron juntos al escenario, de la mano, con esa mezcla de colores en la piel y destellos del otro mundo en los ojos. Nadie preguntaba ya de dónde venía cada uno: eran Rabaneda, y punto.

Jimena, con ese carisma callado, los reunió a todos en torno a la mesa, y yo, sentada en la punta, miraba a mi alrededor comprendiendo por fin que la familia se hace, más que se hereda. No me di cuenta del momento exacto en que se me deshicieron las viejas costuras del corazón, pero sí sé que, desde entonces, cuando mis hijos me preguntaban ¿a quién quieres más, madre?, yo respondía, con voz de mando y gracia de abuela:

Al que me aguanta y me quiere como soy, y al que, aunque no nació aquí, me enseñó que el amor también se aprende.

Dicen que las raíces no se ven, pero a veces se sienten temblar bajo el suelo viejo. Y si alguna vez, en el futuro, alguien pregunta por la saga de los Rabaneda, bastará con que miren alrededor en cualquier reunión bulliciosa, busquen a la mujer pecosa cantando canciones de otras tierras, y a la vieja sentada a su lado con los ojos brillando. Allí está la respuesta: al final del orgullo, sólo queda el cariño, y es lo único que merece la pena recordar.

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A Kalina no le caía bien su nuera, y no, no era por el típico rifirrafe entre suegra y nuera, simplemente no la quería. ¿Y por qué iba a querer a esa desastrada? Cuando hablaba, parecía una trompeta, un ojo un poco bizco, la cara llena de pecas, ¡anda, qué mujer esta! El pelo como una crin de caballo, altísima, manos como palos, piernas largas como varas, ojos pálidos y saltones… Kalina no quería a su nuera, no le entró en el corazón. Fue su hijo Panasio el que la trajo de lejos, que seguramente por allí todas eran así. Pero las de aquí, no; aquí las muchachas son bajitas, de ojos negros, pelo suave como lino, carita limpia y redonda, con cuerpo hecho y derecho, y Kalina ya tenía vista a una moza vecina, pensaba que sería su nuera: Uliana Chornushina, ¡ay qué voz, qué risa y qué trabajadora! Eso sí que era una muchacha, bien hecha y derecha. Kalina, la suegra que nunca aceptó a la nuera, prefería a la vecina Uliana para su hijo: una historia sobre prejuicios, suegras, nueras y el verdadero amor familiar en la España profunda.
Ahora vais a tener un hijo propio y es hora de que ella vuelva al orfanato —¿Cuándo va a darme mi hijo, por fin, un nieto? —preguntó doña Carmen con irritación, mirando a su nuera sentada a la mesa. —Usted sabe tan bien como yo que llevamos ya tres años intentando tener un hijo —suspiró Marta, resignada a escuchar, una vez más, la misma pregunta que marcaba cada visita familiar. ¿Qué podía hacer? Los médicos aseguraban que ni ella ni Javier tenían ningún problema. —Eso digo. Estáis casados desde hace mucho y no hay manera de que llegue ese niño —dijo la mujer con desdén—. Seguro que tu juventud fue de las moviditas. —Por favor, doña Carmen, ¿a qué viene esa insinuación? —no pudo evitar Marta, cerrando con fuerza el portátil. Ya esa tarde no podría avanzar en el trabajo—. ¿Acaso le he dado algún motivo? Le pido, además, que no me hable de ese modo. —¿Y si no? —respondió la suegra, fingiendo sorpresa—. ¿Vas a quejarte a Javier? ¿No te da miedo que él me dé la razón? Al fin y al cabo, soy su madre. La respuesta fue una puerta cerrada de un portazo. Por supuesto, Marta no pensaba decirle nada a su marido; no porque creyera que se pondría del lado de su madre, sino porque no quería preocuparle. ************************************************************* Desde el primer encuentro, las cosas entre nuera y suegra no funcionaron. A doña Carmen no le gustaba nada en Marta: ni su apariencia sencilla, ni cómo vestía, ni cómo cocinaba… La lista era inagotable. La madre de Javier se opuso siempre a esa relación, presionó a su hijo, pero por suerte él sabía imponerse. Se casaron. Al principio pareció que doña Carmen se calmaba, en parte porque los recién casados se mudaron a un piso lejos de la casa familiar. Pero no pasó ni medio año antes de que encontrara un motivo nuevo para sus quejas: la ausencia de hijos. Al principio Marta se lo tomaba con humor: todavía son jóvenes, mejor disfrutar de la vida; también la carrera profesional es importante. Pero su suegra respondía con firmeza, que hay que tener hijos cuanto antes y, además, más de uno. Marta cedió ante la presión. Y entonces comenzó el calvario. Durante tres años pasó por todo tipo de pruebas médicas y tratamientos, pero nada daba resultado. Uno de los médicos sugirió que quizá el problema era psicológico. Doña Carmen solo se rió y le recomendó cambiar de doctor. ****************************************** Tras otra conversación agotadora con la suegra, Marta trató de distraerse hojeando las redes sociales. Las fotos de niños le revolvían el alma; ella realmente deseaba ser madre, pero no para contentar a su imposible suegra, sino para sí misma. Un post le llamó la atención: una mujer hablaba de su trabajo en un orfanato. Pensó en esos niños sin padres ni madre… ¿Sería capaz de querer a un niño ajeno como propio? Se imaginó el rostro sonriente de un bebé reclamando sus brazos. Decidida, acercó el teclado y empezó a informarse. Llenar papeles, exámenes médicos, citas… No le asustaba la burocracia si el deseo de ser madre era más fuerte. Solo faltaba la opinión de Javier. Ella temía su reacción, pero él aceptó la idea con sorprendente facilidad. Solo sugirió que, si era posible, fuese un bebé de la casa-cuna. Así quedó acordado. Con el tiempo, la familia sumó un miembro más. Los dos se enamoraron enseguida de Angelines, una bebé de cinco meses. La única en oponerse era doña Carmen, pero a nadie le importó; Javier incluso la amenazó con mudarse a otra ciudad si seguía armando escándalos. Al final, la suegra tuvo que fingir ante todos que adoraba a su nieta. Pasaron siete años. Angelines terminó primero de Primaria, tenía muchos amigos y era muy cariñosa y responsable. Marta no podía estar más feliz. Ese verano se fueron todos juntos al mar. Sol, olas, arena blanca… ¿Qué más se podía pedir? Y además, la suegra estaba bien lejos, sin oportunidad de amargar el ambiente. Al final de las vacaciones Marta empezó a encontrarse mal, pero no dijo nada para no preocupar. Al volver a casa fue directa al médico. Javier, sin embargo, notó el malestar y, preocupado, adelantó el regreso prometiendo volver al mar en Navidades. El resultado de las pruebas fue el menos esperado, pero el más feliz: iban a tener un hijo. Angelines, emocionadísima, ya pensaba en su nuevo rol de hermana mayor. Doña Carmen se enteró unos meses después, cuando el embarazo era evidente. Aprovechando que solo estaba Marta en casa, apareció sin avisar. —No voy a preguntar por qué no lo contasteis antes —soltó desde la puerta, examinando la barriga de Marta—, pero sí traigo otra pregunta. —¿Cuál? —a Marta le dio un mal presentimiento. —¿Cuándo pensáis devolver a Angelines al orfanato? —preguntó la suegra, seria—. Ahora que vais a tener un hijo de verdad, la adoptada debe volver donde corresponde. Marta tembló. No podía creer lo que oía. ¿Cómo se puede decir algo así? ¿Sobre una niña que ya es parte de la familia? —¿Lo dice en serio? —Por supuesto —bufó doña Carmen, mirándola fijamente—. ¿Entonces, para cuándo? —¡Fuera de mi casa! —gruñó Marta, conteniéndose para no perder los nervios—. ¡No vuelva nunca más! Empujó a la suegra fuera, que no esperaba semejante reacción. Dudó en llamar a Javier —tenía una reunión importante—, pero al final tendría que contárselo. ********************************************* Airada, doña Carmen fue directamente al trabajo de su hijo. Ignoró a la secretaria y se plantó en el despacho. —Tu mujercita acaba de echarme de casa como si yo fuera una extraña. —Vaya recibimiento —resopló Javier—. ¿Qué le has dicho para que reaccionase así? —Solo le pregunté cuándo pensáis devolver a la niña al orfanato. Por fin vais a tener vuestro hijo, así que necesitaréis tiempo y dinero para él. —¿Cómo puedes tener una idea tan monstruosa? —Javier apretó con rabia el bolígrafo hasta partirlo—. No vamos a echar a Angelines. ¡Es mi hija, te guste o no! —¿Y eso por qué? Solo es una adoptada, y ya es mayorcita. Lo entenderá si se lo explicáis. —Ni se te ocurra decirle nada —lanzó el bolígrafo roto y golpeó la mesa—. ¿Me has entendido? —¿Y cómo piensas impedírmelo? —replicó burlona la mujer mientras salía—. Esa niña sobra en la familia y haré lo posible para que lo entiendas. Javier se quedó mirando la puerta cerrada mucho tiempo. La secretaria entró a disculparse; él ni la oyó. Tenía mucho en qué pensar. Finalmente, tomó una decisión y se inclinó hacia el teléfono… ************************************************************* Marta caminaba despacio por el parque, sonriendo al ver a Angelines correteando junto al bebé de un año. Su nueva faceta de hermana mayor la vivía con total compromiso. En un banco cercano, dos mujeres charlaban sobre sus nueras. Entonces Marta recordó a su propia suegra. Tras aquella última visita, no volvieron a verse. En solo una semana, Javier trasladó a toda la familia a miles de kilómetros del antiguo hogar, sabiendo que era la única forma de proteger a Angelines. Su madre sería capaz de contarle a todo el mundo que la niña era adoptada. Ahora vivían tranquilos: tenían una niña encantadora, un bebé, y pronto llegaría otro hijo más. De vez en cuando, Javier llamaba a su padre. Así supo que su madre seguía igual, aunque ahora había puesto el punto de mira en la hija que acababa de casarse. Javier lo sentía por su hermana, pero ella no parecía disgustada. Así es la vida, pensaba: ellos tienen la suya y nosotros la nuestra. Y mirando a su familia, Javier solo podía sentirse profundamente feliz. Ojalá todos pudieran decir lo mismo.