¡Por favor, Luisito! No sé qué hacer, el agua sale a chorros, ¡voy a inundar a los vecinos, y ya sabes cómo es la bruja de abajo, me va a hacer la vida imposible! ¡Me tiemblan las manos, ni siquiera encuentro la llave de paso! La voz al teléfono era tan aguda y quejumbrosa que se oía perfectamente desde el otro lado de la mesa, aunque el móvil no estuviera en manos libres.
Beatriz dejó el tenedor sobre el plato lentamente. El tintineo sobre la porcelana en la silenciosa cocina sonó como el inicio de otro asalto en la pelea diaria que llevaba tres años librando. Frente a ella, su marido, Luis, mordía el labio con aire de culpabilidad mirando alternativamente el guiso casero medio frío y la pantalla iluminada del móvil.
Tranquila, Lola susurraba él al teléfono. ¿Qué llave no encuentras? ¿La de debajo del fregadero o la del baño? Intenta cerrar la general.
¡No sé dónde está! ¡Luisito, ven, te lo ruego! ¡Tengo miedo! ¿Y si es agua caliente? ¡Estoy sola y me asusto!
Luis levantó la mirada hacia su mujer. En sus ojos se mezclaban la súplica y el desgaste: una expresión demasiado habitual últimamente.
¿Lo oyes, Bea? Si no voy, se le llena la casa de agua. Lola no sabe ni cambiar una bombilla, es como una niña. Tengo que ir…
Por supuesto, tienes que ir respondió Beatriz con voz serena y controlada, pese a la tormenta interna. Hoy no celebramos ningún aniversario, ni habíamos planeado este día con dos semanas de antelación. Ni he pasado tres horas cocinando. Ve, Luis, sálvale el pellejo a Lola. Seguro que sin ti, se pierde.
No empieces, ¿vale? Luis se levantó de golpe, recogió las llaves del coche apresuradamente. Somos amigos de toda la vida. Está en apuros. No tardo nada. Cambio la junta y vuelvo. Guarda el guiso en el horno, que no se enfríe.
La puerta se cerró. Beatriz se quedó sola en casa, rodeada del aroma de la cena especial y el regusto amargo de la decepción. Se acercó a la ventana y contempló cómo el coche de su marido desaparecía en la noche madrileña.
Lola. Aquel nombre era ya el tercero en discordia en su matrimonio. Amiga de la infancia, compañera del colegio, una más del grupo, como repetía Luis. Apareció tras su divorcio y se instaló de golpe en sus vidas. Al principio, sólo eran favores esporádicos: ayudarle a mudar sus cosas, formatear el ordenador Luis, alma generosa y manitas, siempre acudía.
Pero el apetito se abre comiendo. Las supuestas desgracias de Lola se volvieron cotidianas: un pinchazo en la carretera, la estantería que se cae, el armario que urge montar porque no hay espacio para la ropa y no se puede vivir así. Siempre, por supuesto, justo cuando Beatriz y Luis tenían una cita o un día especial.
Beatriz no era la típica celosa. Entendía lo que era la amistad. Pero la intuición femenina le insistía en que había algo más tras tanto grifo roto. Lola era atractiva, siempre impecable, con una forma de mirar a los hombres como si fueran dioses caídos del Parthenón. Sabía jugar a la niña indefensa y Luis caía, sintiéndose héroe.
Beatriz guardó la cena. El apetito se le había ido. Luis volvió tres horas después; estaba agotado, manchado de grasa y, sin embargo, complacido consigo mismo.
¡Madre mía, menos mal que fui! Estaba todo hecho un desastre, se había soltado el sifón y ha sido un lío. He tenido que ir a una ferretería de guardia por la junta. Lola estaba tan nerviosa que ha acabado tomando valeriana.
¿Te ha invitado, al menos, a un té por salvarla? preguntó Beatriz fingiendo leer un libro.
Sí, me ha dado infusión y un trozo de tarta, una tarta de manzana que hizo. Te manda recuerdos y siente haber estropeado la noche.
Tarta de manzana, pensó Beatriz. O sea, mientras el agua inundaba su casa y no encontraba la llave, tenía el horno encendido con una tarta. No comentó nada. Los reproches nunca funcionaron con Luis, que se ponía enseguida a la defensiva. Beatriz decidió actuar con sutileza: la próxima vez, iría con él.
No tuvo que esperar mucho. Ese sábado iban a pasar el día en la sierra. Tenían el coche cargado, las brasas preparadas y un delicioso fin de semana por delante. Luis estaba metiendo las bolsas en el maletero cuando sonó el móvil. Beatriz reconoció el tono exclusivo de Lola.
¿Qué te pasa, Lola? ¿Se está quemando? ¿Huele a chamusquina? No toques nada, apaga los plomos del pasillo. Sí, sí, ahora voy.
Luis colgó y miró a Beatriz, que estaba apoyada en la verja con la caja de petunias.
Bea, mira, hay…
¿Un enchufe? le cortó ella.
Peor, el cuadro eléctrico chisporrotea. Dice que huele mal todo el piso. Le da miedo que prenda fuego. Los del edificio no trabajan en sábado y un electricista privado seguro que tarda y cobra un pastón.
Ya veo Beatriz dejó la caja de flores en el suelo. ¿Cancelamos la excursión?
No, mujer, sólo pasamos por casa de Lola, le echo un vistazo al cuadro, si es serio llamo a emergencias, si es poco lo arreglo en media hora.
Perfecto afirmó Beatriz con calma. Voy contigo.
Luis se quedó de piedra.
¿Para qué? Tú no eres electricista. Espérame aquí, que sólo es un momento.
No, Luis. Vamos los dos. Paramos en casa de Lola y luego seguimos. Tampoco he visto a Lola hace mucho, me apetece saludarla.
Luis no pudo protestar. Subieron al coche y durante todo el trayecto él iba taciturno, tamborileando con los dedos. Beatriz, imperturbable por fuera, sentía el corazón en un puño.
Lola les recibió con un batín de seda corto y maquillaje perfecto. Al ver a Beatriz salir del coche, durante un instante se le torció el gesto, pero rápidamente recuperó su sonrisa de anuncio.
¡Bea! ¡Qué sorpresa! Yo así, hecha un cuadro, de los nervios, sin peinar se acomodó un bucle perfectamente lacado. Pasad, pasad. Luisito, mi salvador, el cuadro está fatal, chispea y zumba.
Entraron en casa. El olor a plástico quemado casi no se notaba. Luis fue directo al cuadro eléctrico con su destornillador y tester.
¿No vienes a la cocina, Beatriz? Tomamos café mientras los hombres trabajan canturreó Lola, intentando alejarla del pasillo.
Prefiero quedarme aquí, por si Luis necesita ayuda sujetando la linterna respondió firme Beatriz.
¿La linterna? rió Lola. Luis lo arregla todo con los ojos cerrados, ¿verdad, Luisito?
Luis, atareado, respondió con un gruñido.
Lola dijo Beatriz sin apartar la mirada. ¿Por qué no llamaste a la comunidad? Ellos tienen emergencias 24 horas. Es peligroso el tema eléctrico.
¡Buff, qué va! Esos no te solucionan nada y son bordes. Pero Luis es de casa, tiene manos de oro. Sólo confío en él.
Las manos de mi marido remarcó Beatriz hoy iban a pinchar brochetas de cordero. Nos íbamos a la sierra.
Ay, perdón, siempre meto la pata Lola junto las manos a modo de súplica. Es que soltera la casa se me cae encima, todo se rompe y yo sola no doy abasto. Tú sí que tienes suerte, Beatriz: con tu Luis, tan apañado.
Luis terminó en quince minutos.
Era sólo un cable suelto y quemado. He limpiado y apretado, pero habría que cambiar el automático, está viejo.
¿Y podrías hacerlo tú, Luisito? Lo compras, me pasas el ticket y lo pones, ¿vale?
Luis no puede intervino Beatriz. Esta tarde nos vamos y el próximo fin de semana tenemos entradas para el teatro. Pide cita con un electricista, Lola; Luis te apunta el modelo del automático.
Lola la miró con abierto desagrado, pero en seguida recompuso la sonrisa para Luis:
¿Por lo menos tomáis un café? He comprado eclairs, tus favoritos.
Gracias, pero no atajó Beatriz, cogiendo a su marido del brazo. Tenemos prisa.
Cuando salieron del edificio, Luis suspiró y comenzó a defender a Lola:
Bea, no seas tan dura De verdad que sólo es una amiga.
Amiga que cuelga de ti cada vez que puede; no busca ayuda, busca tu atención. ¿No lo ves? El batín, las miradas Si no la frenas, te va a seguir utilizando.
¡Exageras! Para ella soy como un hermano.
Justamente: un hermano que le arregla todo y le sube la moral. Muy conveniente.
Se marcharon a la sierra, aunque el mal sabor de boca quedó. Beatriz lo tenía claro: Lola no se iba a frenar tan fácilmente. Disfrutaba manejando los hilos y ver cómo acudía a la mínima el marido ajeno.
El desenlace llegó pronto. Luis, de viaje de trabajo en Valencia, debía volver el viernes. Beatriz preparaba una cena especial cuando él llamó.
Bea, voy a tardar un poco más. Ya he entrado en Madrid, pero me ha llamado Lola tiene un problema grave.
¿Qué le pasa ahora, otro desastre natural? ¿Un meteorito en el balcón?
No, se ha comprado una barra de cortina superpesada. Ha intentado colgarla sola, se le ha caído en el pie y no puede andar. Y la barra está atravesada en medio del salón. Me pide que pase a ayudarla y le compre una pomada.
Beatriz respiró hondo.
Mira, Luis, haz una cosa. Tú vete a casa. Yo pasaré por lo de Lola.
¿Tú? ¿Pero para qué?
Porque soy mujer y sé qué pomada comprar, y también puedo ayudarle con la pierna. Tú estarás cansado de la carretera. Ve a casa, calienta la cena. Yo iré en media hora.
Bueno si insistes. Pero no te pelees con ella, que la pobre está mal.
Colgó y Beatriz se puso en marcha, con un plan claro. Buscó por internet una empresa de manitas y pidió al más serio y experto de las reseñas. Luego encargó online una caja con pomada, vendas y analgésicos a domicilio a casa de Lola.
Recogió el pedido a la entrada del portal y subió. La puerta estaba entornada: Lola debía esperar a su salvador y la había dejado abierta.
Beatriz entró sin avisar. El salón estaba en penumbra, velas encendidas, una botella de vino con dos copas. Lola yacía en el sofá con el batín de siempre, la pierna estirada. La barra de cortina, perfectamente colocada en el suelo, parecía parte de un decorado.
¿Luisito? ¿Tienes la pomada? suspiró Lola desde el sofá.
Beatriz encendió de golpe la luz principal. El ambiente de novela rosa desapareció.
Lola se irguió de un salto, olvidando el pie lesionado.
¡Bea! ¿Qué haces aquí? ¿Y Luis?
Luis está en casa, cenando. Yo te traigo la pomada. Y ayuda.
¿Qué ayuda? ¡Necesitaba a Luis! ¡Él puede colgar la barra!
Para eso viene ahora un profesional.
Justo entonces sonó el timbre. Beatriz fue a la puerta. Un hombre fornido, con mono azul y caja de herramientas, saludó.
¿Han pedido un manitas? ¿Para colgar una barra, no?
Pase, en el salón. Allí la tiene la dueña.
El técnico inspeccionó la pared, la barra, sacó el taladro.
Esto es de hormigón, necesitaré tacos gruesos. ¿Dónde está la escalera?
Lola estaba colorada de rabia y miraba con odio a Beatriz.
¿Por qué haces esto? gruñó entre dientes, casi inaudible por el ruido del taladro.
Simplemente ayudo respondió Beatriz con calma. Aquí tienes la pomada y el técnico, todo pagado. Si necesitas compañía, habla con otras amigas. Luis ha terminado de ser tu comodín.
¡Vete ya! chilló Lola.
Por supuesto. El técnico acabará en veinte minutos. Y cuídate la pierna: corres muy deprisa para estar tan mal.
Beatriz salió sintiéndose ligera. No había gritado, ni montado una escena. Había cortado el juego revelando la verdad.
Ya en casa, Luis la esperaba, inquieto.
¿Qué tal? ¿Tenía el pie muy mal?
Nada grave, se paseaba bastante bien. El técnico está colgando la barra; se lo he dejado todo pagado.
¿Un técnico? ¿No podía hacerlo yo?
Luis, siéntate le indicó con seriedad.
Luis la obedeció.
Dime la verdad, ¿de verdad no te dabas cuenta de lo que pasa? Velas, vino, batín, y siempre cuando yo no puedo estar
Luis bajó la cabeza sonrojado.
Supongo que sí pero no quería verlo. Me daba cosa negarle nada. Creía que siendo amable no pasaba nada.
Has sido tan amable con ella que has descuidado tu casa. Hoy era otra trampa: no quería un manitas, te quería a ti.
Luis se quedó callado, avergonzado. Pensó en los gestos sutiles, los elogios excesivos y las miradas demasiado intensas de Lola.
Perdóname, Bea. He sido un tonto.
Un poco Beatriz sonrió. Pero de buen corazón. Lo importante es que, desde hoy, se acabó la asistencia a Lola. Si algo se le rompe, que llame al manitas. Si se aburre, que llame a sus amigas. Tú, de rescatador de otras casas, nada. ¿De acuerdo?
De acuerdo. Te lo prometo. Gracias por haber ido tú. Si yo veo esas velas, hubiera sido mucho peor.
Lola no volvió a llamar ni ese mes ni el siguiente. El orgullo, o lo poco que quedaba, le impidió volver a buscar favores.
Seis meses después, Beatriz vio a Lola en El Corte Inglés con un hombre elegante, cargada de bolsas caras, más que satisfecha con su suerte. Cruzaron la mirada; Lola levantó el mentón y pasó de largo como si no la reconociera.
Beatriz sonrió. Se alegró por ella. Por fin tenía quién le colgase cortinas de derecho. Y en la casa de Beatriz y Luis, por fin reinaba la paz. Si quedaban para ir a la sierra, llegaban. Porque las fronteras familiares hay que defenderlas, aunque la intrusa llegue disfrazada de corderito.
Ahora, las noches son suyas y los planes, también. Porque la amistad es importante, sí, pero los límites lo son aún más.







